¿Declaración o proclama?

Leo que el grupo municipal de EH Bildu en Gasteiz se ha desmarcado de una declaración institucional en recuerdo de Miguel Ángel Blanco, asesinado —quién no lo sabe— ahora hace veinte años. Antes de dar cuenta del resto de la noticia, me indigno, me rebelo, me desazono. El subtítulo contribuye a profundizar mi malestar. “La coalición soberanista discrepa con el relato”, señala. Transpirando sulfuro, me pregunto qué narices de relato cabe no compartir sobre aquella vileza que, como siempre he defendido, es el catón del rechazo del terrorismo.

La respuesta me llega en la letra pequeña, junto con la constatación del error de mi prejuicio. Los concejales de EH Bildu tienen toda la razón en negarse a suscribir un texto en que la figura de Miguel Ángel Blanco es una mera excusa para colocar una teórica tan rancia como simplona sobre hechos que van mucho más allá del secuestro y ejecución del concejal de Ermua. Es, con algún leve matiz, la doctrina habitual del ultramonte, entendible en un editorial de ABC o La Razón o, si se quiere, en una proclama que suscribiera solo el PP. Nunca en un escrito con carácter institucional y, por eso mismo, con el imperativo de respetar la pluralidad.

Algo me dice que las demás siglas que pusieron su firma lo hicieron por el adagio al que tantas veces hemos recurrido: por la paz, un avemaría. En este caso, opino humildemente que se ha hecho un flaco favor a la pretendida causa. Desde luego, no se trata de embarrar el patio, pero lo cortés no debe quitar lo valiente. Simplemente, no se puede permitir que, de nuevo, el aniversario de una crueldad se use a beneficio de obra.

Los triunfos que eran derrotas

Leo que la decisión de los presos integrados en el EPPK es el paso para “vaciar las cárceles”. Confieso mi perplejidad. Me pregunto sin intención retórica si el enunciado, repetido a modo de consigna pilona en varios medios, es solo una palmadita de ánimo en la espalda para los que, en buena parte, han resultado paganos del nuevo tiempo o si atiende a la literalidad. ¿Alguien está soltando la especie de algo parecido a una amnistía? Si es así, me da que no va a colar. En el mejorcísimo de los casos, la aceptación de las vías legales individuales conduciría a la revisión de alguna pena, con su hipotética influencia en los grados, quizá a alguna puesta en libertad y, si el gobierno español está por la labor, al tan mentado acercamiento a cárceles, en la medida de lo posible, vascas. Pero cárceles al fin y al cabo. Lo de Etxera, mucho me temo, se queda en ambigua metáfora. No está en los planes de casi nadie.

Por lo demás, y al margen de que aplauda el resultado del debate entre los reclusos de ETA —que es, por cierto, lo más tangible que queda de la organización—, no puedo evitar un sentimiento de melancolía. Añado que también de humana comprensión hacia ese 14 por ciento de internos que se han pronunciado en contra. Me los imagino preguntándose si para eso hicieron lo que en sus mentes y sus corazones no deja de ser una guerra, si para ese viaje a prácticamente ninguna parte eran necesarias tan pobres alforjas. Quizá haya quien prefiera engañarse por la épica de garrafón, pero esto que ahora se ha aceptado y se cuenta como triunfo es lo mismo que durante años se ha vendido como derrota y traición.

Pasar página

La semana pasada se reanudó en el Parlamento vasco la ahora llamada ponencia de Memoria y Convivencia. Por supuesto, salvo algún inasequible al desaliento entre los que me cuento, nadie llevó a portada el asunto. Un breve perdido entre la maraña de otras noticias y vamos que chutamos. Incluso alguien, desconozco exactamente quién, deslizó la especie de que había que juzgar como un dato muy positivo el hecho de que no se convocaran comparecencias individuales ante la prensa. Eso habla, como poco, del miedo que sigue habiendo a dar más cuartos de la cuenta al pregonero. Y lo peor es que me temo que hay motivos para ello.

