Ese partido que tan mal sienta al hincha

Teniendo en cuenta los antecedentes, lleno de sinsabores y derrota pertinaz, el partido tenía mala pinta e irradiaba peores vibraciones. Y encima el Valencia está que se sale, ha comenzado la Liga como un tiro. Para qué padecer en vano. No merece la pena ni verlo, dijo ella.
Ella es hincha, pero no demasiado. El verdadero hincha intuye lo que puede pasar. Le da vueltas al asunto, pero claudica. Se trata de su equipo del alma y sabe que cada partido puede ser un mundo. Siempre cabe el posibilidad de la sorpresa. Su fe en lo muchachos es irreductible y, al fin y al cabo, ¿no es un hincha? Y a un hincha le mueve la pasión. ¡Diantres! ¿cómo se va a perder el partido?
Comienza el encuentro y el hincha se mueve inquieto en el asiento. De repente, se acuerda del ausente.
“Justa o no la roja que el árbitro le mostró el día del Barça, se nota un huevo la falta de Amorebieta. A ver si aprende pues con lo joven que es y el carrerón que lleva más temprano que tarde entrará en la historia del Athletic como el jugador que más veces ha sido expulsado. ¡Y lo que te rondaré morena! Dejó al Athletic con diez y ahora… Es que los centrales están malditos. Al pobre Ustaritz en cuando le dicen que va a jugar sufre una extraña reacción psicosomática y se lesiona. Sistemáticamente. ¡De brujas, tío! Y.., pero mira San José… de central zurdo, ni se entera, es que está perdido sin Amorebieta y, ¡qué quieres que te diga!, a veces es más lento que el caballo del malo…”
Conforme transcurre el partido, el hincha se va encendiendo. Certifico que sufre. Maldice por lo bajines.
“La banda izquierda es un coladero… Lo siento por Aurtenetxe, el chaval, pero ¡que vuelva a la guardería! ¿Y Gabilondo, por qué no le echa un cable Gabilondo?… ¿Y Caparrós? está ciego, o qué, es que no ve que entra todo pichichi del Valencia por la izquierda…”
En pleno frenesí ofensivo del equipo levantino, con el Athletic desbordado, llega el primer gol. El hincha se tapa la cara con los manos. Traga saliva y exclama:
“¡Madre del amor hermoso…!, por favor, se veía venir, y para colmar el chorreo encima marca Aduriz.  Sinceramente, Aitor Ocio mejor que se dedique a la pasarela, porque lo que jugar al fútbol en un equipo del nivel del Athletic… Y todos los demás, ¡eh…!, que aquí no se libra ni Dios, zascandiles, más que zascandiles”.
Llegados al descanso, el hincha se ha desfondado. No se lo puede creer. El disgusto le ha quitado el apetito. Sin embargo, el arranque del segundo tiempo reactiva su corazón. El Athletic reacciona. Caparrós cambia la faz del equipo con Susaeta, Muniain, Toquero. El Valencia acusa el alto ritmo impuesto en la primera parte, quizá el desgaste del encuentro que disputó el pasado miércoles frente al Manchester United. Físicamente se derrumba. Está a merced del Athletic. El empate parece cuestión de tiempo. Pero pasan los minutos. El gol no llega. Muniain se cierne amenazante. Toquero porfía. Susatea está espléndido. Mejor que nunca. Gambetea. Se asocia con criterio, y nada. Peor aún, tiene una gran oportunidad de anotar, pero el balón lo estampa contra su compañero Llorente. Javi Martínez cae lesionado. Se le cruzan los cables a Ocio, le atiza un mandoble a Soldado sin venir a cuento, como buscando la expulsión. El árbitro no lo ve, o se hace el sueco. El Athletic agobia a su rival. La ansiedad crece en el hincha por ese gol soñado, evidente, cantado, y que nunca llega.
Y en esto, la fatalidad: en plena vorágine rojiblanca, Vicente, aquel Vicentín que venía de estrella y acabó estrellado víctima de lesiones infinitas, finta y anota un gol espléndido. El segundo del Valencia, y en el 91. El acabose. Y sin embargo el Athletic no claudica. Gabilondo, al suspiro, marca de forma magistral. A buenas horas mangas verdes.
Pero los muchachos porfían, se resisten a morir. Aún tienen otra, pero tampoco, lo cual no hace más que alimentar una cruel paradoja que hunde aún más al hincha.
A saber: el Athletic de la primera parte estaba anímicamente amortizado, pero el Athletic de la segunda le levantó tanto la moral y la esperanza, que la frustración posterior fue descomunal. “Te lo advertí”, ponderó ella, tan sensata. Él me miró como buscando respuestas de augur y consuelo cristiano. Le dije:
Bueno… como analista sosegado de la cosa futbolística, el Athletic volvió a incurrir en el mismo error, que es un problema: tarda en meterse en el partido y, cuando lo hace, a veces es demasiado tarde. Debe corregirlo. (¡arggg! Valencia, ¡dita sea! El hincha no captó mi cabreo interior).

