Y que pierda el Alavés (II)

Terminado el partido, Ernesto Valverde se declaró abiertamente culé. Que no se me entienda mal. Como es natural, el técnico del Athletic se tuvo que posicionar cuestionado por la grey periodística ante la inminente final de Copa y afirmó: “queremos que gane el Barcelona, lógicamente”. Lo dijo sin ambages, lo cual no quiere decir que desee una victoria azulgrana porque éste pueda ser su próximo destino, como se asegura por ahí, sino porque le gustaría que la tropa rojiblanca se clasifique para la Europa League, aunque sea por la vía de servicio, y sufriendo dos eliminatorias previas a modo de purgatorio por hacer el huevón en el tramo final de la temporada, justo cuando hay que demostrar la valía.
Lo sucedido en el partido de ayer se venía venir, para qué nos vamos a engañar. La pérdida del rumbo se produjo en los dos partidos anteriores, ante el Alavés y el Leganés, cuyos jugadores mostraron más coraje y entusiasmo, y de eso se trata cuando se tienen aspiraciones y el fervor de una hinchada ilusionada.
Así que Valverde quiere que pierda el Alavés, válgame el cielo, aunque a lo mejor no es por inquina hacia los ilustres vecinos, sino porque ya se encuentra en situación de pensar más en sus futuros intereses. O sea, que quiere que su equipo se lleve a la boca un título. Pero me parece que con esta hipótesis estoy insinuando algo, y no está bien dar pábulo a las especulaciones.
Después de comprobar las muchísimas dificultades que anoche tuvo el Barça para doblegar al recio Eibar (ese árbitro rumboso, capaz de ver penaltis donde no los hay) sería conveniente que Txingurri ponga también un par de velas a la Virgen, que nunca se sabe, o por si acaso tienen algo de enjundia dichas conjeturas.
En definitiva, ¿será cierto que Valverde se marcha del Athletic? Y, de ser así, ¿cuál puede ser su próximo destino? ¿y qué le empuja? ¿Es por desamor? ¿Un fin de ciclo? ¿o quizá le mueve la pasta gansa y anhelos de gloria, aspectos ambos comprensibles, por muy humanos?
Resulta que después de meses de torearnos con el asunto y concluida la temporada, es decir, llegado el momento de confesar lo inconfesable, ahora nos viene Valverde con el cuento de que tampoco toca, que está a expensas de lo que el poderoso Community Manager del club mande y disponga.
Me da la impresión de que la cadenciosa y lánguida despedida de Valverde ha terminado por contaminar al equipo, que también se ha ido desmoronando cadenciosa y lánguidamente, llegando a su cenit ayer, en el día de la verdad, cuando se necesitaba un Calderonazo de aúpa, uno de esos golpes de eficacia que quedan para la historia y llenan de gozo al personal. Bien al contrario, se pudo ver a un Athletic absolutamente inofensivo, sin la más mínima imaginación y cometiendo errores defensivos de bulto para más gloria del Niño Torres. Porque, ¿qué mejor epitafio se podía escribir en el Vicente Calderón? La dulce victoria macerada por uno de sus futbolistas más emblemáticos y frente al equipo matriz, el Athletic bienaventurado. Hay que ponderar en lo que se merece la contribución de Valverde en la fiesta pagana. Si por un lado sacó a sus fieras desbravadas, luego tuvo incluso el detalle de relevar a Raúl García por Susaeta en el minuto 54 en un guiño cómplice, pues sabía de la ovación que le aguardaba al mozo navarro, que también dejó su impronta en el Atlético. Si alguien podía marcar un gol, aunque fuera de casualidad, ese era Raúl.
En cambio no tuvo la misma delicadeza con Ander Iturraspe. Para una vez que le pone de titular le quitó sin contemplaciones en el descanso. Hombre. Se sabe que el muchacho no es santo de su devoción, pero podía disimularlo un poco, porque el partido estaba abocado irremediablemente a la derrota. El jugador se merece una pizca de consideración en aras a su dignidad y, al fin y al cabo, dentro de unos días si te he visto ni me acuerdo. ¿O no?
Entre la chufla que se traían los madrileños al amparo de su abúlico rival, ni los ecos de Vigo trajeron la buena nueva. Empató la Real, el Athletic en consecuencia necesita que pierda el Alavés y Valverde se queda como difuminado. Con la rara sensación de que tampoco se le echará de menos.

