Gerard Piqué y las horas muertas

Terminó la Liga, se agotaron los fastos por la Champions y con la pereza de una temporada amortizada, el fútbol se estira para dar cuartelillo a la insulsa fase de clasificación mundialista, una ventana abierta por la FIFA que más o menos obliga a disputar dos encuentros, ya sean oficiales o amistosos, porque sí, y aquí es donde la prensa canalla tiene que buscarse la vida para sacarle lustre a estos días anodinos y, mira por donde, van saliendo cosillas.
Se concentran los jugadores de la selección española y pasan por el atril para contar generalmente cuatro obviedades. Por ejemplo. Si aún había dudas, Nacho Monreal reiteró que no se mueve de Londres ni aunque le pongan un piso en la Gran Vía. A sus 31 años tampoco merece la pena ponerse estupendos y pagar una millonada por un lateral zurdo veterano y proclive al desdén, aunque seguro que tiene sus razones. Otro que tal pinta, Álvaro Odriozola. También está concentrado, aunque con la selección sub’21, junto a Williams, Yeray o Kepa. El pasado sábado, aprovechando que era día de asueto, viajó hasta Donostia para visualizar su renovación con la Real Sociedad hasta el 2022 poniendo mucha pompa en el asunto, como si fuera un auto de fe y de reafirmación tribal y, por extensión, un acto solemne de renuncia a los cantos de sirena que llegan de Bilbao. «Soy donostiarra, de la Real de toda la vida, socio desde los dos años… Es un sueño hecho realidad”, dijo el chico, que también juega de lateral zurdo y se le intuye un gran futuro. Para ilustrar todavía más su compromiso se dijo que Odriozola había desairado al mismísimo Valverde, que lo pidió como refuerzo e inversión de futuro para el Barça.
Así que habrá que seguir apostando por Balenziaga, porque no queda otra y también porque se ha consolidado en el equipo rojiblanco por causa de fuerza mayor (no tenía recambio). Y también por Eric Saborit, la alternativa en el carril izquierdo, que ya ha cumplido los 25 y es momento de mostrar que sirve, según espera José Ángel Ziganda.
El asunto del escenario también tuvo su miga. Como saben, la Federación que rige el incombustible Villar saca la Roja de gira a modo de una compañía de vodevil teóricamente para hacer patria, españoleando por plazas de segunda cuando todo el mundo sabe que tienen pánico a una grada medio vacía, y eso es lo que ocurre si el estadio es de categoría y el rival de escaso fuste. En Murcia se colmó La Condomina, aunque los aficionados colombianos llenaron más de un tercio de su aforo.
Pero ese día, el pasado miércoles, será recordado por el llanto desgarrado de Manolo, que le robaron su bombo y con esa pérdida se partió en dos el símbolo más genuino de la Roja. Los noticieros dieron gran realce al sucedido, y más aún al feliz reencuentro del jueves, cuando la Policía madrileña devolvió el instrumento al personaje, a quien casi le da un pampurrio por el mal trance, pues no hacía ni tres meses de le habían operado del corazón.
Las tribulaciones de Manuel Cáceres, que así se llama, distrajeron sobremanera a la canallesca, salvada finalmente del tedio por el inefable Gerard Piqué. Convertido otra vez en la vedete de la selección española, Piqué le volvió a tomar el pulso a las dos españas (la madridista y la azulgrana; la nacionalista y la unionista recalcitrante). La reiteración en las pitadas constata un fenómeno único a escala internacional: la animadversión hacia un jugador que, pese a todo, se entrega con rigor a la causa. “Una cuestión de estado”, se dijo en el programa deportivo de un canal televisivo generalista que además detalló una supuesta conversación, mano en boca, en el campo de entrenamiento entre el central culé y Julen Lopetegui, que acabó sacando de quicio al seleccionador por inexacta y manipuladora.
Como a Piqué le va la marcha, a la canallesca le trae al pairo sus quejas, porque además y gracias a él llenan de munición multitud de programas que se retroalimentan explotando las más bajas pasiones del hincha.
En consecuencia Piqué ha decidido dejar la selección española el próximo año, tras el Mundial de Rusia. Quiere apartarse de la controversia, pero eso no se lo cree casi nadie. A sus 30 años, sobre todo desea centrarse en el Barça. Pep Guardiola ya le ve de futuro presidente. ¿En un club convertido en símbolo de una Catalunya independiente? Buena pregunta.
El actual técnico del Manchester City fue el encargado de leer ayer el manifiesto soberanista implorando al mundo apoyo para hacer posible en derecho democrático al referéndum.
El fin me parece lícito, pero a Guardiola, al margen del fenómeno fútbolístico, le recuerdo sobre todo defendiendo con idéntica pasión las excelencias de Catar descartando, probablemente por un evidente interés, lo crudo que está ese país árabe en cuestión de derechos humanos.

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