21-D, cuenta atrás

Una campaña electoral que comienza en martes. Se hace raro, ¿verdad? Cosas del creativo calendario de quien convocó los comicios. Porque supongo que eso lo tenemos claro. Si se vota en fecha tan extemporánea es porque así lo decidió Mariano Rajoy Brey. Él mismo va galleándolo de la Ceca a la Meca. Y eso duele y cabrea, pero es la puñetera verdad que no queda otra que asumir. Fue el inquilino de Moncloa el que se sacó las urnas del forro del 155. En el mismo viaje, mandó deponer a todo un Govern que en cuestión de días acabaría dividido entre la cárcel y la fuga, y disolvió el Parlament que a las tres y veintisiete minutos de esa tarde había proclamado —yo estaba allí— la República Catalana.

Miren que solo 24 horas antes pudo haber cambiado el cuento, pero ya no merece la pena llorar por la leche derramada. Quizá sí recordar que el 21-D habrá candidaturas de formaciones que dijeron que sería una traición presentarse. Reitero que no es para encabronarse, sino para no perder de vista cuál es la voluntad que se va cumpliendo por el momento y cuál es la que se ha visto, digámoslo de la forma más suave posible, relegada para mejor ocasión.

Por lo demás, gran comienzo. Como aperitivo, el juez Salomón (digo, Pablo) Llarena deja en libertad con fianza a la mitad del Govern depuesto y mantiene entre rejas a la otra mitad y, de propina, a los Jordis, cargando a los entrullados el mochuelo de no sé qué explosión violenta que nadie ha visto. Y luego, un CIS patrocinado por La Cocinera anunciando a todo trapo que Ciudadanos será la formación más votada y que el soberanismo perderá la mayoría absoluta. Jolín.

Agitar el avispero

Advierto de que la que sigue viene a ser la misma columna de ayer despojada de su carga sarcástica. O de la mayor parte, vamos, que las querencias naturales no son fáciles de torear. Y uno, qué les voy a contar que no sepan a estas alturas, derrota por lo ácido. Creo que ni siquiera es un recurso estilístico, sino una especie de mecanismo de defensa frente a las agresiones que mezclan la mala fe con unos litros de esa ignorancia, la peor, impermeable a cualquier pedagogía. Es decir, exactamente el tipo de metralla dialéctica que se está disparando contra Concierto (o Convenio) y Cupo (O Aportación).

¿Por qué es así? He ahí, a mi entender, la pregunta pertinente, con una respuesta sencilla al primer bote: simplemente, es norma de la casa despachar cualquier debate a salivazos y regüeldos. Pero esta vez no se trata solamente de eso. Aunque el que sostiene el banderín de enganche es el petimetre naranja, la ofensiva contra el modelo de financiación de los cuatro territorios forales la están llevando a cabo los legionarios mediáticos más bregados y faltos de escrúpulos. Junto a las mandangas de los privilegios o la insolidaridad —el “Euskadi nos roba”, tócate las narices—, se agita sin rubor el manido espantajo de ETA como origen del pérfido sistema fiscal. He vuelto a escuchar, se lo juro, la letanía del árbol y las nueces.

Noten que hasta anteayer, había quien pretendía vender el nacionalismo vasco como el bueno y razonable, el que no se metía en aventuras, mantenía la paz social y caminaba con paso firme hacia la prosperidad. Un panorama, en definitiva, nada rentable para los que viven del conflicto.

A propósito de Maza

Hace un año no sabía absolutamente nada sobre José Manuel Maza. Luego supe muchas cosas. Hasta la penúltima, su impactante muerte de un rato para otro a 10.000 kilómetros de su casa, y la última, que aún no se ha detenido, la torrentera de bilis y almíbar que ha seguido al instante en que se conoció la noticia. Diatribas furibundas y exagerados cantares de gesta se impusieron al estupor del primer segundo, y ahí continúa cada quien desde su trinchera respectiva, entre olés alborozados y lamentos en do mayor, componiendo una especie de milhojas fúnebre en el que se alternan una capa de panegírico y otra de invectiva. Ha pasado el tiempo en que todos los difuntos eran buenos, supongo que hay tomarlo por avance.

