Subrogación naranja

Por si teníamos alguna duda sobre la impúdica compraventa de bebés al peso que maldisimulan tras el eufemismo gestación subrogada, el figurín figurón Albert Rivera ha venido a despejárnosla con su proyecto para legalizar la cosa. Nada extraño, por otra parte, que sea el neoliberalismo desorejado y sin complejos que representa la marca política del Ibex-35 quien sitúe la cosa en sus justos términos. “¿Quiénes somos nosotros para decirles a los demás que no pueden ser padres?”, se pregunta, con su piquito de oro, el ególatra naranja. No es casualidad que la pregunta responda al patrón de la que en su día galleó, pasadito de vino, José María Aznar: ¿Quién eres tú para conducir por mi? Traducido, la biblia del hijoputismo social: aquí cada cual puede hacer lo que le salga de la entrepierna.

Y del bolsillo, claro, que es el factor fundamental de este timo de la estampita que nos quieren pegar en nombre de derechos que no pasan, en la interpretación más amable, de simples deseos. El mensaje fundamental es que el que paga manda. Da lo mismo que hablemos de un casuplón en una urbanización exclusiva, de un Jaguar, de unas tetas King Size o, como es el caso, de agenciarse una hembra de la especie humana para que procree churumbeles a demanda. “¡Que no, que se trata de regular la práctica para que sea totalmente voluntaria y altruista!”, hace como que protesta Rivera, justo antes de explicar que, además de ser de buena raza (española, a poder ser, faltaría más), la coneja debe comprometerse a llevar la vida que le exija su estado de gravidez. O sea a hacer lo que digan sus dueños, que para eso apoquinan.

Los alegres linchadores

No saben lo que se pierden por no estar en Twitter. Los domingos, por ejemplo, en la red social del pajarito azul se practica un ritual a la altura del marianito y las rabas. Se trata del despelleje dialéctico de Javier Marías, presunto intelectual, hijo de tal —Julián se llamaba el sobrevalorado papá—, académico de la lengua española (no me jodas, Merche), autor de mediano éxito y articulista a millón del antiguo heraldo de la fetenidad conocido como El País. Es, de hecho, en calidad de esto último por lo que la turbamulta se junta para hostiarle a modo. Lo de menos suele ser lo que escriba. Siempre parece haber una razón para untarle el morro, y empieza a notarse que el sujeto lo sabe y se entrega en sus filípicas a provocaciones de patio de parvulario, exactamente a la altura, o sea, la bajura, de sus alegres linchadores.

El último regüeldo del egregio buscabocas ha consistido en disparar contra Gloria Fuertes, objeto de culto mayor para toda suerte de esnobs que no han leído en su puñetera vida media línea de la madrileña. Farfulla Marías, cual si él fuera Borges, que le “resulta imposible suscribir que fuese una grandísima poeta”. Servidor, un julay aún sin desasnar en materia lírica, solo puede decir que hay textos de Fuertes que me gustan un congo y pico. Hasta llegué a llevar algunos versos en mi carpeta de universitario natillón. Otra cosa es que a estas alturas me vaya a sentir ofendido por lo que barrite en un articulillo de aluvión un fulano que teclea con alevosía buscando escandalizar a los escandalizables, a ver si salen en procesión a atizarle en el culete con la garrota de porexpán.

Lo dice el niuyorktaims

Y en esas llegó el New York Times y se cascó un editorial sobre la cuestión catalana. 352 palabras, según tuvo el humor de contar cierto opinador partidario de la independencia que lo celebraba tal que si pasado mañana Puigdemont fuera a firmar el ingreso en la ONU o, como poco, en la FIFA. ¿Tan a favor era? Pues eso, oigan, queda al gusto del lector y a su facultad para hacerse trampas al solitario. Hasta donde a servidor le dan las entendederas, el autor, no sin practicar el clásico eslálom ni dejar de dar la impresión de un conocimiento básico del asunto, sí acababa propugnando que se permitiera el referéndum. Eso sí, para que luego el pueblo soberano votara en masa que prefiere seguir en España. Para entendernos, la postura de Iglesias Turrión, llena de lógica y totalmente legítima.