En busca del ‘Calderonazo’

Visto el curso de los acontecimientos, Ernesto Valverde hizo bien en relegar a la suplencia a Gorka Iriazoz, por mucho que se hubiera merecido el detalle de ponerle frente al Leganés como homenaje y despedida activa a una larguísima trayectoria en el equipo rojiblanco, con sombras y luces, que de todo hubo, pero mostrando en todo momento una actitud muy honesta. La de palos que le han caído al buen hombre, que sin embargo tuvo la capacidad del encajar impertérrito las críticas y luego levantarse sacudiéndose el polvo como si nada. En otro tiempo, no tan lejano, al portero víctima de una somanta le entraba una especie de pánico y terminaba camino del frenopático.
Pero Iraizoz ha estado nada menos que diez temporadas aguantando el tipo con donaire, y por eso se merecía la titularidad. ¿O acaso no es cierto que para el técnico todos sus porteros eran buenísimos, y por eso les hizo rotar dejando a todo el mundo asombrado por semejante osadía? Pero llegó el día del adiós y Valverde no tuvo el detalle. Supongo que tampoco estaba para templar gaitas. Tenía que ser Kepa Arrizabalaga, titular indiscutible desde que el entrenador dejó de experimentar con la portería, mandó a Herrerín a Madrid y a Gorka definitivamente al banquillo. Y desde allá contempló el partido, no sin antes sentir el calor de una afición que le mostró su agradecimiento con generosidad.
Kepa tuvo dos. En la primera fue atento y acertó a repeler el remate de Bustinza. En la segunda reaccionó con lentitud y estuvo poco intuitivo, como todos sus compañeros de la defensa, y quedó retratado en el gol de Szymanowski. De haber sido Iraizoz el responsable, los últimos minutos del cancerbero navarro en el Athletic se habrían consumido entre la desazón. Finalmente pudo despedirse con donaire, arropado por sus hijas, manteado por sus compañeros y jaleado por la afición (o al menos toda esa gente que tuvo la santa gana de quedarse concluido el desabrido partido pensando en Iraizoz).
Más tarde Valverde admitió que, de haber transcurrido los acontecimientos según lo imaginado y previsible, es decir, con una cómoda victoria del Athletic, entonces habría hecho el cambio, recreando una dimensión acorde con el personaje.
Hay dos formas de contemplar la triste despedida de la temporada en San Mamés: de lo malo, la Real Sociedad también empató en Anoeta ante el Málaga, y otro tanto hizo el Villarreal frente al Deportivo. Luego todo permanece inmutable. A eso se aferra el entrenador rojiblanco, ponderando el valor que tiene depender de uno mismo en la última jornada.
La otra, parece palmaria: el anterior domingo en Mendizorrotza y ayer frente al Leganés, el Athletic fue incapaz de consolidar a la hora de la verdad todas las ilusiones generadas en su brioso esprint final. Se trataba de dos equipos recién ascendidos. Nada del otro mundo.
Y por esa flojera, ante la última jornada asoma el siguiente panorama: La Real Sociedad acaba en Balaídos frente al Celta, el Villarreal en Mestalla ante el Valencia y el Athletic en el Vicente Calderón, donde la hinchada del Atlético de Madrid hace meses que agotó las localidades dispuestos a brindarle la más ñoña de las despedidas al estadio, lo cual implica una sobredosis de motivación para los hombres de Simeone.
A la espera de acontecimientos, pues a lo mejor los chicos le arrean un Calderonazo a los descendientes de aquella criatura nacida en 1903 a modo de sucursal del Athletic, la verdadera emoción que recorrió La Catedral fue protagonizada por los futbolistas del Leganés, el modesto equipo del sur de Madrid que parece otra sucursal rojiblanca. Mantovani, su capitán, tuvo la oportunidad de hacer los honores junto al busto de Pichichi antes del partido. Y después se desparramó en llantos de alegría junto a sus compañeros, pues el punto sumado les deja definitivamente en Primera.Una proeza, sin duda.
San Mamés, tan sentimental, se despidió de Iraizoz, aplaudió la hazaña del Leganés y finalmente se quedó con la ganas de echar otra lagrimita por Valverde.

