Huir hacia adelante

La política del tú lo has querido, menudo soy yo. Sobre todo, cuando presiona la parroquia, y a uno le toca batir el récord mundial de dar marcha atrás. Qué gran paradoja: se diría que en cada extremo de la cuerda imaginaria se desea exactamente lo contrario de lo que se cacarea en público. Qué bien me vendría una DUI para justificar un 155 del tamaño de la catedral de Burgos. Igualico que a mi, pero a la inversa: tu 155 es la mejor coartada para una DUI de la talla de la Sagrada Familia. ¿Vértigo? Para parar un camión. Incluso, vértigo al vértigo mismo, pero de perdidos, al río. Cuando llegue el momento de escribir la Historia, ya vendrán los montadores a cortar los planos chuscos y dejar solo los épicos.

¡Ah, la épica! Qué pena que, como decía el otro día en Onda Vasca Aitor Esteban, sea tan efímera. Y que se lleve tan mal con lo cotidiano. La independencia no se consigue cerrando los ojos y deseándola muy fuerte, ya vamos viéndolo. Pero a lo hecho, pecho. Como escribí el día en que teóricamente se iba a proclamar pasara-lo-que-pasara y luego fue un fiasco, no caben medias tintas. Andamos tarde para reconocer que no era tan fácil. Hay decenas (o centenares) de miles de personas que se lo creyeron y no están dispuestas aceptar algo que no sea lo que se les prometió firme y solemnemente. Es preferible enfrentarse a los tanques y los jueces de Rajoy que a la frustración de quienes llevan años y años escuchando que ya casi está.

Pero… ¿Y si aparece una salida medianamente honrosa? Desengañémonos, no la hay. Ni siquiera esas elecciones a la desesperada. Solo queda, mucho me temo, huir hacia adelante.

Reflexión francesa

Tras el susto francés, procede una reflexión. De entrada, sobre la verbena de los titulares que ha provocado por aquí abajo la victoria de un señor al que hace un ratito no conocía nadie al sur del Bidasoa. “Francia liberada”, se albriciaba sin sentido del pudor un diario de los alrededores, mientras otros daban las gracias en el idioma de Moliere o anunciaban el fin de los días del radicalismo populista o del populismo radical, no sé muy bien. Tremendos excesos, solo a la par de los heraldos del apocalipsis que proclaman la llegada del anticristo ultraliberal a lomos del caballo de Troya de la democracia. Qué poco disimulaban los joíos que en el fondo les habría encantado la victoria de Marine Le Pen, musa de Verstrynges que tiran al fascio como las cabras al monte.

¿Y hay motivo para tanta pirotecnia a diestra y siniestra? Me da que ni tanto ni tan calvo, pero no se lo podría certificar y, mucho menos, documentar. Ojalá estuviera iluminado por la misma sabiduría que quienes sin ningún lugar a dudas van soltando esta o la otra profecía, sin pararse a pensar en que han pifiado todos y cada uno de sus anteriores vaticinios. Me limitaré, y más por intuición que por conocimiento de causa, a acoger de buen grado la victoria de Macron por lo que evita y, especialmente, porque es lo que han querido los votantes. A partir de ahí, me siento a ver qué ocurre en los próximos capítulos, empezando por las legislativas que tocan dentro de un mes, sin pasar por alto que hay más de diez millones y medio de personas que, seguramente sin ser fascistas de manual en su mayoría, han apostado por el Frente Nacional.

Votar en Navidad

Se empieza asesinando viejecitas y se termina utilizando el cuchillo de la carne para la lubina. O traducido al pifostio político actual entre Ceuta y los Pirineos, que el gran escándalo no es que haya que ir por tercera vez a las urnas, sino que tal tomadura de pelo se vaya a consumar el 25 de diciembre, fun, fun, fun. Manda muchas pelotas —al tiempo que revela el mecanismo del sonajero— que los mismos partidos cuya tozudez, irresponsabilidad y desvergüenza va a provocar, salvo milagro de última hora, la nueva repetición de los comicios se alíen para buscar la trampa legaloide que impida la coincidencia. Hasta los más laicos de la contorna, esos reprimidetes con complejo de legitimidad de origen que llaman a la cosa Solsticio de invierno, andan soliviantados con la posibilidad de tener que votar en fecha tan señalada.

Pues anoten aquí a un disidente. Me ruboriza lo justo confesar que deseo con creciente ardor que la redundante y machacona fiesta de la democracia se celebre el día del inventado cumpleaños del Mesías. Y según escucho los crujires de dientes de uno a otro extremo del espectro ideológico, más pilongo me pongo imaginando la campaña entre villancicos y polvorones y, como remate, el sagrado —ejem— ejercicio de la voluntad popular en la jornada que amanezca tras la noche de paz. Aparte de que conozco a más de tres que pagarían para que les cayera mesa electoral en lugar de compartir la del comedor con la reata de cuñados, no se me ocurre mejor modo de visualizar el inconmensurable esperpento que llevamos padeciendo desde el 20 de diciembre del año pasado. Voto por votar en Navidad.