Vamos, que el amanuense del diario estadounidense no descubría la luna. Ocurre, sin embargo, que ese puntito paleto del que jamás nos desprenderemos convirtió su prédica en motivo para el festejo o a la diatriba, según a qué bandería se perteneciese. Para el soberanismo es un espaldarazo del copón de la baraja y una humillación a Rajoy como la copa de tres pinos. Para los de la una y grande, sin embargo, era una membrillez de un garrulo que no tenía ni puta idea. Lo divertido a la par que revelador del tremendo embuste en que nos movemos es que ustedes y yo sabemos que si el gachó hubiera escrito que ni consulta ni hostias, las reacciones habrían sido idénticas a la inversa. Es decir, el españolismo glosaría el tino y la sabiduría del referente periodístico internacional y el catalanismo se ciscaría en sus muelas.

‘No’ es… abstención

Enorme estreno ante las alcachofas de la recién investida (la que lo sigue lo consigue) portavoz del ¿neo? PSOE en el Congreso de los Diputados, Margarita Robles. Para que digan del defenestrado e indultado Antonio Hernando, en la misma mañana, la jueza a tiempo parcial dijo tres cosas diferentes sobre la postura de su grupo respecto al traído y llevado CETA. Primero, que no, porque el tratado es súper-mega-maxi de derechas y, como es sabido, su partido ahora es la vanguardia obrera rediviva. Luego, que ya se vería, que tampoco había tanta prisa y no era cuestión baladí, blablablá. Y por fin, tras recibir el guasap correspondiente del re-ungido Secretario general, que bueno, que igual, a lo mejor ya si eso, se decantarían por la abstención.

¡Sí, por la abstención! Hasta el menos sutil olió la ironía. Tanto dar la brasa con el NoEsNo, para salir por esa petenera. Porque aquí, idiotas, los justos. A todos, empezando por Iglesias Turrión, nos da el cacumen para notar que, a efectos prácticos, la abstención asegura que se apruebe el convenio con Canadá. Como con la plurinacionalidad monosoberana y la alianza materialmente imposible con Podemos y Ciudadanos para echar a Rajoy, Pedro Sánchez juega triple en la quiniela. Y es verdad que, como sabemos por experiencias recientes y cercanas, la política permite ir a setas y a Rolex o frenar y acelerar al mismo tiempo, pero si te recreas en la suerte, el sopapo es inevitable. Diría uno que los que le dieron su voto en las primarias creyendo sinceramente que por fin iba a tomar las riendas con la mano izquierda tienen que andar un tanto perplejos. O quizá no.

No se hable del tiempo

Anoten la penúltima del manual del perfecto progre: informar sobre la ola de calor es una forma sibilina de colaboracionismo rastrero con el sistema. Con el neoliberal-capitalista, con cuál va a ser. O de entreguismo puro y duro. Como lo están leyendo. Sostienen las almas de inmaculada pureza que la proliferación de noticias sobre las altas temperaturas obedece a un plan perfectamente diseñado para evitar que el populacho —que es tonto y traga con lo echen— se entere de las cuestiones candentes, palpitantes y hasta sangrantes. ¿Cómo cuáles? Cualquiera de las del catecismo habitual, qué sé yo, desde el TTIP o el CETA a la heroica huelga de estibadores pasando por las corruptelas sin cuento del PP, la cuestión catalana o los 60.000 millones de euros del rescate a los bancos que se dan por perdidos definitivamente.

