El morbo hace caja

A los de mi gremio se nos da de vicio el flagelo. Lo que nos habremos atizado a cuenta del tratamiento mediático del caso Diana Quer. Si no hubiera tan tremendo drama detrás, resultaría hasta graciosa la exageración en el rasgado de vestiduras de… ¡exactamente los mismos y las mismas que se venían dando un festín de morbo asqueroso desde el minuto uno de la desaparición de la joven! Encabezan la lista, cómo no, los programuelos televisivos que están en la mente de todos y las cabeceras que tampoco hace falta detallar. Sin embargo, no se quedan fuera las y los exquisitos representantes de la superioridad moral que no han perdido la oportunidad de montarse a lomos de su indignación de plexiglás con el único objeto de pasar por la rehostia de la integridad denunciante, eso sí, a cambio de clics, retuits y aplausos de aluvión.

Parecido asco me da el amarillismo sin escrúpulos en la narración de los hechos que la demagogia ventajista de todo a cien. El fango en que se refocilan lo uno y lo otro es idéntico, lo mismo que el ánimo final, que no es otro que hacer caja. Tan cruel como suena. Nada como las desgracias, especialmente si tienen nombre y apellidos, para llenar la buchaca de los medios y/o los profesionales de la cosa esta del informar u opinar sobre lo que sea y a costa de lo que sea. Pregunten a cuánto se cotiza estos días un anuncio de 20 segundos en los interminables tramos de publicidad de los espacios arriba mentados. Cuando sepan que es un pastizal de escándalo quizá comprendan por qué se estira y estira una historia cuyos elementos básicos principales están contados más que de sobra.

La otra manada (2)

Constato que predico en el desierto. Claro que sí, no al morbo y tal, cómo vamos a caer nosotros en eso, qué barbaridad, hasta ahí podíamos llegar, si tenemos todos los certificados de puridad periodística en regla. Pero toma titular a todo trapo con lo que declaró. ¡Eh, pero que es descriptivo, una cita literal —vale, más o menos— de lo que dijo la víctima de la violación grupal! Bueno, no nos pongamos tiquismiquis: de lo que nos dijeron que dijo, pero si no le echamos una gota de literatura, el montón de periódicos se queda en el kiosko. Y no nos hacen clics en la página, ni nos comparten por Twitter, Facebook o WhatsApp. Si lo ponemos más neutro, no nos lee ni Blas, y eso es malo también para la víctima, porque nosotros estamos a muerte con ella, que conste.

Allá quien comulgue con tal rueda de molino. Yo no trago. De hecho, he llegado al punto en que prefiero el amarillismo a cara descubierta y calzón quitado que el disimulo de los fariseos que se rasgan las vestiduras incurriendo en el mismo pisoteo de la intimidad de la mujer agredida.

¿Que sea más concreto? Es precisamente lo que no quiero, lo que intencionadamente evito, porque para serlo, tendría que enumerar los detalles que estoy clamando que sobran. Y sí, ya sé que me queda una columna oscura, que habrá lectores que se pierdan, pero lo prefiero antes que enrolarme en el ejército mixto de tipos sin escrúpulos y santurrones fingidos que están buscando el espectáculo y/o una ocasión de lucimiento allá donde no debería haber otra cosa que información (u opinión, por qué no) lo más aséptica posible sobre un proceso judicial muy delicado.

El PSE, a lo Donald Trump

Venga, va, la perra gorda para el PSE. Quería atención y la está teniendo. Ha conseguido, efectivamente, que corran ríos de tinta y saliva. ¿Por sus propuestas constructivas? ¿Por sus interesantes aportaciones? Más bien no. La sucursal regional de Ferraz debe su cuarto de hora de fama a un vídeo pochanglero, tan pésimamente hecho, que hasta el mensaje principal llega equivocado al espectador. Se entiende exactamente lo contrario que pretende acotar en su parrapla final —entonada de un modo manifiestamente mejorable— la candidata a lehendakari de una formación que está pregonando a grito pelado su terror a la irrelevancia.

