Iracunda Beltrán

Desde esta esquinita de la demarcación autonómica, dudo si tomarme en cachondeo o a la tremenda a la Sarah Palin de vía estrecha que lidera o así el Partido Popular de Navarra. Se comprende que la competencia en la cáscara amarga —o sea, rancia— del (requeté)regionalismo está muy jodida, y que debe de quemar un chingo verse como una excrecencia menor en el ultramonte ahora condenado a la oposición, pero lo de Ana Beltrán empieza a ser para hacérselo mirar. Solo el último comunicado evacuado por la susodicha da, como poco, para sendas tesinas de politologia parda y psiquiatría de similar tonalidad.

La iracunda exgerente de la empresa familiar en concurso de acreedores que le debe un pastizal a Hacienda se quejaba a exabrupto pelado de los 50.000 euros invertidos por el gobierno de Uxue Barkos en una campaña para promocionar el prestigio social del euskera. “Hay que parar el gasto con el vascuence [sic] o acabaremos como en Cataluña”, bramaba en el trozo de la filípica que, no por nada, el diario de la acera de choque elegía como titular de encabronamiento para los feligreses habituales. Lo cierto es que, incluso poniendo un dedo con los ojos cerrados en cualquier parte de la descarga de bilis, se habría atinado con una demasía del pelo.

Que si irreverencia, que si locura, que si sacrificio del bienestar de los ciudadanos para engordar una lengua minoritaria, que si arma política para extender el nacionalismo, que si construcción nacional… No falta ni una de las letanías sobeteadas hasta la náusea. Y uno se pregunta —insisto, a 150 kilómetros— si hay público para tales soflamuelas o es puro desfogue.

Tragicomedia del tesoro

Berlanga vive. Decenas de seres humanos trasnochan frente a un museo para evitar que unas (supuestas) obras de arte por las que casi nadie había mostrado gran interés sean llevadas al lugar donde estuvieron durante centenares de años con más pena que gloria. Junto a los agrestes defensores del tesoro, hacen guardia en la fría madrugada de Lleida mis colegas del gremio plumífero, cada cual con su parroquia que atender y sus huestes que enardecer. Así, unos narran la berroqueña resistencia a lo que califican como expolio español —botín de guerra, nada menos, según el president arraigado en Bruselas—, mientras los de enfrente, enfervorecidos de españolidad, dan la buena nueva del entuerto desfacido y la gozosa vuelta de los cachivaches afanados a la localidad de procedencia. Como ayudantes y garantes del traslado, mire usted por dónde, los mismos mossos que pasan de héroes a villanos y viceversa, según el costillar que muelan con sus porras. Esta vez, gajes del oficio o del 155, tocó atizar a los de las esteladas.

Lo patético vuelve a suplantar a lo épico en esta tragicomedia de Sigena (o Sijena, que hasta la ortografía es confusa), cuando lo que hay de fondo es bien poco. Esto empezó con unas monjas, no sé sabe si caraduras o muy necesitadas, que vendieron por una cantidad ridícula lo que no era suyo a quien no debió comprarlo. No hay modo de defender el expolio, y menos, cuando se ha sido expoliado en tantas y tantas ocasiones como le ha ocurrido a Catalunya. Es para llorar que los argumentarios que escuchamos con los papeles de Salamanca se estén calcando ahora a la inversa. ¿Nadie se acuerda?

Nuestro amigo nazi

Una ignota eurodiputada del PP que atiende por Pilar Ayuso ha conseguido su gramito de fama gracias a un tuit en el que tilda de neofascista y amigo de Puigdemont al ministro belga de Interior, Jan Jambon. La culiparlante bienpagada sigue la misma estela de mala baba que había dejado su jefe de filas, el dinosaurio aparcado en Bruselas y Estrasburgo, Esteban González Pons, que ya había calificado al sujeto como xenófobo y alguna lindeza más. Tiene su gracia, es verdad, que salgan por esa petenera dos individuos que pertenecen a un partido fundado por un ministro franquista que se fue a la tumba sin arrepentir ni una migaja. Por no hablar, claro, de las mil y una ocasiones en que últimamente hemos visto a conmilitones de los susodichos rindiendo homenaje a conspicuos figurones de la dictadura. O, simplemente, justificando sus tropelías.

