La gran decisión. (Cap. 28)

 

 

El rey Juan Carlos I de España se colocó en el centro, con el fin de celebrar la reunión urgente de la familia real. En el ambiente, había mucha tensión. La reina se puso a su lado. Estaba muy nerviosa. A la derecha se colocó la ya numerosa familia del príncipe heredero. Él llevaba a sus dos hijas mayores. Las más pequeñas estaban en brazos de Letizienta.

-¡Cuidad a las futuras herederas! – pidió la princesa con orgullo.

La infanta Elena, con sus hijos, se situó a la izquierda. Nadie echó ya en falta a Jaime de Marichalar. Hubo alguna duda sobre si se iba a presentar o no Iñaki Urdangarín. Acudió sólo la infanta Cristina, con sus rubios hijos. Cuando todos estuvieron colocados, tomó la palabra el viejo monarca.

-¡Escuchadme todos! La casa real española no puede continuar así. Se han acumulado graves problemas. ¡Gravísimos problemas! Comienzo por mí. Las cacerías de elefantes y mis escapadas nocturnas han tenido efectos desastrosos. La separación de Jaime de Marichalar y sus excentricidades también han sido negativas. Más graves son las tremendas acusaciones de malversación de fondos públicos. Nos han llenado de vergüenza.

-Padre, … – quiso intervenir la infanta Cristina.

-¡Silencio! – se impuso el rey – Continúo. Pero el peligro peor para la monarquía está en los herederos. Se ha puesto en marcha una confabulación para transformarla en una monarquía sólo de mujeres. Si no se pone remedio, esta sagrada institución desaparecerá.

-Padre. … – esta vez, intervino el hijo varón, el futuro Felipe VI.

-¡Silencio! – gritó el rey – Así que he tomado una decisión drástica.

El rey hizo una pausa. Contuvo una ventosidad. Nadie osaba respirar.

-¡Ésta es mi decisión irrevocable! Vamos a refundar la monarquía. ¡Sofía! Lo intentaremos nosotros. ¡Engendraremos un nuevo heredero varón!

-¿A nuestra edad? – exclamó la reina asustada.

-Yo estoy en plena forma. He encargado un camión de viagra.

-¡Tú estás loco, Juanito!

-No hay otra solución para salvar la monarquía. ¡Vamos al dormitorio!

Justo en ese momento, todas las niñas se pusieron a llorar a la vez.

-¿Qué os pasa? – intervino la reina doña Sofía – ¡Pobrecitas!

-¡Felipín! Pon el chupete a Leonor. – ordenó Letizienta – Suegro hágase cargo de Juana Carlota y de Felipa.

-¿Yo? – protestó escandalizado el monarca.

-Juanito, límpialas el culito. Son tus nietas. – indicó la reina.

-¡Lo que me faltaba! – protestó el rey mientras quitaba el primer pañal.

 

El rey no negocia. (Cap.26)

 

         La reina doña Sofía estaba muy nerviosa. Había caído ya en la fea práctica de morderse las uñas. Tenía varios motivos de inquietud. Por una parte, andaba pendiente de que se produjera la nueva llamada del socio de Urdangarín que deseaba negociar con el monarca. También la inminencia del nacimiento del nuevo descendiente real incidía para complicar la situación.

-¡Reunión familiar urgente! – reclamó Juan Carlos I de España.

-Juanito, cálmate. Vas a tener una llamada telefónica importante. – intervino doña Sofía con la intención de serenar los ánimos.

-¡Deja ya de llamarme Juanito! – se enfadó el rey.

-Bueno. Juan. Juan Carlos, si lo prefieres. Debes calmarte porque vas a mantener una negociación importante.

-¡Ahora no quiero negociar nada! Estamos en una situación de total emergencia.

Justo en ese momento volvió a sonar el teléfono. Con muchos nervios, lo cogió la reina. Casi se le cae el auricular.

-Sí, un momento. Ahora se pone el rey.

Doña Sofía intentó pasar el teléfono a su marido. Éste se negó a cogerlo. Protestó. Pero al final, se vio obligado a hablar.