Y que el Alavés pierda la final

Razón tenía Ernesto Valverde cuando de vísperas catalogó el Alavés-Athletic de “partido clave” para aclarar el panorama clasificatorio, aunque en las vísperas del próximo encuentro, antepenúltimo de la temporada, el domingo a las ocho, ante el Leganés, también podrá decir lo mismo; e igualmente en la previa frente al Atlético de Madrid, con el boato que implica la despedida y cierre de la Liga y del estadio Vicente Calderón.
Y todo por culpa de esta derrota insospechada, que echa por tierra todas las elucubraciones forjadas al calor de las últimas victorias logradas, eso sí, ante rivales con escasos alicientes competitivos.
En consecuencia, el grado de optimismo que se vivía en la familia rojiblanca antes de jugar en Mendizorrotza se ha desinflado. Volvemos a caer en la cuenta de que a este equipo le sigue faltando un hervor, pues cuando se menciona el concepto partido clave, es decir, la exigencia de máxima responsabilidad, a los chicos les entra el vértigo. Me estoy acordando del encuentro de Chipre en la Europa League, o el más reciente contra el Villarreal, en la jornada 31, cuando se atisbaba la posibilidad de optar a la Champions, aspiración que volvió a tomar cuerpo en los instantes previos al choque con el Alavés, conocido que el Sevilla y la Real habían empatado entre sí y que el Villarreal acabó goleado en el Camp Nou.
De momento, el Athletic se ha quedado sin opciones matemáticas de aspirar al gran torneo continental después de propiciar el jubileo entre la hinchada del Glorioso, que se la tenía jurada a los rojiblancos desde aquel 20 de mayo de 2000. Por si alguien no lo recuerda, el Alavés se jugaba ese día y en San Mamés la inédita oportunidad de acabar segundo y clasificarse por vez primera para un torneo europeo, que bien pudo ser la Liga de Campeones. Sin embargo perdió 2-1, entre otras razones porque no supo ganar, y porque el Athletic despedía al inefable Luis Fernández y además quiso terminar con decoro una gris campaña. De lo malo, el Alavés consiguió plaza para la UEFA, gesta sin precedentes, y logró pasar a la historia como protagonista, junto al Liverpool, de la considerada mejor final del torneo, aunque también como víctima de la forma más cruel de perder un título, con un gol de oro en la prórroga (5-4).
Así que no jugándose nada potable, con la permanencia sobradamente asegurada y en alegre vigilia de su segunda final, esta vez de Copa y frente al Barça, la hinchada blanquiazul jaleó desaforadamente el gol que Theo anotó marcando los tiempos. Es decir, parando, templando y atizando con furia al balón en situación de asombroso abandono, dado que el francés se encontraba en las inmediaciones del área más solo que la una. El craso error puso patas arriba Mendizorrotza, que jaleó la buena nueva como si valiera un campeonato, y para más inri Deyverson reapareció con todo su histriónico esplendor, retorciéndose por el suelo, haciendo como que se moría para luego repartir besitos por doquier; ora a Laporte, ora a Williams entre la chanza de la afición, que degustaba con divertimento circense su dulce venganza.
Lo cierto fue que la súbita e insospechada aparición de Theo puso un antes y un después en el partido, porque si antes Williams o Aduriz se hartaron de fallar goles, después ni tan siquiera tuvieron ni la oportunidad de lamentarse por sus yerros. Llegaron las urgencias, desaparecieron las ideas y aquello fue el acabose, a pesar del vacuo empeño que le puso Iker Muniain por recobrar sosiego y el espíritu competitivo.
El Athletic se volvió evanescente y perdió un partido que había sido catalogado de fundamental, pues Valverde ya intuía la prestancia del rival, feroz aunque le importara un pimiento los puntos en juego, y las consecuencias del resultado.
De haber ganado, el Athletic ahora estaría de campanillas y con la ilusión de alcanzar la Champions. Como ha perdido y dado que sus rivales directos tienen mejor calendario, mucho me temo que la séptima plaza caerá a modo de purgatorio, ya que implica dos eliminatorias previas. Eso sí: siempre y cuando, y mira que lo sentiremos, el Alavés pierda la final de Copa.

