El precio de la (mala) fama

Igor Martínez junto Carlos Puyol, luciendo en la camiseta el anagrama de UNICEF, en un lance del partido.

Igor Martínez junto Carlos Puyol, luciendo en la camiseta el anagrama de UNICEF, en un lance del partido. (Foto: Oskar Martínez)

la hinchada del Athletic se marchó moderadamente satisfecha de San Mamés, aunque rumiando una jugada sobre la cual se dan y darán vueltas y revueltas, fomentando esa controversia y discusión del que tanto jugo saca el fenómeno futbolístico: ¿Fue justa (a reglamento) la expulsión de Amorebieta?

Antes de entrar en harina, la temprana eliminación del rudo central rojiblanco sirvió para atemperar los efectos de una derrota intuida, pues enfrente estaba el Barça, el mejor equipo del mundo. Si hasta entonces el Athletic estaba exigiendo de su selecto rival el máximo, después mantuvo el mismo nivel de entrega y entusiasmo, cualidades muy valoradas por el aficionado. Jamás se sintió derrotado y mantuvo un hilo de esperanza hasta el minuto final.

Además, el partido ante el Barça llegaba con los deberes cumplidos, es decir, el empate en Gijón y la clara victoria frente al Mallorca, luego tampoco apretaban las urgencias.

Dicho lo cual, Según el acta arbitral, Fernando Amorebieta fue expulsado “por entrar a un contrario de forma frontal, perdiendo el control de su cuerpo y con fuerza excesiva mientras disputaba el balón, poniendo en peligro la integridad física de éste (el acta no aclara si se refiere al balón o al jugador)”.

De otro modo: el vigoroso central acudió a la cita con la pelota que él mismo había perdido por un mal control como un bisonte desbocado, consciente de que podía arrasar a todo bicho que se pusiera por delante, futbolista incluido. Iniesta voló por los aires y del graderío de San Mamés surgió un ¡ohhh! bien expresivo, o sea, que todo el mundo pensó que Amorebieta había cuarteado al susodicho; que Amorebieta es un inconsciente por entrar así en una jugada nada comprometida. Que tampoco calibró sus antecedentes y perfil de tipo rudo, condición que predispone a los árbitros; y con lo que llovía sobre Bilbao, haciendo más resbaladizo el césped; y con lo que llovía a causa de la lesión de Messi, con la consiguiente hipersensibilidad hacia los divos futbolísticos.

Desde el graderío, pocos dudaron de que Amorebieta se había merecido la expulsión a pulso y más de uno pensó en meterle interno en un monasterio zen por ver si aprende un poco de autocontrol, más que nada para que el Athletic juegue más a menudo con once futbolistas.

Segunda consideración: Amorebieta, mientras embiste para recuperar el balón, repliega sus pies para amortiguar en lo posible las consecuencias del impacto. Un arrepentimiento súbito del muchacho que, como en justicia divina, merece consideración, como también la merece que Iniesta saliera más o menos indemne del lance. Ahora bien, esto sólo se pudo apreciar por televisión y en una toma lentificada.

Tercera apreciación: Si la entrada se produce al revés seguro que al árbitro Mateu Lahoz no se le habría ocurrido expulsar a Iniesta. El precio de la (mala) fama se paga, y caro.

Todo esto y mucho más se debatirá también en China, donde por efecto de la globalización y el poder hipnótico que despliega el Barça atrae la atención mundial, razón por la cual el club azulgrana suscribió un acuerdo con UNICEF para irradiar por el mundo imagen de buen rollito, caer bien y, de paso, vender camisetas. Pero semejante sagacidad comercial, que le cuesta dos millones de euros, más los 30 que deja de ingresar en publicidad comercial, bien merece un reconocimiento, pues también sirve para alertar a la humanidad sobre el lacerante desamparo que sufren millones de niños.

En vivo contraste, su antagonista por antonomasia, el Real Madrid anuncia una casa de apuestas, curioso fenómeno que se ha metido hasta los tuétanos en el orbe futbolístico y que ha encontrado acomodo publicitario en los programas deportivos radiofónicos, de tal modo que Paco González y el gran Pepe Domingo Castaño, en su desembarco desde el Carrusel, de la Ser, a Tiempo de juego, en la Cope, también se ha llevado consigo, con su proverbial facilidad comunicativa, la invitación a las apuestas vía internet. Y lo hace con ahínco, y de tal forma que parece un juego tan divertido como inocuo, cuando se trata de una subrepticia, sutil y muy engañosa invitación a la ludopatía. Es decir, los obispos arrastrando al vicio, ¡Sodoma y Gomorra por las ondas de la radio episcopal! También allí se fomenta el póquer, deporte sobre el que Castaño compuso una oda a propósito de un libro que ha escrito Poli Rincón (¡albricias!) sobre el tema. Terminado el programa, un joven habló sobre su compromiso con Cristo ante la visita a Madrid del Papa el próximo año para convivir con la juventud. Me dormí con ambos mensajes aún calientes, subliminales. Soñé. Vi a Benedicto XVII presidiendo una enorme timba de póquer en Cibeles, ejerciendo de sumo sacerdote tahúr, perdiendo una fortuna y empeñando los tesoros del Vaticano para salir del mal trance fomentado desde la radio de su eminencia Rouco Varela.