Si se va, pues adiós

Sigo de refilón cierto serial sobre un futbolista que no acaba de irse ni de quedarse en el club en el que está desde que era una criatura. La cosa va, como poco, para tres meses. ¡La tinta y saliva que se habrán vertido sobre su marcha o su permanencia! Hay medios de comunicación que en un alarde del rigor que les caracteriza han asegurado en absoluta primicia lo uno y lo otro. Cuando ocurra lo que ocurra, que está al caer, según parece, correrán a proclamar que ya lo adelantaron, verán qué risa. O bueno, qué llanto, que esto hay quien se lo toma a la tremenda, y deja de comer el postre, se siente objeto de una traición imperdonable, víctima del mal hacer de los mandarines del equipo, o todo a la vez.

Quizá hubo una época en que yo mismo habría salido por idéntica petenera, pero gracias a los dioses, conseguí ya hace unas canas desengancharme (o solo desengañarme) de la farlopa balompédica. Tampoco les voy a decir que ahora ni me va ni me me viene el asunto, pero sí que no se cuenta entre mis principales motivos de preocupación. Pienso, de hecho, que ojalá todas las desgracias fueran como este pequeño baño de realismo para quienes se niegan a asumir que el romanticismo murió hace varias ligas. Mi animal mitológico favorito es el amor a los colores de los futbolistas. Y no lo anoto como crítica, sino como constatación del signo de los tiempos. Lo normal es que un chaval de 23 años con un futuro del carajo apueste por lo que entiende que es su carrera. ¿No haríamos todos lo mismo? Otra cosa, efectivamente, es que las formas no hayan sido las mejores, pero, oigan, el fútbol y la vida son así.

La otra manada (2)

Constato que predico en el desierto. Claro que sí, no al morbo y tal, cómo vamos a caer nosotros en eso, qué barbaridad, hasta ahí podíamos llegar, si tenemos todos los certificados de puridad periodística en regla. Pero toma titular a todo trapo con lo que declaró. ¡Eh, pero que es descriptivo, una cita literal —vale, más o menos— de lo que dijo la víctima de la violación grupal! Bueno, no nos pongamos tiquismiquis: de lo que nos dijeron que dijo, pero si no le echamos una gota de literatura, el montón de periódicos se queda en el kiosko. Y no nos hacen clics en la página, ni nos comparten por Twitter, Facebook o WhatsApp. Si lo ponemos más neutro, no nos lee ni Blas, y eso es malo también para la víctima, porque nosotros estamos a muerte con ella, que conste.

Allá quien comulgue con tal rueda de molino. Yo no trago. De hecho, he llegado al punto en que prefiero el amarillismo a cara descubierta y calzón quitado que el disimulo de los fariseos que se rasgan las vestiduras incurriendo en el mismo pisoteo de la intimidad de la mujer agredida.

¿Que sea más concreto? Es precisamente lo que no quiero, lo que intencionadamente evito, porque para serlo, tendría que enumerar los detalles que estoy clamando que sobran. Y sí, ya sé que me queda una columna oscura, que habrá lectores que se pierdan, pero lo prefiero antes que enrolarme en el ejército mixto de tipos sin escrúpulos y santurrones fingidos que están buscando el espectáculo y/o una ocasión de lucimiento allá donde no debería haber otra cosa que información (u opinión, por qué no) lo más aséptica posible sobre un proceso judicial muy delicado.

La otra manada

De la víctima de la violación grupal que se juzga en Iruña me sobran casi todos los detalles. No necesito saber cuántos años tiene ni de dónde es. Mucho menos qué estudia, cuáles son sus aficiones o con qué tipo de gente anda o deja de andar. Y, por encima de todo, no tengo la menor curiosidad por conocer su aspecto. Es más que suficiente la dolorosa certidumbre de que esta mujer ha pasado por una experiencia demoledora para la que no hay reparación. A partir de ahí, únicamente espero un juicio justo con el castigo proporcional para sus agresores, a los que en estas líneas no me queda más remedio que citar como presuntos.