¿Y usted, columnero, es de los que lo sienten o de los que lo celebran? Como imaginarán especialmente los que se pasan con cierta frecuencia por estas líneas, ni lo uno ni lo otro. No me sale —y no pienso esforzarme para que me salga— nada remotamente parecido a un lamento, pero por pura urbanidad, carezco igualmente del cuajo necesario para brindar por el tránsito al otro barrio del fiscal general. Como mucho, me asalta un pensamiento sobre cómo puede influir en los mil asuntos literalmente “de Estado” que tenía entre manos mientras todavía respiraba.

Y lo siguiente es una reflexión, seguramente pedestre, sobre la literalidad del tópico que sentencia que no somos nada. Tanto afán, tanto ahínco, tanto ardor, tanta vehemencia en cumplimiento de lo que uno entiende como deber, para que eso se convierta en anecdótico porque el destino o un germen cabrón hace que la diñes al otro lado del charco.

Rusos, ¿para qué?

Risas con los rusos. Aunque se comprende que parece como puesto a huevo, no sé yo si las haría. ¿Nadie recuerda ya el descojono con el Comando Dixán? Pues luego vino el 11-M, y de ahí en adelante, la oleada de matanzas en nombre del Islam en el infiel Occidente. Vamos, que dicen en la tierra de mi padre que haberlas, haylas. Por lo demás, con una docena de lecturas no necesariamente de ficción sabríamos cómo las gastan las huestes putinescas. ¿Teoría de la conspiración? Como para fiarse y no correr. Nadie mejor para contarlo, si quisiera, que el avezado catalanista Julian Assange.

Otra cosa, de acuerdo, es que en la tragicomedia del nordeste estén de más los mercenarios profesionales de la manipulación. Nos bastamos y nos sobramos con los amateurs, igual en Independilandia que en Hispanistán o en la inmensa Babia intermedia de los equidistantes, los ni carne ni pescado, los que pretendemos no hacernos trampas al solitario y, en general, cualquiera no dado a las adhesiones inquebrantables.

Ahí iba yo. ¿Quién necesita que le lave el cerebro un ruso cuando se lleva de serie inmaculado a la medida exacta de la causa en que se milite? El descaro llega a tal extremo, que se miente utilizando la verdad. Ahí tienen, por ejemplo, a los que están confesando en fila india que se declaró la República cuando no estaba ni a medio hacer, e inmediatamente después aseguran que no han dicho lo que han dicho, pero vuelven a repetirlo ante la siguiente alcachofa que les ponen. Lo tremebundo es que las teóricas víctimas del trile no se revuelven contra quienes se la han pegado sino contra quienes constatamos el engaño.

Ayer… como hoy

Desconozco si fue casualidad o causalidad, pero el caso es que el pasado domingo, los diarios del Grupo Noticias traían dos piezas que yo diría estaban cosidas por hilos espacio-temporales y afectivos invisibles. Por una parte, Iban Gorriti rescataba del no tan lejano anteayer cómo el lehendakari José Antonio Aguirre cumplió la palabra dada al president Lluís Companys de acompañarlo cuando le llegara el momento de salir al exilio. Le faltó tiempo a mi muy apreciado senador Jon Inarritu para tuitear la página correspondiente —sin que se viera el medio de procedencia, ejem—, acompañada del latinajo “O tempora, o mores”, que viene a querer decir que cómo cambian las cosas.

Podría caber la carga de profundidad si no fuera porque a unas páginas de distancia, amén de destacadísima en primera, venía la extensa crónica en la que Humberto Unzueta detallaba al milímetro cómo fue la mediación de Iñigo Urkullu que estuvo a punto de cambiar el guión del procés. Mediación pedida expresamente y con apremio por un agobiadísimo president Carles Puigdemont en un instante en el que veía que se le venía encima todo el peso de la Historia.

