Subrogación naranja

Por si teníamos alguna duda sobre la impúdica compraventa de bebés al peso que maldisimulan tras el eufemismo gestación subrogada, el figurín figurón Albert Rivera ha venido a despejárnosla con su proyecto para legalizar la cosa. Nada extraño, por otra parte, que sea el neoliberalismo desorejado y sin complejos que representa la marca política del Ibex-35 quien sitúe la cosa en sus justos términos. “¿Quiénes somos nosotros para decirles a los demás que no pueden ser padres?”, se pregunta, con su piquito de oro, el ególatra naranja. No es casualidad que la pregunta responda al patrón de la que en su día galleó, pasadito de vino, José María Aznar: ¿Quién eres tú para conducir por mi? Traducido, la biblia del hijoputismo social: aquí cada cual puede hacer lo que le salga de la entrepierna.

Y del bolsillo, claro, que es el factor fundamental de este timo de la estampita que nos quieren pegar en nombre de derechos que no pasan, en la interpretación más amable, de simples deseos. El mensaje fundamental es que el que paga manda. Da lo mismo que hablemos de un casuplón en una urbanización exclusiva, de un Jaguar, de unas tetas King Size o, como es el caso, de agenciarse una hembra de la especie humana para que procree churumbeles a demanda. “¡Que no, que se trata de regular la práctica para que sea totalmente voluntaria y altruista!”, hace como que protesta Rivera, justo antes de explicar que, además de ser de buena raza (española, a poder ser, faltaría más), la coneja debe comprometerse a llevar la vida que le exija su estado de gravidez. O sea a hacer lo que digan sus dueños, que para eso apoquinan.

Savater, ahora naranja

Fernando Savater con/en Ciudadanos. El arribismo no tiene edad. Ni freno en su caso. Ya me dirán qué necesidad tiene a estas alturas. Económica, ninguna. Y coleccionadas todas las prebendas, tampoco va a ser eso. Más bien, puro vicio. Compulsión de manual. O foder por foder, que dicen en la otra tierra donde también hay elecciones el domingo. Simplemente, le apetece seguir pasándolo cañón en los estertores de la batalla del norte. Recuerden su desvergonzada confesión: “Me he divertido mucho con el terrorismo”.

Guiado seguramente por ese espíritu lúdico, se apuntó el lunes a una de las seis incursiones —¡seis!— del figurín Rivera por estos lares. Le acompañaba, no se sabe si como carabina o padrino, el gran vividor apellidado Sosa Wagner, uno de los primeros que mordió la mano nutricia de Rosa de Sodupe, eso sí, cuando ya UPyD estaba en liquidación por derribo, que hasta entonces estuvo chupando de la piragua magenta en el parlamento europeo.

Pagaría un céntimo por los pensamientos al respecto del enterrador Maneiro. Apenas ayer el reputado polemista donostiarra era, junto al que vive un apasionado romance equinoccional con Isabel Preysler, el santo y seña intelectual del partido convertido en zombi. A las primeras de cambio, se retrata junto a los que le han mandado por el desagüe de la Historia, y tratando de ayudarles a conseguir su barata poltronita por la circunscripción alavesa, qué ingrato.

El festejo que reunió a los mentados, por cierto, llevaba por título “Los retos de los constitucionalistas en España”. Definitivamente, a más de tres se les ha parado el calendario allá por el año 2001.

Desembarco de mandarines

Tienen que estar las franquicias vascongadas de los partidos españoles como los chorros del oro. Me imagino a los dóciles (¡y sufridos!) militantes locales bayeta y fregona en ristre, comandados por los dirigentes tocados con una cofia, dejando los suelos, las paredes y el mobiliario en perfecto estado de revista para la visita de los respectivos señoritos madrileños. Mejor dicho, para las visitas, en plural amplificado, porque a lo largo de esta campaña, ya jodida de llevar de por sí, se va a batir el récord interestelar de desembarcos de mandarines y segundos, terceros o cuartos de a bordo. En muchos de los casos, además, con contumaz reincidencia.

