Populacherismo

Es posible que sea un enorme irresponsable, un inconsciente del carajo o ambas cosas, pero desde el viernes a las seis de la tarde, hora de Euskadi y de Aquisgrán, voy de carcajada en carcajada. La penúltima y más conseguida encarnación del mal se hacía cargo del poder en el perverso y diabólico imperio culpable de todas las desgracias del planeta. Hordas de individuos moralmente superiores que piensan exactamente eso se atizaban codazos para ejercer de eruditos tertuliantes en las mil y una transmisiones televisivas y radiofónicas del evento. Caray, con los insumisos, que con su sola presencia en esos saraos del blablablá estaban retratándose como súbditos del lado oscuro. Y esto va por los que cobraron por sus cagüentales y por los que los farfullaron gratis et amore en Twitter.

He ahí la contradicción fundacional. El resto fueron llegando en torrente en cada apostilla al discurso inaugural del presidente con cara de cochino, como dice la canción viral de internet. “¡Qué asco!”, “¡Intolerable!”, “¡Tipejo!”, “¡Eso es fascismo de libro!”, “¡La que nos espera!”, “¿Cómo es posible?”, se iban rasgando ritualmente las vestiduras los recordmen y recordwomen siderales de la progritud. Y todo, vean qué gracia, porque el nuevo inquilino de la Casa Blanca no dejaba de regüeldar en diez o doce versiones con leves matices que había llegado el momento de quitar el poder a las élites corruptas para devolvérselo al pueblo. “No permitas que nadie te diga que eso no se puede hacer”, remató Trump, remedando a su modo, jojojo, el lema de los mismísimos que se ciscaban en su estampa. Los populacherismos se tocan.

El PP de Bilbao se retrata

Lo admito. Me llevé un berrinche considerable al enterarme de lo del PP de Bilbao. ¿De la presentación de la gilimoción para expulsar del callejero a Zumalakarregi, Sabino Arana y Dolores Ibarruri?  Qué va, eso me encantó. De hecho, lo que les decía que me molestó fue la bajada de pantalones, o sea, la retirada de la memez pretextando no sé qué balbuceos de que quizá no tocaba. Los ridículos, mejor hasta el final. Especialmente, si son de esos que delatan a quien los comete, y en este caso estamos ante una reproducción a escala 1:1 de la pobreza cultural que anida en el cacumen de —seamos justos— alguno de los ediles gavioteros en la capital del señorío.

Me dirán que también es señal de ranciendad ideológica. Por ahí veo que van la mayoría de los comentarios, pero fíjense que yo aparto ese cáliz. Prefiero señalar la vacuidad intelectual de tanto presunto sabio de casinillo con caspa y en el mismo bote, las ganas locas de dar el cante para salir en los papeles, una vez comprobado que en el desempeño normal del cargo no se vende una triste escoba.

Que levante la mano quien tenga conocimiento, fuera o dentro de la villa, de media actuación del cuarteto de munícipes del PP, y no vale citar cierto vídeo. Desde la inauguración de la legislatura lideran la clasificación consistorial de la absoluta irrelevancia pública. Incluso Udalberri o Goazen, con la mitad de electos, tienen una presencia infinitamente mayor en los medios y, desde luego, en la calle. No es mal síntoma esa insignificancia, y en mi opinión, tampoco que traten de superarla haciendo propuestas grotescas. Insisto, una pena que la retirasen.

Sin más, decidamos

Aires de fiesta mayor en los garitos donde paran los acólitos de la una y grande. Celebran, cual si fueran goles de ciertos presuntos defraudadores, los resultados de la última entrega del Euskobarómetro. El rechazo a la independencia ha vuelto a caer entre los ciudadanos de la demarcación autonómica de Vasconia. El tanteador señala que los contrarios netos a la soberanía son un 39% frente a un 30 de partidarios sin matices. Añádase el 18% que no saben o no contestan y el 12 que se abstendría, y tienen el retrato completo del motivo de tanta jarana rojiamarilla.

