Agitar el avispero

Advierto de que la que sigue viene a ser la misma columna de ayer despojada de su carga sarcástica. O de la mayor parte, vamos, que las querencias naturales no son fáciles de torear. Y uno, qué les voy a contar que no sepan a estas alturas, derrota por lo ácido. Creo que ni siquiera es un recurso estilístico, sino una especie de mecanismo de defensa frente a las agresiones que mezclan la mala fe con unos litros de esa ignorancia, la peor, impermeable a cualquier pedagogía. Es decir, exactamente el tipo de metralla dialéctica que se está disparando contra Concierto (o Convenio) y Cupo (O Aportación).

¿Por qué es así? He ahí, a mi entender, la pregunta pertinente, con una respuesta sencilla al primer bote: simplemente, es norma de la casa despachar cualquier debate a salivazos y regüeldos. Pero esta vez no se trata solamente de eso. Aunque el que sostiene el banderín de enganche es el petimetre naranja, la ofensiva contra el modelo de financiación de los cuatro territorios forales la están llevando a cabo los legionarios mediáticos más bregados y faltos de escrúpulos. Junto a las mandangas de los privilegios o la insolidaridad —el “Euskadi nos roba”, tócate las narices—, se agita sin rubor el manido espantajo de ETA como origen del pérfido sistema fiscal. He vuelto a escuchar, se lo juro, la letanía del árbol y las nueces.

Noten que hasta anteayer, había quien pretendía vender el nacionalismo vasco como el bueno y razonable, el que no se metía en aventuras, mantenía la paz social y caminaba con paso firme hacia la prosperidad. Un panorama, en definitiva, nada rentable para los que viven del conflicto.

Aniversario adulterado

Sigo, poco más o menos, donde lo dejé en la última columna. Estoy empezando a empacharme del aniversario. Por desgracia, se han cumplido mis peores temores. Lo que debía ser un acto de recuerdo emocionado, sincero, doloroso, sin medias tintas —añadan lo que crean pertinente— se ha convertido en material para el panfleto de baja estofa.

Es gracioso que los que niegan a gritos la teoría del conflicto (de la que yo no soy en absoluto seguidor, ojo) parecen reinventar los hechos de tal modo que se diría que, efectivamente, aquí había —¿o sigue habiendo?— una confrontación entre unos buenos buenísimos y unos malos malísimos. ¿Las víctimas y sus victimarios, quizá? Pues no. Eso ya habría sido tosca simplificación, pero ni siquiera se quedan ahí. Los aventadores de esta fábula agrupan en el bando de la perversión a todos los que manifiestan cualquier tipo de sentimiento nacional vasco, incluidos los que siempre han rechazado sin rodeos el terrorismo de ETA. Enfrente, en el terreno de la bondad inocente de cuna, quedarían los partidarios de la unidad de España en sus diferentes grados, de los autonomistas hasta el infinito.

Miren que habría sido fácil conmemorar estas dos décadas diciendo que el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue una vileza nauseabunda. Tampoco habría sobrado señalar a los que guardaron silencio o, incluso, lo justificaron. Incluso cabría mandar un recado contundente a quienes todavía hoy se refugian en la ambigüedad o directamente piensan que ETA hizo lo correcto. Sin embargo, está muy de más, y perdonen que me repita, seguir sacando petróleo ideológico a aquella infamia.