Historia de una espina

Probablemente se acordarán de aquel partido frente al Celta disputado en San Mamés el 19 de diciembre del pasado año. El equipo gallego le dio un repaso futbolístico al Athletic y, lo que son las cosas de este fascinante invento, la victoria se quedó en Bilbao (2-1) con el gol definitivo anotado en el minuto 93. Como eran vísperas navideñas, un ocurrente cronista tituló: “Al Athletic se le aparece la Virgen… y San José”, autor del tanto del triunfo. Casi cinco meses después, y en vísperas del reencuentro en Balaídos, Toto Berizzo, técnico del Celta, se acordó de aquel encuentro, y tan interiorizada tenía la desazón que le produjo la derrota que llegó a confesar que sentía una “espina clavada”. Pues menos mal que tan solo era una espina, porque si llega a tener un cuchillo el hombre estaría en agonía o directamente criando malvas. Como todo el mundo intuía, Berizzo está a lo que celebra, o sea, la Europa League y el Manchester United, a quien se medirá el jueves, y en consecuencia puso en liza al Celta B para más gloria del Athletic, que fraguó su partido más rotundo lejos de La Catedral.
Mucho se está hablando de las segundas unidades de los equipos y su fiabilidad. El que sacó el Real Madrid en Riazor fue demoledor. Y otro tanto se puede decir del Alavés B que armó ayer Pellegrino ante el Betis (1-4), lo cual quiere decir que preserva a sus mejores hombres para enfrentarlos el próximo domingo al Athletic a la espera de un triunfo de valor considerable para la hinchada alavesista. Ahora bien: lo del Celta B ha sido un auténtico regalazo para la tropa de Ernesto Valverde, que además mostró ambición y excelente forma física.
Kepa Arrizabalaga estuvo inédito, y si el resultado se hubiera fijado en un 0-6 (con tres goles de Williams, la única asignatura pendiente que tiene este fenomenal futbolista) a nadie le habría sorprendido.
A resultas de la “espina” indolora e insípida de Berizzo, a quien le importa un guano la Liga, lo mismo que a su afición, que en escaso número acudió al estadio probablemente imaginándose lo peor, el Athletic ha recuperado la sexta plaza y vuelve a tener a tiro de un punto la quinta que ocupa el Villarreal, que el sábado rinde cuentas al Barça en el Camp Nou, mientras la Real se enfrenta en el Sánchez Pizjuán al Sevilla. Además, y a falta de tres jornadas, el conjunto rojiblanco ha igualado los 62 puntos que sumó en toda la temporada anterior. Cuando ocurrió aquella súbita aparición de la Virgen y San José el Athletic estaba clasificado octavo, con cuatro puntos menos que el Villarreal (6º) y a siete de la Real Sociedad (5º).
Por eso ahora todo es felicidad en la tropa rojiblanca, gracias en parte a la seductora atracción que ejerce sobre el celtismo la semifinal de la Europa League, pues nunca antes habían llegado tan lejos en un torneo internacional en su historia.
Y pasado el chollo vigués, el Athletic ya sabe que como mal menor tiene asegurada la séptima plaza que, salvo enorme sorpresa (y eso será que el Alavés gane la Copa al Barça), da pasaporte europeo, aunque con el ingrato peaje de disputar dos eliminatorias previas.
El Glorioso Alavés y sus cuitas del pasado; el Leganés y sus angustias clasificatorias y el Atlético de Madrid el día de la despedida y cierre del Vicente Calderón serán tres retos complicados para acabar la temporada intuyendo que el Athletic otra vez estará clasificado para una competición europea, lo cual es digno de elogio. Pero el próximo jueves, antes de la visita a Mendizorrotza, Josu Urrutia comparecerá ante los medios de comunicación y entonces conoceremos si Valverde sigue o nos deja, quizá para enrolarse en la apasionante, compleja y arriesgada aventura azulgrana. Anoche, cada vez que las cámaras le enfocaban, su rostro mostraba un gesto como de angustia, a pesar de tener razones de sobra para expresar placidez. Salvo cuando sonriente saludó y deseó suerte a Berizzo, a quien ya le colocan en el Sevilla, y su espina sangrante. Son, en cierto modo, dos vidas paralelas: el éxito les abre puertas de hermosos paraísos.
Valverde nunca ha sido la alegría de la huerta, pero me da que su cara refleja lo que tiene en el alma. Algo, o mucho, dolor por esa decisión.