Como ya imaginan, al glosar los datos como prueba irrefutable de la españolidad de las pecaminosas tierras del norte, ocultan dos de los más significativos. El primero, que según el mismo estudio —o lo que sea— , hay una mayoría (47%) que tiene claro que Euskadi es una nación, idea a la que se opone un 35%. El segundo y, en mi opinión definitivo, es el contundente respaldo al derecho a decidir en su forma más pura y directa: el 59% de los habitantes de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa se muestra favorable a convocar un referéndum —vinculante, ojo— sobre la independencia.

Al margen de la credibilidad que se conceda a la peculiar herramienta demoscópica, que en mi caso les confieso que es más bien justita, parece que en ese detalle está el quid de la cuestión. Es decir, en su puesta en práctica. Simplemente, decidamos. Sin estridencias, sin dramatismos, sin plantearlo como el fin del mundo. ¿No está tan claro que saldría que no? Pues razón de más para aplicarnos en el sano ejercicio de la democracia. Eso sí, y esto va por todos, luego toca aceptar lo que salga.

La Democracia no mola

Apenas hemos cumplido una semana del Trumpazo, y ya podemos certificar que ha dado lugar a una especie de género literario propio. Con honrosas excepciones, la mayoría de las piezas consiste en un encadenado infinito de sapos y culebras, con el aderezo de barateros y contradictorios teoremas sobre las causas de la tragedia. En no pocos casos, las melonadas son de antología. Así, cierta individua echaba pestes del machismo estadounidense que imposibilitaba poner en la presidencia a una mujer dos tuits antes de afirmar que Bernie Sanders, que tiene pito, habría sido mejor candidato que Hillary Clinton.

En una línea similar de coherencia a la remanguillé, los plañidos en zig zag de no pocos conspicuos progresís. Abren la cháchara afirmando que la izquierda tiene que rescatar a sus votantes de las garras de la ultraderecha populista, y en el siguiente párrafo se lían a ciscarse en las muelas de la masa ignorante, insolidaria y fascistoide. “Analfabetos políticos que han incurrido en un acto de criminal irresponsabilidad”, los motejó el cid de la intelectualidad fetén, John Carlin.

Lo divertido o, según se mire, tremebundo es que buena parte de estas evacuaciones de superioridad moral no se paran ahí. Con la carrerilla cogida, pisan la línea de fondo imaginaria y dejan caer que la Democracia —nunca sé si poner la palabra en mayúscula o en minúscula— quizá no debería estar al alcance de todo el mundo. De momento, no lo dicen así, pero sí van sugiriendo con creciente desparpajo la necesidad de buscar el modo para que sobre los asuntos trascendentes —los que dicen ellos, claro— decidan solo los que saben.

Pues ganó Trump

Pues ganó Trump, y probablemente sea una desgracia inmensa, pero resulta descogorciante ver a tanto demócrata del copón y pico ciscándose en lo mal que vota el populacho. Estamos con la gente, con toda la gente, la buena gente… siempre y cuando echen la papeleta que corresponde. ¿Cuál? Vaya preguntita, la que señalan los dueños del camino, la verdad, la vida y, para no extendernos, la superioridad moral. Ese cabreo posturero es el de los trileros del rastro cuando los que están llamados a ser primos les descubren la bolita una, otra, y otra vez.

¿Y ahora qué? Je, menudo chiste es que los que nos están diciendo lo que va a pasar en lo sucesivo sean los profetas —analistas se bautizan a sí mismos— que no han sido capaces de olerse la que se venía. Era materialmente imposible que un bufón homófobo, machista y racista venciese a la candidata apoyada por todos los medios de comunicación de postín, las corporaciones económicas más poderosas y, en general, los apóstoles del bien pensar. Toma planchazo.

