La palabra del año

Como no quería taza, me han tocado tres. Vaya puntería la mía, que hace unos meses echaba aquí las muelas por la difusión, mayormente en labios y dedos muy finolis, del palabro “aporofobia”. Pues ya ven, ahora resulta que el artefacto verbal ha sido declarado “palabra del año 2017” por la llamada Fundación del Español Urgente, más conocida por su (creo que) acrónimo, Fundeu. Conste que es una organización que, en general, nos resulta muy útil a los que nos movemos en los andamios de la lengua castellana, pero como ya vamos para viejos zorros, bien sabemos que en no pocas ocasiones sus recomendaciones se las sacan de la sobaquera. Y luego hay un hecho en el que tendemos a no reparar, pero que si quisiéramos, nos haría ver el mecanismo del sonajero: la entidad está costeada por uno de los dos principales bancos de España.

Es gracioso al tiempo que hartamente revelador que una institución cuyo mecenas es una corporación financiera sin un gramo de piedad hacia los pobres encumbre como término del año uno que justamente significa “Miedo, rechazo o aversión (¿odio?) a los pobres”. Parecería una paradoja, pero no lo es. Todo cuadra. De hecho, “Aporofobia”, como ya señalé en su día, es un término de y para ricos… ¡que manifiestan un desprecio infinito a los pobres! Tipos y tipas de riñón bien cubierto lanzan el exabrupto como insulto a personas que malamente llegan a fin de mes, junto con las manidas imputaciones de ignorancia, zafiedad, insolidaridad y, cómo no, racismo. Lo hacen, simplemente, porque se lo pueden permitir, que para eso viven allá en lo alto de la escala social, donde los pobres no pisan.

Malditos viejos

Ya no recuerdo si fue en esta campaña, en la otra, o en el interregno entre ambas, cuando la alegre muchachada lila sacó a paseo a sus abuelitos y abuelitas. Ese corral de La Pacheca a lo bestia llamado Twitter se llenó de tiernas fotos de mozalbetes de entre 16 y 50 tacos exhibiendo impúdicamente a sus adorados yayos. En un desafío a las matemáticas, la inteligencia y el conocimiento de la historia reciente de nivel medio, todos los entrañables veteranos eran glosados sin excepción como pertinaces luchadores antifranquistas y el copón de la baraja de la resistencia a los poderosos de cualquier signo. Se llegaba a preguntar uno cómo el malvado sistema no había caído hacía cinco o seis decenios.

Qué contraste, ese derroche de empalagoso almíbar hacia los decanos con la obscena descarga de bilis contra las personas mayores a la que nos toca asistir cada vez que unas elecciones o un referéndum no salen al gusto del chachidemócrata estándar. Se vio en el no escocés, en el dichoso Brexit del jueves pasado, y como resumen y corolario, en las elecciones del domingo. El inesperado atracón de votos del PP, el fracaso del anunciado sorpaso al PSOE y, sobre todo, la pérdida de un millón largo de papeletas de Unidos Podemos desencadenó un torrente de furia desatada. “Hay que eliminar las pensiones, a ver si los viejos la van cascando”, escupía uno. ”Qué ganas de que pasen 20 años y se mueran los putos viejos que votan al PP”, se engorilaba otro. Y como esas, decenas y decenas de aberrantes invectivas. Patanes anónimos, dirán. Cierto, pero no crean que ni uno solo de los conocidos salió a afearles la conducta.