Prohibido prohibir (o no)

Gran coincidencia para los que moderamos tertulias y/o participamos en ellas: el principio del fin de la Ley Mordaza y el garbeo por nuestra tierra del cada vez más célebre bus naranja. Sin necesidad de aplicar la vetusta moviola de Ortiz de Mendívil, se veía al personal incurrir en un fuera de juego clamoroso tras otro. La filípica que se acababa de soltar sobre este asunto quedaba desmontada al abordar aquel y viceversa. Y daba lo mismo con qué camiseta se saliera al césped opinativo, convertido inmediatamente en patatal propicio para buscar el tobillo del rival.

La contradicción se hacía presente igual con los retrógrados desorejados que con los progres más vanguarderos. Los primeros empezaban diciendo que oiga usted, hágame el favor, es muy necesaria una ley que prohíba comportamientos que no son de recibo en una sociedad civilizada. Añadían que solo quien no esté dispuesto a conducirse de acuerdo a unos mínimos parámetros de convivencia podían temer una normativa que regulase algo tan básico. En el cambio de tercio, sin embargo, proclamaban el valor sagrado de la libertad de expresión para, en este caso, ir por ahí soltando memeces sobre penes y vulvas.

Los de la contraparte obraban exactamente al revés. De saque, prohibido prohibir, hasta dónde vamos a llegar, quién es el Gobierno (y más, este gobierno maxifacha) para poner límites a la higiénica y necesaria protesta ciudadana. Entonces, ¿lo del autobús de los integristas? ¡Ah, no! ¡Por ahí sí que no! Eso es difundir odio gratuitamente y hay que impedirlo sin contemplaciones. ¿Que quién lo decide? ¡Ja! ¡Pues nosotros, que (siempre) tenemos razón!

Sí a la misa televisada

No voy a misa. Ya ni siquiera por compromiso en los funerales. Aparte de que me aburría soberanamente, casi siempre acababa acordándome de la parentela del oficiante por la ligereza con que animaba a la concurrencia a que viéramos como motivo de fiesta y algarabía la muerte, muchas veces demasiado prematura, de nuestros seres queridos. Y cuando no era eso, era el mitin que nos largaba el gachó desde el púlpito. De variada índole, no crean, que lo mismo me han sermoneando sobre la una, grande y libre, la Euskal Herria liberada de fuerzas de ocupación a tiro limpio, la aberración de muerte digna o el tremendo pecado que sería que el Athletic fichase extranjeros.

En resumen: a mi no me pillan ni en carne mortal en el templo que sea, ni mucho menos como feligrés virtual en la transmisión televisiva de cualquiera de las cadenas públicas —EITB y RTVE, en nuestro entorno— que mantienen la liturgia católica en su programación. Ahora bien, el hecho de que esté entre la clientela potencial de la cosa no me impide ver su procedencia y su utilidad social. O dicho en menos fino, que me parece una memez supina la campaña de cuatro comecuras rancios —son la releche los retroprogres— para exigir que las “televisiones que pagamos todos” (ya será menos) retiren las misas de sus parrillas. No encuentro ningún problema en que en horarios perdidos de la programación se satisfaga esta mínima demanda de personas generalmente de una edad considerable, con dificultades de movilidad y/o residentes en lugares alejados de donde se ofrece el culto. Una vez más, los adalides de la tolerancia son unos intolerantes de manual.

¿Cuántos somos?

25 por ciento de participación en las consultas sobre el derecho a decidir organizadas por Gure Esku Dago el pasado domingo. Hablamos de 35 municipios con una sociología claramente proclive a la cuestión, como se ha venido demostrando en incontables citas electorales. No parece que sea un secreto, de hecho, que igual que en las tandas anteriores, se ha escogido estas localidades porque se pensaba que podían ejercer como locomotora. ¿Reconocemos de una vez que los números no se parecen ni de lejos a lo inicialmente esperado o seguimos despejando a córner con las manidas excusas, interpretaciones o acusaciones cruzadas de culpa?

