El tiempo de las excusas

Después de la victoria moral ante el Barça y el triunfo terapéutico frente al Östersunds sueco en la Europa League el Athletic ha regresado a su rutina. Es decir, la derrota sin paliativos y el fútbol vulgar. Lo malo es que el fútbol vulgar también se ha convertido en una rutina y probablemente ahí está la madre del cordero. Pero como esto es muy largo y hay una educación cristiana, todavía nos queda el propósito de enmienda. Y también habrá que reconocer cierto mérito a los chicos de Ziganda, que se entregaron en la segunda mitad con tanta energía como desatino, conscientes del ridículo espantoso. En consecuencia el Celta, que también estaba en crisis, ya no lo está.
Lo del propósito de enmienda tiene su miga, pues ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas voluntades: se intuye que la eventualidad de una nueva clasificación para Europa comienza a sonar a quimera, y es algo a lo que estaban felizmente acostumbrados los seguidores del Athletic. Sin un objetivo de fuste la ilusión se marchita, y eso es lo peor que le puede pasar a la hinchada en un deporte tan pasional.
Sobre todo inquieta el desconcierto que muestra Ziganda. Si por un lado reconoce su incapacidad para reconducir al Athletic lejos de San Mamés, donde se ha convertido en alma de la caridad, sin embargo cree que en casa el asunto más o menos funciona. Y solo porque el equipo ganó al Sevilla y moralmente triunfó sobre el Barcelona una semana atrás. O no reconoce lo evidente, o se conforma con bien poco: el juego de su equipo brilla por su ausencia en la Catedral casi tanto como en Butarque, el Sant Francesc de Formentera o en Balaídos.
Supongo que no le queda otra al técnico navarro que agarrarse a un clavo ardiendo ante la falta de mayor argumentario y reiterar que se ve con fuerza para corregir la deriva. No podía ser de otra manera.
“No tenemos excusa para no ganar al Athletic”, dijo de vísperas su colega, contrincante y sin embargo amigo Juan Carlos Unzué, un entrenador forjado como él en Osasuna, que sonó con fuerza para heredar el imperio del Barça y acabó buscándose la vida en Vigo.
Se entiende que si Unzué dijo lo que dijo es porque estaba completamente convencido de recibir a un Athletic tan liviano como indolente. Y acertó de pleno.
“Ahora ya no valen las excusas, solo nos vale ganar”, aseveró ayer Raúl García, autor de un gol tan bello como inservible. Desde luego suenan a garbo sus palabras, y a bienintencionado propósito de enmienda, qué remedio.
El partido fue tan retorcido que incluso Unai Núñez e Iñigo Córdoba, dos chicos que habían insuflado en el Athletic un chorro de rebeldía, buen hacer y ambición, cuajaron el peor partido que se les recuerda. Decepcionó otra vez Iñaki Williams, ese veloz delantero que parecía que en esta temporada iba a eclosionar con todo su virtuosismo. Aunque suene ripio, hay que cómo echamos de menos a Iker Muniain, que hasta su grave lesión prácticamente era el único capaz enfrentarse tenaz a la adversidad. También a De Marcos, su versatilidad y el entusiasmo que transmite por ese carril que ahora descarrila, y no te cuento nada la ausencia de Yeray. Conocimos que Beñat, el faro del equipo, será operado hoy de pulbalgia en Múnich. Supimos al fin las razones de su bajo rendimiento, algo que en su momento nadie supo explicar, y lo buenos que son todos los que faltan.
Y entre tanta zozobra no ayuda para nada la incertidumbre que genera Kepa Arrizabalaga, que no termina por cerrar su renovación. Ni tampoco que falten dos semanas para disputar el próximo partido, la oportunidad de la revancha, rumiando mientras tanto la bilis que deja una derrota capaz de convertir en cuento chino las esperanzas surgidas tras esa ponderada victoria moral ante el Barça y la real frente al Östersunds, un equipo que finalmente demostró ser muy poca cosa.
Hay fracasos que se toleran y otros como este, desoladores.

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