Una salida para el Valle de los Caídos

¿Qué hacer con el Valle de los Caídos? ¿Dinamitarlo o gastarse una pasta para reconvertirlo en centro de interpretación de la memoria, la reconciliación, la no repetición y me llevo una? Confieso que me tienta mucho la primera opción, aunque el tipo civilizado y en el fondo cobardón que soy me solía hacer apostar en público por la segunda. Se queda como Dios vendiendo la moto del parque temático alumbrado por magníficas intenciones y pésimo sentido de la realidad. Puede que durante un par de fines de semana o tres la cosa funcionara, pero enseguida se convertiría en otro enorme quemadero de pasta pública. Mantener un monstruo así, incluso a medio gas, sale por un pico. Sí, efectivamente, ya está saliendo. Por eso urge encontrar la solución y resulta tan sugerente la alternativa del trinitrotolueno a discreción.

Luego, claro, uno piensa en los miles de inocentes —ojo, de ambos bandos— cuyos huesos se pudren allí, y se da cuenta de la tremenda falta de respeto que supondría hacerlos volar por los aires. ¿Entonces? Pues creo que el mejor modo de zanjar la cuestión es el que propone un antifranquista probado como Gregorio Morán. Tan simple como no hacer nada. O sea, solo una cosa: cerrar el grifo de fondos públicos, retirar hasta el último céntimo de subvención a la orden religiosa que parasita el mausoleo, y dejar que la naturaleza se encargue del resto, incluidas las tumbas de Franco y José Antonio. Por si acaso, se ponen en los alrededores unas señales advirtiendo del peligro de derrumbes, y a esperar. Me parece más honesto que, como han hecho sus señorías en el Congreso español, brindar al sol.

Franco ha vuelto a morir

#SaMataoPaco, caray con el gracejo… ¿español? En un segundo toda la indignación hirviente por una exposición (o así) en el Born de Barcelona sobre cómo las gastaba el bajito de Ferrol se torna en una torrentera de chistacos —tal se dice ahora— a cuenta del derribo y posterior (casi) desguazado de la estatua ecuestre y decapitada del dictador. Como estamos en la era de la imagen vírica, digo viral, las gracias venían pertinentemente ilustradas con vídeos y/o fotografías de la heroica gesta de los aguerridos partisanos que echaron abajo… lo que estaba puesto ahí justo para eso. Anda que no se notó cuando el concejal del ramo, en ausencia de la alcaldesa porque la nueva política también sabe de escaqueos, calificó como “comprensible” el final de la efigie del Sleepy Hollow cañí, también bautizado como El Caídillo por alguno de los activistas de la guasa.

Vamos, que todo se ha tratado de una performance de tomo y lomo. Quizá un tanto ida de madre en su desenlace, pero al fin y al cabo, con un propósito catárquico, que diría un psiquiatra argentino de los de estereotipo. 41 años después de su muerte en la cama (repito para despistados: en la cama), se hacía necesario el exorcismo postrero, el asesinato simbólico, el gesto final (ejem) empoderador, liberador y la hostia en verso, buah chaval.

Pues bravo bravísimo, pero déjenme anotar en uso de la libertad de expresión recobrada ahora que sabemos que Franco ha muerto de verdad de la buena, que tarde andamos. Si ya en los ochenta del siglo pasado era viejo el antifranquismo retrospectivo, en el año 16 del tercer milenio debería resultar extemporáneo.

80 años y un día

Como sospechaba, se ha obrado el milagro: 80 años después, Franco ha perdido la guerra. A falta de último parte —Cautivo y desarmado, blablablá—, hemos tenido las almibaradas piezas de recuerdo de la efeméride. Salvando un honroso puñado de trabajos documentados o, como poco, aventados desde la honestidad intelectual y vital, la inmensa mayoría de lo que se ha difundido al albur del aniversario de la sublevación fascista de 1936 ha sido pura quincalla. Compruebo que se impone el cuento de hadas como género predilecto para explicar lo que pasó, o dicho de un modo más preciso, lo que no pasó. O si prefieren una alternativa, lo que solo ocurrió en la imaginación o en los deseos de los propagadores de estos ejercicios de onanismo mental historicista.

