Tocar las mociones

Algo sí hemos avanzado. Esta vez Iglesias Turrión no se presentó con la lista completa y cerrada de los ministerios que se pide. Ni siquiera dijo que el obligatorio candidato alternativo debía tener coleta, perilla y una pareja que, en el mejor estilo de los croqueteros que se cuelan a las bodas, se autoinvita a las tertulias de emisoras privadas. Lástima que de nuevo se olvidara un paso que se antoja fundamental cuando alguien va a presentar una iniciativa que incluye a otros y requiere impepinablemente de su concurso, se trate de salir de cañas o, como es el caso, presentar una moción de censura.

Efectivamente, al erigido en martillo pilón de corruptos se le olvidó consultar con sus necesarios socios qué les parecía la idea de juntarse para tumbar el gobierno del Tancredo pontevedrés. Casi parece un chiste que el método elegido por el cid regenerador vallecano para comunicar la ocurrencia a sus pretendidos socios haya sido mandarles un SMS. Sí, como el de Rajoy a Bárcenas o, más recientemente, el de Catalá a Ignacio González. Enorme desparpajo del mengano, broma interna dentro de la guasa principal, que es el anuncio posturero de la moción.

Posturero y tramposo. Salvo el todavía nutrido grupo de palmeros acríticos, cualquiera con los conocimientos básicos de los usos políticos es capaz de ver el trile. Esto no va de echar a los malvados peperos del banco azul, sino de marcar paquete salvapatrias, mantenerse bajo el foco y poner en un presunto brete al resto de los partidos para poder culparles después del fracaso anunciado. Exactamente igual que hace un año. Y en esta ocasión tampoco colará.

Marhuenda Superstar

Así se escribe la Historia, o sea, la historieta. En cuanto fue imputado por presunta coacción a Cristina Cifuentes, el caché de Francisco Marhuenda subió congo y pico, igual que la audiencia de los programas televisivos en que lanza sus regüeldos de aluvión. Por ingeniería inversa de la misma lógica absolutamente ilógica, la desimputación del gachó lo ha consagrado entre los galácticos catódicos sin discusión.

Es la trama de la trama. O sea, el nada favorecedor retrato de las mesnadas progresís que tienen simultáneamente al mismo trozo de carne como villano favorito y figura icónica, aunque sea en plan qué asco más rico. Ni siquiera va de opuestos atrayéndose. Es algo bastante más prosaico: el sistema acoge en su seno a los antisistema sedicentes. Un solo grupo mediático tiene ubres para que churrepeteen tirios y troyanos. A veces, como es el caso clamoroso, hasta juntos y revueltos, que da más share y el negocio es mayor, tanto en el sentido económico como en el político.

No fue casualidad que el único periodista nominal con derecho a vinilo en la copia morada del autobús de HazteOír fuera Eduardo Inda, un tipo poco recomendable, sí, pero en el fondo, un outsider que hace la guerra por su cuenta. Es decir, un enemigo no íntimo como sí lo es el director de La Razón. Lo gracioso amén de revelador es que la difusión de las grabaciones que, más allá de lo que haya decidido el voluble juez Velasco, prueban el proceder gangsteril y nauseabundamente machirulo del sujeto, se ha quedado en jijí-jajá y, como anotaba al principio, en la reaparición estelar de Súper Paco en las tertulias de su (otro) canal.

MAFO y otros presuntos

Lo malo es acostumbrarse a los escándalos. Apenas si arqueamos una ceja cuando vemos dimitir en bloque a los miembros de la cúpula del Banco de España, sobre los que recae la sospecha de haber permitido que Bankia saliera a Bolsa sabiendo a ciencia cierta que era un chicharro infame. ¡Y si solo fueran ellos! La investigación judicial —cuánto más claro el nombre anterior: imputación— alcanza a quienes en el momento de la más que probable estafa ocupaban los puestos de mayor responsabilidad en la Comisión Nacional del Mercado de Valores y en la propia entidad (supuestamente) supervisora.

