La baza internacional

Andamos sobrados de candidez y muy flojos de memoria. Para los perdedores de la guerra de 1936 hubo algo casi tan doloroso como la propia derrota a manos del ejército de Franco y sus refuerzos alemanes e italianos: la traición y el olvido de quienes estaban llamados a echarles una mano. ¡Cuántos de aquellos hombres y mujeres se fueron a la tumba —incluso muchos años después del abandono— con la amargura de haber esperado en vano a ese Godot que eran las democracias que vencieron al fascismo en 1945. Aunque muy pronto se vio que ni Francia ni Gran Bretaña ni Estados Unidos tenían la menor intención de mover undedo para restaurar la República española, hasta bien entrados los 50, no eran pocos los que mantuvieron la ilusión de una intervención en pro de la libertad, que de alguna manera era también la deuda con un importante número de republicanos que participaron en la liberación de Europa.

Hoy la Historia (valdría también en minúscula) se repite entre los soberanistas de Catalunya, que se agarran al clavo ardiendo de la comunidad internacional como apoyo para su causa. Puede, efectivamente, que este o aquel periódico de por ahí fuera echen unos cagüentales ante las imágenes de violencia policial o los encarcelamientos de Cuixart y Sánchez. Cabe algún pronunciamiento favorable desde la tercera fila. O, incluso, unas palabras medianamente comprensivas de alguna personalidad o instancia de relieve. Pero hasta ahí llegan las buenas intenciones. Por desgracia, se imponen los hechos. Y ahí tienen como triste ejemplo entre otras mil y una villanías el trato a los refugiados de la guerra de Siria.

Matanza programada

Israel fumiga Gaza con centenares de bombas que dejan un reguero de muerte y destrucción, pero los titulares ponen en letras gordas los cohetes lanzados sobre Tel Aviv o Jerusalén. Se habla de escalada de tensión, de fuego cruzado, de ataques de respuesta, como si se tratara de una contienda entre dos iguales y, peor, obedeciera al siniestro principio de la represión proporcionada, dando siempre por hecho que los provocadores fueron los palestinos. Para que las almas cándidas y las conciencias dúctiles no tengan dudas, se subraya el carácter terrorista de Hamás.

Empezando por lo último, no seré yo quien lo niegue. Sin embargo, añado inmediatamente que ese hecho no me sirve para dar cobertura moral a lo que a todas luces es una matanza programada, una operación de exterminio perpetrada por un estado que utiliza el terror desde que existe. Lo hace, además, amparado en una legalidad internacional de conveniencia —las resoluciones de la ONU se las pasa por la sobaquera— y sin el menor reproche de los guardianes del orden planetario y sus palafreneros. De tanto en tanto, vemos un rasgado de vestiduras seguido de una coreografía negociadora con manos estrechadas, abrazos, discursos rebajados de tono y hasta algún premio Nobel. Todo muy bonito, hasta que las presuntas buenas intenciones estallan por los aires por una razón bien simple: Israel sabe que va ganando y no va a permitir que una paz acordada reduzca lo que puede obtener por la fuerza y a un precio de sangre no solo asumible sino convertible en munición para completar el genocidio en nombre, qué asco, del legítimo derecho a la defensa.