Cobrar por ser españoles

¡Milagro, milagro! El baranda de la Comunidad Valenciana ha visto la luz de la financiación territorial y ya no piensa que los ciudadanos de la CAV y Navarra son unos morrudos que viven a cuenta del sudor de los sufridos españoles. Gracias a la intercesión del lehendakari —¡Santo súbito!—, Ximo Puig salió de Ajuria Enea predicando que el Concierto (y entendemos que también el Convenio) no tiene nada de injusto ni es insolidario. Es verdad que, aún un poco apegado a su fe antigua, sostuvo que la prueba de la bondad del régimen propio está en que cabe en la Constitución española.

Le perdonaremos la minucia en atención a la rápida enmienda de su comportamiento anterior. Eso sí, a modo de penitencia, le sugerimos que haga labor de apostolado con su vicepresidenta, Mónica Oltra, que desde que se firmó el acuerdo sobre el Cupo no ha parado de soltar cargas de profundidad tiñosas. Y en las mismas anda el compañero de Oltra en Compromís, Joan Baldoví. Quién iba a sospechar que un tipo generalmente tan razonable, militante del Bloc Nacionalista Valencià, esté tan ofuscado con el supuesto privilegio. ¿Se ha parado a imaginar qué habría ocurrido en su Comunidad, donde se han batido récords siderales de mangoneo, si hubieran tenido que recaudar impuestos?

Claro que, en orden a decepciones, a este servidor le ha resultado especialmente doloroso, aunque nada sorprendente, que Carles Puigdemont haya escupido que hay españoles que cobran por serlo. Con amigos así, quién necesita enemigos. Qué reveladora, por cierto, la ovación que le han dedicado al president los notables del terruño que ustedes están pensando.

Tontos del Cupo

Los tontos del Cupo son una moda de ida y vuelta en bucle como los pantalones de pata de elefante. Aunque siempre permanecen ahí, en estado de latencia, de cuando en cuando reaparecen todos a una y con estrépito para bramar sus cánticos tiñosos. Qué mejor oportunidad para la vuelta a las andadas que los titulares gordos sobre el último acuerdo alcanzado por los gobiernos español y vasco (o por el PP y el PNV, que no sé si monta tanto). ¿Cómo es eso que de la noche a la mañana, estando las arcas españolas con telarañas, les largan a los insaciables vascones 1.400 millones del ala? Un atraco, un agravio intolerable, una vergonzosa cesión a los chantajistas periféricos, y así, hasta llenar cien barriles de bilis.

Y no crean que los bufidos salen solo de las gargantas de costumbre. La cosa no se limita a los inquebrantables de la rojigualdez. Hasta los requeteprogres presuntamente comprensivos con la vaina de la plurinacionalidad andan echando espumarajos. “¡España se rompe por el ministerio de Hacienda, señor Montoro!”, se tiró de los pelos en el Congreso el tenido por razonable Joan Baldoví. Por similares derroteros dialécticos han hecho slalom desde la bancada morada Iglesias, Errejón o la intrusa de tertulias Montero. No pasa de moda Josep Pla: no hay nada más parecido a un español de derechas que un español de izquierdas.

Quizá debamos echarle pedagogía. Por intentarlo, que no quede. Lástima que no podamos clonar a Pedro Luis Uriarte. Con todo, soy escéptico tirando a pesimista. Es verdad que esta bronca sobre el Concierto o el Convenio se basa en la ignorancia, pero diría que más en la maldad.

Pactando con el diablo

Tremendo cabreo al fondo a la derecha por el acuerdo sobre el Cupo. Los guardianes de las esencias hispanas braman las maldiciones del repertorio habitual por la nueva traición del melifluo inquilino de Moncloa. Le acusan de haberse vuelto a bajar los pantalones ante el insaciable sablista vascón. En su doliente versión, se trata de la enésima concesión a los egoístas e ingratos nacionalistas periféricos que viven como Dios a costa del sacrificio de los laboriosos naturales del país que dicen querer abandonar. Como corolario, sentencian con la carótida a punto de explotar que la venta de la primogenitura por cinco votos era innecesaria, pues unos presupuestos prorrogados no supondrían, en la práctica, un gran roto.

No les voy a engañar. Me resulta enternecedor y hasta divertido el rasgado ritual de vestiduras. Máxime, tras comprobar que al escocido coro de la reacción patriotera se le ha unido la crema y la nata del progritud local, foránea y entreverada. Dando la razón al castizo autor del astracán titulado Los extremeños se tocan, la izquierda fetén también habla de traiciones. En este caso, al pueblo, la ciudadanía o la mayoría social (escójase la terminología al gusto del consumidor), aprovechando que, como se sabe, todas las mañanas y algunas tardes despacha uno a uno con cada integrante del censo.

1.400 millones de euros de vuelta a las arcas vascas, otra rebaja de 256 en la liquidación de este año y cifras similares en los próximos ejercicios. Eso, de saque, y a sumar al resto de lo económico y no digamos a lo extraeconómico que se ha rascado. Pues no sale tan mal pactar con diablo, ¿o sí?