Por lo que veo, impera nuevamente la segunda opción. Que si tampoco está tan mal. Que, oye, ya mejorará cuando sea de verdad. Que no ayudó el tiempo soleado (con lluvia, ídem de lienzo). Que lo importante es crear cultura democrática. Que en realidad no se planteaba ningún objetivo. Que no hay que cegarse por las cifras. Que qué quieres, si el PNV anda pactando con el PP los presupuestos y eso desanima mucho. Que si no vas a ayudar, no molestes a los que lo están intentando…

Como me sé encuadrable en uno o varios de los enunciados anteriores, antes de hacer mutis, me limitaré a evocar la imagen del lehendakari Ibarretxe en el reciente acto del Kursaal junto a Artur Mas invitando a los asistentes a corear la canción Zenbat Gera? Hay que empezar por ahí, por contarnos. Una vez más, sin pretextos, evitando la tentación de hacernos trampas en el solitario. Ojalá estuviéramos dispuestos a afrontarlo, pero me temo que resulta más sencillo dejarse arrastrar por la cómoda inercia.

Aroma a Aiete

¿Que por qué va a ser esta la buena? Ciertamente, con ETA nunca se sabe. No olvidemos que por muchos juglares y cantares de gesta que le hayan salido a la banda terrorista —qué significativo es que haya quien se encabrone cuando se la nombra así—, esta ronda del desarme es cosa suya. Unilateralidad, ¿se acuerdan? Y ya son cinco años y medio dando largas, poniendo excusas y, esto tampoco vamos a negarlo, aprovechando que al otro lado el Gobierno español, con su cerrazón calculada, le ha servido en bandeja el gran comodín: “Nosotros queremos, pero no nos dejan”. Pues vaya, porque lo que se intuye que se culminará el cacareado 8 de abril será, por mucho aliño de sociedad civil que se le eche, eso que no era de recibo hasta ahora: la entrega de un listado.

Es verdad, sigo sin contestar, así que voy a ello. Si hay un motivo para pensar que estamos —¡por fin!— en la antesala de la culminación, es el intensísimo aroma a Aiete en que ha venido envuelto el anuncio. Aroma, en concreto, a pista de aterrizaje. Si tienen memoria y no se dejan llevar por la humana tendencia al autoengaño, convendrán en que entonces muchísimos nos prestamos a participar en un ceremonial que no iba más allá de la pompa y la circunstancia como precio asumible a cambio del comunicado que sabíamos que llegaría casi inmediatamente. Pues ahora, lo mismo, solo que con un coste y un riesgo menores, puesto que con o sin entrega, a efectos prácticos ETA está desarmada y disuelta como organización criminal. Otra cuestión es el plano simbólico o el de la batalla por el relato, que es el escenario en que nos encontramos en este instante.

Prohibiciones

El otro día me descubrí a mi mismo abogando por una prohibición. Y no precisamente en la sobremesa de una cena ni en el marianito dominical. Fue nada menos que en la televisión pública vasca, concretamente, en El programa de Klaudio, ante unas cuantas miles de personas. Hablábamos de ese garito infecto de Gasteiz que había tenido la genial idea de organizar un concurso de culos de mujeres con 200 euros de premio para la ganadora. Traía de casa mi argumento habitual para situaciones como la planteada: mejor no dar ni media bola a este tipo de membrilladas que buscan, justamente, el autobombo por la cara. Creo que llegué a decirlo, pero obviamente, el razonamiento no sirve ni como parche para un debate así. La cuestión era qué hacer una vez que la competición estaba anunciada y se conocía incluso sobradamente.

