Y encima llovía, y llovía…

En vísperas del partido ante el Villarreal Ernesto Valverde tuvo la gallardía de evaluar el choque con un optimismo evidente, pues destacó la importancia de recortar tres puntos sobre un rival directo para conseguir a final de temporada la cuarta plaza, único puesto viable (damos por incuestionable que, a día de hoy, Barça, Atlético de Madrid y Real Madrid se repartirán los tres primeros lugares) para acceder a la próxima Liga de Campeones y competir con la aristocracia futbolística. Semejante perspectiva provocó el lógico debate entre quienes prefieren obrar con prudencia (el consabido partido a partido) y quienes, como se trata de un acontecimiento lúdico que admite todo tipo de miradas, está expuesto a la discusión más pasional y es muy bilbaino la fanfarronada, les parece bien que el técnico sea el primero en irradiar ambición y optimismo, aunque luego le llamen vendeburras. El caso es que Valverde, de habitual sensato en sus argumentaciones, se tuvo que tragar el buen ánimo tras el encuentro. A San Mamés vino el Villarreal fetén, distinto al de la Copa. El Athletic se estrelló como la mar contra las rocas y se encomendó a Gorka Iraizoz para acabar al menos sumando el punto que regala la Federación. Su colega Areola acabó inédito, es decir, no tuvo la necesidad de realizar una sola parada en noventa minutos largos de partido, un dato demoledor. Quedó en evidencia que hay un once fiable y consolidado, y que cuando falla alguna pieza (De Marcos, Raúl García, incluso Etxeita, que parece que ha caído en desgracia) el equipo se resiente porque carece de un banquillo de nivel adecuado, sabido que ni Muniain, Iturraspe o Rico son lo que fueron y los nuevos, Sabin Merino o Lekue, apuntan buenas maneras pero todavía están muy verdes. Podemos añadir que tanto despliegue físico para tan escaso ingenio desanima al más pintado, ya que tampoco se les puede reprochar a los muchachos esfuerzo baldío ni bizarra voluntad. Aquello además acabó con una sensación de impotencia y aburrimiento notables. Y encima llovía. Y llovía, y se metió la ventisca en San Mamés esparciendo las aguas por los rincones, salpicando a todo dios y afectando a la cubierta del flamante recinto, y era lo que faltaba para calentar aún más el debate sobre los fallos estructurales que padece la nueva Catedral.
Por si fuera poco lo del ojo, en desgracia tocó un árbitro irritante, de esos que ponen al más templado de los nervios, que para colmo dejó fuera de combate al desacertado Williams, y a San José, que se perderán el duelo del próximo sábado en el Bernabéu (pensándolo mejor: que descansen, total…).
Solo faltó que el Athletic hubiera perdido… Y todo este pifostio porque Valverde se puso estupendo y no se le ocurre otra cosa que decir: hay que ganar al Villarreal porque nuestro objetivo es la Champions, será vendeburras el tío.
Pues ya me he desahogado. Y una vez desbravado añado: que un mal día lo tiene cualquiera, para a renglón seguido recordar que la temporada pasada, y cumplida la vigésimo tercera jornada, el Athletic era decimotercero en la clasificación con 24 puntos (11 menos que ahora), distante en 17 de la sexta plaza que ocupa hoy y que entonces detentaba precisamente el Villarreal, y acabó séptimo el campeonato, lo cual sugiere que si entonces fue capaz de dar un tremendo arreón ahora también lo puede hacer y con más razones. El Athletic no podrá doblegar a los grandes, pero sí sabe ganarse el pan contra todos los demás y su calendario invita al optimismo: salvo el Real Madrid, los huesos que le quedan (Atlético, Sevilla o Celta) tienen que pasar por San Mamés, mientras el Villarreal todavía tiene que enfrentarse al Barça y jugar a domicilio ante el Atlético, Celta, Sevilla o Real Madrid, ahí es nada. Y, ¡aleluya hermanos!, encima ha ganado el Bilbao Athletic, acabando con una racha de cinco derrotas consecutivas y tan solo tres puntos sumados de 33 posibles en las últimas 11 jornadas.

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