DUI o no DUI

DUI o no DUI, he ahí el dilema que, salvo no descartable intervención de las fuerzas del orden españolas, quedará resuelto hoy mismo en el Parlament. No hay lugar para las medias tintas. Solo hay dos respuestas posibles: o se declara unilateralmente la independencia de Catalunya o no se hace. Dirán que me he quedado calvo detrás de las orejas, pero con la de perdices que llevamos mareadas y las hojas de ruta convertidas en papel mojado, resulta procedente aclarar hasta lo más obvio. Y en este caso, lo más obvio es que ya no vale (o no debería valer) amagar y no dar. O bueno, sí que vale, pero sacando las conclusiones oportunas y asumiendo el significado del enésimo aplazamiento de lo prometido, que no es otra cosa que la desconexión de España. Por las buenas o por las malas.

No, no digo que yo sea partidario de tirar ya mismo por la calle de en medio. Creo, como el mismo Artur Mas en la largada al Financial Times con posterior reculada, que hay requisitos de la independencia real que todavía no se han conseguido. Pero, puesto que una y otra vez se ha asegurado que todo estaría listo para ponerlo en marcha en cuanto se terminase el recuento, se entenderá muy mal que no se cumpla la palabra dada.

Por supuesto que queda agarrarse a la voluta de humo del pie de la letra de la Ley de Transitoriedad, que no pone un plazo claro y bla, bla, bla, requeteblá. Allá quien, después de haberse partido literalmente la cara para votar el 1 de octubre, vuelva a aceptar la especie de que sigue sin tocar. Estará, eso sí, en su legítimo derecho de hacerlo. Como los demás de dudar que esto vaya a llegar a buen puerto.

Responsable de bien poco

“Yo fui el responsable de todo el 9-N”, reivindica Artur Mas ante el tribunal que lo juzga. Como titular, un regalo. Lástima que la épica se pierda en la letra pequeña. Primero, cuando se pone en plan chivato ma non tropo y deja caer como quien no quiere la cosa que contó con la ayuda del resto de su gobierno, de buena parte del aparato institucional y, en última instancia, de miles de voluntarios. Segundo, al argumentar con una cobardía notable que el Tribunal Constitucional no advirtió de las consecuencias de seguir adelante con el programa. Y tercero y definitivo, en el momento en que confiesa sin reparos que lo que durante meses se presentó como el cara o cruz definitivo no llegó ni a simulacro. Anoten: “No se trataba de hacer una consulta o proceso participativo con vinculaciones legales inmediatas, sino de conocer la opinión de la gente después de inmensas movilizaciones ciudadanas”.

Repasen la hemeroteca y comprobarán que en aquel tiempo se vendía que tras la victoria del doble sí se iniciaría el camino sin retorno hacia la ruptura con España. Cuestión de meses, según la que ya entonces era segunda o tercera versión de la cacareada hoja de ruta. Dos años y pico después vamos por la sexta. Así que el despropósito es todavía mayor de lo que denunciábamos. Ya no es que se juzgue al anterior president de la Generalitat y a dos consejeras por haber promovido el ejercicio democrático del derecho a decidir. Resulta que están en el banquillo —de acuerdo, insisto, con la propia revelación de Mas— por haber montado una especie de encuesta a gran escala que ya sabían que no llevaba a ninguna parte.

¿Qué hay que celebrar?

Milagros de este procés aficionado a la ruleta rusa y a darle todo el rato tres cuartos al pregonero: de un minuto para otro pasas de corrupto indecente, recortador de derechos y cáncer para la causa a puñetero amo de la barraca. Y todo, por haber dado un paso al lado, estomagante eufemismo que en realidad quiere decir hacer exactamente lo que ni 48 horas antes habías asegurado que jamás harías. Hasta la incoherencia es digna de vítores, manda narices. Pero así parece que se está escribiendo lo que estaba destinado a ser una obra cumbre del género épico y cada día se parece más a un sketch involuntario de Faemino y Cansado.

