El morbo hace caja

A los de mi gremio se nos da de vicio el flagelo. Lo que nos habremos atizado a cuenta del tratamiento mediático del caso Diana Quer. Si no hubiera tan tremendo drama detrás, resultaría hasta graciosa la exageración en el rasgado de vestiduras de… ¡exactamente los mismos y las mismas que se venían dando un festín de morbo asqueroso desde el minuto uno de la desaparición de la joven! Encabezan la lista, cómo no, los programuelos televisivos que están en la mente de todos y las cabeceras que tampoco hace falta detallar. Sin embargo, no se quedan fuera las y los exquisitos representantes de la superioridad moral que no han perdido la oportunidad de montarse a lomos de su indignación de plexiglás con el único objeto de pasar por la rehostia de la integridad denunciante, eso sí, a cambio de clics, retuits y aplausos de aluvión.

Parecido asco me da el amarillismo sin escrúpulos en la narración de los hechos que la demagogia ventajista de todo a cien. El fango en que se refocilan lo uno y lo otro es idéntico, lo mismo que el ánimo final, que no es otro que hacer caja. Tan cruel como suena. Nada como las desgracias, especialmente si tienen nombre y apellidos, para llenar la buchaca de los medios y/o los profesionales de la cosa esta del informar u opinar sobre lo que sea y a costa de lo que sea. Pregunten a cuánto se cotiza estos días un anuncio de 20 segundos en los interminables tramos de publicidad de los espacios arriba mentados. Cuando sepan que es un pastizal de escándalo quizá comprendan por qué se estira y estira una historia cuyos elementos básicos principales están contados más que de sobra.

Marhuenda Superstar

Así se escribe la Historia, o sea, la historieta. En cuanto fue imputado por presunta coacción a Cristina Cifuentes, el caché de Francisco Marhuenda subió congo y pico, igual que la audiencia de los programas televisivos en que lanza sus regüeldos de aluvión. Por ingeniería inversa de la misma lógica absolutamente ilógica, la desimputación del gachó lo ha consagrado entre los galácticos catódicos sin discusión.

Es la trama de la trama. O sea, el nada favorecedor retrato de las mesnadas progresís que tienen simultáneamente al mismo trozo de carne como villano favorito y figura icónica, aunque sea en plan qué asco más rico. Ni siquiera va de opuestos atrayéndose. Es algo bastante más prosaico: el sistema acoge en su seno a los antisistema sedicentes. Un solo grupo mediático tiene ubres para que churrepeteen tirios y troyanos. A veces, como es el caso clamoroso, hasta juntos y revueltos, que da más share y el negocio es mayor, tanto en el sentido económico como en el político.

No fue casualidad que el único periodista nominal con derecho a vinilo en la copia morada del autobús de HazteOír fuera Eduardo Inda, un tipo poco recomendable, sí, pero en el fondo, un outsider que hace la guerra por su cuenta. Es decir, un enemigo no íntimo como sí lo es el director de La Razón. Lo gracioso amén de revelador es que la difusión de las grabaciones que, más allá de lo que haya decidido el voluble juez Velasco, prueban el proceder gangsteril y nauseabundamente machirulo del sujeto, se ha quedado en jijí-jajá y, como anotaba al principio, en la reaparición estelar de Súper Paco en las tertulias de su (otro) canal.

Otro día después

De 8 de marzo en 8 de marzo renuevo mi escepticismo, aunque voy dejando de preguntarme por qué en ciertos terrenos en lugar de avances, hay retrocesos. La respuesta, diría el inopinado premio Nobel, está soplando en el viento. Me refiero al viento por el que circulan las consignas que son casi letanías. Discursos por la igualdad en serie y régimen de semimonopolio, qué gran contradicción. Con su jerga cada vez más intrincada, con un número creciente de profesionales en nómina y/o con caché.

