La decencia del Rayo

Mi nivel de desapego de lo futbolístico es tal que desconocía por completo la existencia de un jugador ucraniano del Betis llamado Roman Zozulya. Palabra que no había oído hablar de sus presuntas virtudes balompédicas y —esto es más raro— tampoco de sus reiteradas exhibiciones fascistas sin matices. La red está llena de fotos en que aparece ataviado de rambete supremacista eslavo, con toda la parafernalia simbólica de la ultraderecha de su país y, por si faltaba algo, empuñando armamento diverso.

Con esas credenciales, es un despiporre ver al gachó, tan duro él, haciendo pucheritos y ladrando al mundo su dolor porque la modélica afición del Rayo Vallecano ha frustrado su cesión al club del barrio madrileño. Pese a que su situación en la clasificación de segunda división, bordeando los puestos de descenso, no es para echar cohetes, la inmensa mayoría de la masa rayista no ha dudado en rechazar lo que podría haber sido un gran refuerzo en el césped. A riesgo de perder la categoría, se ha optado por la decencia de no manchar la camiseta ni el escudo.

Aunque el antiguo militante de Fuerza Nueva que preside la Liga de Fútbol Profesional anda amenazando con querellas por coacciones, el tal Zozulya ha tenido que volver al Villamarín con el rabo entre las piernas. Allí sí parece haber sitio y aplausos para tipos de su catadura. De hecho, a su regreso a Sevilla, le aguardaba una jauría de hinchas que lo jalearon como a un héroe. Nada de lo que extrañarse, por desgracia, en un lugar donde el ídolo local es Rubén Castro, un fulano al que se le imputan siete delitos de malos tratos y uno de agresión sexual.

Pancarteros impunes

El mismo día en que el Sadar guardaba un minuto de silencio y expresaba su rechazo por el último asesinato machista en Navarra, en los graderíos rojillos unos aficionados del Sevilla exhibían una pancarta en apoyo del presunto violador y probado tipejo que atiende por los alias Joselito el Gordo o El Prenda. Con nauseabundo desparpajo, se homenajeaba al considerado líder de una reata de mastuerzos entrullados preventivamente como sospechosos de una brutal agresión sexual en grupo cometida en los últimos Sanfermines. El vomitivo trapo permaneció desde antes del pitido inicial y hasta el final del encuentro en el lugar donde lo había plantado un desalmado hincha hispalense. Eso, pese a que su presencia había sido detectada y denunciada por varios espectadores en las mismas redes sociales donde se multiplicaban los mensajes de ánimo y simpatía hacia el tal Prenda o Gordo, al que se identificaba como “uno de los nuestros”.

Pero hemos de estar tranquilos. La muy diligente delegada del gobierno español en la Comunidad foral ya ha tomado cartas en el asunto. Ha dado instrucciones a la policía nacional —¡uauh!— para que elabore un informe —¡iepa!— al respecto y, si procede, lo traslade a… ¿LaFiscalía General del Estado? ¿La de la Audiencia Nacional? ¿La de Navarra, siquiera? Qué va. Confórmense con la Comisión Antiviolencia del Deporte español, chiringuito tan pomposo de nombre como absolutamente ineficaz en cuanto a hechos. Apuesten a que todo quedará en un encogimiento de hombros bajo alguna estúpida excusa. A nadie se le escapa que las ofensas que se castigan, incluso con cárcel, son de otra clase.

No hay gabarra

Veo, debo decir que sin la menor sorpresa, que el Athletic ha decidido prescindir de la gabarra en los actos de celebración de la liga —¡la quinta!— cosechada por su equipo femenino. Realmente, con los estatutos en la mano, la entidad es muy dueña de obrar así. Del mismo modo, los ciudadanos y las ciudadanas, hinchas o no, vizcaínos o no, aficionados al fútbol o no, tenemos derecho a manifestar lo que nos parece tal decisión. A mi, particularmente, me entristece y me disgusta. Creo que se podría haber encontrado una fórmula razonable para realizar el simbólico trayecto por la ría, si no en su recorrido completo, en uno adaptado; desde el Euskalduna hasta el ayuntamiento, por ejemplo, como proponía mi compañero Miguel Ángel Puente.