El precio de la (mala) fama

Igor Martínez junto Carlos Puyol, luciendo en la camiseta el anagrama de UNICEF, en un lance del partido.

Igor Martínez junto Carlos Puyol, luciendo en la camiseta el anagrama de UNICEF, en un lance del partido. (Foto: Oskar Martínez)

la hinchada del Athletic se marchó moderadamente satisfecha de San Mamés, aunque rumiando una jugada sobre la cual se dan y darán vueltas y revueltas, fomentando esa controversia y discusión del que tanto jugo saca el fenómeno futbolístico: ¿Fue justa (a reglamento) la expulsión de Amorebieta?

Antes de entrar en harina, la temprana eliminación del rudo central rojiblanco sirvió para atemperar los efectos de una derrota intuida, pues enfrente estaba el Barça, el mejor equipo del mundo. Si hasta entonces el Athletic estaba exigiendo de su selecto rival el máximo, después mantuvo el mismo nivel de entrega y entusiasmo, cualidades muy valoradas por el aficionado. Jamás se sintió derrotado y mantuvo un hilo de esperanza hasta el minuto final.

Además, el partido ante el Barça llegaba con los deberes cumplidos, es decir, el empate en Gijón y la clara victoria frente al Mallorca, luego tampoco apretaban las urgencias.

Dicho lo cual, Según el acta arbitral, Fernando Amorebieta fue expulsado “por entrar a un contrario de forma frontal, perdiendo el control de su cuerpo y con fuerza excesiva mientras disputaba el balón, poniendo en peligro la integridad física de éste (el acta no aclara si se refiere al balón o al jugador)”.

De otro modo: el vigoroso central acudió a la cita con la pelota que él mismo había perdido por un mal control como un bisonte desbocado, consciente de que podía arrasar a todo bicho que se pusiera por delante, futbolista incluido. Iniesta voló por los aires y del graderío de San Mamés surgió un ¡ohhh! bien expresivo, o sea, que todo el mundo pensó que Amorebieta había cuarteado al susodicho; que Amorebieta es un inconsciente por entrar así en una jugada nada comprometida. Que tampoco calibró sus antecedentes y perfil de tipo rudo, condición que predispone a los árbitros; y con lo que llovía sobre Bilbao, haciendo más resbaladizo el césped; y con lo que llovía a causa de la lesión de Messi, con la consiguiente hipersensibilidad hacia los divos futbolísticos.

Desde el graderío, pocos dudaron de que Amorebieta se había merecido la expulsión a pulso y más de uno pensó en meterle interno en un monasterio zen por ver si aprende un poco de autocontrol, más que nada para que el Athletic juegue más a menudo con once futbolistas.

Segunda consideración: Amorebieta, mientras embiste para recuperar el balón, repliega sus pies para amortiguar en lo posible las consecuencias del impacto. Un arrepentimiento súbito del muchacho que, como en justicia divina, merece consideración, como también la merece que Iniesta saliera más o menos indemne del lance. Ahora bien, esto sólo se pudo apreciar por televisión y en una toma lentificada.

Tercera apreciación: Si la entrada se produce al revés seguro que al árbitro Mateu Lahoz no se le habría ocurrido expulsar a Iniesta. El precio de la (mala) fama se paga, y caro.

Todo esto y mucho más se debatirá también en China, donde por efecto de la globalización y el poder hipnótico que despliega el Barça atrae la atención mundial, razón por la cual el club azulgrana suscribió un acuerdo con UNICEF para irradiar por el mundo imagen de buen rollito, caer bien y, de paso, vender camisetas. Pero semejante sagacidad comercial, que le cuesta dos millones de euros, más los 30 que deja de ingresar en publicidad comercial, bien merece un reconocimiento, pues también sirve para alertar a la humanidad sobre el lacerante desamparo que sufren millones de niños.