Campañas, lemas, pancartas. No, por supuesto que no sobran. Pero alguien debería pararse a pensar, o directamente a investigar cuánto, a quiénes y cómo llegan, no vaya a ser que volvamos a estar en el consumo interno o en la retroalimentación. Un grupo selecto produce eslóganes para sus integrantes, que se los repiten entre sí creando la (me temo) falsa sensación de ser partícipes de una idea universal. Sin embargo, a nada que se rasque, se comprueba que no es así. Fuera quedan las personas que en mi humilde opinión deberían ser las destinatarias de los mensajes. No hablo de machistas recalcitrantes e incurables, sino de hombres y mujeres —sí, ¡y mujeres!— que por razones que habrá que escudriñar, no se dan por aludidos y aludidas. O peor, se sienten definitivamente muy lejos de muchas de las proclamas en apariencia mayoritarias.

Por lo demás, y como he escrito un millón de veces aquí mismo, yo soy partidario de priorizar el hecho sobre el dicho. Urgentemente, además. Empezaría por la tolerancia cero, que en mi cabeza es cero absoluto. Sin excepciones, sin contemporizaciones, sin mirar hacia otro lado. Cero.

Una victoria de Hazte Oír

Continúo con el blues del autobús, que en realidad era una milonga. O mejor dicho, es, en presente de indicativo, porque la vaina sigue adelante corregida con recochineo en cuanto al mensaje y aumentada en número de vehículos. Cualquiera en la piel de los pergeñadores de la campaña habría hecho lo mismo. Insisto en el final de mi columna anterior: se les ha regalado una notoriedad que jamás pudieron imaginar cuando decidieron salir al asfalto a dar la nota. Y si ya lo imaginaban, casi peor, porque eso quiere decir que la manga de carcas que atiende por Hazte Oír tiene tomada la medida a las furibundas huestes progresís que entran como Miuras a cada trapo que les ponen delante. (Apunte mental: estudiar si es que en el fondo son cual para tal o, incluso, si se dan sentido mutuamente)

Habrá quien se plantee, como yo mismo llegué a pensar al primer bote, que esta zapatiesta de diseño también le ha venido bien al mensaje original, al que pretendía concienciar sobre la transexualidad en general y la transexualidad en la infancia en particular. Aquí volvemos a darnos de bruces con la enorme diferencia entre la opinión pública y la opinión publicada. Es decir, en las chachitertulias y las guachicolumnas, seguramente puede parecer así. A ver quién se atreve siquiera a dar la levísima impresión de no tenerlo claro. Ahora bien, pongan ustedes la oreja en la cola del súper (no vale una delicatesse) o en la barra de una taberna de barrio (no vale un gastrobar hipster), y se toparán con esa parte de la realidad que se prefiere ignorar. En esto, el común de los mortales está más cerca de Hazte Oír que de Chrysalis.

Hartura infinita

Necesito que alguien competente me diga ante quién he de rendirme porque lo haré. Con armas, con bagajes, con la promesa de portarme bien en los próximos milenios, con lo que me exijan. Lo que sea, con tal de dejar de padecer esta inmensa tortura que me acosa desde que abro un ojo hasta que cierro el otro. Y aun en los sueños más profundos, la maldición está ahí, llenándome de desasosiego, envenenándome el alma, sumiéndome en una sombría impotencia que no superaré así me harte de Prozac y Jabugo.

¿La inevitable investidura de Rajoy tras casi un año de tracatrá? ¡Ja! Eso lo llevo perfectamente. Una broma inofensiva al lado de la persecución por tierra, mar y aire con cada ínfimo detalle del rodaje en Zumaia de la omnipresente serie televisiva cuyo título no pienso escribir. Qué hartura, oigan, en este y otros dignísimos medios con las idas, las venidas, los dimes, los diretes y lo que se tercie de los protagonistas de la cosa. Bueno… De ellas y ellos, y hasta de los primos segundos del penúltimo figurante. Que si han comido acá, que si han cenado allá, que si han merendado acullá… Falta, y espero no estar dando ideas, la lista de deposiciones —incluyendo cantidades, tonalidades y texturas— de los tales Jon Nieve, Khaleesi, Tyrion y resto del reparto y/o equipo técnico hasta quinto grado de parentesco.