De eso va la cosa en realidad: aunque al primer bote sentí la misma oleada de irritación que cualquiera, pronto la bilis se convirtió en una mezcla de pena y vergüenza ajena con vetas de resignación. Fíjense que ni siquiera creo que tras el artefacto audiovisual haya un asco genuino al euskera como parece desprenderse de su guión y ejecución.

Se trata, y ahí está lo triste, de un producto de siniestro laboratorio o Think Tank, como se dice en fino ahora. Buscando nichos de mercado —y tómenlo en sentido casi literal—, alguna luminaria determinó que el único espacio por pelear era el hediondo limo del antivasquismo más cañí. El mismo, claro que sí, por el que se las tienen a dentelladas los naranjitos, el ultramonte (sobre todo alavés) del PP y, desde luego, esa flatulencia llamada Vox. Más que un insulto, esta torpe incursión del PSE en el Donaldtrumpismo apenas llega a desgarrador último cartucho de quien ha concluido que, después de la dignidad, ya no le queda nada que perder.

Superar la repulsa

Tras la impotencia por el asesinato machista número ene, de nuevo la repulsa. Cada vez expresada con fintas y jeribeques verbales más hipnóticos. Aunque es inevitable lo de lacra que hay que erradicar, se van incorporando a los floridos discursos nuevos palabros que quieren decir mucho y se quedan en parrapla. Puros formulismos para llenar silencios, para cubrir el expediente, quizá también para tranquilizar la propia conciencia en la creencia de que un poco de blablablá es menos que nada. Ocurre que luego va la realidad y nos descojona el teorema, que salta por los aires junto a nuestras impecables intenciones. Otra muerta más, y otra, y otra, y otra. Y hay que repetirse o insistir, como decían atinadamente mis periódicos de referencia. De hecho, cualquiera que siga a este humilde plumilla sabe que la columna presente es prácticamente un calco de ni sé cuántas escritas en parecidas circunstancias.

En este punto, pregunto si es mucho pedir que esa insistencia trascienda las frases hechas. Ya no voy a abogar para que se actúe con firmeza, sin miramientos y dejándonos de rollitos pseudogarantistas siempre a beneficio del matón. Qué va, me conformo con algo más simple. Por ejemplo, en lugar de gastarse la garganta con la letanía de la educación, ¿qué tal si me acompañan a echarle unos salivazos dialécticos a aquellos de mis presuntos colegas que, fieles a su vomitiva costumbre, han vuelto a convertir en espectáculo amarillo chillón o marrón mierda el último crimen? Puede que sirva de poco, porque lo seguirán haciendo, pero qué menos que hacerles saber que son unos —¡y, ay, unas!— indeseables.

Teresa en prime time

Supongo que era previsible, pero no por ello menos decepcionante. Antes incluso de abandonar el hospital, Teresa Romero concedió su primera entrevista exclusiva, que en traducción a los usos y costumbres de la prensa de unos decenios a esta parte, quiere decir pagada. Seguramente la auxiliar felizmente curada de ébola ha recibido un pico. Es de imaginar que habría subasta previa con abundancia de postores de chequera alegre. El gramo de intimidad semivirgen tiene un precio, y los que entienden de esto porque están todo el día a pie de mercado sostienen que merece la pena rascarse el bolsillo. Hay tal demanda, que la inversión se rentabiliza casi instantáneamente. Eso también debería hacernos pensar.

Por lo demás, no tengo nada que reprochar a Teresa. Tanto ella como su marido están en su derecho de meterse por su propio pie en la irresistible pasarela de la fama de aluvión. Sospechando que de poco va a servir, les aconsejaría, eso sí, que fueran con tiento. Más que nada, porque los que ponen las reglas son profesionales que no se andan con sensiblerías. En cuanto el respetable pierde el interés, que puede ser muy pronto en un caso como este, se mueve el banquillo y sale a los focos, qué sé yo, la Pechotes, que es ahora mismo una de las piezas más cotizadas de las casquerías mediáticas.

