Para que se entere el mundo

Esta imagen pasará a la historia del Barça y probablemente del fútbol universal. El Camp Nou vacío, y no por culpa de un puñado de cafres que utilizan el fútbol como excusa y refugio, sino a consecuencia de la impericia de unos políticos que, lejos de buscar la solución, que de eso trata su oficio, se han convertido en el problema. Entre el maremágnum de sucesos, porras y urnas violentadas, a pocas horas de iniciarse el partido se propaló la noticia de la suspensión del mismo frente a la UD Las Palmas, pero se quedó en amago. Una cosa es la causa del procés, se dijo Josep Maria Bartomeu, y otra es la pérdida de puntos. Seis: tres por no comparecencia y otros tres por la consiguiente sanción federativa. Y ahí sí que asomó el seny catalán, tan práctico y sensato, por mucho que su vicepresidente primero Carles Vilarrubí presentara la dimisión en protesta por la decisión de disputar el encuentro, o su íntimo enemigo, el expresidente y expolítico Joan Laporta dijera a modo de sentencia: “Jugar a puerta cerrada es ser cómplice de los que practican la violencia”.
Quizá cuando el Barça gane la Liga, si la gana, la historia recuerde la determinación de Bartomeu frente al “¡a por ellos oé…!” y sus consecuencias, dejando a un lado su rastrero argumento, es decir, lo hizo tras el aviso de una supuesta invasión del campo por parte de los muchachos del Fondo Norte, una sección curiosamente impulsada y amamantada por el propio club; o su clarividente perspectiva: “Jugamos a puerta cerrada para que el mundo vea cómo sufrimos en Catalunya”. En eso le doy la razón al hombre: junto al Delta del Mekong la imagen de unos polis repartiendo hostias o reventando con una maza la puerta de un colegio de secundaria en un rincón de la fértil Europa les trae al pairo en este mundo descoyuntado, pero eso de ver a Messi actuando sin el corifeo de una afición rugiente impacta una barbaridad. Y si luego sale Gerard Piqué escanciando lágrimas de cocodrilo de lo mucho que le duele su país, pone a parir a Mariano Rajoy y añade sobre su cuestionada presencia en la selección española que eso del patriotismo es un cuento chino (o brasileño), pues ya tenemos el cóctel perfecto para propalar por todos los rincones del mundo la descorazonadora historia que se está viviendo en Catalunya.
Para bien o para mal, el fútbol ofrece con demasiada frecuencia parapetos y trincheras. A los directivos de la UD Las Palmas les dio por coser en el pecho de sus camisetas una bandera de España en un claro desafío y asunción de un españolismo de pandereta, y el Bernabéu se convirtió en un flamear de banderas rojigualdas mientras se cantaba el ¡que viva España! de Manolo Escobar, joder con la tropa, para convertir el Real Madrid-Espanyol en un supuesto acto de desagravio.
También se observaron en Mestalla más banderas españolas de lo habitual, y me parece que sobre esto el Athletic poco tuvo que ver. Lo suyo estaba en otra cosa bastante diferente: la fatalidad se ha postrado en su regazo. Si en la inhóspita noche frente al Zorya perdió a Iker Muniain, su jugador estandarte, frente al Valencia la pifió, y de qué manera, Kepa Arrizabalaga, su hombre más fiable. A modo de consuelo fatuo se puede destacar que los muchachos de José Ángel Ziganda reaccionaron en la segunda mitad a base de casta, entrega y mala puntería al estropicio organizado por su portero, del que ahora (que vienen malas) también conviene hablar de su intrincada renovación, lo cual alivió sobremanera al técnico, que al parecer ve un rayo de luz en la espesura del bosque hasta el punto de querer minimizar lo evidente: cuatro derrotas en los cinco últimos partidos, y la que no fue derrota, el empate ante el Málaga, dolió todavía más. Del estropicio europeo al parecer quedaron señalados los ilustres Beñat, Raúl García y Aduriz, y a estos últimos recurrió para arreglar el entuerto, y a fe que casi lo consiguen con sus formidables goles. En definitiva, el Athletic da por concluido un mes de septiembre horrible, tiempo en el que ha dilapidado credibilidad y encontrado a Iñigo Córdoba y con él, un motivo para la esperanza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*