A partir de ahí, tome nota cada cual. Lo bueno de este episodio es que permite extraer un puñado de enseñanzas. La primera, para los que tienen el corazón rojiblanco pero no poseen el carné de socio es, justamente, sobre la propiedad del club de sus amores. También ha quedado meridianamente claro que, nos pongamos como nos pongamos, la consideración del fútbol femenino está muy por debajo de lo que proclaman ciertos discursos pomposos.

Y por decirlo todo y no despejar a córner responsabilidades, estamos viendo un inmenso retrato de los niveles de hipocresía a los que podemos llegar. Personas como yo mismo, que a lo largo de toda la competición no hemos prestado la menor atención a lo que iban haciendo semana a semana las jugadoras entrenadas por Joseba Agirre nos lanzamos a criticar lo que nuestra propia forma de actuar ha propiciado. Pero quedar bien no cuesta nada.

Pachanga en Ajaccio

He visto más ambiente en muchos partidos de solteros contra casados que en el Córcega-Euskal Selekzioa del otro día. Eso, por no mencionar las circunstancias de semiclandestinidad que rodearon la celebración del encuentro. Salvando a los muy pero que muy futboleros y a los militantes acérrimos de la causa, prácticamente nadie se había enterado. Y aun peor: es que la cosa les importaba entre nada y absolutamente nada.

Quizá es que me pierdo algo y estas líneas terminan en desbarre, pero uno diría que el objetivo de estas citas es, más allá de lo deportivo, hacer ruido. ¿No se supone que detrás de todo está la reivindicación de la oficialidad de las selecciones deportivas? Pues parece que flaco favor se le hace a tal aspiración montando una pachanga al humo de las velas de la temporada y con los jugadores llegando por los pelos al estadio donde se disputa. Esta vez aquellos recalcitrantes de vena hinchada que soflamaban sobre akelarres nacionalistas en las gradas ni se han tomado la molestia de soltar los sapos y culebras de rigor. Total, ¿para qué?

Hace meses me sorprendió la disolución de ESAIT, la plataforma que sostenía esta bandera, bajo el argumento de que se había conseguido que la oficialidad fuera una demanda mayoritariamente asumida. Mi interpretación de tal enunciado no es muy alegre. Creo que, una vez más, lo que hemos asumido es que en los principales deportes —porque lo de la sokatira, bien, pero todos sabemos que no es eso—, Euskal Selekzioa (lo del nombre es otra) jamás llegará a competir oficialmente. Aun así, a ratos nos engañaremos pensando lo contrario, y lo pasaremos de vicio.

A propósito de Iker

Ni el Madrí ni la mayoría de sus mercenarios megamillonetis despiertan en mi la menor simpatía. Más bien al contrario: aunque va contra mis propias prédicas sobre la tolerancia y el buen rollo, deploro visceralmente casi todo lo que representa el merenguismo centralista obligatorio con que nos abucharan desayuno, comida, merienda y cena desde los medios del foro. Se salvan de mi inquina los miles de seguidores que lo son porque les sale del alma y algún verso suelto de la plantilla. Bueno, en este caso, se salvaban, porque las dos excepciones han sido convenientemente laminadas de un tiempo acá. Primero le dieron la patada a un señor llamado Carlo Ancelotti, y tras culminar una humillación modelo Merkel sobre Tsipras, se ha conseguido que Iker Casillas, objeto de estas líneas, huyera reptando por la puerta de atrás de la casa blanca.

