Esto es porque sí

“¡Ajajá! ¡Así que usted es de los que piensan que la solución a la violencia es más violencia, o sea, más bombas!”. Lamento pinchar ese globo, pero tampoco. Nada de lo escrito en mis anteriores columnas invita a pensar tal cosa. Bien es cierto que tampoco creo que la cosa se pare con “la grandeza de la Democracia”, como va diciendo campanudamente por ahí Pablo Iglesias, sabiendo, porque tonto no es, que la frase es de una vaciedad estomagante, amén de insultante para las víctimas. Ni mucho menos “con la unidad que derrotó a ETA”, que es la soplagaitez que se le ocurrió soltar a la luminaria de Occidente que en la pila bautismal recibió el nombre de Pedro Sánchez Pérez-Castejón.

¿Y cómo, entonces? Pues mucho me temo que ya andamos muy tarde. Todas esas coaliciones internacionales de venganza van a servir, como mucho, para bálsamo del orgullo herido, para marcar paquete y, lo peor, para acabar una vez más con la vida de miles de inocentes. Es probable que también de algunos malvados, pero, ¿merece la pena? Yo, que no soy más que un mindundi, digo que no.

Del mismo modo y con la misma falta de credenciales, añado que tampoco veo que solucione nada, más bien al contrario, declararse culpable, bajar la cabeza y liarse a proclamar que no hay que enfadar más a los criminales. Tantos doctorados, tantos sesudos artículos leídos y/o escritos, para que luego obviemos lo más básico: esto es porque sí. Es verdad que hay media docena de circunstancias que podrían servir como coartada, pero aunque no se dieran, salvo que nos queramos engañar a nosotros mismos, sabemos que estaríamos exactamente en las mismas.

Culpas

De Europa tengo una opinión manifiestamente mejorable. Eso, contando con que ni siquiera sé muy bien lo que expresa una palabra que se utiliza indistinta y confusamente para hablar de instituciones o de geografía. Si va de lo segundo, miro el mapa y sonrío con una migaja de desconcierto. Hace falta un congo de buena voluntad para tragar que haya algo que homogeneiza a los millones y millones de pobladores de tan vasta extensión territorial. Y peor, si nos referimos al conglomerado político que primero se llamó comunidad económica —ahí por lo menos no se disimulaba— y de un tiempo acá se dice unión. Ahí ya no es escasa simpatía, sino una creciente y fundada antipatía.

Lo anoto, e inmediatamente añado que, sin embargo, esa inquina de oficio no me lleva a culpar de todas las catástrofes sobre la faz de la tierra ni al continente ni a su quincallería institucional… y mucho menos a sus atribulados habitantes. Como probablemente estén imaginando, aludo a la guerra de Siria y a sus consecuencias. Aunque sus gobernantes hayan tomado mil y una decisiones equivocadas o directamente malintencionadas, es una barbaridad como la copa de tres pinos responsabilizar a Europa de todo el horror y la destrucción. También una simpleza y, de propina, una muestra de supremacismo occidental que no se la salta Sergei Bubka. ¿Cómo calificar, si no, que se dé por hecho que los únicos dotados para el mal sean los blancos lechones? Aunque no les entre en sus etéreas seseras a los cofrades del angelismo pueril, ni el matarile ni el puteo sistemático del prójimo son monopolio de esta parte del mundo. Ni de lejos.

Yo no soy refugiado

Somos el perro de Pavlov. Nos hace falta la foto de un niño muerto en una playa para que se nos despierte la conciencia. ¿Durante cuánto tiempo? Bueno, eso es variable. Un minuto, tres, hora y media, un día entero menos el rato del gintonic… Suele depender de lo que tarda en llegar el siguiente estímulo. Y también de cómo tenga cada cual educados los esfínteres morales. Conozco personas —es decir, individuos— capaces de simultanear una indignación del carajo de la vela con una sesión de chistacos (ahora se dice así) y una ración de chopitos. Ni se dan cuenta de que han conseguido la sublimación del fariseísmo, pero casi es mejor no hacérselo ver, porque se enfadan, no respiran y dejan de ajuntarte, chincha rabiña.

Que sí, que yo también recibí como una patada en la boca del estómago la imagen de esa criatura que en mi cabeza tiene los rasgos de mi propio hijo. Claro que me provoca dolor, rabia y, sobre todo, una inmensa impotencia. Pero óiganme bien: yo no soy refugiado. Y siento añadir que tampoco lo son las miríadas de seres angelicales que lo están escribiendo compulsivamente en Twitter. De hecho, les deseo con toda mi alma que no lo sean nunca.

