Informe cavernario

Después de varios años limpio, he vuelto a enviciarme con las ondas cavernarias. Nada grave, espero. Una vaina a medio camino entre el divertimento tontorrón e inocuo —digan lo que digan, no me hacen el menor daño—, el curro necesario para servir a los oyentes de Euskadi Hoy unos minutos de lo que muchos siguen añorando y, como resumen y corolario, el espionaje de la carcunda. Es justamente esta última faceta la que da origen a las próximas líneas, en las que comparto con ustedes mis informes sobre cómo respira el bando carpetovetónico tras los últimos acontecimientos, es decir, el encarcelamiento por las bravas de más de medio Govern y la declaración en rebeldía de los fugados a Bélgica.

Como imaginarán, no han derramado una sola lágrima, ni se les ha hinchado la carótida como cuando, por ejemplo, los políticos entrullados son venezolanos. Al contrario, entre los más recalcitrantes, se han escuchado vivas a la jueza campeadora, al tiempo que han empezado las rogativas para que la faena no se quede ahí: quieren ilegalizaciones y las quieren ya.

No crean, sin embargo, que en todo el ultramonte crece el mismo orégano. Un buen número de los predicadores ejecutan todo tipo de cabriolas sobre el alambre. Después de soltar la melonada de rigor sobre el trato que elestadodederecho (pronúnciese así, de corrido) dispensa a quienes infringen la ley, dejan caer por lo bajini que, hombre, a lo mejor no había que llegar a tanto, que bastaba con un susto, y que con lo bien que estaba yendo el encalomamiento del 155, a ver si ahora los de enfrente se encabronan y vuelven a ganarles de calle el 21 de diciembre.

Que me corten la cabeza

Bueno, no voy a ser menos que Gabilondo, que ayer proclamaba sin rubor que se había equivocado en su vaticinio de un viernes de ira tras la declaración de la DUI y la consiguiente —más bien, subsiguiente— aplicación del 155. Con la honestidad que puede permitirse alguien que hace tiempo juega en otra liga, Iñaki reconocía que había sobrevalorado al independentismo y minusvalorado a Rajoy. Como moraleja y aprendizaje, concluía el comunicador de comunicadores que en lo sucesivo trataría de no ponderar de más ni de menos a estos ni a aquellos.

En mi caso, infinitamente más modesto y pedestre, la imperdonable gamba por la que me dispongo a fustigarme ante los amables lectores es el descreimiento que manifesté en la última columna. Sí, como en los tiempos del padrecito Stalin, que veo que aún no han pasado del todo, vengo a hacerme la autocrítica. Una mezcla de osadía de viejo resabiado y debilidad pusilánime me hizo dudar en falso de la pertinencia y precisión quirúrgica de cada paso del procés. ¡Oh, qué ceguera la de este insignificante garrapateador de menundencias, no ser capaz de recibir en mi holgazana pituitaria el aroma de la victoria que impregna el aire! La independencia es mañana, como fue hace 36 meses, y hace 24, y hace 18, y hace 12, conforme fue anunciada del modo en que consta en las hemerotecas. Pero, por lo visto, también los archivos mienten por recoger una realidad que no es la que se deseó y se desea. Puñetera manía de la verdad de entrometerse en todo. Menos mal que ahí están los millones de clones de la Reina de corazones para sentenciar a los flojos. ¡Que nos corten la cabeza!

Todo bien, ¿seguro?

Las adhesiones inquebrantables acaban jodiendo las mejores causas. Se comprende que, bajo determinadas circunstancias y en pro de un bien superior, se rebaje el nivel autocrítico o se tienda a contemporizar con ciertos comportamientos. Pero si hablamos del soberanismo catalán, tal vez hayamos pasado esa marca hace rato y vaya siendo hora de decir lo que, por otra parte, cualquiera con dos ojos y un gramo de sustancia gris es capaz de ver y comprender. No puede ser que para no pasar por renegado y/o traidor haya que aplaudir la sucesión de jaimitadas que llevamos coleccionadas solo en los últimos cinco días. La más reciente, el rule a Bruselas vía Marsella, vale quizá para una road-movie tragicómica, pero no para la Historia y me temo que tampoco para el noble fin que se persigue.

