Lo que preocupa

La respuesta está en el último CIS. Y no, por supuesto que no me refiero a la parte de tiovivo electoral, con subeybajas cocinados al gusto del encuestador, o sea, de quien controla el gabinete demoscópico presuntamente público. ¿El ascenso estratosférico de Ciudadanos? Meno lobos. Invito a quien tenga humor y tiempo a comprobar cuántas veces el CIS —o cualquier otro barómetro— ha acertado con los naranjitos, da igual prediciendo que se salen del mapa o que se hostian. Ya se lo digo yo: las mismas que en los sorpassos de Podemos al PSOE, es decir, cero.

Por eso digo que no es en esa parte entretenida para las tertulias o los onanismos mentales donde debemos fijarnos. Me parece mucho más relevante el capítulo de lo que la población percibe como principales problemas. Ahí comprobamos ya que inmediatamente después del comodín del paro se ha situado lo que en el cuestionario aparece como “La independencia de Catalunya”. Aparte de que el enunciado da para una tesis —¿Se da por hecho que ya se ha consumado, quizá?—, nos encontramos ante una perfecta y perversa mezcla de causa y consecuencia. Es lo que explica y al tiempo justifica la actuación del Gobierno español.

Haber conseguido que la preocupación tape las otras, empezando por la corrupción, es el primer triunfo. El segundo, más jugoso si cabe, es que esa inquietud de los ciudadanos es traducible en comprensión hacia las medidas más contundentes que se tomen contra los que son identificados como causantes del quebradero de cabeza. ¿Intervención del autogobierno? ¿Cárcel? ¿Huida? Lo que sea, con tal de acabar con lo que quita el sueño a los españoles.

Creer o no creer

Sobredosis de encuestas. De todos los colores. Para (casi) todos los gustos. Con victorias en este lugar, derrotas en aquel otro y cuarto y mitad en el de más allá. ¿Creer o no creer? Esa podría ser la cuestión. Claro que también cabe acogerse a la ley del embudo, como el candidato del PSE a la alcaldía de Bilbao. El día del inicio de campaña le preguntaron a Alfonso Gil por los buenos resultados que le vaticinaba el CIS a su partido en España. “Un chute, una alegría, la demostración de que el 24-M vamos a ser la gran sensación”, respondió. Mi compañera Lorena Begué le recordó entonces que esa misma mañana había salido el estudio del Gabinete de Prospecciones sociológicas del Gobierno vasco, que preveía una pobre cosecha socialista en los tres territorios de la CAV y sus respectivas capitales. Sin siquiera carraspear, Gil sentenció que él es muy escéptico con las encuestas. “La única que vale es la del día de la votación”, remató con lo que, siendo un tópico, no deja de ser también una verdad esférica.

Esa es la actitud. Cada cual debe creerse las buenas para sus siglas y desdeñar las regulares y las malas. Por lo menos, si nos referimos a las que salen a la luz. Las encuestas que se publican, ya sean las de los organismos oficiales o las que encargamos los medios, siempre tienen un fin. Y no piensen mal, porque puede ser, sin más, vender más periódicos o alcanzar cierta repercusión. Estas, como mucho, sirven como entretenederas. Las que verdaderamente tienen sustancia son las que jamás llegamos a ver. Se quedan en el secreto de los aparatos y, a diferencia de las otras, muy rara vez fallan.

¡Vivan las caenas!

He escrito unas cien veces que recelo de la demoscopia —ya imagino la sonrisa de un par de amigos lectores que se dedican a esta suerte de nigromancia— casi tanto como de la eficacia de las escopetas de feria. Con las encuestas fallidas que guardo en la memoria se podrían envolver los ocho planetas del Sistema Solar y todos sus satélites. Si contara los fiascos que ya he olvidado, seguramente cubriría de papel mojado el Universo completo. Dicho lo cual, añado en flagrante y consciente contradicción que no dejo un barómetro dizque sociológico sin escudriñar. Debe de ser por vicio, porque mi espíritu es el del inasequible al desaliento buscador de premios bajo las tapas de yogur, porque en el fondo también pienso que algo tendrá el agua cuando la bendicen o —seré cínico— porque en ocasiones los datos que ofrecen las muestras confirman de pe a pa mis sospechas. Vale, mis prejuicios, si lo desean.