Aunque la mayoría de lo que expreso depende de las instancias judiciales, hay una parte no pequeña que está en otras manos. En las de mis compañeras y compañeros de oficio, por citar lo que me toca más de cerca. No pondré en duda que estamos ante una cuestión de indudable interés. Procede, pues, concederle un espacio de relieve en el relato de la actualidad. Pero procede más aun extremar el celo para evitar que los aspectos morbosos prevalezcan sobre lo puramente informativo.

De eso van o deberían ir la responsabilidad, la ética y la deontología sobre las que un día —en mi caso, ya bastante lejano— nos contaron no sé qué en la facultad. Y sí, por desgracia, es verdad que vivimos tiempos de lucha sin cuartel por la audiencia. A mi, sin embargo, jamás me ha valido como excusa. Lejos de la intención de imponer lecciones, animo a cada colega a darle una vuelta. Quizá consigamos que la justificada atención mediática no se convierta esta vez en circo. Ojalá no seamos la otra manada.

No se hable del tiempo

Anoten la penúltima del manual del perfecto progre: informar sobre la ola de calor es una forma sibilina de colaboracionismo rastrero con el sistema. Con el neoliberal-capitalista, con cuál va a ser. O de entreguismo puro y duro. Como lo están leyendo. Sostienen las almas de inmaculada pureza que la proliferación de noticias sobre las altas temperaturas obedece a un plan perfectamente diseñado para evitar que el populacho —que es tonto y traga con lo echen— se entere de las cuestiones candentes, palpitantes y hasta sangrantes. ¿Cómo cuáles? Cualquiera de las del catecismo habitual, qué sé yo, desde el TTIP o el CETA a la heroica huelga de estibadores pasando por las corruptelas sin cuento del PP, la cuestión catalana o los 60.000 millones de euros del rescate a los bancos que se dan por perdidos definitivamente.

Un momento, dirán ustedes, de todas esas cuestiones se habla a tutiplén por tierra, mar y aire. Hasta el aburrimiento en algunos casos. Bueno, pues da igual. Más se tenía que hablar, no se me pongan cuñados. A ver con quién han empatado para discutir la superioridad moral de los que decretan sobre qué se debe piar y sobre qué no. Y hasta nueva orden se ha decidido que es de mala nota y baja estofa que los medios de comunicación convencionales contemos a nuestra clientela que los termómetros andan desbocados y el personal va por ahí sudando la gota gorda. Se supone que incurrimos en una obviedad innecesaria pues todo el mundo con la cultura mínima sabe que en verano hace calor y que en invierno hace frío. Cosa distinta sería aprovechar el viaje para dar una teórica sobre el cambio climático.

Por qué los matan (2)

Como certeramente me apuntaron numerosos lectores, en la columna sobre los vomitivos justificadores de las matanzas en nombre de Alá, dejé sin citar una de las inevitables martingalas que gastan estos fulanos: la de la supuesta desproporción en el tiempo que dedicamos los medios a las carnicerías en función de dónde se hayan producido. En su absoluta seguridad de estar en posesión de la verdad imposible de rebatir, nos interpelan a los tontos que son sabemos hacer la o con un canuto sobre las razones por las que no convertimos en noticia de portada y motivo de tertulia cada uno de los diez coches bomba que estallan a diario en Kabul, Mosul o Bagdad, o las decenas de víctimas inocentes de los bombardeos en, pongamos, Siria, que es el único sitio donde les suena que hay una guerra. “¡Pues a mi me duelen más los niños de Alepo que los de Manchester!”, llegué a leer en ese vertedero de bilis e hijoputismo llamado Twitter.