¿Se da cuenta alguien de cuál es ahora mismo el global de la eliminatoria? Catalunya, teórica república independiente —Ni eso se han atrevido a aclarar; si sí o si no— es en estos momentos aun menos libre que hace una semana. El pretendido estado extranjero administra, guste o no, lo que no administraba el jueves pasado. Pongo ese día como referencia porque es la jornada de la yenka de Puigdemont, el de las 155 monedas de plata que escupió Rufián en Twitter. Algún día nos explicarán qué le impidió convocar —como ya había aceptado; no echemos siempre la culpa al ogro español— las mismas elecciones que 24 horas después impuso Rajoy por sus bemoles. Sí, esas a las que se van a presentar las formaciones que acaban de dar por liberados a los catalanes del yugo opresor. Y los de las rojigualdas choteándose al grito de “Votarem!”.

Huir hacia adelante

La política del tú lo has querido, menudo soy yo. Sobre todo, cuando presiona la parroquia, y a uno le toca batir el récord mundial de dar marcha atrás. Qué gran paradoja: se diría que en cada extremo de la cuerda imaginaria se desea exactamente lo contrario de lo que se cacarea en público. Qué bien me vendría una DUI para justificar un 155 del tamaño de la catedral de Burgos. Igualico que a mi, pero a la inversa: tu 155 es la mejor coartada para una DUI de la talla de la Sagrada Familia. ¿Vértigo? Para parar un camión. Incluso, vértigo al vértigo mismo, pero de perdidos, al río. Cuando llegue el momento de escribir la Historia, ya vendrán los montadores a cortar los planos chuscos y dejar solo los épicos.

¡Ah, la épica! Qué pena que, como decía el otro día en Onda Vasca Aitor Esteban, sea tan efímera. Y que se lleve tan mal con lo cotidiano. La independencia no se consigue cerrando los ojos y deseándola muy fuerte, ya vamos viéndolo. Pero a lo hecho, pecho. Como escribí el día en que teóricamente se iba a proclamar pasara-lo-que-pasara y luego fue un fiasco, no caben medias tintas. Andamos tarde para reconocer que no era tan fácil. Hay decenas (o centenares) de miles de personas que se lo creyeron y no están dispuestas aceptar algo que no sea lo que se les prometió firme y solemnemente. Es preferible enfrentarse a los tanques y los jueces de Rajoy que a la frustración de quienes llevan años y años escuchando que ya casi está.

Pero… ¿Y si aparece una salida medianamente honrosa? Desengañémonos, no la hay. Ni siquiera esas elecciones a la desesperada. Solo queda, mucho me temo, huir hacia adelante.

No podrán con TV3

Mariano Rajoy, devenido en diosecillo del Trueno de ocasión, pretende hacer doblar la cerviz de los díscolos catalanes amenazándoles con una sarta de plagas bíblicas, o sea, constitucionales del 78. El paquete incluye todo el repertorio sádico-satrapil, empezando, como ya enumerábamos el otro día, por la deposición del gobierno legítimamente elegido, siguiendo por el secuestro de la Hacienda del territorio hostil, la neutralización de la fuerza policial propia y, como fin de fiesta, la intervención de los medios de comunicación públicos.

Además de miedo, tengo mis serias dudas sobre si se van a llegar a hacer efectivas y cómo las tres primeras medidas enunciadas. Respecto a la cuarta, la toma al asalto de TV3 y Catalunya Radio para convertirlas en altavoz de la noble causa de la unidad de la nacional española, estoy completamente seguro de que jamás ocurrirá. Y ya no solo porque buena parte de la ciudadanía de Catalunya lo vaya a impedir, sino en primer lugar, porque las trabajadoras y los trabajadores no lo permitirán. Bajo ninguna circunstancia dejarán que uno o varios comisarios políticos les obliguen a participar en un No-Do redivivo.