Casi nadie al aparato en ambos casos, pero especialmente en el segundo. Hablamos del hasta ahora todopoderoso e intocable máster del universo económico Miguel Ángel Fernández Ordóñez, más conocido por su petulante acrónimo, MAFO. La de veces que nos habremos ciscado en su parentela por haber propugnado bajadas de sueldos, aumentos de la jornada laboral u otras recetas neoesclavistas del pelo. Nombrado por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, no lo pasemos por alto.

Respecto a este sujeto y otros barandas y exbarandas de los máximos organismos financieros españoles, la Sección Tercera de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional sostiene que poseían quintales de información del desastre que sobrevendría a la salida a bolsa de Bankia y que, aun así, hicieron la vista gorda. Calculando por lo bajo, además del quebranto a miles de accionistas y preferentistas, el fiasco rondó los 50.000 millones de euros que tuvimos que pagar a escote. Duele pensar que salir en los papeles sea todo el castigo que les espere.

Santa Rita Rita

Santa Rita Rita no devuelve lo que quita. De momento, el acta de senadora se lo guarda, que al ser por designación autonómica, haya o no haya terceras elecciones, le da tres años más de vidilla aforada. Con su suelduplón correspondiente, por descontado, y además, ahorrándose la cuota del PP, porque el carné —“Lo tuyo es puro teatro”, pone la banda sonora La Lupe— sí lo ha entregado. Curiosa forma de dimitir sin dimitir, de irse quedándose, de avisar a los atribulados navegantes del bajel pepero que ojito al Cristo, que es de plata.

Piensen regular y acertarán. Cien a uno a que en su móvil hay un mensaje conminándole a ser fuerte, habitual cortesía para con los conmilitones enmarronados del ciudadano Rajoy Brey. ¿Cómo no recordar al mengano que se eterniza en funciones gritando “¡Rita, eres la mejor!” con ese aire de cuñao piripi que gasta cuando se viene arriba en los mítines? Cuando hagan el biopic o el novelón sobre la doña, ese será el momento en que el espectador o el lector sabrán que está jodida. No hay un genovés caído en desgracia —Matas, Camps, y tantos más— cuyo calvario no haya empezado tras los encendidos elogios de su jefe.

Sobran el cava y el confeti. No hay lugar para las celebraciones. Nos queda aún mucho por ver, y será mejor que abandonemos cualquier esperanza de que se haga justicia. Por todo castigo, habremos de conformarnos con estos malos ratos que estará pasando la propietaria de incontables bolsos de Louis Vuitton. A algunos, y tenemos mil precedentes, el Supremo les aprieta pero no les ahoga. Y si confían en que, por lo menos, se pague el precio en votos, también van dados.

Corruptos o ineptos

Está en el manual de los pillados con el carrito del helado. Lo primero, negarlo. Y lo segundo, y lo tercero, y lo cuarto. Que no es corrupción, pregona el eurofan Javier Maroto a la vuelta de su fin de semana de ensueño en Estocolmo, capital provisional de la horterada y, por lo que se ve, de la intolerancia a según qué banderas. Dos días y medio de mambo y silencio sepulcral desde que se conoció la sentencia que lo condena —vuelvo a silabear: con-de-na— a pagar una pasta gansa, y lo primero que evacua al respecto es la requetesobada excusa de todos los retratados en renuncio.

Claro que no es mucho mejor el segundo mensaje, en el que con un desparpajo difícil de superar, reduce la causa del Tribunal de Cuentas contra su persona, la de Alonso y el resto de compañeros de corporación gaviotil a un “expediente administrativo en el que se discute por el precio de un alquiler”. ¡Se discute! Para chulo, su pirulo. En lugar de callarse y bajar la cabeza frente a la evidencia palmaria del dineral desorbitado que se apoquinó por unos locales de cierto empresario, se viene arriba y convierte la materia judicial en una gresca tabernaria. Al hacerlo, no solo demuestra una gallardía tendente a cero, sino que está insultando a la jeta a todos los que asistimos a la salida de pata de banco, empezando por los vecinos de su ciudad.