Entretanto, y aun comprendiendo la humanísima necesidad de conjurar el mal cuerpo repitiendo cual letanía unas palabras mágicas, les conmino a pensar un poco. Es muy loable la disposición a ponerse en la piel del otro, pero cuando, como afortunadamente para nosotros es el caso, las probabilidades de hacerlo realmente son nulas, las buenas intenciones acaban en postureo mondo y lirondo. O peor, en una infame banalización del sufrimiento ajeno.

Pereza siria

¿Siria para la columna de vuelta? ¡Qué pereza! Y tanto, solo que la otra opción que me proponían mis neuronas en recomposición era atizarles por tercer año consecutivo la consabida reflexión sobre cómo se relativiza la actualidad cuando a uno no le toca contarla. En el fondo, algo me dice que, una vez destiladas y libadas, las líneas que vienen acabarán siendo exactamente eso, un lamento fingido sobre la insoportable levedad de lo que llamamos información. O si lo prefieren, sobre la brutal asimetría entre el tiempo y espacio dedicados a un asunto equis y la atención despertada en los supuestos destinatarios del inmenso despliegue.

Porque, con la mano en el corazón, ¿cuánto nos importa lo que está pasando en ese trozo del mapa que malamente sería capaz de situar la mayoría, incluyendo los pontificadores que nos disparan a bocajarro su opinión de copia-pega? Yo diría que muy poco tirando a absolutamente nada. Puede parecer una declaración escandalosamente cínica rayando lo provocador. Sin embargo, defiendo que es menos hipócrita que hacer como que nos caemos del guindo con dos años de retraso, que mes arriba o mes abajo, es lo que llevan matándose las tropecientas facciones que andan a la gresca. Se diría que las decenas de miles de muertos —siempre calculados a ojo— han sido apenas unos preliminares macabros. Una guerra no es tal hasta que el malvado sheriff del imperio anuncia su intención de mandar la caballería a poner orden. Entonces sí, se desempolvan las pancartas y se sacan a paseo. Es el momento de tomar postura, recauchutarse de moralina y echar los eslóganes a pastar. No a la guerra y otra de calamares.

Pues vale, me apunto. A los calamares y a la negativa, no se vaya a decir que no soy un tipo comprometido o que me alineo vergonzosamente con los villanos. Otra cosa es que guarde para mi la íntima convicción de que da exactamente igual lo que servidor piense o diga.

Tomar partido

Es una vieja película, pero no pasa de moda. Acción, reacción, acción. Sangre llama a sangre. Los primeros muertos son una excusa para provocar la respuesta que justifique, menudo verbo, una represalia mayor. Para el tercer o cuarto ciclo, ya nadie recuerda quién empezó esta vez. Tampoco importa gran cosa. Nunca hemos entendido realmente de qué va esto más allá del trazo grueso. Peor todavía: aunque nos lo explicasen mejor, sería tarde para cambiar de bando. Lo elegimos por intuición, por simpatía o por antipatía. Igual que cuando en un zapping nos encontramos con un Madrid-Benfica o con un Madrid-Apollon Limassol, tifamos sin dudarlo por los contrarios de los merengues. ¿Acaso se pueden equivocar el corazón, las tripas, la bilis? Allá se las apañe la razón, si es que cabe alguna cuando se trata de mandar enemigos al otro barrio, mejor cuanto más despanzurrados, ya los recompondrán en el paraíso de los unos o de los otros.

Tomemos, pues, partido. En las portadas del fondo a la derecha, el autobús humeante de Tel Aviv recoge el relevo del presunto sionista de la quinta columna arrastrado por un motero palestino. En las otras, los cascotes de la sede de Al Jazzera en Gaza City o el hombre llorando mientras sostiene en brazos el cuerpo inerte de una criatura. Es el póker de las imágenes truculentas, con reglas copiadas del juego del hijoputa, también llamado propaganda. Gana quien causa más rabia, más desazón y más indignación entre los que, a miles de kilómetros, no disparan con bala sino con palabras que se reciclan de conflicto en conflicto. Son batallas más cómodas, libradas con pijama como uniforme de campaña, con el apoyo de esa limpísima artillería moderna que son los enlaces a esta o aquella página de internet. No importa cuál; hay miles que contienen argumentarios igual de exagerados y falaces a favor o en contra. Recuérdese que lo único que está prohibido es no alinearse.