Un momento, dirán ustedes, de todas esas cuestiones se habla a tutiplén por tierra, mar y aire. Hasta el aburrimiento en algunos casos. Bueno, pues da igual. Más se tenía que hablar, no se me pongan cuñados. A ver con quién han empatado para discutir la superioridad moral de los que decretan sobre qué se debe piar y sobre qué no. Y hasta nueva orden se ha decidido que es de mala nota y baja estofa que los medios de comunicación convencionales contemos a nuestra clientela que los termómetros andan desbocados y el personal va por ahí sudando la gota gorda. Se supone que incurrimos en una obviedad innecesaria pues todo el mundo con la cultura mínima sabe que en verano hace calor y que en invierno hace frío. Cosa distinta sería aprovechar el viaje para dar una teórica sobre el cambio climático.

Salvemos a Cristiano

Acudo a ustedes con una inmensa congoja por la suerte que pueda correr el benefactor de la humanidad que atiende por Cristiano Ronaldo Dos Santos Aveiro. “Me voy del Real Madrid, no hay marcha atrás”, anunciaba con justísima indignación el astro madeirense en una publicación de su país —a la altura de Os Lusiadas, como poco— llamada A bola. Imposible no empatizar inmediatamente con su sentimiento de ser víctima de una persecución implacable por el despiadado fisco español. ¿Cómo se atreven el mequetrefe Montoro y sus secuaces a reclamarle que pague sus impuestos al genio balompédico más grande del tercer milenio? ¿Qué atropello contra el estado de derecho y la dignidad de las personas guapas es ese?

Menos mal que todavía quedan caballeros españoles, y a la hora de escribir estas líneas ya hay más dos millares de patriotas que han firmado en Change.org para que al apolíneo Dios de las pelotas y papá por subrogación se le perdone la deuda y pueda así seguir vistiendo la gloriosa camisola blanca con el estampado de la aerolínea de los muy democráticos Emiratos Árabes. Emocionante también, la defensa a escuadra de Florentino Pérez, ese otro enorme prohombre nunca suficientemente bien ponderado. Merece igual encomio el férreo apoyo de la ejemplar prensa de orden —Del Marca al ABC, pasando por la hoja marhuendera—, que ha dejado muy claro en sus portadas que el (como mucho) pequeño despiste de Cristiano nada tiene que ver con el antipatriótico desfalco de la Hacienda hispana perpetrado por determinado mercenario argentino enrolado en las filas del separatismo futbolero. Hasta ahí podíamos llegar. Hics.

Nuevo viejo Sánchez

Decía Einstein (o a lo mejor no, pues la mitad de las citas que le atribuyen son falsas) que la estupidez consiste en hacer las cosas siempre igual y esperar un resultado distinto. Anóteselo el artista del trapecio político anteriormente llamado Ken Sánchez que tras una serie de vicisitudes prodigiosas atiende por Pedro. Lo que habremos glosado todos su épica victoria sobre el aparato socialista, para que su primera determinación tras recobrar el mando sea, como quien dice, volver a la casilla de la salida. No son los periódicos de hace quince meses sino los de ayer los que cuentan que su fórmula infalible para sacar del gobierno a patadas al PP pasa por sumar a los escaños de su partido los de Podemos y Ciudadanos. Y en una réplica exacta de lo ocurrido aquellos días, cuando se le apunta que morados y naranjas no irían juntos ni a cobrar el bote de la Primitiva, el tipo no se da por aludido y responde que a él no le detiene una menudencia.

Si este era el rojo sin complejos que nos habían anunciado, que baje Marx (o aunque sea, Largo Caballero) y lo vea. Caray con el nuevo viejo Sánchez, que tras la brillante recuperación del mando en la plaza de Ferraz saca el recetario que ya se ha probado fallido. Si sumamos lo de la plurinacionalidad de solo la puntita y soberanía única e intocable para resolver la bronca territorial —lean Catalunya y los que vayamos después—, la cosa empieza a oler a Lampedusa que echa para atrás. Cambiemos todo para que nada cambie. Eso sí, con Margarita Robles como portavoz en el Congreso. Quién mejor que quien rompió la disciplina de voto para imponerla a sus compañeros.