Para nota, por cierto, esa recua de santurrones del género y la multiculturalidad que ahora echan pestes de las mujeres —“¡Son las peores!”— y los inmigrantes de varias etnias —“¡Se merecen lo malo que les pase!”— que han respaldado al fantoche multimillonario en un porcentaje nada desdeñable. ¿Cómo es que eligen a un tipejo que las y los insulta de ese modo tan grosero? Quizá porque se sienten todavía peor tratados por quienes, además de tener las santas narices de hablar en su nombre, los arrumban de escoria inculta.

¡Ah! Y por el estabilishment no sufran. Si se llama así es por algo. Jamás sale derrotado.

Después de la abstención

Lo más triste —o lo más divertido, según se mire— del sofoco emitido en tiempo real que unos cuantos malvados conocemos ya como el octubrazo del PSOE es que la abstención no va a ser suficiente. Es decir, sirve para salir del paso y evitar ir a las urnas en los días de los villancicos y los polvorones. También para que el BOE reconozca oficialmente la reválida presidencial de Rajoy, o para que el mentado nombre un gabinete. Pero no para que gobierne. Ahí los números van a seguir sin darle a Don Tancredo.

Llegará, sin ir muy lejos, el momento de sacar adelante unos presupuestos recortados en un porrón de millones de euros, al gusto de Bruselas. ¿Qué hacer? “¡Se los cambiarán en Sabin Etxea por alguna transferencia de chicha y nabo!”, vocearán los mismos Nostradamus de todo a cien que la pifiaron al vaticinar en cuatro ocasiones sucesivas que el PNV acabaría apoyando, qué te apuestas, a  Mariano. A la (vana) espera del reconocimiento de su cantada, cabe explicar a tan desahogada parroquia que los cinco escaños jeltzales no alcanzan por sí solos.

¿Y entonces? Pues tampoco es que servidor sea la releche haciendo quinielas, pero tiene toda la pinta de que volverán a reponer la entretenida serie Comité Federal. Vamos, que los mismos capos locales que acabamos de ver en acción con la inestimable ayuda de los dinosaurios de costumbre blandirán de nuevo la cantinela de la estabilidad, la responsabilidad, el bien común y letanías del pelo. Atendiendo a los hechos recientes, lo más probable es que asistamos a la enésima humillación. Pero quién sabe. Hasta los más mansos pueden acabar hartándose.

Respeto al ‘no’ colombiano

Hay que joderse otra vez con los demócratas. A miles de kilómetros, no tienen la menor duda de que los colombianos son una panda de cobardes, indocumentados, rencorosos y/o veletas que se dejan manipular por el primer malandrín que vocea cuatro chorradas. ¿Y qué tal una gota de respeto? ¡Venga ya! Los pueblos solo son sabios cuando ejercen el derecho a decidir sin salirse del carril marcado.

Qué gracia más desgraciada, por otro lado, escuchar o leer que se ha optado por continuar la guerra. Con o sin urnas de por medio, los que la han venido haciendo bien pueden parar y probar que su intención es firme. Ni siquiera hablo de pedirles que manifiesten que el cese obedece al imperativo ético y no a la conveniencia estratégica, como ni se ocupan en disimular. Basta que lo dejen y ya. El movimiento se demuestra andando. Sería magnífico comprobar, dentro de un tiempo, que efectivamente, las armas no han callado a cambio de un chantaje.

Personalmente, no me alegro del resultado del plebiscito. Pero una vez que el ‘no’ se ha impuesto tras una descomunal campaña oficial por el ‘sí’, me parece que la prudencia invita a no descalificar de un plumazo a quienes han entendido por mayoría, aunque sea exigua, que el proceso no responde a unos mínimos de justicia. Basta una brizna de ecuanimidad, ya que tanto hacemos aleluyas a la empatía, para plantearse si es humanamente comprensible que haya quien, sin ser belicista ni cosa parecida, estime que el cierre que se propone no es el adecuado. Por lo visto, mola más que vengan los que han tirado de pistola —igual allá que acá— a apostrofarlos como enemigos de la paz.