España acercará presos

Se me dan fatal las profecías, pero me aventuro con una: algo me dice que en no demasiado tiempo veremos ceder al gobierno español en su hasta ahora obcecación berroqueña en materia penitenciaria. No sé concretarles si será en dos, en cuatro o en seis meses, pero sí que todo apunta a que esta vez Rajoy está por la labor de empezar a desmontar la vengativa dispersión. Aclaro que hablo de acercamiento de presos de ETA; quien conciba o haga concebir una esperanza mayor se estará engañando o, peor todavía, participará conscientemente en una mentira a los afectados, a sus familias y a la ciudadanía.

Tampoco piensen que se trata de un pálpito o de la expresión de un deseo. Para empezar, y aunque a algún opinador de corps le sirva para hacer chacotas de esas que generalmente acaba comiéndose, me consta que hay quien está realizando una sorda labor de zapa. Y no solo en Moncloa, sino en el corazón de organizaciones que van a ser clave en la digestión de lo que, inevitablemente, resultará una bomba informativa.

Los demás elementos no son difíciles de situar en el escenario. Francia, me apuesto a que por petición de Madrid aunque sea más bonito pensar en otros románticos motivos, ha abierto el camino. El evidente cambio de música y letra en las recientes declaraciones y actitudes de PSE y PSN —con Ferraz dejando hacer, de momento— no son fruto de la casualidad. Incluso algún líder del PP vasco ha bajado unos diapasones su discurso. El único riesgo tangible, que en realidad no es pequeño, es que que la supernova naranja hinque el diente al asunto como hizo con el Concierto. Pero démosle tiempo al tiempo.

Los tabarñoles

Asisto, más divertido que indignado, al crecimiento de esa bola de nieve rojigualda llamada Tabarnia. Manda pelotas cómo una aparente tontuna de cuatro gañanes con mucho tiempo libre puede llegar a convertirse, amén de otras muchas cosas, en encabronadera de procesistas de salón que muerden el cebo como panchitos y se lanzan en pijama a cagarse en lo más barrido a través de Twitter. ¿No se dan cuenta de que los otros dirán que si ladran es señal de que cabalgan?

Más que eso. Se diría que los tabarnarios, tabarneses o (me cuadra más) tabarñoles galopan a lomos de su exitosa ocurrencia. Poca broma, cuando en los bazares chinos o los badaluques te ofrecen a euro el metro la bandera de la entelequia recién parida. La historia es pródiga en chorradas del quince devenidas en religión, régimen, movimiento social, corriente política dominante o, ya que nos ponemos, realidad nacional. Barrunta servidor que esto no llegará a tanto, pero tampoco me apostaría más de un café con sacarina.

Sigo, como les cuento, con resabiada atención la evolución de lo que ya nadie puede negar que es un fenómeno. ¿Multiplicado por las terminales mediáticas del antiindependentismo? Pero también (o sobre todo) por el infantil sulfuro que provoca justamente donde es su intención provocarlo. Por lo demás, y ya tirando de escama de galápago, tiene hasta su puntito de cabriola intelectualoide mirarse en el espejo deformado frente al que pretenden colocarnos los creadores del engendro. En todo caso, no hay gran cosa que temer, porque esta panda de diletantes no se van a arriesgar ni a la cárcel ni al exilio por conseguir sus objetivos.

No todos los corruptos

Como casi todo, la corrupción va por barrios. ¿Porque todos, incluidos los que van de impolutos —a veces llegaban cartas…— tienen uno, dos o veinte casos y lo niegan o se justifican con similares paparruchas dialécticas? Desde luego, pero no solo por eso. También, o mejor dicho, especialmente porque la denuncia de los marrones no atiende a motivos éticos. Vamos, pero ni de lejos. Antes al contrario, cada chanchullo que sale a la luz, da igual en calidad de presunto o de probado, no es más que una oportunidad para atacar al rival político.

¿Y si, por los avatares de la historia y el destino manifiesto, ya no es rival sino compañero de fatigas? Pues nada, pelillos a la mar, al mejor latin lover se le escapa un pedo, como acabamos de ver en las divertidas y altamente reveladoras reacciones a la sentencia del Caso Palau. Por si nadie se ha dado cuenta, incluso en su aguachirlado final, ha quedado demostrado que lo del 3 por ciento (4, en realidad) no era una leyenda urbana ni una acusación al tuntún. Y eso da de lleno y sin remisión a la antigua Convergencia Democrática de Catalunya, convertida hoy, justamente para tratar de huir hacia adelante, en PDeCAT o, en su última versión electoral, Junts Per Catalunya, oséase, la formación o movimiento que ahora lidera el mismo Carles Puigdemont que en la época de autos no era precisamente un bedel del partido.

Siguiendo el manual al uso de los castos y puros, tal circunstancia significaría asumir la responsabilidad correspondiente, pedir perdón, y hacerse a un lado. Por supuesto, en esta ocasión no procederá. En mi cinismo, no lo denuncio. Solo lo apunto.