Anotada la paradoja, habrá que dar el siguiente paso, ese en el que ya no quedamos tan bien retratados. Ocurre que González Pons y la tal Ayuso no mienten. Por muy ministro del Interior belga y, ¡ay!, muy amigo de Puigdemont que sea, Jan Jambon es un fascista sin matices. Hace año y medio, en su nefasta gestión de los atentados de Bruselas, escupió que sus autores eran unos cobardes que se escondían “como los judíos durante la ocupación nazi”. Sobre ese tiempo terrible, ha dicho en más de una ocasión que los colaboracionistas tuvieron muy buenas razones para actuar así. Nada extraño, cuando ha participado en actos en recuerdo de los SS de la legión Flandern o en otros de similar catadura.

Lo tremendo es que haya quien lo disculpe porque “apoya nuestra causa”. Yo no.

¿Dos bloques?

Simplifica, que algo queda. Leo, escucho y hasta en ocasiones digo y escribo yo mismo que en las elecciones impuestas del 21 de diciembre en la Catalunya de la DUI y el 155 habrá dos bloques frente a frente. Cuela, quizá, como verdad a medias, pero en cuanto te quitas las anteojeras y te sacudes las legañas, empiezan a no cuadrar los números. ¿En qué bando colocamos a los autodenominados comunes de Ada Colau y Pablo Iglesias? Según la costumbre, antes de votar, se les acusa de ser “de los otros”, y una vez contados los sufragios, pasan a ser “de los nuestros” para vender la sobada moto de la mayoría pro o anti. A no ser que pretendamos hacernos trampas en el solitario, parece razonable pensar que no son ni esto ni aquello exactamente.

Anotada la salvedad, procede ver si cada una de las dos facciones lo son con todas las de la ley. En la constitucionalista (o sea, unionista), se ven a kilómetros las navajas. Y el fulanismo, claro, que casi no se nota [ironía] lo que le revienta a Albiol salir de paquete de la advenediza Arrimadas. En cuanto a Iceta, ese baila solo. O, dándole la vuelta, solo baila. Su mensaje se reduce a eso.

Más sorprendentes se antojan las zancadillas cada vez menos disimuladas en el flanco soberanista, que es donde se diría que hace falta mayor unidad. Si ya resultó extraño que en las circunstancias en que se dio la convocatoria, fuera imposible consensuar una sola lista, la perplejidad ha crecido ante los mensajes algo más que contradictorios. Como coda, la competitividad imposible de ocultar y el intercambio de cargas de profundidad sobre quién debe ocupar la presidencia.

La clave del Sociómetro

Lo bueno del Sociómetro vasco, como de cualquier otro estudio de opinión, es que ofrece la posibilidad de escoger el titular que más se adapte al gusto y/o las necesidades de cada medio, mejorando, ejem, lo presente.

Apuesto (y seguro que gano) a que al informar sobre la entrega más reciente del sondeo habrá unos cuantos que tiren por el mínimo histórico que vuelven a marcar los partidarios de la independencia de Euskadi, con un tristón 17 por ciento. Justo enfrente estarán —o, vaya, quizá estaremos— los que destacarán la amplísima mayoría, casi un 60 por ciento, que es partidaria de que se convoque un referéndum sobre el marco de relación con España. Y como me conozco el paño, estoy convencido de que no faltarán los que, tirando de una derivada del dato anterior, preferirán subrayar que más de tres cuartas partes de los encuestados ven poco o nada probable que llegue a haber un acuerdo el gobierno español para convocar la deseada consulta. Otra opción será simplemente obviar la noticia o relegarla a alguna esquina perdida por el miedo a quedar en pelota picada ante la evidencia de que la ciudadanía de los tres territorios va por libre respecto a ciertas doctrinas proclamadas como mayoritarias en los discursos del día a día.