En ese cara o cruz, ni lo dudé: “A riesgo de parecer retrógrado, creo que no hay más remedio que prohibir determinadas actividades, y esta es una de ellas”. Como la mayoría de mis compañeros en la mesa, me acogí a lo denigrante para las mujeres que resulta un espectáculo de ese pelo. Ante la evidente pregunta sobre quién decide lo que es o deja de ser denigrante, vinimos a coincidir en que eso es cosa de la mayoría de los representantes políticos de la sociedad. De hecho, tal concepción está presente en varias leyes, incluyendo la que se habría aplicado para impedir el evento.

Al llegar a mi casa tras el programa, vi el guasap de una amiga nada sospechosa de dejarse cosificar: “¿Quién eres tú para prohibirme que, si es mi voluntad, me presente a un concurso de culos?” Ahí les dejo el embolado.

Ni en Iruña ni en Leioa

Lo de los episodios violentos de vuelta a nuestras calles empieza a parecerse a la corrupción del PP. Demasiados y demasiado seguidos para que cuele que son casos aislados. Y qué despiste monumental, por cierto, en cuanto a las repulsas, los rechazos y las condenas. Hasta donde llevamos visto, no es lo mismo en qué lugar se producen ni a quién hacen la faena. Qué diferencia entre el inmenso cabreo que parecieron suscitar los altercados del Casco Viejo de Iruña con los condescendientes silbidos a la vía que han seguido a los enésimos estragos causados por la alegre chavalada en instalaciones de la Universidad del País Vasco. Es gracioso, o más bien, simplemente revelador, que los que nos abrasan con sus martingalas sobre la defensa de lo público se muestren tan poco exigentes cuando unos niñatos que malamente aprobarían la ESO se cargan material de uso común que nos sale muy caro.

Están de más las medias tintas, las inercias y las holgazanerías justificatorias que contienen la expresión “pero es que”. La contundencia en la denuncia no tendría que dejar lugar a dudas. Lo explicaba muy bien Xabier Lapitz el otro día. El fin de estos grupúsculos que, pese a su supuesta pequeñez, tanto relieve están adquiriendo, es situar al grueso de la Izquierda Abertzale frente a sus contradicciones. ¿Lo están consiguiendo?

Si en Iruña se vio muy claro que, en una curiosa pero no sorprendente comunión de intereses, los camorristas importados estaban haciendo inmensamente felices a los adalides del viejo régimen, debemos aplicar la misma lógica al resto de incidentes. Y, ojo, no solo por motivos tácticos sino éticos.

Piel de periodista

¡Vaya! Se oye comentar que los de Podemos no tratan muy bien a algunos de mis congéneres de la especie plumífera. La que se ha liado, de hecho, con la denuncia de la asociación gremial en la capital del reino, por buen nombre, Asociación de la Prensa de Madrid. ¿Cuánto habrá de verdad en la acusación sin nombres, piedra lanzada de mano inmediatamente escondida? Seguro que algo, no les voy a decir que no. Ya hemos visto a Iglesias Turrión y alguno de sus subalternos en plan matoncete o, según el café de esa mañana, perdonavidas con algún osado cronista que no ha bajado la testuz ante el sagrado manto morado. También sabemos, y en ese caso hasta por experiencia propia, lo cansinos que pueden ser los incontables troles —profesionales y/o voluntarios— al servicio de la formación.

¿Y es grave, doctor? Decididamente, no. Para los usos y costumbres de este oficio de tinieblas, lo anteriormente descrito se queda en incomodidad o en los tan mentados gajes, palabra que en origen significa, por cierto, sobresueldo. Es decir, que quizá proceda una queja o un par de cagüentales, pero no hay motivo para montar un campañón del carajo. Y menos, para que venga el egregio novio de Isabel Preysler a meter a ETA por medio. No soy en absoluto partidario de esa visión de los periodistas como héroes o mártires por obligación. Necesitamos comer exactamente igual que los sexadores de pollos. Sin embargo, sí tengo meridianamente claro que, salvo en el caso de determinados corchos humanos que siempre se dejan llevar por los vientos que toquen, dedicarse a esto implica disgustar mucho a muchos. Cada vez a más, me temo.