Morir en Afganistán

Nunca dejará de sorprenderme que los pintureros relatores de hazañas bélicas y glosadores de la grandeza militar reciban la noticia de una o varias muertes de los suyos en cualquier avispero como si se tratara del aterrizaje de una nave procedente de Júpiter. No sólo se asombran como si les pareciera algo inconcebible, sino que acto seguido se entregan a una llantina y a un desgarrado de vestiduras muy poco marcial. Cualquiera diría que pensaran que las partidas de tropas que se mandan aquí o allá en virtud de los equilibrios geoestratégicos van a un resort de vacaciones a participar en una competición internacional de Monopoly.

Va siendo hora de que alguien les explique que las llamadas Fuerzas Armadas son algo más que esas coreografías que montan a paso de la oca en plazas y avenidas o que esos teatrillos bautizados “maniobras”. Muy plástico y muy efectista, sí, conquistar el Gorbea y plantar una rojigualda en su cruz, sin otro peligro que pisar una boñiga. Es más jorobado largarse una proeza del pelo en una aldea montañosa de Afganistán, donde el enemigo -qué putada, mi brigada-, además de no ser imaginario, gasta muy malas pulgas.

Es lo que tiene la guerra, mecachis, que por puro cálculo de probabilidades, hay muchos boletos para morir o perder unos trozos de la anatomía en ella. Si un currela que se trepa a un andamio tiene asumido que cada vez que lo hace se está jugando un pierde-paga contra la estadística, alguien que se dedica vocacional y/o profesionalmente a la milicia debería ser consciente de los riesgos de su gremio.

¿Tan extraño resulta que los novios de la muerte acaben casándose con ella? Por lo visto en las primeras de muchos periódicos y en las piezas machaconas que nos han puesto en los telediarios, tiene toda la pinta de que así es. Y no parece que la reiteración en el mismo hecho sirva para aprender la lección ni mucho menos para evitar que se repita.

Libia: También no a la guerra

Escribí aquí mismo el domingo pasado que era incapaz de tomar partido sobre la intervención -eufemística palabra- en Libia. Unas toneladas de bombas y lecturas después, lo voy teniendo más claro. Agradezco de modo especial a José Luis Rodríguez Zapatero la ayuda prestada con su confesión: “El objetivo no es expulsar al coronel Gadafi del gobierno de Libia”. Oído cocina. Se monta este pifostio sólo para darle un escarmiento al de las túnicas fashion, con el que no descartan volver a sacarse fotos ni cambiarle por petróleo el armamento que le hayan descuajeringado. Lo de arropar al pueblo libio en su lucha por la libertad era, igual que la invocación de altísimos motivos humanitarios, pura propaganda. La verdad es que debí habérmelo olido. Siempre dicen lo mismo. También lo cacareaban cuando se lanzaron en sarra sobre Irak.

Con o sin resolución

¡Pero esta vez hay una resolución de la ONU! Sí, claro, qué gran diferencia. Los saharauis y los palestinos saben, entre otros muchos, que esos documentos suelen tener el mismo uso que aquel áspero papel Elefante de color ocre. ¿Por qué unas se aplican, como esta, al instante y otras se van vírgenes al archivo? Esa pregunta es del temario del curso que viene. Antes habría que explicar algo más simple: por qué entre las decenas de sangrantes vulneraciones de derechos humanos a lo largo y ancho del mundo hay unas pocas que merecen que las llamadas Naciones Unidas les dediquen unas líneas y otras que jamás llegan al orden del día. ¿Qué boleto de lotería tienen que jugar las poblaciones de la República Democrática del Congo, Birmania o Sri Lanka para que les toque un lote de Tomahawks contra los gobiernos que las masacran? Y eso, por citar países que están en la lista oficial de despreciables. La Guinea Ecuatorial recién visitada por Bono, el emirato de Catar donde el lehendakari López estuvo de turismo petitorio o la misma Arabia Saudí las gastan igual, aunque tengan mejor prensa porque también disponen de más pasta para cerrar bocas.

Con el mal hecho y refrendado por una aplastante mayoría en el parlamento español, lo único que nos queda a los cuatro o cinco que ya sabemos que estamos también contra esta guerra es desear que los bautizados como rebeldes lo sean de verdad. Pero la cosa es que eso empieza a estar cada vez menos claro. Va cayendo el velo romántico y apareciendo en su lugar el consabido cóctel de intereses e inquinas de tribus y clanes frente a las que los occidentales no tenemos libro de instrucciones. Es norma universal que a lo malo lo sucede algo peor.