7,6 millones de euros para arrendar un edificio que acababa de ser adquirido por 2,7. De los tipos que propician tamaño pelotazo solo cabe pensar que están favoreciendo a un gachó muy poderoso o que son una panda de ineptos. Cualquiera de las dos les inhabilita para para la política.

Maroto y Alonso, condenados

Muchos quintales de latrocinios después, Mariano Rajoy Brey tuvo las santas pelotas de poner cara de papuchi contrariado para advertir a sus conmilitones, tan proclives ellos y ellas al trinque, que hasta ahí había llegado la riada de la mangancia. “Esto se acabó y ya no se pasa por ninguna”, farfulló, y aún le sobró cuajo para añadir: “Todo el mundo, sea quien sea, desde el presidente nacional del partido hasta el militante más modesto tendrá el mismo trato”.

Eso fue exactamente el 4 de febrero, pero procede recordarlo hoy porque estas son las horas en que dos de las supernovas fulgurantes de la Vía Láctea gaviotil siguen tan ricamente en sus respectivos cometidos después de haber sido condenados por el Tribunal de Cuentas. Efectivamente, me refiero a nuestros muy vistos y revistos Alfonso Alonso y Javier Maroto. Tendrán que soltar —se supone que sus bolsillos— casi 400.000 euros por haber provocado un boquete a las arcas del ayuntamiento de Gasteiz en su época de probos munícipes. En concreto, siendo alcalde Alonso y concejal Maroto. Como es sobradamente conocido, el trapicheo consistió en pagar a precio de Taj Majal el alquiler de unos locales corrientes y molientes, salvo por el pequeño detalle de quién era su propietario.

Un escándalo de aquí a Lima, y ahora, además, un hecho que ha merecido una condena (con-de-na) en sede judicial. Ya no hablamos de sospechas, investigaciones, indicios ni imputaciones, que bastante sería de acuerdo con la promesa de no pasar ni una más que tan solemnemente hizo Rajoy. No es que nadie creyera que fuera a cumplirla, pero por lo menos, podía disimular un poco.

Manos sucias

Bueno, sí, presunción de inocencia y todo eso. Pero dos más dos tienden a ser cuatro, y que vaya dando un paso al frente quien se haya sorprendido al ver en la crónica marrón de las últimas horas a Ausbanc y Manos Limpias, o Manos Limpias y Ausbanc, que tanto monta. Si hay algo raro es que este par de mutualidades de lo turbio hayan tardado tanto en merecer atención policial, cuando sus métodos corleonescos cantaban a leguas. Ya salió y se tapó que los barandas de ambos truños, Luis Pineda y Miguel Bernad, eran ultraderechistas de los de cadenón en astillero. Tampoco se le dio mucho aire a la investigación de la Audiencia Nacional sobre el millón de euros que cobró Pineda de Fórum y Afinsa antes de hacer el paripé como acusación popular de los estafados por los chiringuitos filatélicos.

Esta vez —a ver si es la buena— la UDEF tiene indicios, parece que abundantes, de extorsiones a diversas compañías a cambio de retirar querellas presentadas con anterioridad o, simplemente, bajo la amenaza de iniciar una campaña de desprestigio si no apoquinaban publicidad a precio de oro en la revista del entramado. Era un secreto a voces, pero todo el mundo, empezando por una parte de mi oficio, miraba para otro lado. Es más, el dúo de caraduras gozaban de gran predicamento mediático, y raro era el día que no te los encontrabas en este plató o en aquel programa de radio ejerciendo de supuestos paladines contra el mal con su labia de charlatanes de feria. Pero no se quedaban en esa golfería de andar por casa. Lo grave y ya irreparable ha sido el desfalco consentido que Manos Limpias le ha hecho a la convivencia.