Es verdad que, como sabemos y como se cuenta de forma fidedigna, el intento se fue al garete en 18 minutos más histéricos que históricos. Sin embargo, la esencia de lo sucedido, ese hilo que une presente y pasado que mencionaba al principio, está ahí: de nuevo, en un momento crítico, un lehendakari está al lado de un president que le ha requerido su ayuda. Es lo que va de predicar a dar trigo, o en términos actuales, de hacer politiqueo de selfi y pancarta a hacer política de verdad.

De farol

“Era consciente de que la estrategia soberanista era un farol”. ¿Palabras de algún españolazo del recopón? No. Entonces, ¿de un tibio aguafiestas peneuvero? Qué va. De hecho, ni siquiera de un renegado de la causa, sino de uno de los representantes más genuinos del independentismo fetén en su frente, digamos, intelectual. Quizá no conozcan de nombre a Toni Soler, pero seguro que sí tienen noticia de su obra más famosa, el (con motivo) exitoso programa de TV3 Polònia, probablemente una de las herramientas —no diré armas— más dañinas para el unionismo, que sabe responder a las hostias pero no al humor. Si hubo un tiempo en que el espacio repartía por babor y por estribor, desde que el Procés tomó carrerilla, las chanzas, cada vez menos sutiles y por eso mismo, más hilarantes, han ido siempre en la misma dirección. Busquen en Youtube, si no lo han visto, el gag de Franco, que no estaba muerto, sino tomando cañas. Y por si quedaran dudas sobre las querencias, el programa se borró de la parrilla el día en que encarcelaron a la parte del Govern que no había puesto tierra de por medio porque, según dijeron, no tenían ganas de reír.

Les aporto todos esos detalles para completar el contexto de la frase que abre esta columna y de su autor, que en la misma declaración añadía, sin disimular su rebote, que pese a saber que todo era de fogueo —o simbólico, en definición de Carme Forcadell y sus compañeros de la Mesa del Parlament— “lo que no sospechaba es que no habría nada previsto para esa noche y los días siguientes”. A ver quién se lo dice a los que están seguros de vivir en una república independiente.

Profetas a mí…

Reconozco mi fascinación por los profetas. No hay especie más inasequible al desaliento. O que nos tome por tontos de un modo tan abiertamente descarado. O que nos insulte con una gradación ofensiva directamente proporcional al fiasco reiterado de sus vaticinios. ¿Se pueden creer que los que habían pronosticado todo lo que impepinablemente no ha ido ocurriendo siguen empeñados en leer la buena fortuna en las palmas de la mano de unos hechos que no distinguirían de una onza de chocolate? Y se enfadan y no dejan de respirar si tratas de hacerles ver su persistencia en el error.

Les hablo, como imaginan, de los que no han dado una aventurando por dónde iban a ir los tiros en Catalunya. Por no remontarnos más atrás, son los mismo que en 2014, tras la irrupción de Podemos (que tampoco se habían olido, como nos pasó a la mayoría), empezaron a vender la especie de la inminente caída del régimen del 78. Daban por segura la muerte del bipartidismo —vale, podríamos discutirlo—, la caída en barrena de la monarquía borbonesca y, por descontado, las secesiones en fila india, incluyendo la de Euskadi… ¡Y hasta la de Galicia! La de Catalunya tenía fecha: el 9 de noviembre de ese año, tras un referéndum que, porfiaban entonces, la España en descomposición no iba a ser capaz de impedir. Venidos arriba, como en aquellos días atravesábamos por lo más crudo del invierno de recortes, se subían a la monserga falaz y voluntarista de la “crisis sistémica” y predecían el apocalipsis final del capitalismo en seis u ocho meses como mucho. Como anticipo, acontecería el desmembramiento de la Unión Europea. Profetas a mí…