Actos y consecuencias

Un jurista vasco de reconocido prestigio por quien profeso admiración, respeto y cariño me reprocha que me estoy volviendo un radical. Se refiere a mi columna de ayer, que curiosamente escribí con el freno de mano echado y que no envié a publicar sino después de repasarla media docena de veces para evitar que pareciera que me estaba lanzando por el peligroso tobogán de la demagogia facilona. Nada más lejos de mi intención que dar la impresión de que llamaba a las capuchas y las antorchas. Al contrario, mi pretensión, incluso a fuerza de un ejercicio de autocontención franciscana, era y es templar el debate sobre cómo hay que actuar con unos críos que, teniendo un gigantesco historial de tropelías violentas, terminan arramplando con una vida y aun tienen el cuajo de vanagloriarse públicamente de haberlo hecho.

La receta no puede ser, en ningún caso, hacer como que no ha pasado, so pretexto de la martingala que sostiene que no hay que echar gasolina al fuego. ¿Cómo explicar que en esta vaina los genuinos incendiarios son los santurrones que predican desde sus elevados púlpitos que la sociedad es la culpable, salen con el topicazo de las familias desestructuradas o se encaraman a la cansina letanía de la educación en valores? ¡Como si el primero de esos valores no debiera ser tener claro que los actos acarrean consecuencias! Confieso que me resulta imposible entender, salvo como perversión que debería ser inmediatamente tratada, que los mismos que llaman a la necesidad de hacer un esfuerzo por empatizar con los verdugos sean incapaces de mostrar un sentimiento remotamente parecido hacia las víctimas. Y así nos va.

Miremos hacia otro lado

Estamos a diez minutos de que nos anuncien que Ibon Urrengoetxea fue el único culpable de su muerte por cometer la osadía de salir de fiesta y andar a deshoras provocando la ira de unas pobres víctimas de esta perversa sociedad. De momento, ya transitamos por la teoría de la fatalidad —qué infortunio, una mala caída, si es que no somos nada— en combinación con la del hecho aislado, comodín al que se apuntan con denuedo quienes prefieren el autocomplaciente despeje a córner antes que el incómodo reconocimiento de una realidad difícilmente contestable. Y claro, cualquiera que se desvíe un milímetro de la almibarada martingala oficialoide del mecachis en la mar, como me temo que va a ser mi caso, pasa por irresponsable incendiario social, generador de alarma innecesaria, inoportuno tocapelotas y, por resumir, fascista del copón.

Pues si ha de ser así, que sea, y luego, si queremos, mesémonos los cabellos y clamemos al cielo por la epidemia de populismo que nos asola. Tarde escarmentaremos de lo que no se ha querido hacer frente porque siempre es más fácil levantar el mentón y reñir a los ciudadanos o tratarlos de enfermos imaginarios que se quejan de menudencias como tener que pensárselo antes de circular por ciertos lugares.

No abonaré la tesis de la inseguridad desbocada de nuestras calles, porque objetivamente me parece una exageración. Sin embargo, me siento incapaz de negar que de un tiempo a esta parte se han sucedido los suficientes acontecimientos de similares características —por no decir calcadas— como para tomárselos en serio de una puñetera vez. Se me escapa por qué no se ha hecho ya.

Superar la repulsa

Tras la impotencia por el asesinato machista número ene, de nuevo la repulsa. Cada vez expresada con fintas y jeribeques verbales más hipnóticos. Aunque es inevitable lo de lacra que hay que erradicar, se van incorporando a los floridos discursos nuevos palabros que quieren decir mucho y se quedan en parrapla. Puros formulismos para llenar silencios, para cubrir el expediente, quizá también para tranquilizar la propia conciencia en la creencia de que un poco de blablablá es menos que nada. Ocurre que luego va la realidad y nos descojona el teorema, que salta por los aires junto a nuestras impecables intenciones. Otra muerta más, y otra, y otra, y otra. Y hay que repetirse o insistir, como decían atinadamente mis periódicos de referencia. De hecho, cualquiera que siga a este humilde plumilla sabe que la columna presente es prácticamente un calco de ni sé cuántas escritas en parecidas circunstancias.