-¡Vamos a ver! ¿De qué quieres hablar conmigo? … ¿Negociar?  Un rey no negocia. … Además, yo de Urdangarín no sé nada. … Por supuesto que es el marido de mi hija y por lo tanto, teóricamente mi yerno. Pero yo no sé nada. … ¡No! Ni leo los periódicos ni veo la televisión. … ¡Insolente! Decir que me paso todo el día cazando elefantes es un insulto. ¡Insultar al rey es un delito!

Juan Carlos I de España había entrado en un estado de excitación alarmante. Estaba completamente rojo y encolerizado. Le temblaban las manos. Fue a colgar el teléfono. Pero se le cayó al suelo.

-¡Esto es una trampa!

-Juanito, por favor, cálmate. Te va a dar algo.

-¡Que no me llames Juanito!

La reina estaba asustada. Temía que a su marido le diera un ataque cardíaco. Le puso una silla para que se sentara. Pero la rechazó de un empujón.

-¿Cómo no has visto que se trataba de una trampa?

-Quería negociar contigo una solución para Iñaki.

-Lo que quería implicarme a mí en el asunto. Pero ya le he dicho que yo no sé nada. ¡Se terminó este asunto! Vamos a solucionar el problema importante. ¡Convoca una reunión familiar urgente! ¿Dónde está Felipe?

El monarca salió decidido a buscarlo.

La negociación. ( Cap. 23)

 

 

 

      -¡Felipe! Ven, hijo, ven. Descansa un poco de ese trajín ‘matrimonial’ a que te tiene sometido su mujercita.

Fue la reina quien rescató a su hijo, cuando se dirigía a su alcoba. Caminaba cansinamente, con las piernas separadas por el dolor de testículos.

-Madre, me tiene agotado. Tengo doloridas todas estas partes. Después nos llevamos los Borbones la fama de ser folladores. ¡A ésta no hay quien la pare!

-Ya te lo advertimos tu padre y yo.

-¡No creía que podía ser para tanto!

-Vayamos a lo importante. – indicó la reina – ¿Has descubierto algo sobre esa decisión tan importante de tu padre el rey?

-¡No tengo la menor idea! – se justificó el príncipe heredero – La verdad es que no he tenido ni un minuto para investigarlo. Letizienta me tiene todo el día engendrando princesas.

-¡Debemos enterarnos antes de que lo comunique oficialmente! Es preciso disponer de un tiempo para impedirlo o para parar el golpe.

-Yo no sé si voy a poder hacer algo.

Por el pasillo, se oyó la llamada de la princesa Letizienta. ‘Felipe, querido, te estoy esperando. Yo ya estoy llegando al momento G’.

-¿Lo ves, madre? Ni un minuto me deja de descanso.

-¡Espera! Tenemos que tratar otro asunto. Un ex socio de tu cuñado Urdangarín está dispuesto a asumir la culpa de todos los cargos a cambio de una gratificación.

-¿Cuánto pide? – se interesó el príncipe heredero.

-Quiere negociar con tu padre.

-¡Menos mal! Creía que me iba a caer a mí también ese tomate.

-Tenemos que convencer a tu padre el rey, para que le reciba y negocie con él.

-Madre, eso lo puedes hacer tú mejor que yo. Tienes mucha más mano izquierda.

En ese momento, volvió a oírse la llamada a través del pasillo.

-Felipe, te estoy esperando. ¡Se me va a pasar el momento G! – gritó Letizienta.

-¡Lo siento, madre! No puedo esperar más. Tengo que ir a cumplir.

El príncipe, sujetando sus partes para evitar el dolor, caminó hacia el dormitorio.

 

 

Primera hija. ( Cap. 22)

 

Dentro del sueño real, los propios reyes estaban esperando nerviosos el nacimiento de su nuevo nieto. Ya tenían la experiencia de los hijos de las infantas. Pero éste tenía un carácter especial. Debía ser el heredero de su heredero. La reina se mordía las uñas. Al rey, le dolía el estómago por retención de gases. En varias ocasiones, se había separado de su esposa para intentar una ventosidad. Pero no lo había conseguido.

-¿Qué? ¿Llega o no llega el heredero? Están tardando mucho. – sentenció el monarca – Eso no es buen síntoma. Creo que no va a ser varón.

-Tú, calla. – le recriminó doña Sofía – De estas cosas, no tienes ni idea.

-Yo, de herederos, entiendo mucho. Cuando se tarda, es porque va mal.