El Concierto PLUS

Confesémoslo: la mayoría nos situamos a favor o en contra del Concierto —lean también Convenio— en función de nuestras simpatías, por pura intuición o, en el mejor de los casos, a partir de media docena de nociones pedestres. No es poca cosa esta última, teniendo en cuenta que para el común de los mortales de las demarcaciones autonómica y foral de Euskal Herria, el instrumento que tanto influye en su día a día es un perfecto desconocido.

La buena noticia para partidarios, detractores y, especialmente, ignorantes —en el sentido más neutro de la palabra— es que Pedro Luis Uriarte nos acaba de proporcionar, literalmente gratis et amore, el modo de cubrir esa falla. Desde hace una semana, cualquiera que lo desee puede descargarse una magna obra titulada El Concierto Económico vasco: mi visión personal, fruto del trabajo de dos años de quien hace más de tres décadas negoció la recuperación de la herramienta clave para ser lo que somos. Quizá les parezcan inabordables sus 2.685 páginas divididas en 11 tomos, pero no se asusten. En el índice hallarán lo que busquen e, incluso, se verán tentados por lo que no busquen; PLUS sabe cómo captar la atención, se lo aseguro.

Y si, pese a todo, no encuentran tiempo o presencia de ánimo para enfrentarse a tan copioso material, tienen la esencia en cualquiera de las entrevistas que está concediendo su autor estos días. Lógicamente, les recomiendo que empiecen por lo que se ha publicado en los diarios del Grupo Noticias y, de un modo más egoísta, por la lección magistral que impartió el viernes en Euskadi Hoy de Onda Vasca. Les prometo que lo tendrán más claro.

Albert y Pablo, desconcierto

Qué enternecedor a la par que revelador: en esa papillita televisiva hecha al gusto de la retroprogresía hispana pero que arrasa en Euskadi más que en ningún otro sitio salen Zipi Rivera y Zape Iglesias echando la tradicional meadita sobre el Concierto vasco. Me imagino que, de rebote, también sobre el Convenio navarro, pero como no se menciona específicamente —así me dicen mis informantes; yo ni jarto me trago esa pelea amañada y edulcorada con sorbitol—, cabe pensar que la pareja yeyé y el que preguntaba no tienen ni pajolera idea de la existencia de tal cosa. En consonancia, tampoco nos asombremos, de los conocimientos que manifiestan sobre lo otro. Se ve en los entrecomillados que ambos tocan partituras ajenas.

El figurín de moda, al que hay que reconocerle que la esencia de su chiringuito siempre ha sido el centralismo cañí, ejecuta la que le hayan soplado alguno de los economistas de cabecera del Ibex 35. A programa pasado, dijo el lunes que hay que subir el cupo un 25 o 30 por ciento. Y por qué uno doscientos, no te jode. Por su parte, el intelectual (cada vez más) orgánico, fiel a su estilo, se apuntó a la tesis más en boga, esa de aluvión que sostiene, sin saber de qué narices se está hablando, que “hay que revisarlo”.

Pues, ¿saben lo que les digo? Que me alegro. Porque así quedan las cosas más claras si cabe, pero también porque esto nos da esperanzas para salir de la modorra plácida en la que nos movemos de un tiempo acá. Les daré pelos y señales en otra columna, pero les avanzo que nada nos haría mayor favor que vinieran en serio a por el Concierto y el Convenio. Ya me entienden.

¿Qué tal ‘modular’ el PER?

Conforme a pronóstico, mi columna anterior me ha procurado media docena de pescozones procedentes del sur de la península, bien es cierto que algunos de ellos, ejecutados con cariño por manos amigas. Menté, casi literalmente, la bicha, el gran tabú sobre el que hay mandato de guardar silencio o, mucho peor, defenderlo contra toda evidencia. Hablo del Plan de Empleo Rural, por sus siglas, PER, que me reitero en calificar como escandaloso artefacto para la compra de sufragios.

Tiene su gracia que al referirse a la vergonzosa situación creada por esta suerte de sopa boba, se emplee la expresión voto cautivo, cuando los encadenados no son quienes la reciben, sino los políticos que, sabiendo que la cosa no tiene medio pase, no se atreven a tocarla. Al contrario, alguna formación que empezó protestando ha terminado entrando en la habitual subasta electoral que consiste en prometer que se reducirá el número de peonadas necesarias para cobrar lo que en no pocos casos es un chollo.

Sí, eso he escrito, chollo. Nada tendría que decir si se tratase de un mecanismo de redistribución que persiguiera de verdad reducir las desigualdades y acabar con la miseria. No pongo ninguna objeción a que las personas que lo necesiten reciban una renta —el sistema vasco es un buen modelo— que evitara su exclusión. Eso bien poco tiene que ver con un sistema que, lejos de luchar contra la injusticia, profundiza en ella al fomentar el subsidio eterno como modo de vida. No se me ocurre filosofía más reaccionaria que esta cacicada del siglo XXI. Pero como en gran medida subsiste gracias a ella, Susana Díaz no querrá modularla.