Cobrar por ser españoles

¡Milagro, milagro! El baranda de la Comunidad Valenciana ha visto la luz de la financiación territorial y ya no piensa que los ciudadanos de la CAV y Navarra son unos morrudos que viven a cuenta del sudor de los sufridos españoles. Gracias a la intercesión del lehendakari —¡Santo súbito!—, Ximo Puig salió de Ajuria Enea predicando que el Concierto (y entendemos que también el Convenio) no tiene nada de injusto ni es insolidario. Es verdad que, aún un poco apegado a su fe antigua, sostuvo que la prueba de la bondad del régimen propio está en que cabe en la Constitución española.

Le perdonaremos la minucia en atención a la rápida enmienda de su comportamiento anterior. Eso sí, a modo de penitencia, le sugerimos que haga labor de apostolado con su vicepresidenta, Mónica Oltra, que desde que se firmó el acuerdo sobre el Cupo no ha parado de soltar cargas de profundidad tiñosas. Y en las mismas anda el compañero de Oltra en Compromís, Joan Baldoví. Quién iba a sospechar que un tipo generalmente tan razonable, militante del Bloc Nacionalista Valencià, esté tan ofuscado con el supuesto privilegio. ¿Se ha parado a imaginar qué habría ocurrido en su Comunidad, donde se han batido récords siderales de mangoneo, si hubieran tenido que recaudar impuestos?

Claro que, en orden a decepciones, a este servidor le ha resultado especialmente doloroso, aunque nada sorprendente, que Carles Puigdemont haya escupido que hay españoles que cobran por serlo. Con amigos así, quién necesita enemigos. Qué reveladora, por cierto, la ovación que le han dedicado al president los notables del terruño que ustedes están pensando.

Grupos, según

Qué escándalo, aquí se juega. Aplicado discípulo del Capitán Renault —Casablanca, ya saben— nos ha salido Patxi López, mostrando una sorpresa de cartón piedra ante la negativa de la mayoría de la Mesa del Congreso a permitir que Izquierda Unida, Esquerra Republicana y EH Bildu formen grupo parlamentario. Dice el coleccionista de cargos que no entiende la postura de sus compañeros de sanedrín, es decir, PP y Ciudadanos, casualmente los mismos a los que debe su presidencia del hemiciclo. ¿Acaso creía que lo habían colocado por su don de gentes, su planta inmejorable y los quince idiomas que domina? Callen, que ahora que lo pienso, no es del todo improbable que tenga esa convicción; se dice, se cuenta y se rumorea que sigue pensando que fue lehendakari porque existe la creencia general de que es la reencarnación portugaluja de Winston Churchill.

Pullas reverdecidas aparte, manda quintales de pelendengues la decisión de impedir el grupo tripartito bajo el forzado argumento de que es “un fraude de ley que solo busca obtener subvenciones”. El que tiene el rostro de definirlo así es el recientemente ungido como Secretario de la Mesa, Ignacio Prendes, vividor profesional de la política, que ha cambiado de siglas como de gayumbos, olisqueando siempre la sinecura. Si sabrá de sus mentados fraudes de ley el tipo, que en la cámara asturiana cobraba por ser de un partido cuando ya pertenecía a otro.

Por lo demás, ya hace mucho que huele —y no bien, precisamente— el maleable reglamento del Congreso español que concede o deniega la misma solicitud según quiénes la presenten y al arbitrio de la mayoría de turno.