Me dirán, remitiéndose a los hechos recientes, que a pesar de todo, la nave va. Ha sobrevivido a la enésima extremaunción, y vuelve a provocar cagüentales incendiarios y amenazas con el apocalipsis en la bandería unionista. Bien quisiera compartir el entusiasmo, pero si les soy franco, lo único que tengo para celebrar es que estoy viviendo el episodio como espectador a más de 600 kilómetros. Aquella envidia inicial se tornó en una suerte de escepticismo que al trote de los meses y de los incumplimientos de la cacareada hoja de ruta ha dejado lugar a la decepción.

Cierto, qué poco fuste, qué pobre ardor soberanista el mío, pero argumento en mi defensa que, por muy cedida que tenga la glotis, hay ruedas de molino que no me pasan. Que una cosa es hacerse media docena de trampichuelas al solitario, y otra, aceptar sin asomo de sonrojo que Artur Mas salga proclamando que el apaño con la CUP ha sido la corrección de lo que habían dispuesto las urnas. Joder con el derecho a decidir.

Catalunya, todavía nada

Entre el soniquete hipnótico de la lotería, la montaña —pongamos Montserrat— parió un ratón. El primer teletipo lo vendía como un acuerdo entre Junts Pel Sí y la CUP. Se aludía a una supuesta postura en común en materia social y, como si no fuera lo que de verdad importa, se mentaba de refilón algo de una fórmula para la investidura. La de Artur Mas, se entiende, que es lo que se dilucida. Entre el mercadillo, la confección de trajes de lagarterana y el taller de magia Borrás, se hablaba de una presidencia rotatoria al estilo de las comunidades de vecinos.

Pero ni eso, oigan. Las sucesivas noticias al respecto fueron aguando el de por sí liviano caldo de asilo. Una comparecencia vespertina de varios jocundos representantes de la CUP rebajó aun más la cosa entre jijís y jajás que a mi se me antojaron extemporáneos. Resulta que no era ni acuerdo, ni principio de acuerdo, ni preacuerdo, sino una propuesta monda y lironda que Junts Pel Sí lanza a la desesperada a las bases de la coalición anicapitalista para que la consideren en su asamblea de domingo. Casi nada entre dos platos. O menos.

A punto de cumplirse tres meses desde las elecciones, ni cenamos ni se muere padre. No se olvide que se viene de un retraso de más de un año en la tan campanudamente nombrada como Hoja de ruta. Aparte de una declaración que no hay modo de llevar a la práctica, lo único que se ha conseguido es que Convergencia se desangre impúdicamente ante los ojos de todo el mundo. Eso y que Jordi Évole haga bromas sobre lo mucho que se parecen una Catalunya y una España que en este minuto del partido se antojan ingobernables.

Rajoy va ganando

Debe de estar pensando Mariano Rajoy que la requetecabrona legislatura se le acaba justo cuando empieza a divertirse. Es la leche lo de los renglones torcidos. Según la lógica política, un dirigente al que se le rebelara un territorio debería estar sudando tinta china y pasando las de Caín. Muy al contrario, al Tancredo de Pontevedra se le ve como nunca. Aquel guiñapo grogui ante las acometidas del paro galopante, la prima de riesgo desbocada y no digamos las toneladas de carne corrupta que le iban reventando alrededor es ahora poco menos que la reencarnación de Santiago cerrando España. Ahí lo tienen, devenido en algo parecido a un líder, templando, ordenando y mandando. Y multiplicándose, lo mismo para reunir en torno a sí a los cabezas (¿de ajo?) del resto de las formaciones españolizantes o los llamados agentes (ejem) sociales, que para echarse unas risas radiadas con Del Bosque o advertir desayuno, comida y cena a los disolventes catalanes que abandonen toda esperanza.