Me ha ocurrido con la última y suculenta entrega del CIS. En ella se cuenta que, de acuerdo a mis barruntamientos, no hay Cristo que confíe en Rajoy pero es aun más difícil tener fe en Pérez Rubalcaba. Simple reválida de una intuición muy extendida, no me detengo mucho ahí. Prefiero hacerlo en otro titular: las tres instituciones mejor valoradas en España —lean el Estado si les va a doler menos, aunque esta vez no hay paliativo— son, por este orden, la Guardia Civil, la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas. Puede que me pase de cabrón con tanta mayúscula inicial, pero a lo mejor esta vez sí es necesario que escueza antes de curar… si es que hay cura.

“¡Más motivos para la independencia!”, se vendrán arriba dos o tres. Sí, creo que ahora mismo, no sé si en Txiberta o en Txillarre, están redactando la declaración. Recuperado el realismo, dirijo mi incómoda voz sobre y so Pancorbo para preguntar si bajo el “¡Sí se puede!” no escuchan, como yo, un “¡Vivan las caenas!” que acojona una barbaridad.

Aritmética inexacta

En cuanto las matemáticas bajan de las pizarras académicas, te das cuenta de que no son una ciencia tan exacta como presumen. Vamos, que dos y dos son cuatro, pero según y cómo. Nótese, por ejemplo, que la apabullante mayoría absolutísima del PP se ha conseguido con cuatrocientos mil votos menos —sí, menos— de los que al PSOE le sirvieron en 2008 para apañar una agónica mayoría simple que lo tuvo mendigando pactos toda la legislatura.

Que no nos timen los cantores de gesta que dicen que Rajoy tiene barra libre para hacer lo que a él, a Merkel o a la agencia Fitch les salga de la sobaquera, porque el de Pontevedra apenas ha rascado unas miles de papeletas más que en su derrota anterior, cuando a puntito estuvieron de mandarlo a casa. Se pongan como se pongan los titulares con la inestimable ayuda de la ley D’Hont y la legislación electoral vigente, en el Estado español no ha habido un vuelco para las antologías. Como mucho, una ramplona alternancia en el poder convertida en apoteosis por el hostiazo del PSOE, que sí ha sido histórico sin matices ni ambages.

Donde de verdad han ocurrido un puñado de cosas que aún no contaban con precedente —y ya llego al puerto que de verdad quería— es en el marcador final del 20-N en Euskal Herria. En una columna (CIS… ¡zas!, se titulaba) que les da derecho a rechiflarse de este escribidor, anoté como el que se pone una venda para una herida futura que en todas las elecciones generales reunían más votos los partidos llamados constitucionalistas que los soberanistas y/o nacionalistas. La norma se quebró, y de qué manera, el domingo.

Que eso se quede en anécdota o acabe haciendo categoría dependerá, en buena medida, de la actitud de las formaciones abertzales que han protagonizado el sorpasso. De entrada, no es buena señal que se enzarcen enseñándose los votos y los escaños. Aquí las matemáticas sí van a misa: sumar es mejor que dividir.

CIS… ¡Zas!

Espero que sepan perdonar que, tras el diluvio del fin de semana, venga este humilde juntaletras pertrechado de un jarro de agua helada y se lo vierta sin piedad colodrillo abajo. Debe de ser esta sangre galleguísima que corre por mis venas (haberlas, haylas) o un fatalismo que crece al ritmo de mis canas, pero cuanto más miro y remiro la quiniela del CIS para la CAV y Nafarroa, menos descabellada me parece. No digo que vaya a ser un pleno al 23 —los escaños que nos corresponden— pero sí que tal vez no le ande tan lejos. Nadie gana a caprichosas a las urnas vascas. Desde junio de 1977 a mayo de este mismo año hay una larga serie de resultados que nos situarían en las antologías de la paradoja, si no directamente en los prontuarios psiquiátricos sobre esquizofrenia y personalidad múltiple.

