Del exabrupto al subidón

La Liga recuperó por un día el fascinante vaivén perdido desde que las televisiones mandan e imponen (porque pagan) unos horarios demenciales, proponiendo al hincha la posibilidad de asistir a una penúltima jornada frenética, por lo mucho que había en juego y porque todo fue destripado a la vez, enclaustrado en casi dos horas. Hacia el minuto 64 el Real Madrid todavía no había perdido las esperanzas de postergar al último partido la lucha por el título liguero, pues para entonces ganaba al Espanyol y el Barça no pasaba del empate en el Vicente Calderón. Entonces emergió la figura del genial Lionel Messi para darle la solemnidad precisa al acontecimiento con un gol de bandera, metiendo el balón en la portería del Atlético de Madrid después de infiltrarlo entre un bosque de piernas, no sin antes haber realizado una pared con Pedro con la sincronía de un reloj suizo. Desde su nueva atalaya, sin la obsesión por el gol, porque ya ha batido todas las marcas posibles, se dedica a dirigir la sinfónica azulgrana, y si todavía no alcanza entonces aparece majestuoso para cerrar el partido y conquistar para el Barça su vigésimo tercer galardón liguero, el séptimo en los diez últimos años, o sea, desde que irrumpió esta criatura con cara de no haber roto jamás un plato. La mala nueva se extendió entre murmullos por el Power8 Stadium, donde Cristiano Ronaldo definitivamente desatado y en un arranque de ira (suele ocurrir cuando los partidos ya no son trascendentes, es decir, tarde) le metió tres al Espanyol, con lo cual tendrá el pírrico consuelo de haber arrebatado el Pichichi a su gran antagonista blaugrana (45 frente a 41), aunque sabe de sobra que ha perdido el gran duelo egocéntrico.

En la Real Sociedad los muchachos de Moyes se llenaron la boca de buenas intenciones: haremos todo lo posible por echarle una mano al Eibar, aunque no nos juguemos nada. En consecuencia, por solidaridad, paisanaje y decencia deportiva ¡venceremos al Granada!, proclamaron. Efectivamente. El equipo andaluz le endosó un 0-3 a la Real que no admite paliativos y da buena cuenta del estado mental que la necesidad procura. Y aquí aparece uno de esos extraños fenómenos que relampaguean con las últimas tormentas futbolísticas (hay otro que se mete en maletines). Resulta que el Granada, que estaba prácticamente desahuciado, ha encadenado tres triunfos consecutivos desde que tomó las riendas del equipo José Ramón Sandoval, un entrenador milagro, de tal forma que los nazaríes dependen de sí mismos para salvar la categoría, aunque todavía les aguarda el Atlético de Madrid y sus aspiraciones de acabar tercero.

En la agitada tarde también hubo cuartelillo para el trapicheo, como el que se marcaron Getafe y Eibar, que implícitamente (y al final descaradamente: qué abrazos se daban) pactaron un empate que a los madrileños le sirve para salvarse matemáticamente y a los armeros casi. Solo necesitan vencer al colista Córdoba en Ipurua. Y no precisan que la Real les eche otra mano.

La lógica también tuvo amparo en este explosivo desenlace, aunque parezca mentira. Y estaba claro que el Athletic, tan mentalizado, predispuesto y juramentado, debía derrotar al Elche, convertido en una pandilla de desinhibidos desde que cobran, han sellado la permanencia en Primera y el susurro de las olas de una plácida playa caribeña amodorra su disposición al esfuerzo. Vaya, que estaban mentalmente de vacaciones, ¡los del Athletic!, claro, pandilla de mandangas; falsos, más que falsos; tanto ponderar con la séptima plaza, pero de qué van, y toman por pardilla a la afición rojiblanca, será posible. Y Valverde, a quién se le ocurre poner a San José de central, y prescindir de extremos… ¿Y si todo eso fuera una táctica de despiste, adrede, para que los culés se confíen y crean a pies juntillas que podrán ganar la Copa sin bajarse del autobús? Con esta surrealista imagen calmé mi irritado espíritu. De súbito apareció Aduriz con un espléndido pase que Aketxe aprovechó para anotar su primer gol con el Athletic. Luego San José corrigió despistes anteriores para batir a Tyton con un preciso obús, y en el minuto 91, ¡oh, cielos, es él! Iñaki Williams, ¡al fin! Qué subidón.

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