Ahora en serio. Comprendo totalmente la relevancia económica, turística y, desde luego, informativa que implica haber sido elegidos como escenario del fenómeno audiovisual del momento. Asumo que es un hecho comunicativo de primera magnitud. Pero juraría que nos estamos pasando un par de pueblos.

Hacer el chorra

Soy de esos tipos raros a los que sí les interesa el lado humano de los políticos. De hecho, hubo un tiempo en que me perseguía una cierta fama de blandengue porque los entrevistados se me iban vivos, brutal expresión del argot de mi gremio que quiere decir que mis preguntas no habían sido lo suficientemente agresivas como para obtener un par de frases entrecomillables. De la actualidad pura y dura, se entiende, es decir, de esas cuestiones, en general, perfectamente prescindibles, con fecha inmediata de caducidad. Maldigo una y mil veces el periodismo declarativo ramplón… que yo también he acabado porque no se puede ir toda la puñetera vida contra la corriente.

Otro día les cuento cómo y por qué claudiqué. La introducción pretendía aclarar que, en principio, no tendría nada —más bien al contrario— de cualquier intento periodístico de buscar el plano corto de las personas que están en la primera línea política. Sin llegar a la salsa rosa, me interesan sus situaciones vitales presentes y pasadas, sus peripecias más allá de las siglas concretas, sus gustos en diversas materias y, desde luego, las opiniones que salen de su cabeza y no del consabido argumentario.

Y también me resulta simpático verlos en facetas ajenas a su dimensión pública. Pero sin rebasar unos límites tan obvios, tan primarios, que no me voy a detener a explicar. La línea, que es ciertamente gruesa, la marca el sentimiento de vergüenza ajena desde el lugar del espectador, y el del mínimo pudor desde el lado del protagonista, que es quien al final decide si merece la pena hacer el chorra ante una cámara por un puñado de votos.

Euskadi hoy

Hoy me van a permitir que les hable de mi libro, o sea, de mi programa de radio, que en realidad no es mío, sino de tantas y tantas personas que lo han venido forjando durante seis años. Empezando, faltaría más, por Xabier Lapitz, que es quien le ha puesto voz, cara, alma, corazón y vida a Euskadi Hoy de Onda Vasca desde su heroico nacimiento. Ahora que no nos lee nadie, les confesaré que, egoístamente, habría preferido que las cosas siguieran como estaban.

Yo era feliz en Gabon, pequeña y manejable locura nocturna compartida con militantes de la comunicación. Ni éramos ni aspirábamos a ser la releche. Siempre me ha provocado un pudor indecible venderme como lo que Cortázar llamaba la última chupada del mate. Más, sabiendo que a diestra y siniestra del dial hay productos —públicos y privados— que se pulen en una hora de emisión lo que a nosotros nos llegaría para un mes. Con encontrarnos cada noche a los cómplices a uno y otro lado de las ondas, teníamos de sobra. Y —les decía antes de dispersarme— habría seguido así lo que dieran de sí su paciencia o mi garganta.

Pero, como en la canción de Silvio, las causas y los azares nos fueron cercando, hasta que un día me  vi aceptando la mudanza, no niego que con la esperanza recóndita de que Xabier cambiara de idea en el último minuto. Como no lo hizo, desde el lunes pasado me tienen levantándome a la hora a la que antes me acostaba. Me acompaña un cóctel de vértigo y miedo, pero también las impagables sensaciones de trabajar con personas que humana y profesionalmente superan el diez, y de poder saludarles a ustedes con un Egunon, Euskal Herria!