¿Cuba va?

Cuesta mucho asumir que las utopías juveniles se van descascarillando sin piedad y acaban convertidas en la dolorosa constatación de que los sueños, sueños son. En el trayecto hasta el cruel topetazo con la realidad, van saliendo a tu encuentro indicios, cada vez más irrebatibles. Al principio, los niegas con las tripas. Luego, tratas de obviarlos. Al final, cautivo y desarmado, admites, por ejemplo, que Cuba no es, como todas las células de tu cuerpo creían, el único lugar del planeta donde los ideales más hermosos habían conseguido prender.

A mi me abrió los ojos -significativa casualidad- un cubano llamado Lázaro. Sus años de resistencia contra la amenaza gringa, su abnegada participación en las heroicas zafras y su entrega en las campañas de alfabetización tuvieron por toda recompensa la prohibición de ejercer su profesión, que es la mía, por cierto. Su delito consistió en decir en público que lo que veían sus ojos cada día no se parecía a aquello por lo que tanto se luchó. Marginado y vigilado permanentemente por imberbes a los que probablemente enseñó sus primeras letras, cuando yo lo conocí hace veinte años, se las apañaba de taxista ilegal con un Lada que se caía a trozos. Con su formación, podría haber echado barriga en cualquier universidad norteamericana, pero jamás tuvo la menor intención de subirse a una balsa. Seguía siendo cubano y socialista.

Los otros disidentes

No todos los disidentes del castrismo son larvas alimentadas por la gusanera de Miami, ni tipos calculadores que se han metido a bronquistas para asegurarse un buen sillón cuando ni Fidel ni Raúl estén. Es cierto que es una tentación contestar con demagogia a la demagogia, y que la presunta “oposición democrática”, con honrosas excepciones, huele a pachulí mafioso y a malmetedores neocon con tribuna en Intereconomía, ABC, El Mundo o La Razón. Pero es un error creer que cualquiera que ya no le ríe las gracias al comandante -”coma andante”, dicen algunos a mala leche- es un cáncer liquidacionista de la gloriosa revolución. Chorradas de ese pelo escriben los rancios guardianes de la ortodoxia.

La ceguera voluntaria no va a cambiar la Historia. Aquello que quisimos tanto y que algunos seguimos queriendo a pesar de saber que nunca existió como lo soñamos, ha emprendido sin remedio la vuelta al redil. Podremos echarle la culpa, como siempre, al implacable y asesino bloqueo. Si fuéramos medio sinceros, repararíamos en el otro bloqueo, el mental, que nos ha impedido ver más allá de nuestros deseos de color rojo.

Pecados sindicales

Lo malo de guardar cadáveres en el armario es que un día se revienta el cierre y toda la colección de esqueletos queda a la vista, entre otros, de quienes llevan anotadas en la libreta negra dos docenas de cuentas pendientes contigo. Es lo que les está pasando estos días a Comisiones Obreras y UGT, que por haber sido malos convocando una huelga, tienen a la caverna en pleno sacándoles los colores so pretexto de los liberados. Hay en la cacería, claro, quintales de demagogia y no hace falta ser Pitágoras para deducir que las cifras de vagos con carné que alimentan los escandalosos titulares están atiborradas de Botox. Pero hasta la conciencia más obrerista del orbe sabe que, esta vez sí, algo debe de tener el agua cuando la maldicen.

La ecuación “enlace sindical igual a tocapelotas profesional” no es patrimonio ni invento de la propaganda de los enemigos de clase, si es que sigue habiendo tal cosa. Cualquiera que haya pasado una temporada en una empresa -no te digo nada si es pública- sabe que no es una leyenda urbana lo de los jetas que alargan sus vacaciones hasta infinito gracias a las horas que presuntamente son para la defensa de los intereses de sus compañeras y compañeros. Lo incomprensible es que esta fauna conviva en aparente armonía con quienes sí se dejan las cejas en la mejora de las condiciones laborales. Y más aún, cuando los auténticos esforzados de la pelea obrera tienen que arrastrar el mismo sambenito de gualtrapas rascabarrigas que quienes han acreditado serlo.

Los sindicatos tienen mil asignaturas en quinta convocatoria, pero tal vez una de las más urgentes sea la de sacar a latigazos de su templo a los mercaderes y trapicheros que han hecho nido fácil en ellos. Negar la evidencia, mirar hacia otro lado, hacerse los ofendidos o las víctimas de no sé qué campañas orquestadas por el malvado capital no les va a hacer favor alguno. Su ya pésima imagen crece al ritmo de la de “El Rafita” y su credibilidad va camino de la fosa de las Marianas.