Qué tiempos cuando ocurría al revés, ¿verdad? Entonces era el centralismo cerril y mastuerzo el que operaba como inagotable generador de soberanistas. Pero alguien ha debido de reconstruir la kriptonita mediante ingeniería inversa, y en Moncloa y Génova se están dando un festín gracias, mucho me temo, a la impericia reincidente que se viene manifestando al otro lado. Quizá necesitarían los protagonistas verse desde fuera para caer en la cuenta del lastimoso espectáculo que están ofreciendo cuando son capaces de suscribir la declaración que abre el camino a la independencia, pero no de acordar un Govern que la lleve adelante.

Mas siempre se salva

He perdido la cuenta de las veces que he leído o escuchado el obituario anticipado de Artur Mas. No había echado los dientes de leche el llamado procés tras la Diada de 2012, y ya se pronosticaba sin lugar a dudas su caída e inmediato arrollamiento por las masas exaltadas. Con bastante fundamento, casi nadie daba un duro por su pellejo político. ¿En qué cabeza cabía que podría guiar el viaje a la independencia de Catalunya un tipo que había acreditado una pila de quinquenios como tibio y nada incómodo pactista con los mandarines —da igual del PSOE o del PP— de la España que ens roba? ¿Cómo era posible que un movimiento que eclosionó, además de por lo identitario, a modo de clamor contra los recortes y la corrupción, fuera a confiarse a alguien que manejaba con destreza la tijera y cuyo partido aparecía —y sigue apareciendo— cada dos por tres en la crónica marrón?

Pues ya ven. Pasó esa pantalla sin mayores contratiempos. Y las que vinieron después, que tampoco fue moco de pavo darse una señora bofetada en unas elecciones, las de aquel mismo 2012, que había adelantado pensando que arrasaría. De nuevo fue declarado cadáver, igual que cuando unas semanas después tuvo que venir Esquerra a su rescate, previa firma de una hoja de ruta de imposible cumplimiento. ¿Y qué pasó al vencer el plazo del 9-N sin que ni remotamente hubiera ocurrido nada de lo anunciado? Pues que los augures renovaron su vaticinio: Mas está acabado. De momento, ha durado, mal que bien, los diez meses que median entre aquella consulta fallida y las elecciones del domingo. Se vuelve a decir que de esta no sale. Yo no apostaría.

Pablo arregla lo de Catalunya

(Sí, estoy obsesionadísimo, mis pesadillas son en color nazareno y con circulitos candentes impactando a todo trapo sobre mis nalgas. Reconocido lo cual, yo a lo mío, que es teclear, y que sea lo que Gramsci quiera.)

Miren quién le va a solucionar el problema catalán a Mariano. Cual Mesías redivivo, Pablo Pueblo (y que me perdone Rubén Blades por el robo) se llegó al territorio hostil para llevar a sus revoltosas gentes la buena nueva, que no era tan nueva, sino un calco de lo que lleva diciendo, por ejemplo, Patxi López desde antes de irse de Ajuria Enea. Las hemerotecas, o sea Google, les confirmarán que en más de dos y en más de tres mítines, el portugalujo ha soltado que hay que tender puentes en lugar de levantar muros, sin que se vinieran abajo los pabellones ni conseguir que a la prensa diestra —la de la casta con más solera— se le hiciera el tafanario Pepsicola… bien es cierto que no tanto como con la otra frase que al unísono eligieron para titular: “No quiero que Cataluña [sic] se vaya de España”. Desde su tumba, Josep Pla se descogorciaba de la risa pensando lo atinado que estuvo al sentenciar que lo más parecido a un español de derechas era un español de izquierdas.

Hablando de izquierdas, me pregunto si la que se apellida autodeterminista, soberanista o independentista ha terminado de caerse del guindo respecto al fenómeno de la formación emergente. Tantas Fantas pagadas al simpático rapaz en tiempo no muy lejano, para que en cuanto se hace un hombrecín, le atice un cachete de escándalo al líder de la CUP, David Fernández, afeándole que un día se abrazó, qué delito, con Artur Mas.