Casi nada que objetar

Sobre el gol de Griezmann poco hay que objetar. Quizá una mayor atención para impedir que armara la pierna izquierda, pero estaba un poco lejos como para imaginar semejante contundencia. El balón salió como un obús y entró en la portería del Athletic pegado a la cepa del poste después de realizar un extraño requiebro. Es de esos goles que se califican de imparables, y a su autor, de crack. En cierto modo, la presencia de Griezmann orbitando sobre el partido marcó la diferencia entre lo que pudo ser una victoria del Athletic y lo que fue, ese empate analgésico sobre el que tampoco hay mucho que objetar por el empeño y la intensidad que pusieron ambos contendientes. Como Messi en la reciente eliminatoria copera, Griezmann ejerció de divo, y me parece que esa pátina de txuri-urdin que todavía impregna su cuerpo serrano le hace especialmente despiadado cada vez que pisa San Mamés, o eso me parece a mí, comprobado lo implacable que siempre ha sido el mozo borgoñés, antes con la Real Sociedad, y luego con el Atlético. Su primera visita de colchonero, allá por diciembre de 2014, acabó con un rotundo 1-4 para más gloria de Griezmann, que anotó tres chicharros y comenzó a forjar su leyenda futbolística.
Aquella fue la segunda de las cuatro victorias del conjunto madrileño en la nueva Catedral, racha triunfal que ayer se cortó de raíz, lo cual no es poco para los tiempos que corren. Para empezar, el Atlético necesitaba imperiosamente los puntos si no quería quedar descabalgado de la carrera en pos del título, y el santo se le puso de cara a los dos minutos. Con la borrasca amenazando San Mamés, los chicos sacaron casta. Y Valverde tuvo un plan: sin un delantero centro específico como Aduriz y harto de caer en las tretas de Simeone diseñó una estrategia sin un nueve específico, lo cual desconcertó a la zaga del Atlético, en especial a sus dos centrales, Giménez y Godín, que gustan de tener referentes claros. Los goles de Lekue, habilitado por Iñaki Williams, y sobre todo el que anotó Óscar de Marcos, rematando un centro templado de Raúl García, llegaron al amparo del factor sorpresa procurado por el técnico del Athletic. La génesis de los goles y en general el planteamiento del encuentro tiene un punto de picante, ya que enfrente estaba el reputadísimo colega argentino, que siempre se marchaba de rositas y con el triunfo en el zurrón. En cierto modo también lo hizo ayer, reconfortado por el golpe de genio de Griezmann, la diferencia entre el punto de sutura y una derrota del Atlético de Madrid que también se habría podido catalogar de justa.
Faltó Aduriz y los goles llegaron mediante dos protagonistas inesperados. Faltó Beñat y entonces Iker Muniain se postuló con la pelota como nunca antes lo había hecho en esta temporada percutiendo por el centro de la cancha. Entonces tuvo sitio en el equipo Iturraspe y reconocimos al eficaz centrocampista del que habíamos perdido la pista. Bóveda, rápido y atento, estuvo espléndido. En general fue un partido en donde apenas caben reproches, jugado con generosidad física y entusiasmo, virtudes recobradas justo cuando el campeonato alcanza su punto de inflexión.
De repente, ha vuelto el Athletic capaz de vencer al más pintado. Llega al ecuador de la competición con un punto y un puesto más que los que tenía la pasada temporada cumplida la decimonovena jornada, aunque a la misma distancia (dos puntos) del sexto clasificado. Es decir, prácticamente sigue los mismos pasos que le llevaron la campaña pasada a conseguir su clasificación para la Europa League, que sigue siendo el objetivo una vez arrojado por la borda el lastre de la Copa. Pero tomada la fotografía de situación tampoco se puede obviar lo evidente, que el Athletic venía de una penosa trayectoria e incapacidad manifiesta para concienciarse sobre la importancia de ganar también al Leganés, por ejemplo, dejando en el aire la sensación de haber podido alcanzar estas alturas de la Liga con otras ambiciones en perspectiva, como aspirar a la Champions. De repente jugar así, con esa codicia, no sorprende a nadie, pero sí delata al mejor funambulista.

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