Ya hace años, David Jiménez, un reportero que se ha jugado el culo en varios puntos calientes del planeta y efímero director de El Mundo, trató de explicar a esta panda de gañanes el mecanismo del sonajero sobre lo que es o deja de ser noticia. Yo me niego a incidir sobre algo tan obvio o primario. Si alguien no lo entiende, simplemente es porque es un ceporro del quince o un tramposo malintencionado que no merece más que un bufido lleno de desprecio como el que pretenden ser estas líneas. Imaginemos que se aplicara la misma melonada al resto de cuestiones de la actualidad. ¿Debo dejar de informar sobre un asesinato machista en Barakaldo porque no lo hago cuando ocurre en Calcuta?

La canalla

De entre todos los días de que ensombrecen mi ya de por sí oscuro ánimo, el de la libertad de prensa figura entre los más letales. Cada año es peor, supongo que en buena parte, por culpa de Twitter, que desde el punto de la mañana me tritura el alma a base de consignillas de cinco duros no pocas veces aventadas por auténticos canallas. Pongan esa última palabra en femenino singular y tendrán una de las formas más extendidas de referirse al gremio: la canalla. Aunque parezca ofensivo, el tiempo y la piel de rinoceronte de los aludidos han convertido el término en chiste simpático, y así nos llamamos a nosotros mismos entre risas, porque dijera lo que dijera el difunto Kapuściński, son los cínicos los que mejor se adaptan a este oficio, y él mismo fue un ejemplo perfecto.

Por lo demás, esa denominación a medio camino entra la chanza y el insulto no es mucho más inapropiada que la oficial y canónica, es decir, periodistas a palo seco. Si reparan en el vocablo, verán que nombra realidades distintas y hasta contradictorias entre sí. Se le dice periodista exactamente igual a quien se juega el pellejo por lo que escribe o cuenta que al que hace guardia junto a la puerta de la finca del famosete de turno para colocarle la alcachofa en el morramen. Entre uno y otro extremos, el resto de los grises —tómenlo por donde quieran— que componemos la manada, incluyendo una larga nómina cuya mayor cuita en esta vida es si les van a dar las vacaciones en las fechas que han pedido. ¿Nos atañe del mismo modo a todos la tal libertad de prensa a la que se hacían odas ayer? Estoy por jurar que no, pero mejor me callo.

Lo que no pasó

Los tres miembros de la familia de Alcalá de Guadaira no murieron por comer alimentos en mal estado procedentes de un contenedor de basura. Fue por efecto de un agente tóxico sin identificar, en cualquier caso, ajeno a la última cena de las víctimas, que para más señas, había sido cocinada con ingredientes adquiridos en un mercado. Si tuvieran capacidad para el sofoco, algunos denunciatodo de pitiminí deberían haber entrado en ebullición. ¡Menudas soflamas justicieras se largaron con la truculenta historia que ahora ha resultado no responder a la verdad! ¿La verdad? Ah, sí, esa que no debe jorobar los buenos titulares, según dicen los cínicos de este oficio, que por lo visto empiezan a ser mayoría. Luego tienen las santas pelotas de cantarnos las mañanas con la chorripijez esa del #Periodigno.

Pues no crean que se han dado por aludidos los santones. Ahora la culpa es del primer teletipo, que daba a entender el novelón de Dickens que corrió como la pólvora y provocó la consiguiente torrentera de bilis del quince. Supongo que habré soñado que uno de los principios básicos del curro de cuentacosas consiste en contrastar las informaciones. Ya no digo en tres fuentes, como hicieron Woodward y Bernstein con el Watergate, pero qué menos un par de llamaditas de confirmación antes de echarse al monte, ¿no? Pues, efectivamente, no; primero se dispara y luego se pregunta. O ni eso, porque en cuanto ha llegado el desmentido, la primera providencia ha sido ponerse de perfil y la segunda, que ya la veo venir, defenderse atacando. Va un café a que en las redes sociales me va a salir más de un comentarista a esta misma columna a escupirme que lo que no pasó pudo haber pasado.

Y yo, si tengo moral, contestaré que sí, que por desgracia, es muy verosímil que una familia se vaya al otro barrio por ingerir ponzoña apañada en la basura. Pero que si no ha ocurrido, no hay por qué contarlo como no fue.