Una semana de fábula

En una semana proclive a los prodigios, el Athletic acabó de un plumazo con la friolera de 489 minutos sin marcar un gol lejos de San Mamés, amén de romper una racha de nueve partidos consecutivos sin ganar a domicilio. Para desgracia de la Real Sociedad, al equipo bilbaino no se le ocurrió otra cosa que terminar con su malsana costumbre precisamente en Anoeta. Sinceramente. Lo siento por la hinchada txuri-urdin, tan confiada como estaba con el rigor de las estadísticas, y las estadísticas presagiaban otra pifia rojiblanca. Hay que admitir que la faena tiene largo alcance. Si por un lado en Donostia causa especial gozo vencer al Athletic, y lo reconocen a mucha honra, lo malo es que el imprevisto les ha pillado echando las cuentas de la lechera, y duele en el alma que se rompa el cántaro en plena recreación de una fantasía. A saber: sumar esos tres puntos en juego habría supuesto distanciar en diez a los rojiblancos en la clasificación, amén de posicionarse de perlas en la lucha por entrar en la Champions, objetivo declarado de la Real. Ahora resulta que hasta ha perdido la quinta plaza, con la victoria del Villarreal en Vigo, y encima tiene al Athletic lamiéndole los talones, a cuatro puntos y con el golaverage particular a favor.
Es cierto que los pupilos de Valverde habían mejorado en Sevilla, pero tampoco sirve como referencia fiable tras el ridículo de los hispalenses ante el Leganés. En cambio hubo momentos del partido frente a la Real en los que había que frotarse los ojos de lo bien que lo estaban haciendo. Fue memorable cuando Yeray se lo montó de cine en la jugada del penalti, pues tiró el engaño y un veterano como Xabi Prieto picó como un pardillo, y ¡aleluya!, Raúl García terminó entonces con esos 489 larguísimos minutos sin anotar un gol a domicilio; y qué me dicen sobre lo vivo que estuvo Iñaki Williams en el segundo tanto, o el sobresaliente regreso de Kepa Arrizabalaga, y si a esto sumamos las prestaciones que ofreció Lekue se puede concluir que la nueva generación de leones comienza a tener las garras afiladas. Hubiera sido el acabose si Aduriz, el rey de la manada, marca de chilena una de las dos oportunidades que tuvo de anotar durante la media hora que disputó tras recuperarse de su lesión.
Pero prefiero la de Santo Tomás. Ver para creer, a la espera de la visita el próximo sábado del Real Madrid, que anoche las pasó canutas para doblegar en el Bernabéu al Betis. He de reconocer que los extraños sucesos acontecidos en los últimos días me tienen desconcertado. Cuando el pasado miércoles Josu Urrutia dijo que la eliminación ante el APOEL chipriota no lo consideraba un fracaso noté un respingo y no tuve otra que recurrir a un vídeo de Epi y Blas para combatir mi aturdimiento repasando algunas nociones básicas de la vida: arriba, abajo; éxito, fracaso. Aplacado mi estupor inicial recomiendo a nuestro querido presidente que se aplique la misma terapia, arriba, abajo; éxito, descalabro, más que nada para que no le llamen marciano.
Y casualmente, ese mismo día, va el Barça y protagoniza contra el PSG la remontada más bestial que se recuerda en toda la historia balompédica (factor arbitral al margen, pues estaba en los escritos). Y el mismo Barça de la remontada bestial va y se derrumba ayer ante el Deportivo, y pierde con todas las de la ley, construyendo otra hermosa fábula sobre este inefable y maravilloso invento que es el fútbol. Y para rematar la asombrosa semana el guardameta Keylor Navas se mete un gol en su propia portería.
En consecuencia, y a la espera de cómo pinta la nueva semana, conviene recelar sobre el calado de la briosa reacción rojiblanca en Anoeta. A todo esto: tras el partido no le volvieron a preguntar a Valverde sobre si renueva o no; o si está dispuesto a iniciar una nueva aventura, tal vez en el potentísimo y estresante Barça. Como es natural, y ya lo remarcó de vísperas, nada tiene decidido aún y además le encanta jugar al despiste con el tema. Solo faltaba que hubiera dicho: no renuevo, y se arma la mundial. Lo que es seguro es una cosa: nadie le va a enseñar todavía la puerta de salida, y eso bien que lo sabe Ernesto.

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