En vivo contraste, su antagonista por antonomasia, el Real Madrid anuncia una casa de apuestas, curioso fenómeno que se ha metido hasta los tuétanos en el orbe futbolístico y que ha encontrado acomodo publicitario en los programas deportivos radiofónicos, de tal modo que Paco González y el gran Pepe Domingo Castaño, en su desembarco desde el Carrusel, de la Ser, a Tiempo de juego, en la Cope, también se ha llevado consigo, con su proverbial facilidad comunicativa, la invitación a las apuestas vía internet. Y lo hace con ahínco, y de tal forma que parece un juego tan divertido como inocuo, cuando se trata de una subrepticia, sutil y muy engañosa invitación a la ludopatía. Es decir, los obispos arrastrando al vicio, ¡Sodoma y Gomorra por las ondas de la radio episcopal! También allí se fomenta el póquer, deporte sobre el que Castaño compuso una oda a propósito de un libro que ha escrito Poli Rincón (¡albricias!) sobre el tema. Terminado el programa, un joven habló sobre su compromiso con Cristo ante la visita a Madrid del Papa el próximo año para convivir con la juventud. Me dormí con ambos mensajes aún calientes, subliminales. Soñé. Vi a Benedicto XVII presidiendo una enorme timba de póquer en Cibeles, ejerciendo de sumo sacerdote tahúr, perdiendo una fortuna y empeñando los tesoros del Vaticano para salir del mal trance fomentado desde la radio de su eminencia Rouco Varela.

Borrasca en el Cantábrico

La embarcación de Urdaibai culminó la temporada de forma magistral, logrando el pasado sábado la XXVIII Ikurriña de Bermeo y ayer la de El Corte Inglés en Portugalete, adjudicándose de paso la Liga San Miguel de traineras, es decir, que su victoria en La Concha parece una consecuencia lógica de su poderío y regularidad a lo largo y ancho de la temporada, durante la cual sus remeros han sido sometidos a diferentes controles antidopaje sin que de los mismos se tenga constancia de positivo alguno, luego los chicos que entrena José Manuel Francisco son galerna incontenible, para deleite y jolgorio de un pueblo tan marinero como Bermeo, que ya era hora.

Ante la contundencia de tales hechos, resulta aún más asombrosa la contumacia con la que José Luis Korta, almirante, lobo de mar y también pirata, se ha empleado para desacreditar semejante proeza del rival, si tenemos en cuenta que el mítico remero sobre todo tiene alma de deportista.

Hasta que los dirigentes de Kaiku le mandaron cerrar la boca, amén de no secundar sino todo lo contrario sus tremendas acusaciones, lo cual es muy significativo, Korta ha dicho barbaridades. La más brutal, sin duda, la de alertar sobre la gravedad del asunto con estas palabras: “¿A qué hay que esperar? (para que se investigue el presunto dopaje en Urdaibai), ¿a que muera alguno?”.

Semejante insinuación intimida tanto que nadie en sus cabales puede decirla sin aportar pruebas y marcharse de rositas. Si realmente tiene “testigos” que saben “hasta lo que mean los de Urdaibai”, que lo comunique a las autoridades competentes o calle para siempre.

Comenzaré a creer al legendario bogador si efectivamente consolida con hechos lo que parece ser otra de sus bravuconadas, es decir, cuando renuncie al jugoso contrato que tiene con Kaiku y abandone en señal de protesta, alarma o denuncia.

Mucho me temo que la otra personalidad de Korta, la de showman follonero y malandrín, esa a quien un pajarito le cuenta cosas y luego las suelta con su habitual incontinencia pesa más en el mundillo del remo, que ha reaccionado al unísono amenazándole con mil querellas que probablemente no se llevarán a efecto conforme la borrasca se aleja del Cantábrico. Para empezar, su propio club, Kaiku, está dispuesto a apoyarle “con toda su fuerza”, dando a entender que terminada la temporada también es hora de pasar por alto las cosillas de Korta.

A la espera de acontecimientos, si los hay, el fenómeno del dopaje no admite bromas. Por ejemplo, Gurpegi dio positivo por norandrosterona el día de su debut oficial en septiembre de 2002, en el estadio de Anoeta y frente a la Real Sociedad, y fue castigado con dos años sin poder jugar tras un largo y rocambolesco litigio durante el cual Sabino Padilla, entonces médico del Athletic, se empeñó en demostrar que el propio centrocampista navarro generó la sustancia en cuestión de manera natural acuciado por los nervios.

Al parecer, Gurpegi le ha dicho a su cuerpo serrano que dejara de fabricar cosas raras, éste asimiló psicosomáticamente la orden al vuelo y, oh milagro, nunca más volvió a engendrar la dichosa norandrosterona. Cumplida su sanción, ha recuperado el brío de antaño, hasta el punto de convertirse en pieza básica en el Athletic de Joaquín Caparrós. Y hasta marca goles, como en aquel infausto día de su debut, en el que anotó dos a la Real. Gurpegi encabezó la briosa reacción rojiblanca en Gijón, que mereció culminar con la victoria, pero acabó en un empate que deja dos enseñanzas: primero, que el Athletic no se rinde fácilmente. Segundo, que en un partido también computa la media hora inicial, tiempo durante el cual sufrió una caraja evidente que finalmente lastró su camino hacia el triunfo.