-Están tardando porque vienen dos. – afirmó la reina con tono doctoral.

-¡A ver si también va a ser estrecha la Letizienta esta!

En ese momento, entraron el príncipe y Letizienta con su primer descendiente en brazos. La música festejó la solemne entrada. Aparecían como triunfantes.

-¡Ya está! Lo hemos conseguido. – se congratuló el príncipe Felipe.

-¡Ésta es nuestra primera hija! – proclamó la nueva princesa plebeya.

-¿Es una chica?

Más que una pregunta fue un grito de desilusión. Lo dio el rey, a quien los gases intestinales le aumentaron repentinamente.

-¡Es muy guapa! – aseguró la reina.

-Se parece a mí. – presumió el príncipe.

-¡La primera heredera del reino! – gritó Letizienta con satisfacción.

El rey estuvo a punto de desmayarse. Pero la sorpresa tuvo el efecto beneficioso de desbloquear los gases con una fuerte ventosidad. Nadie se atrevió a echárselo en cara en esas circunstancias. Él siguió con su enfado.

-¡Me lo temía! ¡Preparemos el repudio!

-¡Juanito, compórtate, por favor! – aconsejó la reina.

-¡Menudo soponcio le ha dado a mi suegro! – pensó Letizienta.

-¡Felipe, ven aquí! – ordenó el monarca.

-Dime, padre.

Los dos se apartaron a un lado.

-¡Esto no puede ser! Ni mellizos ni varones. Felipe, ¿qué hacemos ahora?

-¡Padre, lo intentaré de nuevo! Ten un poco de paciencia. El próximo será varón. Trabajaré más.

-¿No será ya demasiado tarde? – temió el monarca.

La prueba del zapato. ( Cap. 16 )

En el sueño del rey durmiente, las trompetas anunciaron el comienzo de la prueba del zapato para determinar a la joven que se casaría con el heredero. Entraron los reyes con solemnidad. No estaban muy risueños. El príncipe se colocó en medio del salón real con el zapato brillante de larguísimo tacón en la mano.

-¡Comienza la ceremonia para elegir a la dueña de este zapato! – anunció el futuro rey Felipe VI – Ella será mi esposa. Debe pasar la primera candidata.

Entró la hijastra de la duquesa Cayetana muy segura de sí misma. Lo hizo con gestos ampulosos y reverencias aparatosas de Drag Queen. Esparcía en el ambiente perfumes y guirnaldas. Remató su entrada con una aparatosa reverencia ante el rey.

-¡Ponte este zapato! – ordenó el príncipe en tono severo ya autoritario.

La hijastra aristocrática hizo un gesto cómplice al monarca. Éste trató de disimular. El príncipe repitió la orden para que se pusiera el zapato.

-¡Ponte el zapato!

Comenzó la operación de introducir su pie en el zapato brillante de larguísimo tacón. Por mucho que lo intentaba, no podía meterlo. Hizo grandes esfuerzos. Llegó a sangrar en los dedos del pie. Se desesperó. La música ratificó el fracaso. La joven protestó, pataleó y lloró.

-Este zapato no es tuyo. ¡Fuera! – sentenció el príncipe.

Hubo una nueva llamada de las trompetas para probarse el zapato.

-¡Debe subir la siguiente candidata! – ordenó el heredero nervioso.

Hubo un momento de espera y de incertidumbre. Llegó Letizienta corriendo. Apareció espléndida y seductora con su vestido rojo, corto escotado. La música lo ratificó. El príncipe la reconoció con alegría. No tenía ojos más que para ella. Mientras caminaba hacia la prueba, ella se levantó la falda para dejar ver con picardía, pero con elegancia, la liga de su bisabuela. El efecto en el príncipe es inmediato. Tuvo que disimular su excitación. Con esa confianza, ella hizo la prueba. El pie entró con facilidad en el zapato. La música dio la ratificación con ritmo y solemnidad.

-¡Padre! ¡¡Madre!! Comprobadlo. – indicó el príncipe con una gran sonrisa.

Los reyes, a desgana, se acercaron para comprobarlo.

-Padres, ésta es mi novia oficial. Deseo casarme cuanto antes con ella.

Sin embargo, el rey, enfadado, tomó la mano de la reina y salieron sin atender esa propuesta.