¿Y a qué vienen estos émulos de aquel célebre maestro Ciruela que, sin saber leer, puso escuela? Francamente, a mi también me encantaría saberlo, porque mi nariz y mi estómago de votante de a pie me dicen que, en el momento actual, el mayor favor que podían hacer los caudillos centrales a sus agencias regionales es abstenerse de poner el pie por estos pagos. Desde luego, cualquiera que decida su sufragio tras una migaja de reflexión puede caer en la cuenta del soberano despelote que es escuchar las pontificaciones ex cathedra de unos tipos que llevan casi un año demostrando su letal mezcla de ineptitud y vileza.

Sorprende y cabrea, por lo demás, la permisividad, casi sumisión canina, de los que ejercen de anfitriones ante las muestras de osada ignorancia y/o directamente groseros insultos que acostumbran a gastar sus invitados para con los naturales del lugar de su turisteo. La hospitalidad bien entendida no debería estar reñida con un mínimo respeto

De pacto a pacto

La Historia no es lo que era. Por lo menos, la de Celtiberistán. Ya no se preocupa de dejar pasar un tiempo prudencial para repetirse. Y cuando lo hace, ni siquiera es, siguiendo el tópico atribuido a Marx, primero como tragedia y luego como farsa. Qué va. La degeneración es tal, que cada reedición no supera la broma chusca y pedorrera. Vean como enésimo ejemplo el pacto-parto entre el PP y Ciudadanos.

Han transcurrido seis meses pelados desde su primera versión, que en lugar de a los de la gaviota tenía como abajofirmantes a los de la rosa empuñada. El elemento común, el aguaplás naranjito, que se apunta al bombardeo que le digan sin mudar el gesto de solemnidad de cartón piedra. Entonces era para la investidura imposible de Pedro Sánchez y hoy lo es para la más que improbable proclamación presidencial de Mariano Rajoy.

Todos sabían cómo acababa el cuento medio año atrás y todos tenemos claro el desenlace impepinable que arrojará la votación del próximo viernes. Nadie nos ha ahorrado, sin embargo, la cansina coreografía previa, con su palabrería rimbombante, su camisita y su canesú. Que si lo acordado es la hostia en bicicleta y dos huevos duros, que si la altura de miras, que si la responsabilidad, que si el sentido de Estado. Pura farfolla cutremente reciclada de la vez anterior y destinada a encallar en exactamente el mismo resultado. Se impondrá la terca aritmética y regresaremos a la puñetera casilla de salida. Quizá más cabreados y con la entrepierna más sobeteada, pero al fin y al cabo, igual de dóciles y lanares como para propiciar en las terceras elecciones idéntica situación.

Irresponsables o algo peor

Lo de Cagancho en Almagro quedará en broma menor al lado del sofoco que se va a llevar algún estadista de cuarto de kilo cuando le toque anunciar que no hay otra que abstenerse y dejar gobernar a Rajoy. Será por responsabilidad, por altura de miras y por el resto de mandangas habituales que sueltan por la bocaza los mangarranes venidos a más, pero unos miles de contribuyentes con un par de dedos de frente sabrán que es un digodiego como una catedral. La lástima es que no faltarán palmeros con y sin carné que se encenderán en aleluyas, y que la memoria de pez que gastamos dejará sin castigo la enésima tomadura de pelo de unos tipos a los que se elige para que representen a la ciudadanía.

Parecía imposible empeorar la tragicomedia que nos hicieron vivir tras las primeras elecciones, pero en dos semanas y media que han pasado desde las segundas, hemos comprobado que los récords, incluidos los de ruindad, están para batirse. Mandan quintales de pelotas que, salvando a los partidos minoritarios, que por mucho que los señalen, ni pinchan ni cortan, los comportamientos menos deleznables estén siendo los del PP y Ciudadanos.

