Tres navarros en El Sadar

Merece la pena rememorar otra vez aquel partido, disputado el 17 de abril de 2011, cuando el Athletic ganó en El Sadar (1-2) con un jugador menos y gracias a un gol de Iker Muniain, y en el minuto 90, con lo que duele, y con el mocete de la Txantrea (tradicional rival de Osasuna, en categorías inferiores: no todo navarro tiene que ser necesariamente rojillo) celebrándolo de forma, cómo decirlo… pongamos que con escaso tacto hacia los parroquianos, a quienes su desaire supo a cuerno quemado. Hay que tener en cuenta que desde unos años atrás la tirria del osasunismo hacia el Athletic fue tomando carta de naturaleza por causa de una interpretación sesgada del asunto: si bien es verdad que el club rojiblanco se lleva los mejores frutos de la cantera rojilla, de la necesidad también hace virtud, pagando lo que ningún otro habría pagado por la misma mercancía. Y eso, mayormente, ni lo ven, ni lo quieren ver.
Pero volvamos al partido de marras, cuando Joaquín Caparrós soltó aquella frase lapidaria: “déjate de imagen; clasificación amigo”, aserto que también puede servir para ilustrar el choque del pasado sábado, resuelto con eficacia y escaso brillo, por idéntico resultado y sin demasiados apuros.
Entonces como ahora importaba el concepto: porque el “clasificación, amigo” conjuraba además la aterradora virtualidad de haber hecho el ridículo más espantoso perdiendo donde nadie había perdido.
Hay otro aspecto destacable paralelismo que deja el reencuentro en El Sadar. Aquella campaña, el Athletic de Caparrós vislumbró la clasificación para Europa, que finalmente se consiguió con la quinta plaza en la Liga 2010/11. Habían transcurrido siete años desde la vez anterior, y entre medias episodios tenebrosos (la temporada 2006/07, con el descenso como amenaza real).
Ahora, en cambio, lo habitual es ver al Athletic compitiendo en Europa de forma cotidiana, y desde luego no falla desde que Ernesto Valverde está al frente del tinglado, lo cual tiene un mérito enorme. De repente nos damos cuenta de la transcendencia de aquello que adquiere categoría de obviedad: se hace cotidiano, y al interiorizarse pierde el atractivo de lo extraordinario.
En el bando osasunista se hace muy duro asumir la cruda realidad. Que han estado dirigidos por una panda de chorizos; que el descenso es desde hace tiempo irremediable y, aunque muchos se aferran al refrán (que me quiten lo bailado o cómo fue posible el portentoso ascenso de la campaña anterior), al hincha le duele ver al equipo arrastrándose, desnudo de sus señas de identidad (“el once de Osasuna, valiente y luchador, defiende sus colores con brío arrollador…”). Así que, por favor, una alegría al cuerpo antes de escuchar la letanía del responso: ganar al Athletic. Y ni por esas.
En consecuencia, no quedaba otra: soltar la bilis, lo cual puede ser muy terapéutico, y en eso tuvo un papel estelar Muniain. Los feligreses hasta jalearon la tarjeta amarilla que el árbitro le sacó a Fran Mérida, pues a cambio pudieron ver al díscolo mozalbete retorciéndose de presunto dolor por la tarascada recibida.
Sabedor de sus circunstancias, Muniain quiso hacer la guerra por su cuenta, desentendiéndose a veces del juego colectivo, perdiéndose en un desafío absurdo a la afición hostil. La despedida a Muniain cuando fue sustituido por Lekue adquirió carácter de catarsis colectiva, pues el personal se alivió a gusto imprecando al muchacho mientras dejaba el césped con gesto altivo, mucha pachorra y a ritmo cangrejero.
Cuán diferente resultó el adiós a otro ilustre navarro, Raúl García, hombre de estirpe osasunista y sujeto de una sentida ovación al ser relevado por Iturraspe. De su recia estampa de guerrero nada se supo. Ni una vez le cantó las cuarenta al árbitro. Sucedió lo mismo cuando se reencontró con el Atlético. Porque Raúl es un sentimental, y se pone ñoño, y se desactiva: jamás se lo tendremos en cuenta.
San José, el otro navarro del Athletic que jugó el partido y también curtido en el Txantrea, pasó sin pena ni gloria, porque ni pena ni gloria le ha dado a Osasuna, sino respeto, consideración y sentido común.

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