Las huellas de la fatalidad

Una semana después de vivir una jornada triunfal, al deporte vizcaino le ha caído encima un torrente de desdichas. A esto se le llama zurrar la moral con eficacia, donde más duele, y a veces con síntomas de fatalidad. Así de cabroncete suele ser el destino con el hincha. Me estoy refiriendo a los seguidores de Kaiku, pues los de Urdaibai todavía andan celebrando su histórica victoria en la bandera de La Concha; sobre todo a los entusiastas del ciclismo, consternados por la desgracia de Igor Antón camino de Peña Cabarga, en la décimo cuarta etapa de la Vuelta; y no digamos nada de los aficionados del Athletic, que aún mastican la hiel que dejó el Atlético de Madrid a su paso por San Mamés.

La fatalidad es consustancial a la vida misma, pero no es nada fácil afrontarla con determinación. Reconozco que me ha dejado pasmado la entereza con la que el ciclista del Euskaltel Euskadi encajó su accidente, cuando acariciaba la eventualidad de ganar la Vuelta, lo que podía haber sido su mayor hazaña deportiva y la de su equipo.

En vez de maldecir su suerte, Igor Antón hablaba de la felicidad hallada después de vencer en dos etapas o saborear el maillot rojo de líder; el cariño de la afición, la solidaridad de sus compañeros. En vez de jurar sobre lo más barrido por el dolor de las heridas, físicas y del corazón, mostraba una resignación diáfana, contagiosa por su inquietante serenidad. Sabido que hace dos años recibió idéntica dentellada del destino, en vez de clamar al cielo con ira resulta que muestra una cordura relajante, impartiendo una lección impagable de coraje.

Los seguidores de Kaiku también recibieron un desaire descomunal del destino, pues toda la preparación de la temporada estaba planificada por José Luis Korta, su entrenador, para que sus remeros bogarán pletóricos de vigor y fuerza el día D, en la Concha, la regata por antonomasia. Korta sabe como nadie los secretos que encierra este desafío, y sobre todo la forma de ganarlo, proeza que ha conseguido en quince ocasiones, más que nadie, forjando una leyenda de viejo lobo que levanta tanta envidia como admiración.

Korta es consciente de su privilegiada posición, y se maneja con soltura y astucia sobre las aguas turbulentas que en ocasiones anegan el mundillo del remo. Pero esta vez se ha pasado de rosca con su planificación extradeportiva, y al parecer también en la deportiva, teniendo en cuenta que sus reputados bogadores fallaron al maniobrar en la ciaboga de La Concha, y luego se les diluyó la fuerza en la txampa final, tirando la gloria prometida para felicidad de Orio y éxtasis de Urdaibai y el gentío bermeano, que al fin pescaron el único fruto que le negaba la mar.

Korta, me parece, comienza a tener problemas con su doble personalidad. La de estratega prodigioso del remo y la de showman, variante vital que ha sabido exhibir con donaire y soltura en los realitys de ETB. Por encima de sus cuitas personales con su colega José Manuel Francisco, entrenador de Urdaibai, Korta no puede decir de modo alguno, mediante circunloquios, sin pruebas, aduciendo que se lo ha contado un pajarito y, en caso contrario, pidiendo perdón; o sea, poniéndose la venda, pero tirando la piedra y escondiendo la mano; acusando indirecta y torticeramente que si Urdaibai está en plena forma es porque tiene un médico-brujo que les suministra una pócima especial, y ustedes entienden de sobra lo que Korta quiso propalar. Tras la derrota, Korta ha insinuado que deja el remo, elección que sin duda le permitirá desarrollar su vertiente cómica para deleite de sus otros fans, aquellos que ríen con la gracia serrana y encanto de cascarrabias bufón que sabe desplegar cuando participa en el Faro del fin del Mundo.

El Athletic también ha sabido reaccionar contra la fatalidad con prestancia, pidiéndole a Diego Forlán su camiseta, según reconoció el reputado goleador y consumado especialista en hundir en la miseria al equipo rojiblanco. Al parecer, el club quiere exhibirla en la sala de los horrores que planea incorporar al museo de San Mamés. Otros afirman que es por su ascendencia vasca. También que con ella harán un akelarre, aunque el mejor sortilegio sea jugar mejor al fútbol. Va siendo hora.