Llámenme raro, pero sin dejar de ver como razonables todas esas opciones, yo encuentro más útil poner el foco en la parte socioeconómica del informe. De entrada, en el hecho de que el mercado laboral siga siendo de largo la principal preocupación, incluso cuando el 69 por ciento afirma llegar a fin de mes sin dificultades. Ahí tienen la clave de la política vasca actual.

Cuidado con la reforma

Las crónicas sobre los fastos anuales por la Constitución, igual que los del día de la Hispanidad, siempre han pertenecido más al género del cotilleo que a cualquier cosa levemente parecida al periodismo político. De saque, porque buena parte de los y las asistentes de cualquiera de los estratos sociales o profesionales, empezando por ciertos plumillas de ego XXL, aprovechan para exhibir sus modelitos. A ello se añade el hecho de que una de las inveteradas costumbres sea hacerse lenguas de los ausentes y ponerles de chupa de dómine con exageración en los aspavientos. Y como remate, la tradición porteril de los corrillos, donde se chismorrea sin micrófonos y en confianza. Bueno, en realidad, en ese tipo de confianza ful de Estambul impostada para ser traicionada.

Así es como van a los titulares declaraciones que no hay forma de saber si salieron de la boca del mengano o la zutana a quienes se atribuyen, si son producto de la creatividad del reporter o, como suele ser el caso más frecuente, si atienden a un apaño para poner en circulación la consigna que toque en cada rato. Si entiendo bien lo que voy leyendo y escuchando, el recado oficial de este año es que ni se va a meter mano ni se va a dejar de meter mano en las sagradas escrituras. O, en cualquier caso, que si se hace, no será para abrir el juego territorial, sino para dar matarile a las alegrías descentralizadoras que se dejaron colar los padres —eran todo tíos— de la llamada Carta Magna. Y no creo que a los tenidos por privilegiados e insolidarios habitantes de los territorios forales se nos escape por dónde empezaría la poda. Ojo al parche.

Ni con ni sin cupo

Vaya, vaya, con los alegres piadores. Tanto ponernos a los perversos vascones de vividores del sudor ajeno por nuestra peculiaridad fiscal, y cuando el lehendakari propone el supuesto chollo como modelo para la desastrosa financiación territorial española, piden a grito pelado que aparten de ellos ese cáliz. Alegan extravagantes motivos que, por más que disimulen, se reducen a uno: saben que recaudar y no poder gastar un euro de más es una jodienda sobre otra jodienda. Cuánto mejor pulirse lo que sea menester y cuando hay telarañas en la caja, extender la escudilla para que el camarero Estado la rellene de pasta fresca. Además, así no cabría la martingala de señalar como privilegiados e insolidarios a los que mal que bien tratan de apañárselas. ¡Los vascos nos quieren robar también el sacrosanto derecho a la demagogia y el populacherismo ramplón!

La respuesta al emplazamiento de Urkullu ha dejado ver por dónde derrotan los barones y baronesas de la mayoría de las ínsulas del todavía reino. Y al figurín figurón Rivera ha terminado de retratarlo como el memo ambulante a la par que malvado que ya sabíamos que era. Dice el cada vez más engorilado líder de Ciudadanos que solo faltaría extender el privilegio a todas las provincias para que la injusticia se multiplique por 50. Cómo explicarle al garrulo recadista del Ibex 35 que si todos tienen exactamente lo mismo, ninguno tiene más que otro, y por tanto, los únicos privilegios son los de su calenturienta imaginación. O sea, los de su falaz y haragán discurso para llevarse crudos los votos de paisanos artificialmente encabronados. Menudo rostro.