Hubo un tiempo en que temí que los Moa, César Vidal, Stanley Payne y demás escribidores fachunos acabarían colocando la milonga del golpe salvador seguido de un régimen bonancible liderado por un señor al que algún día se le reconocería su sacrificio. Veo con horror que, efectivamente, esa chufa narrativa se ha instalado como pienso del ganado lanar diestro, mientras que en la contraparte progresí ha hecho fortuna una fábula inversa exactamente igual de ramplona… y falsaria.

Es verdad que resulta imposible hallar una versión cien por ciento fidedigna. Por eso el antídoto contra esta simpleza es leer varias. Una de ellas puede ser Lo que han visto mis ojos, de Elena Ribera de la Souchère. Otra, la colección de relatos basados en hechos reales A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Ambos padecieron aquello. A ver quién viene a llamarlos equidistantes.

Muy bien atado

40 años del hecho biológico, la plasta que les vamos a dar. Que, de hecho, les estamos dando. La mía, breve, se lo prometo. Una recomendación literaria, concretamente. De acuerdo, no muy literaria, porque si es cuestión de estilo, El sueño de la Transición es más bien un truño. Con ínfulas, quizá, pero truño. Tengan en cuenta a modo de descargo que su autor es un militarote de cuna. En grado de general, nada menos, ahora en una muy dicharachera reserva. A tal punto que, sin pedírselo nadie más que su ego, ha acabado cantando la gallina.

En apenas 350 páginas, bastantes de ellas prescindibles, Manuel Fernández-Monzón Altoaguirre —toma nombre— manda a hacer gárgaras el cuentito de hadas al uso sobre el inmaculado paso de una dictadura a una democracia y chispún. No lo hace largando por boca de ganso, sino apoyado en los archivos que él mismo alimentó en sus años de machaca del SECED, que luego sería CESID y ahora CNI.

Negro sobre blanco se explica que Juan Carlos, Adolfo y Torcuato llegaron al humo de las velas. El invento echó a andar con Franco vivo, y por indicación, orientación y financiación de la CIA, y en segundo plano, la República Federal de Alemania. ¿Teoría de la Conspiración? Para serlo, documentada al milímetro y aportando hechos irrebatibles y asaz reveladores. Como ejemplo más nítido, la lista de los captados por los servicios secretos del régimen entre los que fungían de aguerridos opositores para ser los prohombres de lo que viniera. Felipe, Polanco, Fraga, Cabanillas, Tamames, Areilza, Paco Ordóñez, Cebrián, los Múgica Herzog… No falta uno. No falla uno. Atado y bien atado.

Franco, ¡presente!

Francisco Franco vuelve a ser, como en el delirante documental de Sáenz de Heredia, ese hombre. Por más señas, católico y valeroso militar que se alzó contra un régimen caótico con el fin de restaurar la monarquía democrática. ¿Y no era un pelín totalitario? Qué va, si cabe, una gotita autoritario, mínimo defectillo que quedaba compensado por su probada capacidad de inteligente liderazgo y su inquebrantable espíritu de sacrificio por el bien común. Eso, sólo como aperitivo. El resto de las virtudes del ferrolano con voz de flauta quedan convenientemente inventariadas en la ardorosa pieza firmada por el autoproclamado historiador y franquista sin complejos, Luis Suárez, para el diccionario biográfico de la Real Academia (española) de la Historia.

La broma -macabra, por supuesto- ha costado casi siete millones de euros públicos y, como era de sospechar, empezó a pergeñarse en tiempos del glorioso gobierno de José María Aznar, ese otro hombre. Se trataba, lisa y llanamente, de ganar la guerra civil por segunda y definitiva vez. Había que cerrar la boca a tanto fastidioso reivindicador de la memoria histórica que andaba removiendo las cunetas y sacando a la vista el pasado que tanto había costado enterrar. Y había que hacerlo a la luz del día, con la frente alta y adornándose con cortes de mangas, sabiendo que de un tiempo a esta parte el viento sopla a favor y ya no hay por qué ocultar los correajes.

Algunos se tomaban a guasa a Vidal, Moa, y el resto de la piara de reescritores del anteayer. Las soplagaiteces que contaban en sus libruchos, vendidos en torres a la entrada de El Corte inglés, parecían demasiado atrabiliarias para que cualquiera con un dedo de frente les concediera el menor crédito. Ahora toda esa bazofia revisionista tiene sello oficial y es cuestión de un par de cursos que pase directamente a los manuales escolares. Es la versión de los hechos que quedará, nos guste o no.