Pues una pena. Es decir, otra a sumar a las muchísimas acumuladas por este organismo que parece abocado a la melancolía. Y miren que, como ya anoté, la presencia de Elkarrekin Podemos, libre de mochilas y con un discurso ético impecable, invitaba, por una vez, al optimismo. O por lo menos, a reducir la dosis de escepticismo. Pero no hay tutía. El PP ha decidido no estar y la izquierda abertzale ha tomado la determinación de dar por aprobadas las asignaturas pendientes y saltar sin más a puntos muy avanzados del temario.

Lo curioso, que quizá no lo sea tanto, es que todos parecen mostrar una indolencia del nueve largo. Soltamos a modo de letanía o autojustificación que la sociedad ya ha pasado página y lo damos por bueno, como si, incluso siendo así, quedáramos exentos de pagar ciertas deudas, siquiera morales. ¿Aceptaríamos acaso que alguien dijera que la sociedad ya ha pasado página del franquismo y, por lo tanto, no hay ya motivos para investigar sus crímenes? Evidentemente, no.

Es lo que hay

Somos el borracho del chiste aporreando la farola porque arriba hay luz. Reclamamos a grito pelado un desmarque contundente, unas frases inequívocas de rechazo, hasta una condena sin paliativos, no me jorobes. Qué ingenuos sin cura. Como si no tuviéramos cotizados los suficientes quinquenios clamando en el desierto. Como si no nos supiéramos de memoria el manual estomagante del sí pero no. Como si no conociéramos —¡joder!— el percal y con quién nos jugamos la mandanga esta de la convivencia.

Y muy bien, nuestro natural iluso nos confundió con la música de violines del nuevo tiempo, los acuerdos entre diferentes, el borrón y cuenta nueva, la transversalidad a todo trapo o el tú chupa, que yo te aviso. Quizá hasta fuera bonito mientras duró, pero seguramente ha llegado el momento de desempolvar el realismo, respirar profundamente y asumir que esto es lo que hay. Se da la desgraciada circunstancia de que una cierta cantidad (y no pequeña, ¡ay!) de nuestros prójimos están convencidos de que es del todo legítimo utilizar la violencia en el grado que sea necesario o les salga de la entrepierna. Ahí entra desde mandar a criar malvas al que estorba, práctica momentáneamente desechada por ineficaz, al repertorio completo de métodos de intimidación al uso.

La parte positiva de tan desalentadora descripción del paisaje en que nos toca movernos es que hay sobradas pruebas de que es abrumadoramente mayoritaria la parte de la sociedad que, independientemente de siglas e ideologías, rechaza sin ambages tales actitudes. Tenerlo muy claro y obrar en consecuencia será el antídoto más efectivo contra el desánimo.

Antiespañolismo cañí

Perdonen la descarga de cinismo impúdico, pero yo estoy encantado con la bronca a cuenta del a esta hora ya celebérrimo programa de ETB 1. De hecho, creo que si no fuéramos tan tiquismiquis y postureros, veríamos esta presunta escandalera de diseño como parte del servicio público que le corresponde cumplir al ente.

Bromeo lo justo. Para empezar, parece haber descubierto, y más a los propios que a los ajenos, que en Euskal Herria tenemos ejemplares perfectamente homologables a los que gañanean en el hispanísimo Foro Coches. Modificando levemente la maldad de Josep Pla, siempre he sostenido que no hay nada más parecido a un antivasco desorejado que un antiespañol de caca, culo, pedo y pis. Son el yin y el yan perfecto, oigan, como se puede comprobar en las mendrugadas que se están arrojando los ofendidos y los ofensores. Que si levantar piedras, que si el flequillo cortado a hachazo, que si lengua que suena a serrería. Nivel de pozo séptico hasta en el insulto.