A partir ahí, los planes de sustitución del presunto veneno separatista por la difusión de la benéfica poción ideológica unionista tendrán que ser modificados. Cabrá, quizá, torpedear las antenas o emprenderla a hachazos con los cables. O quién sabe si hacerle caso al adelantado Federico Jiménez Losantos, que lleva unos días proponiendo dinamitar lo que, según él y otros que tal bailan, es el nido del mal. “Cuando no haya nadie dentro”, matiza con condescendencia.

Rajoy da primero

Empiezo a teclear a las 9 y 7 minutos de la noche del sábado, 21 de octubre, tras la comparecencia del todavía president de la todavía legítima Generalitat, Carles Puigdemont. Un mensaje en el que, como toda respuesta al anuncio del ataque más brutal contra las instituciones propias de Catalunya, apenas se han enhebrado media docena de lamentos y algo parecido a la convocatoria de un pleno del Parlament —amenazado de inminente secuestro— para, ya si eso, ver qué se hace.

Allá quien quiera engañarse. Puigdemont ha dicho exactamente nada. Nada en catalán. Nada en castellano. Nada en inglés. Nada, digo, en comparación con la batería de medidas concretas que, horas antes, había puesto sobre la mesa el Estado español a través del presidente de su gobierno. Destitución del Govern al completo y sustitución de sus miembros por unos administradores de fincas de probada rojigualdez, conversión del Parlament en una cámara de la señorita Pepis, intervención de las cuentas —la pela es la pela, más en Madrid que en Barcelona— y, cómo no, toma al asalto de los medios públicos de comunicación. Un virreinato en toda regla, edulcorado con la promesa de la convocatoria de unas elecciones en las que deben ganar los buenos.

Cabe cualquier reacción menos la sorpresa. Solo desde una ingenuidad estratosférica o desde una ceguera sideral se podía esperar que el primer paso atrás lo diera España. Bastante era que, durante un tiempo que para el ultramonte cañí ha sido una eternidad, Rajoy haya hecho como que hacía de él mismo. Si ha esperado, ha sido para cerciorarse de que le salen las cuentas. Y le salen. ¿Y enfrente?

Otro aplazamiento

Dos oyentes de Euskadi Hoy de Onda Vasca me sugieren sendas comparaciones de lo más inspirado con el juego de amagar sin terminar de dar que se traen Mariano Rajoy y Carlos Puigdemont. El primero recuerda a Clint Eastwood y Lee Van Cleef disparándose al suelo y al sombrero en Por un puñado de dólares. El otro evoca la crisis de los misiles de 1962, cuando por un quítame allá esos artefactos, Estados Unidos y la Unión Soviética se pasaron dos semanas amenazándose con destruirse mutuamente y, ya de paso, el planeta. Del desenlace de la película de Sergio Leone no me acuerdo, pero sí sé que en el episodio histórico —del que estos mismos días se cumplen 55 años— la sangre no acabó de llegar al río porque las superpotencias negociaron por debajo de la mesa y se aceptaron de forma recíproca pulpo como animal de compañía. Resumido, tú me quitas los misiles de Turquía y yo desmantelo los de Cuba (o viceversa), cambalachearon Kruschev y Kennedy. La Humanidad se salvó, el cine de serie Z vivió una época dorada y, de propina, se creó el celebrado teléfono rojo entre el Kremlin y la Casa Blanca.

¿Cabe esperar algo similar entre Moncloa y el Palau? Confieso mi incapacidad para imaginarme los términos en que podría encontrarse algo parecido (esto lo decía también el oyente) a los misiles turcos. Lo único que puedo constatar es que, a fecha de hoy, cada ultimátum inaplazable ha sido seguido por otro exactamente igual de apremiante. Ni cenamos ni muere padre. O sea, ni está declarada la independencia, como quedó claro en la carta de ayer, ni está intervenida la autonomía catalana. ¿Y mañana? Vaya usted a saber.