Eso, sin perder de vista los niveles de crueldad que gastan los consumidores del género. Lo suyo no son las medias tintas. Pasan en décimas de segundo y sin causa aparente de la adoración absoluta al odio más visceral. Y cuando eso ocurre, es muy tarde para protestar. Aunque no esté escrito, viene en el contrato.

Lo que vende

No sé si sigue ocurriendo —tengo motivos para sospechar que sí—, pero en mis días de cliente de la facultad de ciencias de la información, cada tres por cuatro alguno de los que levitaban sobre la tarima nos cantaba las excelencias de A sangre fría, de Truman Capote. Según la loa al uso, ahí estaba todo lo que los tochos y los manualillos teóricos no alcanzaban a contarnos sobre el reportaje periodístico. El empapado a conciencia de aquellas páginas, exageraban, suponía una puerta de entrada al gremio plumífero mucho más cierta que la obtención del título oficial y equiparable a los entonces nacientes másteres donde se pagaba un pastón por trabajar… en los turnos más jodidos y en las secciones menos lucidas.

De esos polvos docentes, seguramente bien intencionados, viene gran parte del lodo amarillo que nos pone perdidos cada vez que tratamos de informarnos sobre cualquier cuestión, y de modo especial, cuando se trata de un suceso. Aunque al lector, oyente o espectador le bastarían —o deberían bastarle— un puñado de datos básicos, quiera o no, se encuentra bajo un bombardeo inmisericorde de detalles, pelos y señales de dudosa utilidad. Dirección exacta de víctimas y victimarios, situaciones sentimentales presentes y pasadas, historiales clínicos, currículos laborales, nacionalidades indicadas de forma implícita o explícita según proceda, que no falte un pormenor. Como aliño imprescindible, testimonios a tutiplén y sin desbastar del primero que se ponga a tiro, aunque solo pasara por allí: parecía un chico normal, ya se veía que era un cabrón con pintas, últimamente estaba muy raro… Cualquier gachupinada por el estilo vale para titular un despiece o, si es de enjundia, para encabezar el cuerpo principal. Eso vende.

Me temo que debo detenerme ahí. Si vende, es que está bien. Con lo chungo que va el oficio, solo faltaba que me pillaran apedreando mi propio tejado. Pues nada, por muchos años.

Un pésimo periodista

Más de veinticinco años en este oficio de tinieblas y aún me pregunto si sirvo para ejercerlo. Por fortuna, no es una duda que me asalte todos los días ni a todas las horas. En general, me las apaño bastante bien envolviendo para regalo las mil y una insustancialidades que, convertidas en titular o relleno de tertulia, aparentan más de lo que son. Ningún problema con declaraciones políticas de carril, nombramientos o ceses, pactos posibles o improbables, decisiones del gobierno correspondiente o, si me apuran, los chanchullos y chanchulletes nuestros de cada día. Con toda esa morralla que no siempre lo es basta con tirar de Turmix y hacer cuatro juegos malabares con el plato antes de servirlo. Donde me estrello —qué vergüenza— es al enfrentarme al rey de los géneros periodísticos por excelencia, el suceso. El que se ha encaramado a las portadas y aperturas informativas en las últimas jornadas, la tragedia del Madrid Arena, es, como tal vez empezarán a sospechar, el que ha vuelto a liberar mis fantasmas.

Por descontado que comprendo que es una noticia digna de tratamiento preferente y con generosidad de tiempo y espacio. Hasta ahí llego, pero me declaro incapaz de hurgar en el Facebook de las jóvenes fallecidas para vampirizar sus fotos y profanar sus mensajes aún calientes, de acosar con saña a sus amigos o familiares para arrancarles unos jirones de su dolor a modo de trofeo o de abalanzarme sobre quienes estuvieron en la funesta montonera en busca del entrecomillado más truculento. Aunque lo intentara con todas mis fuerzas, se me acabarían rebelando el estómago y lo que yo juraría que merece —menudo blandengue— el nombre de conciencia.

Definitivamente, no estoy dotado para chapotear en la sangre ni en la amargura ajena. En ese sentido, sólo puedo reconocer que soy un pésimo periodista. Mi único consuelo es fantasear con que tal vez sea porque en el fondo no soy tan mala persona.