Hace unos meses, después de una entrevista, le solté toda esta perorata en privado al secretario general de una de las centrales. Su respuesta fue que, a pesar de todo, cuando los trabajadores tienen un problema, siguen dirigiéndose a su sindicato para que se lo resuelva y que las cifras de afiliación se mantienen en unos niveles más que satisfactorios. Sin darse cuenta, me estaba diagnosticando el problema: hoy los trabajadores pagan la cuota a los sindicatos porque les sale más barata que la de Legálitas.

Zapateado de la movilidad

Como las insistentes oscuras golondrinas de Bécquer, vuelve hoy al santoral administrativo ese enorme brindis al sol que llaman “Semana europea de la movilidad”. Buen caladero para pescar rellenos travestidos de noticia y gran escaparate para que se den una jartá de declaraciones pomposas los que entrarían en shock anafiláctico si tuvieran que sacar un creditrans de una expendedora automática. Que hagan el censo de quienes, bajo el influjo irresistible de las pegatinas, los trípticos y las mascotas de gomaespuma, abjurarán de la religión motorizada para pasarse con armas y bagajes a la fe del peatón. Se verá así que el éxito de este despliegue de palabrería es tendente a cero.

Y no, no es cuestión de fuerza de voluntad, de conciencia ecológica o de comodidad. Adentrarse en nuestras ratoneras grises en coche es lo más parecido a un suplicio bengalí que se pueda imaginar. ¿Por qué lo hacemos, entonces? Excluyendo a los cuatro gañanes que van a comprar el pan o a potear a bordo de su deslumbrante GTI, casi todos los demás nos ponemos los faralaes de santos Job urbanos porque no nos queda otra opción.

Me encantaría admitir que eso suena a excusa, y lo haré encantado si alguien resuelve mi pequeño drama cotidiano. ¿Cómo hago los quince kilómetros -precio de amigo- que separan mi trabajo en Azkuna City de mi casa en la bonita aldea santurtziarra? Como no sea por toda la orilla, con la saya remangada y luciendo la pantorrilla, en homenaje a la Bella Charo, no se me ocurren muchas alternativas, salvo un taxi, que también es transporte público. Treinta euros me despellejó el último que tomé por una apasionante carrera nocturna que incluía entre sus extras un recorrido sin guiar por las obras de la Supersur a la luz de los focos. En el bolsillo me quedaron quince céntimos. Un minuto más de trayecto y acabo en comisaría.

Cuando consulte un horario de trenes, metro, autobuses o tranvía y vea que el último es capaz de esperar a una hora en la que todavía es necesario para mucha gente, empezaré a creerme los jolgorios oficialistas a mayor gloria de la movilidad. Lo haré, incluso, a sabiendas de que los promueven los mismos que lloran la pena negra cuando bajan las ventas de esos tremendos depredadores con cuatro ruedas. Mientras, seguiré siendo ese energúmeno eternamente cabreado que hace slalom gigante entre monovolúmenes apalancados en doble fila, o direcciones prohibidas. Todo, para no encontrar sitio y dejar el utilitario -manos arriba, esto es un atraco- en un parking.

Otros silencios de la Iglesia

Brillante y certero, como en él es marca de la casa, el teólogo Jon Sobrino ha levantado el dedo para denunciar que el poder eclesiástico ha traicionado a Jesús. Si la curia oficial tiene un rato libre, se hará la ofendida y regañará a la oveja descarriada por su atrevimiento, pero, seguros de su báculo, los purpurados con mando en plaza no perderán un minuto de sueño por las palabras del eterno disidente portugalujo. De hecho, es más que probable que la andanada no fuera dirigida a ellos sino, por paradójico que parezca, a quienes tienen exactamente la misma convicción pero no acaban de atreverse a dar un paso al frente.

“Se ha acabado el tiempo de los silencios. Son tiempos de testimonio, de compromiso”, recalcaba el mensaje suscrito en el último encuentro de la asociación de teólogos progresistas Juan XXIII por los que comparten con Sobrino el ideal de una Iglesia a pie de obra. Hay algo de S.O.S. (acrónimo de “Salvad Nuestras Almas”, por cierto) en esa declaración. Como en todo texto redactado por estudiosos de la fe, caben mil interpretaciones, pero una de las más verosímiles es que se estuviera llamando a la rebelión. No a la de pensamiento, sino a la de obra.