¿Es posible que tras unas elecciones que nos retrataban con unas ganas locas de mambo soberanista vengan otras, sólo seis meses después, donde aparezcamos casi tan rojigualdos como el que más? La respuesta la tendremos el 20-N. Mientras, contamos con no pocos indicios que apuntan hacia ahí. Si bien ha sido el barómetro oficial el que ha provocado las taquicardias, en el último mes he visto media docena de encuestas —cocinadas a beneficio de obra, de acuerdo— que ya salían por una petenera similar; la única diferencia es que situaban al PP en lugar de al PSOE como primera fuerza. Tal cual.

Hay factores más o menos técnicos que lo explicarían. Aunque no se da el dislate del 25-25-25 de las autonómicas, la distribución de escaños por territorio y esa ruleta rusa llamada Ley D’Hont ayudarían bastante. Súmese que en la conciencia colectiva abertzale éstos son unos comicios que ni fu ni fa. Si todo ello se rubrica con una campaña en la que el PP se dejará llevar, el PSE se pondrá de perfil y los que se repartirán las guantadas serán PNV y Amaiur, nadie se extrañe de que el CIS se acerque a la verdad.

La clase política

La clase política es un problema. Concretamente, el tercero que más preocupa a los ciudadanos del Estado español, según el último barómetro del CIS. Y no es el segundo, únicamente porque el instituto demoscópico oficial hace un pequeño trile y ofrece a los encuestados dos opciones casi iguales sobre lo mismo: “la clase política y los partidos”, por un lado y “Gobierno, los políticos y los partidos”. Sumando ambas respuestas, resultaría que sólo el paro y la crisis -faltaría más- superan en el ranking de la desazón a los que nos administran o aspiran a hacerlo. El terrorismo y la inseguridad ciudadana quedan muy por detrás.

Me ha divertido mucho escuchar las interpretaciones de los aludidos cuando en esta o aquella entrevista les ponían el suspenso delante de las narices. Emulando al gran Houdini, se escurrían cual anguilas de la cuestión o la despejaban a la grada, dando siempre por sentado que el desafecto popular no se refería a ellos, sino a un difuso “los demás”. No faltaban los que echaban más leña al descontento que se reflejará en futuros sondeos dejando caer que los que los citan como problema, además de no tener ni idea sobre su trabajo, son muy puñeteros y hasta envidiosos.

No todos son iguales

El resumen es que a los políticos les importa una higa su descrédito. Que les llamen perros y les sigan dando caviar y billetes en Business. Podía haber matizado “a muchos políticos” o “a algunos políticos”, pero escribo intencionadamente en genérico, haciendo tabla rasa y saco común con todos, a ver si hago blanco en la conciencia de las no pocas personas que se dedican a la política por auténtica vocación de servicio y atendiendo a ideales de pura cepa. Son ellas y ellos quienes tienen que dar un golpe en la mesa, sacudirse la caspa corporativista y el miedo al aparato, y señalar con el dedo a aquellos de sus colegas -compartan o no siglas- que arruinan la imagen de lo que debería ser una dignísima ocupación.

Doy fe pública de que en mis veintipico años de proximidad voluntariamente limitada con representantes de todos (recalco: todos) los partidos he conocido un sinfín de personas que actúan con la mejor fe. Se puede estar de acuerdo o no con ellos en lo ideológico, se puede percibir que su discurso o sus actitudes son mejorables, se puede atisbar que la obediencia al carné les pesa mucho. Pero en ninguno de los casos que tengo en la cabeza les es achacable que quieran llevárselo crudo o que estén ahí porque no tienen otra cosa. Deberían estar hartos de pagar por los pecados ajenos.