En este punto, pregunto si es mucho pedir que esa insistencia trascienda las frases hechas. Ya no voy a abogar para que se actúe con firmeza, sin miramientos y dejándonos de rollitos pseudogarantistas siempre a beneficio del matón. Qué va, me conformo con algo más simple. Por ejemplo, en lugar de gastarse la garganta con la letanía de la educación, ¿qué tal si me acompañan a echarle unos salivazos dialécticos a aquellos de mis presuntos colegas que, fieles a su vomitiva costumbre, han vuelto a convertir en espectáculo amarillo chillón o marrón mierda el último crimen? Puede que sirva de poco, porque lo seguirán haciendo, pero qué menos que hacerles saber que son unos —¡y, ay, unas!— indeseables.

La sociedad es la culpable

Aún estaban perorando los que saben a pies juntillas que la política migratoria es cuestión de abracitos de oso y terrones de azúcar, cuando se sumaron al jaleo los expertos en psicología infanto-juvenil. Llegaron juntos y revueltos los megafachas, los requeteprogres, y los de cuarto y mitad con sus teorías a cada cual más lisérgica para explicar por qué un criajo de trece abriles se había llevado por delante a un profesor de un machetazo y dejaba heridos a dos adolescentes y otros dos adultos. Se entiende, ojo, que explicar sin que quedara medio resquicio a la duda ni a lo que pudiera desvelar una investigación posterior. Y así empezaron los unos a señalar la letal influencia de los juegos del interné, los de rol, y las sanguinolientas series de televisión. Tres diapasones más arriba, hubo un componedor de perfiles de urgencia que llegó a verter algún grado de responsabilidad sobre Ardá Turán y Valentino Rossi, ídolos deportivos del asesino alevín.

A la recontra, el sector zen dictaminaba con total certeza que, como de costumbre, no había otra culpable que la alienante sociedad que inocula en los seminiños un vacío tan atroz que lo menos que pueden hacer, ¡pobres angelitos!, es liar una escabechina. Pero sin mala intención, ¿eh? Solo como forma poca elaborada de reclamar la atención de sus mayores. Una pena y tal, lo del cadáver y los cuatros heridos, fruto, en todo caso, de no haber profundizado lo suficiente en esa mano de santo que llaman educación en valores.

Tíldenme como equidistante, pero les aseguro que me siento a tantos años luz de las versiones edulcoradas que de las tremebundas.

Menos discursos, más hechos

En vano me hice la promesa de pasar por alto que ayer el calendario de postureos oficiales señalaba el día internacional de la eliminación de la violencia contra lo mujer. Si me siguen desde hace un tiempo, sabrán la mala gaita que me provocan estas fechas empedradas, como el infierno, de buenas intenciones, que acaban siendo pasarelas de lucimiento para hipócritas desorejados, chachipirulis de diversa índole y compartidores compulsivos de nobles causas. Sí, de acuerdo, también para expresiones sinceras de denuncia, pero yo esas las prefiero cuando no se reducen a las 24 horas reglamentarias. Y por supuesto, cuando trascienden la palabrería y pasan a ser hechos contantes y sonantes.

De nada me sirven los maravillosos discursos ni los chisposos eslóganes con que nos bañaron ayer, si no van acompañados de actitudes. Ese es el gran problema: contra la violencia machista se habla mucho pero no se hace casi nada. Hemos preferido instalarnos en el pensamiento mágico que atribuye a las palabras facultades que no tienen. Pues no, ya pueden repetirse un millón de veces y en tono encendido expresiones como lacra, educación en valores o —las que más me estomagan— empoderamiento y heteropatriarcado, que las agresiones no descenderán ni media gota.

¿Y cómo, entonces? Empecemos, sin complejos, por la persecución de los maltratadores, asegurándanos de que pagan —sí, ese es el verbo— lo que han hecho. Eso toca a los que mandan, pero los demás también podemos mostrarnos radicalmente intolerantes hacia toda muestra de sometimiento machirulo que contemplemos. Toda es toda. No nos ciegue lo políticamente correcto.