Miedo a salir del rebaño

Ya sería hora de que fuera así. Los que estamos en el córner del catolicismo -y no digamos ya los que se sitúan definitivamente fuera- no acabamos de entender la capacidad de tragar quina de quienes son tan Iglesia como la cohorte vaticana y extravaticana que marca la doctrina pata negra. Quien pone el grito en el cielo (lo siento, todas las metáforas se me van por ahí) ante tal mansedumbre, recibe por toda explicación que estamos hablando de una institución bimilenaria donde las cosas no cambian de un día otro.

Dada la naturaleza -o sea, la no naturaleza- de la fe, es comprensible el terror al vacío, incluso el sentimiento de culpa que puede atormentar a quien se debate entre dar o no un paso adelante o un puñetazo en la mesa. No tiene que ser fácil encontrarse de pronto en una vida en la que las respuestas no están en el libro mágico. Tampoco aceptar que la decisión que se tomó tal vez hace veinte o treinta años guiada por algo inmaterial llamado “vocación” pudo haber sido un error. Y aún así, hay quien lo hace. Entre nosotros, Joxe Arregi ha sido el último caso notable. Con todo el dolor de su corazón y un coste personal inmenso, ha optado por colgar los hábitos y el sacerdocio franciscano. Es curioso que, al obrar así, ha hecho algo tan cristiano como predicar con ejemplo. Munilla teme que cunda.

Gabon

Estas notas que me siento a redactar tienen algo de esas cartas póstumas que dejan algunos suicidas. Quienes las lean lo harán después de que haya ocurrido lo inevitable. Nadie se alarme. Hablo sólo de mi reestreno radiófonico, que por esas paradojas espacio-temporales, habrá tenido lugar horas después de que yo envíe estas líneas al periódico, pero horas antes de que ustedes las lean. Me voy haciendo una idea de que aprender a vivir entre hoy y mañana será una de las principales tareas que me aguardan en los próximos meses.

No les puedo contar, por tanto, cómo fue el nacimiento de Gabon en Onda Vasca. Espero que lo noticiable, en todo caso, se quedase en la deliciosa sensación de vértigo y miedo de las auténticas primeras veces y en cuatro anécdotas para aburrir dentro de un tiempo a cualquier víctima propiciatoria. Convenientemente exageradas, naturalmente. Por lo demás, ayer entre las diez y las once y media de la noche no debería haber ocurrido nada más -y nada menos- que la inauguración de un espacio donde las palabras se sientan cómodas, valoradas, seguras y, lo más importante, libres. La última, eso debe quedar claro, la tendrán siempre las y los oyentes, que habrán elegido libre y voluntariamente sintonizar ese punto del dial y que tendrán al alcance de sus dedos la facultad de abandonarnos sin que nadie les pida cuentas.

Simple: información y opinión

No hay programa -nuevo o veterano- que no se anuncie como la reinvención definitiva de la radio, el bálsamo infalible contra todos los males y el generador instantáneo de la felicidad de quienes reciben sus benéficas ondas. Me temo que no es el caso de Gabon. Lo nuestro es más modesto, pero también sincero. La receta que combina información con opinión es, con total seguridad, la más utilizada ahora misma de este a oeste y de norte a sur del espectro radioeléctrico. Si algo nos distinguirá, y en ello sí que nos aplicaremos, será la preparación, la forma de servir la mesa, y el paladar exquisito de quienes nos presten su tiempo desde el otro lado. Las ruedas de molino quedan fuera del menú.

Guiados por la experiencia, hemos comenzado con lo mínimo imprescindible. Los formatos chachipirulis de los arranques suelen convertirse en mazmorras inexpugnables para cualquier brizna de creatividad que brote después. Será una estupenda señal que el programa que vino al mundo ayer, minutos antes de que la renovada Onda Vasca cumpliera su primer año, no tenga mucho que ver con el que escuchen dentro de unas semanas. Sé que nos ayudarán a conseguirlo.

¡Cámbienme ese mapa… otra vez!

Me ha resultado muy sugestivo ver frente a frente en la edición digital de un periódico -adivinen cuál- la última hora del cretino ese que anda quemando el Corán y la noticia del nuevo tuneo del mapa del tiempo de ETB. ¡Calma! Todavía no he desarrollado lo suficiente el gen demagógico como para poner lo uno y lo otro en el mismo estadío de la imbecilidad y las ganas de tocar el napiamen, pero sí detecto algo en común: por medio están los símbolos, los puñeteros símbolos. Que arríe la primera bandera el que esté libre del pecado de la iconofilia.