Otra gran virtud del espacio en la picota ha sido revelar la cara auténtica de ciertos ilustres locales. Algunos de los que aparecen mostrando su falta de respeto son de esos que suelen cantarnos las mañanas con la diversidad, la acogida y la convivencia con los diferentes. Y no pasen por alto a los que, conforme a lo absolutamente previsible, han salido en defensa cerril de los susodichos. Entre ellos tengo contados a varios —especialmente a uno— que se pasan la vida sermoneándonos sobre lo peligrosos e injustos que son los estereotipos.

Termino con algo en positivo: este antiespañolismo infantilón es un residuo ínfimo y da más pena que miedo.

Reformar la RGI

El Gobierno vasco ha incluido la reforma de la RGI en su calendario legislativo. Si de verdad este fuera el tiempo del acuerdo, como se viene pregonando, no habría mejor momento. Toca ver cuánto va del dicho al hecho. Cada una de las cinco formaciones presentes en el parlamento deberá retratarse. Podrán, como hasta ahora, situarse en alguno de los extremos de la doble demagogia que ha venido impidiendo nada parecido a un debate sosegado o, si practican la tan cacareada altura de miras, abrirán el camino para mejorar el instrumento fundamental de lucha contra la desigualdad en los tres territorios.

Para mejorarlo, sí. Es imprescindible que la reflexión parta de la firme convicción de que el sistema actual sigue constituyendo, especialmente en su filosofía, una seña de identidad a la que en ningún modo se va a renunciar. Que lo tengan claro quienes, cada vez con menor disimulo, quieren eliminar la RGI o reducirla a lo puramente testimonial, más cerca de la limosna que de la justicia social. Sería un detalle que en la contraparte se abandonaran también los discursos facilones que pretenden recursos ilimitados sin necesidad de control alguno.

Propongo dos principios elementales como ejes para la puesta en común. Uno: el mayor de los fraudes no es que la cobre quien no debe hacerlo, sino que no la perciba quien sí debería. Los agravios comparativos están detrás del incendio creciente que vemos en las calles. Y dos: el objetivo del sistema de protección es ayudar a las personas a abandonar la exclusión, y no, como parece que muchos son incapaces de ver que ocurre, propiciar que se perpetúen en ella.

Memoria y convivencia

Estoy por apostar que la mayoría de esa sociedad que tanto se nombra en vano desconoce que en el Parlamento vasco se ha vuelto constituir una ponencia sobre la eterna asignatura pendiente. De Memoria y Convivencia, se ha bautizado en esta ocasión, no sabe uno si para conjurar el maleficio de la vieja denominación o, simplemente, porque se ha querido afinar con el lenguaje para que transmita de un modo más fiel el meollo de lo que se va a tratar en su seno. También ha podido ser un intento de dar con un enunciado asumible por las cinco fuerzas presentes en la cámara de Gasteiz. Si ese era el objetivo, la primera en la frente, puesto que de saque se ha borrado el Partido Popular.

Ya, ahora vendría la crítica afilada a la formación liderada en la demarcación autonómica por Alfonso Alonso. Es muy fácil sacar la garrota y acusar a los populares de inmovilismo o cualquiera de las diatribas —ojo, fundamentadas— del argumentario habitual. Me limitaré, sin embargo, a señalar que creo que en su cerrazón o en su finura excesiva de cutis, el PP pierde la oportunidad de formar parte de un grupo de trabajo del que cabe aguardar frutos muy interesantes.

Comprendo que les sorprenda lo que acabo de anotar, viniendo de un gran escéptico. Mi esperanza reside —y esto también les asombrará, dados mis precedentes— en la presencia de Elkarrekin Podemos. Sucede que los morados han demostrado un discurso ético sobre la violencia absolutamente impecable. Su aportación, sumada a la de los otros partidos que lo tienen claro será crucial. Y dejará en evidencia a quienes avanzan retrocediendo, que han quedado en franca minoría.