Aroma a Aiete

¿Que por qué va a ser esta la buena? Ciertamente, con ETA nunca se sabe. No olvidemos que por muchos juglares y cantares de gesta que le hayan salido a la banda terrorista —qué significativo es que haya quien se encabrone cuando se la nombra así—, esta ronda del desarme es cosa suya. Unilateralidad, ¿se acuerdan? Y ya son cinco años y medio dando largas, poniendo excusas y, esto tampoco vamos a negarlo, aprovechando que al otro lado el Gobierno español, con su cerrazón calculada, le ha servido en bandeja el gran comodín: “Nosotros queremos, pero no nos dejan”. Pues vaya, porque lo que se intuye que se culminará el cacareado 8 de abril será, por mucho aliño de sociedad civil que se le eche, eso que no era de recibo hasta ahora: la entrega de un listado.

Es verdad, sigo sin contestar, así que voy a ello. Si hay un motivo para pensar que estamos —¡por fin!— en la antesala de la culminación, es el intensísimo aroma a Aiete en que ha venido envuelto el anuncio. Aroma, en concreto, a pista de aterrizaje. Si tienen memoria y no se dejan llevar por la humana tendencia al autoengaño, convendrán en que entonces muchísimos nos prestamos a participar en un ceremonial que no iba más allá de la pompa y la circunstancia como precio asumible a cambio del comunicado que sabíamos que llegaría casi inmediatamente. Pues ahora, lo mismo, solo que con un coste y un riesgo menores, puesto que con o sin entrega, a efectos prácticos ETA está desarmada y disuelta como organización criminal. Otra cuestión es el plano simbólico o el de la batalla por el relato, que es el escenario en que nos encontramos en este instante.

Cinco años, cinco

Esta es una columna de trámite, no se lo negaré. Me traen la inercia de la efeméride y la fuerza de la costumbre. Si he escrito algo en cada aniversario, no voy a dejar de hacerlo en este, que es el quinto. Qué monográficos más bonitos hemos hecho todos para conmemorar el lustro del comunicado de liquidación de ETA por cese de negocio. Arrimando, claro, cada cual el ascua a su sardina o hasta mintiendo conscientemente. ¿Por? Pues porque hay que maquillar los recuerdos, supongo. ¿Cómo vamos a reconocer que, pasado un tiempo, aquello que tanto ansiamos, que soñamos de mil y una maneras, acabaría tocado de una vulgaridad carente de cualquier delicadeza?

Esto, sin más ni menos, era lo que algunos, exagerando dos huevas, llaman la paz. Ha tenido su cosa que estas fechas marcadas en el calendario hayan coincidido con el psicodrama de Alsasua. Qué gran piedra de toque para calibrar el minuto de juego y resultado del camino hacia la normalización. Por si alguien lo dudaba, hay quien está exactamente como en las décadas del plomo y la sangre corriendo por el asfalto. Unos en Tiro y otros en Troya, pero gastando las mismas demasías dialécticas y tirando sin rubor de panfleto chillón.

La buena noticia —y aquí descolocaré otra vez al señor que el otro día me reprochó que empezaba los textos de un modo y los terminaba de otro— es que esos, los irreductibles del conflicto a diestra y siniestra, son menos. Muchos menos. Están perfectamente censados en sus respectivas reservas que van menguando de elección en elección. Ocurre que los otros, los que les quintuplican, hace bastante tiempo que están a otra cosa.

Del verbo condenar

Algunas palabras se pasean por el diccionario hasta las cachas de esteroides y anabolizantes. Así ocurre que cuando nos las llevamos a la boca para decirlas, en lugar de la turgencia esperada por su golosa pinta, nos encontramos una masa correosa e insípida como la de los filetes infiltrados con clembuterol. El verbo condenar pertenece a esta especie léxica hinchada que malamente sirve para quitarse el hambre de expresar un sentimiento o una idea. De tanto y tan mal que se ha usado en su tercera acepción —sinónimo de reprobar—, ha acabado reducido a muletilla, lugar común, salida de compromiso… o motivo para enrocarse en la negativa a pronunciarlo cual si fuera un Rubicón sin vuelta atrás.

Es digno de estudio el instinto atávico que a unos les lleva, por ejemplo, a no condenar el franquismo ni por el forro y a otros les conduce a resistirse con uñas y dientes a condenar un crimen de ETA. Y lo que es de frenopático sin matices es cuando los primeros y los segundos se lanzan mutuamente a la cabeza sus respectivos empecinamientos en el no, no y no. ¿Algún día se darán cuenta de que son anverso y reverso de la misma moneda acuñada a golpe de intolerancia e inmovilismo?

Con candidez creímos muchos que esa fecha para apearse del burro de piedra había llegado con el ‘Nuevo tiempo’ que tanto invocamos, por lo visto, en vano. Ayer se habría venido abajo el Congreso de los Diputados dejando a muchos con el argumentario congelado en la glotis si los representantes de Amaiur hubieran roto el maldito tabú. Si todos los asesinatos son susceptibles de condena sin paliativos, el de Miguel Ángel Blanco es, por su crueldad gratuita añadida, el más idóneo para iniciarse en el moralmente saludable hábito del rechazo explícito. Luego vendrían los demás. Pero no. Todo se quedó en el manido comodín del público: “Nos remitimos al tercer punto de la declaración de Aiete”. Otra oportunidad perdida. Y van…

Aiete bis

El enunciado de la convocatoria prometía: “mañana el lehendakari presentará los actos del año de las culturas por la paz y la libertad en Euskadi”. Daban ganas de gritar “¡la gallina!” ante tanto palabro de cinco duros puesto en fila. Culturas (en plural, que mola más), paz y libertad, buena tripleta ofensiva para meter un gol al arcoiris y luego brindárselo al sol y a las nubes, que es de lo que parece que va el invento. Para no desentonar con la rimbombancia requetetransversal del nombre, en el acto donde se comunicó al mundo la buena nueva, Mahatma López compareció flanqueado por la porra y la cítara. A su diestra —faltaría plus—, Rodolfo Ares personificaba magistralmente la primera, mientras que a la siniestra (puñetera polisemia), Blanca Urgell fungía de dispensador de Natreen; hacía falta mucha sacarina para tragar el brebaje que se disponían a servir.
¿De qué se trataba? Mejor preguntar de qué no se trataba, que por aquello de las excusas no pedidas ayuda a que se entienda más fácilmente. “No se hace contra nadie, contra nada, ni como contraposición a ninguna cosa”, se apresuró a delatarse el fan de Vetusta Morla. ¡Acabáramos! Hasta el que reparte las cocacolas comprendió que la intención es montar un sarao que dé réplica institucional y sopas con honda a la conferencia de Aiete, aquella que se perdió porque estaba de bisnes en USA.
Y claro, como sobra la pasta, el jolgorio debe ser por todo lo alto. Más grande, más glamuroso, más megaplural y más chachipiruli que la sosada solemne que organizaron los de la acera de enfrente en octubre. ¿Kofi Annan, Gerry Adams? ¡Menudo par de siesos! Más vistos que el hilo negro, además. No son ni la mitad de chics que Susan Sarandon, Antonio Tabucchi o el entrañable nonagenario Stephane Hessel para darle un lustre rojoide al evento. Van a saber estos lokarrieros y quienes los manejan lo que es internacionalizar el conflicto con arte y con salero.