Palabras con pene

Asisto con incredulidad y cabreo crecientes a la bronca de los portavoces y las portavozas. Supongo que lo siguiente será pretender que también hay un debate serio para dirimir si la tierra es plana, si el cáncer se cura no haciendo nada o si la masturbación provoca ceguera. Fíjense que en los últimos tiempos los apóstoles de la superioridad moral indiscutible han batido marcas de membrillez envuelta en totalitarismo (y viceversa), y ya deberíamos estar vacunados contra la sorpresa, pero ni por esas: siempre hay un plus ultra.

El que nos ocupa no es anécdota sino categoría. Va más allá del bobo ten con ten sobre la corrección o la pertinencia de decir esto o lo otro. Es, en realidad, el retrato —más bien, el selfi— del retroprogresismo que nos toca padecer. Y en la foto aparecen quienes convierten un simple lapsus o una supina muestra de ignorancia (escojan) en bandera contra una desigualdad que ni está ni se la espera en la palabra en cuestión, compuesta por el verbo Portar y el sustantivo Voz, que ya es femenino. No faltan tampoco los caballeros andantes que han corrido al socorro de la dama en esa forma de machirulismo vomitivo que es el paternalismo. Fuera de concurso, las cátedras y los cátedros de filología que parecen creer que en castellano el género se determina exclusivamente por una a o por una o.

Habrá, es verdad, personas que también han actuado con la mejor fe. A ellas me dirijo, porque en mi humilde opinión, la verdadera materia para la reflexión es el flaquísimo favor que se le ha hecho a la causa totalmente legítima y necesaria del lenguaje inclusivo. Pregunten a su alrededor.

La lección de Gaizka

Un cateto a babor y otro a estribor. Los dos, rezongando porque el invitado en la tribuna de prensa está teniendo la osadía de responder ¡en euskera! a una pregunta que le ha hecho ¡en euskera! un periodista de un medio de comunicación ¡en euskera! Hasta ahí podíamos llegar. Malditos vascos, les das la mano y te cogen el codo. ¿Para eso ganaron sus abuelos una guerra? Pues de eso nada, a cada intento por seguir con la respuesta en la diabólica lengua vernácula, un rebuzno en cristiano (probablemente con las zetas y las eses a la virulé; así suelen ser estos filólogos de ocasión) para que el aludido entre en razón y suelte las obviedades futboleras en el idioma de Cervantes, Queipo de Llano y Belén Esteban.

Quizá otro más melindroso se habría achantado. Pero Gaizka Garitano, que tiene el culo pelado de aguantar a plumillas garrulos por esos campos de Dios, no llegó al tercer aviso. El entrenador del Eibar se levantó, se estiró la chaqueta, e hizo el paseillo hasta la puerta con la cabeza muy alta, dejando con la copla al par de gañanes que le habían boicoteado con sus regüeldos. Juanjo Moreno, jefe de prensa del Almería y tipo que se viste por los pies, como demostró durante todo el chusco incidente, estaba verde por el sofoco: “¡Señores, que llevamos seis años en primera división!”, afeó a los palurdos.

Aunque ha habido quienes han contado el episodio como imaginan, me quedaré con lo positivo. Además del aplauso casi unánime que le hemos tributado aquí al deriotarra, la Asociación de la Prensa de Almería y muchos periodistas a título individual han pedido perdón por el espectáculo. Les honra.

Español en Sestao

Cuánta razón, señor Basagoiti. Es un escarnio, un vilipendio, una ignominia y un oprobio de cuatro copones de la baraja el trato que recibe en esta pecaminosa linde vascongada la lengua de Cervantes, que es también, no lo olvidemos, la del insigne Pemán. Se le vuelve a uno el corazón paté de canard paseando por Sestao con la dolorosa impresión de ser un extranjero en su propia tierra. Allá donde se pongan ojos u oídos, la demoníaca fabla vernácula golpea con su soniquete de serrucho oxidado. En la Pela, en el Casco, en las Camporras o en Simondrogas no hay forma humana ni divina de comunicarse en cristiano. Las carnicerías de siempre son harategias, los cambios de sentido, itzulbideas, y hasta los monigotes de los semáforos llevan txapela. ¿Para esto ganaron nuestros abuelos una guerra?

Hay que hacer algo, Don Antonio, hay que hacer algo. No digo yo que otro alzamiento nacional, pero qué menos que un estado de excepción, a ver si enseñándoles los tanques se les bajan los humos y los pantalones a estos indígenas. Como usted bien dijo —¿acaso dice mal alguna vez—, va siendo hora de devolverle al idioma pequeñajo todas las afrentas que le ha escupido al grande, único y verdadero. Y mire, la ley de su compadre Wert, a quien el altísimo guarde muchos años, apunta en la dirección correcta. Mas (con perdón), pero, sin embargo, se antoja corta para desfacer este entuerto creado por tres décadas de paños calientes con los deletéreos nacionalismos periféricos. Si queremos que las criaturas abandonen el imperdonable vicio de llamar aita a sus cada vez menos venerados progenitores o que los locutores de la radio se apeen del procaz egunon y vuelvan a saludarnos como Dios manda, procede aplicar una cirugía mayor. El anillo, los varazos en las yemas de los dedos, unos capotones en el occipucio, por qué no el aceite de ricino. En diez minutos se vuelve a hablar español en Sestao, ya lo verá.