Según nos cuenta Rosana Lakunza, estajanovista recapituladora de la época suriana de Txorilandia, con éste, ya van tres liftings en el año y poco que ha pasado desde que la Transversalidad (¡Cuántos crímenes se han cometido en tu nombre!) asentó sus reales en el rancho grande. Si se mantiene esta imprensionante media de customizaciones, para cuando acabe la legislatura, cabrá todo el mar de los Sargazos entre Irun y Hendaia, y el agujero de la capa de ozono será broma al lado del que pinten entre Irurtzun y Andoain. ¡Con lo que costó hacer la dichosa autovía! Y a ver qué zoom maravilloso se sacan de la sobaquera para mostrar todo eso, porque se antoja insuperable lo del barrido que parte de la piel de toro y desemboca en el terruño de nuestros pecados para que quede claro que sólo somos una de las muñequitas menores de la gran matrioska española. Qué pereza.

Cuestión de estética, ¿no?

Ardo en deseos de escuchar la explicación que ofrecerá el Director General a la más que probable interpelación parlamentaria del inasequible al desaliento Luke Uribe-Etxebarria. Apuesto que dirá que sólo es una cuestión estética, que la infografía anterior no combinaba bien con los visillos del plató. Convenientemente arrinconado, tal vez admita que si las sensibilidades esto, las sensibilidades lo otro. De puertas adentro -esta pregunta me la sé, profe-, los que tienen que poner su cara y su voz junto a la nueva realidad cartografiada volverán a escuchar la dulce milonga del respeto institucional. Vamos, que no hay que cabrear a Sanz. Como si hubieran servido de mucho las toneladas de “Pamplonas” bien silabeadas que se le han regalado al de Corella. ¿Y esas licencias para la TDT que nos iban a dar a cambio?

Lo chistoso es que a casi todos los que van a hacer rular la consigna el mapa les da igual. Y a la inmensa mayoría de los socialistas vascos, ídem de lienzo. ¿Cuál es, entonces, la mano que mece el tiralíneas? “Cien gaviotas dónde irán”, cantaban los Duncan Dhu.

Los fumadores y la tolerancia

Vaya por delante y como parapeto, que los pulmones de quien escribe estas líneas trasiegan cada día la ponzoña destilada de entre cuarenta y cincuenta cigarrillos, encendidos todos ellos -por lo menos, presuntamente- por voluntad propia. Mi espasmódica tos matinal, el chotunesco olor de mi ropa, la constatación de que un primer piso puede ser el Sisha Pangma y las otras cien mil consecuencias adosadas al llamado vicio me surten de argumentos de sobra para desmentir a Sara Montiel. Fumar no es un placer. Es, en todo caso, lo que Toxo dijo de la huelga del día 29, una gran… ya me entienden.
Ocurre que hay un efecto de la nicotina aun no suficientemente estudiado: altera la percepción de la realidad a tal punto, que los yonkis del trujas desarrollamos fantasías persecutorias. Nosotros, que somos los victimarios, ponemos cara de pollito Calimero y nos travestimos en víctimas vergonzosamente repudiadas por la injusta y cruel sociedad. “¡No queremos ser los apestados del siglo XXI!”, plañe un comando de adictos autodenominado “Fumadores por la tolerancia”, que acaba de presentar medio millón de firmas contra la versión corregida y aumentada de la ley del tabaco que prepara el Gobierno español.

Liberales liberticidas al frente

Entre lo grotesco y lo morrudo, este lobby de andar por casa presidido por Antonio Mingote y con miembros de amplio currículum revolucionario como Alfonso Ussía, Antonio Burgos o Carlos Herrera, se ha agenciado como lema el trillado “Prohibido prohibir”. Tiene bemol y medio, los mismos que aplauden con las orejas el cierre de periódicos que no bailan su agua, los mismos que celebran como triunfo de la democracia la exclusión de las siglas que envenenan sus sueños, sí, esos mismos, reclaman ahora la libertad para ahumar al prójimo. Tampoco es tan extraño, si pensamos que tienen como líder carismático al Titán de Quintanilla de Onésimo, aquel que defendió con lengua de trapo su derecho a conducir con Don Simón como copiloto.
También yo me acuerdo de todas las constelaciones cuando tengo que salir a atizarme la dosis a la abrupta intemperie con el gesto clásico -hombros sobre la cabeza, rodillas flexionadas, cara de urgencia infinita-, pero no me da por fantasear con que soy un proscrito. En eso, por lo menos, no. Admitidas tantas derrotas, poco me cuesta asumir, bandera blanca en ristre, lo ridículo e indecente de plantear como reivindicación innegociable la licencia para intoxicar a discreción a quien se ponga a tiro. Perdonen que los abandone: tengo que vaciar el cenicero.