Sí, eso he escrito, y no sin rabia. Miente como un bellaco quien diga que Rajoy está volviendo a hacer el Tancredo. A la fuerza ahorcan, esta vez está meneando el culo a base de bien; hasta con los supuestos diablos de ERC se ha reunido. Y en cuanto al recadista del Ibex, ha sido el primero en tragar el sapo de la rectificación en público. Mientras, los de la nueva política se rascan la barriga a todo rascar y el PSOE acumula boletos para la rifa del hostión que evitó por un pelo.

El elegido en Caracas

He visto cosas que vosotros no creeríais. ¿Atacar naves en llamas más allá de Orión? Bah, eso es una menudencia al lado de la llegada del adelantado Albert Rivera al aeropuerto internacional de Maiquetía-Simón Bolívar cual si fuera la reencarnación engominada del Mesías. O de Messi, que fonéticamente suena parecido. Flashes para cegar un ejército, cámaras y micrófonos a machaporrillo —cualquiera lo diría, con la falta de pluralidad informativa, ¿eh?—, escoltado por Lilian Tintori, ya más célebre que su entrullado marido, el tal… ¿cómo se llamaba? ¡Y la radio y la televisión públicas de España abriendo a todo trapo con la noticia, lo mismo que cuarto y mitad de los medios privados!

Más allá del patetismo y la insoportable sensación de vergüenza ajena, ese racimo de imágenes acompañadas por las membrilladas que soltó el gachó ofrecen el nivel exacto de lo que es la política española. Un mindundi de pies a cabeza que no ha empatado un partido en su vida aclamado como esperanza blanca de no se sabe qué democratización pendiente de Venezuela. Vuelvo a preguntarme de dónde saca para tanto como destaca, y a no esperar respuesta, por lo evidente: tiene unos chulos con mucho parné el figurín. Será por pasta. Se dejarán lo que sea para hacerlo pasar por un hombrecito, que después del 26 de junio, a medio bien que salgan las cosas, llegará el momento de cobrar con intereses.

Y por lo que toca a la oposición que agasaja con tal exceso a semejante nadería en mangas de camisa, enorme retrato también. Vaya unas personalidades internacionales para darle lustre a su bisnes. Maduro, ríndase, le tienen rodeado.

Los que nos representan

Como hay una urgencia del copón, el Borbón titular recibe al voluntarioso gendarme del Congreso, López, mañana a la una de la tarde —menudo madrugón— para que le informe de lo que ya debería saber desde el viernes. La tontuna ceremonial es solo una más del millón y pico de tomaduras de tupé que llevamos desde el 20 de diciembre. Sí, en realidad, el vacile viene de mucho antes, pero empiezo la cuenta ahí para no encabronarles de más.

¿Qué ha pasado en estos ya dos meses y pico? Intuyo que la respuesta depende, entre otra docena de factores, de las tragaderas de cada cual o del lugar que se ocupe en la farsa. Buena parte de los que hozan sobre el escenario, esos a los que supuestamente pusimos ahí con nuestros votos, se lo están pasando en grande. Los veteranos, porque pasan un kilo de casi todo, y los nuevos, porque no se han visto (y varios no se verán) en otra igual.

Retrato perfecto del cóctel de jeta rancia y temprana fue la segunda votación que palmó Sánchez. El resultado, cantado de saque, fue lo de menos. Para los actuantes, con honrosas excepciones, se trataba de dar la nota. Un presidente en funciones con olor a cadaverina bañando de acidez cómica su rencor. Un narcisista que pasa de la cal viva al jijí-jajá-jojó sin transición y que, como cualquier maltratador, proclama que después de las hostias vienen los besos. El tipo ese que convierte el soberanismo catalán en caca, culo, pedo, pis, chupádmela, so fascistas. El del Ibex en plan matón cuando hablaba la portavoz de EH Bildu. Y todos los que me dejo, incluyendo —por alusiones, ya saben—, a uno que fue lehendakari. Joder qué tropa.