Adeu, Mas (otra vez)

La primera vez que tuve delante a Artur Mas en carne mortal fue a principios de 2004. Venía de estrenarse mordiendo el polvo como cabeza de cartel de CiU. Tras 23 años y medio de pujolismo, el llamado a ser hereu del todopoderoso mandarín se quedó compuesto y sin presidencia ante el PSC de Pasqual Maragall, que sumó escaños con una ERC que ni soñaba con lo que llegaría a ser y con los restos de serie del histórico PSUC, rebautizados por aquellos días como ICV. El rencor, por no decir encabronamiento, era patente en cada una de las respuestas a las preguntas que le iba haciendo.

A esa impresión inicial de tipo profundamente resentido fui sumando otras en las conversación. Como que era un vendepeines con poco fuste político embutido en un traje caro. O como que, más allá de formulismos, le importaba una higa la pelea que vivíamos por entonces por estos pagos. El llamado Plan Ibarretxe se acababa de presentar en el Parlamento Vasco y hacía correr ríos de tinta tóxica en los vertederos mediáticos del ultramonte. A Mas, oigan, ni fu ni fa. Simpatía y atención por lo que se cocía, pero dejando claro que los ritmos de Catalunya eran diferentes, qué gracioso resulta recordarlo casi tres quinquenios más tarde.

No puedo decir que en adelante mejorase mucho mi concepto sobre quien zascandileó con Zapatero para descafeinar el Estatut de la discordia o quien en la campaña de las elecciones que devolvieron a CiU al poder tuvo el apoyo cerrado de toda la caverna hispana. Comprenderán la risa tonta que me entra al ver que en su segundo mutis obligado sea despedido como la leche en verso del independentismo.

Jijí-jajá

Los límites del humor son según, sin, so, sobre, tras, y me llevo una. Ni con el kit antinevada de la DGT está uno a salvo de naufragar en ese proceloso mar donde una aparente gracieta puede ser un delito de odio del nueve largo y, a la inversa, lo que se diría una intolerable falta de respeto acaba siendo un chistaco que lo flipas. Lo pistonudo es que la clasificación corre siempre a cargo de los mismos señoritos Rottenmeier y supertacañones del chachipirulismo King Size.

¿Que ponga ejemplos? A ello iba. Empiezo citando las collejas dialécticas que le han caído a una individua, jueza de profesión, que a título personal —porque bajo las togas hay, aunque a veces no lo parezca, seres humanos— se ha dirigido en términos muy duros a la publicación satírica El Mundo Today a cuenta de una chanza en la que los pastores quedaban retratados, jijí-jajá, como practicantes de zoofilia. ¿Se pasaba de frenada la magistrada? Es probable, porque parece que exigía una rectificación y hasta amenazaba con no sé qué acciones legales. Sin embargo, no deja de resultar curioso que prácticamente los mismos que la lincharon en las redes sociales actuando en nombre de la sacrosanta libertad de expresión están montando un pifostio considerable porque una chirigota del carnaval de Cádiz ha hecho un gag en el que se simula, jejé-jojó, la decapitación de Puigdemont.

Como ya anoté en una ocasión anterior, me abstengo de opinar sobre el trato que deberían recibir una y otra mofas. Me limito a rogar que ambas sean medidas con la misma vara. Si vale todo, vale todo. Si no vale todo, no vale todo. Pero no me tomen en serio.

Actos y consecuencias

Un jurista vasco de reconocido prestigio por quien profeso admiración, respeto y cariño me reprocha que me estoy volviendo un radical. Se refiere a mi columna de ayer, que curiosamente escribí con el freno de mano echado y que no envié a publicar sino después de repasarla media docena de veces para evitar que pareciera que me estaba lanzando por el peligroso tobogán de la demagogia facilona. Nada más lejos de mi intención que dar la impresión de que llamaba a las capuchas y las antorchas. Al contrario, mi pretensión, incluso a fuerza de un ejercicio de autocontención franciscana, era y es templar el debate sobre cómo hay que actuar con unos críos que, teniendo un gigantesco historial de tropelías violentas, terminan arramplando con una vida y aun tienen el cuajo de vanagloriarse públicamente de haberlo hecho.

La receta no puede ser, en ningún caso, hacer como que no ha pasado, so pretexto de la martingala que sostiene que no hay que echar gasolina al fuego. ¿Cómo explicar que en esta vaina los genuinos incendiarios son los santurrones que predican desde sus elevados púlpitos que la sociedad es la culpable, salen con el topicazo de las familias desestructuradas o se encaraman a la cansina letanía de la educación en valores? ¡Como si el primero de esos valores no debiera ser tener claro que los actos acarrean consecuencias! Confieso que me resulta imposible entender, salvo como perversión que debería ser inmediatamente tratada, que los mismos que llaman a la necesidad de hacer un esfuerzo por empatizar con los verdugos sean incapaces de mostrar un sentimiento remotamente parecido hacia las víctimas. Y así nos va.