¿Merece un aplauso?

Ocurrió el lunes por la tarde y sigo sin dar crédito. Representantes significados de las que llamamos, en un tópico que empieza a caducar, fuerzas del cambio en Navarra aplauden a rabiar al artista (será para gustos) Abel Azcona. Su hazaña consistía en haberle soltado cuatro frescas en Twitter al que fuera concejal delegado de Cultura del ayuntamiento de Iruña, Fermín Alonso, sobra decir que militante de UPN. La actuación del hábil conseguidor de espacio mediático merecía la que actualmente es la máxima calificación en materia de polémicas, principalmente en redes sociales: un zasca. Grande, inmenso, enorme, antológico… variaban las glosas de hombres y mujeres que uno tiene por progresistas y, en la mayor parte de los casos, personas muy razonables.

Y sí, muy bien, resulta que en la desigual esgrima dialécticoa, Azcona desenmascaraba, amén de una notable incoherencia en la actitud de UPN, prácticas de abierto favoritismo de los regionalistas… respecto a él mismo. El asunto podría haber quedado ahí, pero el as de la provocación necesitaba despedazar a su rival y para hacerlo no dudó en llevar la diatriba al barro. Atentos, si no la conocen ya, a la demasía que escupe el individuo: “Además tuve reunión y tu partido me ofreció plaza pública en cultura porque me estaba follando a uno de vuestros parlamentarios”.

En ese punto, la denuncia, que es gravísima, pasa a quinto plano. Nada de “tenía una relación”. Qué va, se lo follaba, al estilo de esos caspurientos machotes que cuando son de la diestra, nos merecen la repulsa más firme. En este caso, sigo sin entender por qué, el tipo ha salido a hombros.

Teresa en prime time

Supongo que era previsible, pero no por ello menos decepcionante. Antes incluso de abandonar el hospital, Teresa Romero concedió su primera entrevista exclusiva, que en traducción a los usos y costumbres de la prensa de unos decenios a esta parte, quiere decir pagada. Seguramente la auxiliar felizmente curada de ébola ha recibido un pico. Es de imaginar que habría subasta previa con abundancia de postores de chequera alegre. El gramo de intimidad semivirgen tiene un precio, y los que entienden de esto porque están todo el día a pie de mercado sostienen que merece la pena rascarse el bolsillo. Hay tal demanda, que la inversión se rentabiliza casi instantáneamente. Eso también debería hacernos pensar.

Por lo demás, no tengo nada que reprochar a Teresa. Tanto ella como su marido están en su derecho de meterse por su propio pie en la irresistible pasarela de la fama de aluvión. Sospechando que de poco va a servir, les aconsejaría, eso sí, que fueran con tiento. Más que nada, porque los que ponen las reglas son profesionales que no se andan con sensiblerías. En cuanto el respetable pierde el interés, que puede ser muy pronto en un caso como este, se mueve el banquillo y sale a los focos, qué sé yo, la Pechotes, que es ahora mismo una de las piezas más cotizadas de las casquerías mediáticas.

Eso, sin perder de vista los niveles de crueldad que gastan los consumidores del género. Lo suyo no son las medias tintas. Pasan en décimas de segundo y sin causa aparente de la adoración absoluta al odio más visceral. Y cuando eso ocurre, es muy tarde para protestar. Aunque no esté escrito, viene en el contrato.

Olvido superstar

Nos sucede a menudo a los quijotes ocasionales que el calendario y la condición humana se alían para provocarnos bochornos retrospectivos. Aquella gran causa que defendimos con la prosa de los domingos pierde —o se quita— la careta y a sus paladines se nos quedan dos palmos de narices al tiempo que comprendemos la teoría de Lenin sobre los tontos útiles. Tanto entusiasmo legionario para ná de ná. Demasiado tarde para preguntarse quién nos mandaría meternos en un fregado donde no habíamos sido llamados o por qué no dedicamos la columna de aquel infausto día al proceso reproductor de las amebas.

Que sí, que vistos los pelendengues, es muy fácil decir si morlaco o morlaca. Saberlo no me libra, pese a todo, de la espantosa sensación de ridículo al recordar las ardorosas líneas que escribí en loor de Olvido Hormigos, alias la concejala-del-vídeo, y su derecho a que la dejáramos en paz. “Nada nos faculta para conocer su nombre, su aspecto físico, su edad, su profesión y mucho menos su situación familiar o sentimental”, anoté con una vehemencia que mejor me hubiera ahorrado. Seis meses después me entero de que, cheque gordo de por medio, la interfecta ha fichado para participar en uno de esos concursos donde los famosos de aluvión simulan pasar las de Caín para solaz de voyeurs domésticos de baja intensidad. Del exhibicionismo personalizado a la exposición urbi et orbi, menudo carrerón. Como calentamiento previo —con perdón—, una entrevista megaexclusiva en el programa matinal del roserío pedorro por excelencia y una salerosa contraportada en El Mundo, jijí, jajá. Y servidor y otros cuantos, de mamporreros involuntarios.

Comprendo que, en las profundidades del pozo séptico donde chapoteamos, les pueda parecer exagerada mi desazón por episodio tan menor. Sin embargo, veo en esta historieta chusca un correlato perfecto de la inmundicia general. Lo que no veo ni de lejos es ningún remedio.