A ver, entiéndanme. Me cuesta conmoverme ante las lágrimas de un tipo que tiene pasta para seis o siete vidas; ojalá fueran todas las desgracias como esa. Pero no puedo evitar sentir una puntita de solidaridad con el héroe pisoteado por los mismos que anteayer lo aclamaban. Este episodio es el retrato del Real Madrid en particular y del fútbol moderno en general. También, siento escribirlo, de nuestros equipos, supuestamente regidos por otras filosofías. Los afectos de las hinchadas son volátiles como el neón que ilumina los nombres de los ídolos. Las ovaciones a todo pulmón se tornan en crueles pitadas, y en el mismo viaje, la admiración eterna se vuelve frío desprecio, cuando no odio. Y para más recochineo, cuando anuncias que te vas, te ofrecen un homenaje.

Condenar pitadas

Siete horas de vellón se tiraron el lunes los jacarandosos miembros de la Comisión Antiviolencia del deporte español escudriñando a quién podían emplumar por la monumental pitada al himno y al Borbón joven. Total, para parir un ratón escuchimizado. Por mucho que lo revistieran de palabros de cinco duros y salieran a la rueda de prensa con cara de estreñimiento crónico por la supuesta inmensidad de la ofensa al chuntachunta y al Preparao, al pasar a limpio sus decisiones resulta que a todo lo que llegan es a amenazar difusamente a no se sabe qué plataformas y a requerir información por un tubo. Para nota o para ingreso en frenopático, la exigencia al Athletic, al Barça, ¡y a la Federación! de recabar datos que, en su papel de organizadores del festejo futbolero, pudieran incriminarlos por no haber seleccionado adecuadamente a los espectadores. Es decir, que igual que a los viajeros a Estados Unidos se les exige jurar que no van a dar matarile al presidente, a los asistentes de la final del sábado se les debió haber conminado a prometer por la memoria de Pichichi o Ramallets que no iban a silbar la Marcha real.

Esa demanda de pata de banco, propia de chiste sobre el fondón dictador de Corea del Norte, nos da una idea del tipo de individuos en cuyas manos estamos. Los mismos, por cierto, que ante la música de viento de Camp Nou, lo primero que hicieron —ni esperaron al final del partido— fue emitir un comunicado de condena en unos términos que no emplearían ni en el caso de que Portugal se anexionara Ayamonte. Se empieza condenando pitadas y se sigue nombrando cónsul de Bitinia a un caballo.

La lección de Gaizka

Un cateto a babor y otro a estribor. Los dos, rezongando porque el invitado en la tribuna de prensa está teniendo la osadía de responder ¡en euskera! a una pregunta que le ha hecho ¡en euskera! un periodista de un medio de comunicación ¡en euskera! Hasta ahí podíamos llegar. Malditos vascos, les das la mano y te cogen el codo. ¿Para eso ganaron sus abuelos una guerra? Pues de eso nada, a cada intento por seguir con la respuesta en la diabólica lengua vernácula, un rebuzno en cristiano (probablemente con las zetas y las eses a la virulé; así suelen ser estos filólogos de ocasión) para que el aludido entre en razón y suelte las obviedades futboleras en el idioma de Cervantes, Queipo de Llano y Belén Esteban.

Quizá otro más melindroso se habría achantado. Pero Gaizka Garitano, que tiene el culo pelado de aguantar a plumillas garrulos por esos campos de Dios, no llegó al tercer aviso. El entrenador del Eibar se levantó, se estiró la chaqueta, e hizo el paseillo hasta la puerta con la cabeza muy alta, dejando con la copla al par de gañanes que le habían boicoteado con sus regüeldos. Juanjo Moreno, jefe de prensa del Almería y tipo que se viste por los pies, como demostró durante todo el chusco incidente, estaba verde por el sofoco: “¡Señores, que llevamos seis años en primera división!”, afeó a los palurdos.

Aunque ha habido quienes han contado el episodio como imaginan, me quedaré con lo positivo. Además del aplauso casi unánime que le hemos tributado aquí al deriotarra, la Asociación de la Prensa de Almería y muchos periodistas a título individual han pedido perdón por el espectáculo. Les honra.