Messi cae lesionado

El Athletic deberá refrendar todo lo bueno que hizo en la segunda mitad contra el Sporting sobre todo mañana, frente al Mallorca, especialista en amargar a la parroquia de San Mamés, y a ser posible el próximo sábado ante el Barça, que vendrá sin su máxima estrella, el sideral Lionel Messi, a quien Ujfalusi lesionó en los instantes finales del Atlético de Madrid-Barça en un lance en donde el defensa checo dejó marcado con violencia el grado de su frustración.

Pese a esta lamentable baja, el equipo azulgrana ha recuperado toda la magia de su juego arrebatador. Se intuye un gran encuentro, que habrá que afrontar con fe e inteligencia.

Las huellas de la fatalidad

Una semana después de vivir una jornada triunfal, al deporte vizcaino le ha caído encima un torrente de desdichas. A esto se le llama zurrar la moral con eficacia, donde más duele, y a veces con síntomas de fatalidad. Así de cabroncete suele ser el destino con el hincha. Me estoy refiriendo a los seguidores de Kaiku, pues los de Urdaibai todavía andan celebrando su histórica victoria en la bandera de La Concha; sobre todo a los entusiastas del ciclismo, consternados por la desgracia de Igor Antón camino de Peña Cabarga, en la décimo cuarta etapa de la Vuelta; y no digamos nada de los aficionados del Athletic, que aún mastican la hiel que dejó el Atlético de Madrid a su paso por San Mamés.

La fatalidad es consustancial a la vida misma, pero no es nada fácil afrontarla con determinación. Reconozco que me ha dejado pasmado la entereza con la que el ciclista del Euskaltel Euskadi encajó su accidente, cuando acariciaba la eventualidad de ganar la Vuelta, lo que podía haber sido su mayor hazaña deportiva y la de su equipo.

En vez de maldecir su suerte, Igor Antón hablaba de la felicidad hallada después de vencer en dos etapas o saborear el maillot rojo de líder; el cariño de la afición, la solidaridad de sus compañeros. En vez de jurar sobre lo más barrido por el dolor de las heridas, físicas y del corazón, mostraba una resignación diáfana, contagiosa por su inquietante serenidad. Sabido que hace dos años recibió idéntica dentellada del destino, en vez de clamar al cielo con ira resulta que muestra una cordura relajante, impartiendo una lección impagable de coraje.

Los seguidores de Kaiku también recibieron un desaire descomunal del destino, pues toda la preparación de la temporada estaba planificada por José Luis Korta, su entrenador, para que sus remeros bogarán pletóricos de vigor y fuerza el día D, en la Concha, la regata por antonomasia. Korta sabe como nadie los secretos que encierra este desafío, y sobre todo la forma de ganarlo, proeza que ha conseguido en quince ocasiones, más que nadie, forjando una leyenda de viejo lobo que levanta tanta envidia como admiración.

Korta es consciente de su privilegiada posición, y se maneja con soltura y astucia sobre las aguas turbulentas que en ocasiones anegan el mundillo del remo. Pero esta vez se ha pasado de rosca con su planificación extradeportiva, y al parecer también en la deportiva, teniendo en cuenta que sus reputados bogadores fallaron al maniobrar en la ciaboga de La Concha, y luego se les diluyó la fuerza en la txampa final, tirando la gloria prometida para felicidad de Orio y éxtasis de Urdaibai y el gentío bermeano, que al fin pescaron el único fruto que le negaba la mar.

Korta, me parece, comienza a tener problemas con su doble personalidad. La de estratega prodigioso del remo y la de showman, variante vital que ha sabido exhibir con donaire y soltura en los realitys de ETB. Por encima de sus cuitas personales con su colega José Manuel Francisco, entrenador de Urdaibai, Korta no puede decir de modo alguno, mediante circunloquios, sin pruebas, aduciendo que se lo ha contado un pajarito y, en caso contrario, pidiendo perdón; o sea, poniéndose la venda, pero tirando la piedra y escondiendo la mano; acusando indirecta y torticeramente que si Urdaibai está en plena forma es porque tiene un médico-brujo que les suministra una pócima especial, y ustedes entienden de sobra lo que Korta quiso propalar. Tras la derrota, Korta ha insinuado que deja el remo, elección que sin duda le permitirá desarrollar su vertiente cómica para deleite de sus otros fans, aquellos que ríen con la gracia serrana y encanto de cascarrabias bufón que sabe desplegar cuando participa en el Faro del fin del Mundo.

El Athletic también ha sabido reaccionar contra la fatalidad con prestancia, pidiéndole a Diego Forlán su camiseta, según reconoció el reputado goleador y consumado especialista en hundir en la miseria al equipo rojiblanco. Al parecer, el club quiere exhibirla en la sala de los horrores que planea incorporar al museo de San Mamés. Otros afirman que es por su ascendencia vasca. También que con ella harán un akelarre, aunque el mejor sortilegio sea jugar mejor al fútbol. Va siendo hora.