La gran gran burla

Como la tomadura de tupé de estos 4 meses no les parecía lo suficientemente vejatoria, los trileros de la política hispanistaní no se han privado de atizarnos el insulto final. Ni en un instituto de secundaria regular habría colado la oferta de último minuto —low cost hasta para eso— con que quisieron tenernos entretenidos a los que no nos queda otro remedio que prestar atención porque nuestro trabajo consiste en contar sus ocurrencias. Me disgusta coincidir con el figurín figurón Albert Rivera, pero se lo pusieron a huevo al chaval del Ibex. Para 4 años de gobierno entre 6 partidos, 30 propuestas en 3 folios. No llegan ni a los caracteres de un tuit para cada una de ellas. Ese es el nivel de profundidad de estos chapuceros con cargo al erario común. Claro que la página que da la medida de todo es la cuarta, esa portada de primer día de cursillo de Word bajo el encabezado Pacto del Prado. Por grandilocuencia de a duro que no quede.

Y menos mal que no salió. Sí, sé lo que me digo. Me consta que presuntamente nos habríamos librado del peñazo —además, carísimo— de la vuelta a las urnas. Aun así, piensen un momento en el escupitajo en el ojo que supondría haber hecho todo este viaje para acabar aceptando una chufa de acuerdo que perfectamente podría haberse alcanzado el cuarto día de negociaciones.

No lloremos por la leche derramada. Termino como ayer y, mucho me temo, como haré más veces de aquí al 26 de junio. Podemos achacar la mayor parte de la culpa, con sus diferencias de grado, a los tunantes que nos han estado toreando. Sin embargo, en nuestra mano estará que no puedan hacerlo de nuevo.

Éxito indiscutible

Algo tendrá el agua cuando la bendicen. La entrevista de Jordi Évole a Arnaldo Otegi cosechó en Euskal Herria un 30 por ciento de share. Creo que ni La que se avecina ni Mujeres y hombres y viceversa han llegado ahí. Algún partido de la Champions o de la selección —ejem— española, como mucho, o, según me anotaba ayer Xabier Lapitz, aquel castizo tête à tête tabernario entre Albert Rivera y Pablo Iglesias, también de la mano del mago televisivo de Cornellá de Llobregat. Y eso, contando solo con los que se inyectaron el programa en vivo y directo. Añadan a quienes se lo atizaron en segundas nupcias o a los millones de personas que han sabido de la cosa en los innumerables refritos que hemos hecho los demás a rebufo, y las cifras rondarán las que dan fe de un fenómeno mediático incontestable.

¿Por qué lo es? En la misma pregunta está casi toda la respuesta. El solo hecho de que nos la estemos planteando legiones de opinateros es la prueba del nueve. Bien es cierto que esta misma tarde, si es que no ha ocurrido ya, el furor decaerá y dará paso a una nueva entretenedera de mogollones, quién sabe cuál. Quizá otra vez los refugiados, el señor equis que dicen que también tiene su línea y cuarto en los papeles de Panamá, Piqué enseñando el níspero en Periscope o lo que se tercie. Pero hasta que se produzca —insisto, si es que no se ha producido ya— el cambio de guardia de la atención popular, que les vayan quitando lo bailado a Évole y Otegi, copartícipes de un éxito que admite poca discusión. Otro asunto es que la traducción automática sea una victoria electoral por goleada. Eso habrá que verlo.

¡Otra ronda, hics!

Como no vamos suficientemente borrachos, venga otra ronda… de consultas. La convoca el sobrino de Doña Pilar la panameña fiscal, pero ya saben ustedes quiénes la pagamos. En dinero —da ternura ver a los partidos hablando de abaratar costes de la campaña electoral bis—, pero también en salud, que nadie nos va a devolver las neuronas sacrificadas en el inútil esfuerzo de tratar de entender algo. Para que luego diga el jeta Osborne que está encabronado porque le han pillado demostrando que su patrioterismo panderetero es una mierda pinchada en un palo cuando se trata de apoquinar a la causa. ¿Cómo habremos de estar los millones de pardillos que llevamos desde el 20 de diciembre por la noche siendo objeto de un chuleo ritual por parte de quienes dicen aspirar a buscar lo mejor para nosotros? Puñetero despotismo ilustrado del tercer milenio. Bien es cierto que consentido, porque ya verán qué descojono cuando las urnas de dentro de dos meses y pico demuestren —y me encantará equivocarme— que los vendepeines de los cuatro grandes partidos son la medida exacta de sus votantes.

¿El 25 y el 26 de abril? ¡No nos palpe la entrepierna su majestad! Si la cosa está tan chungalí, evítenos la agonía y el bochorno prolongado. Ya que es usted el detentador en mala hora de tal facultad —¡Viva la República!—, llame hoy mismo a los cabezas de cartel, al resto de comparsas y a ese administrador de comunidades de vecinos que han puesto de presidente del Congreso, y acabe de una vez con el martirio. ¿Que procede volver a votar a ver si hay suerte esta vez? Pues se vota, leñe, se vota. Pero dejen de darnos la brasa ya.