Felices postureos

Creo que ya lo he contado en alguna ocasión. Quizá, de hecho, esta es una columna repetida. El caso es que paso por ser un tipo muy poco dotado de espíritu navideño. Como ocurre con cualquier leyenda de andar por casa, yo mismo soy el primero en alimentar la que me ha tocado. Así, gruño cuando un villancico perturba mi paz o me cisco en lo más barrido ante la visión de una trenza de espumillón, unas bolas brillantes o un gorro de Papá Noel del bazar chino.

Pero ahí me quedo. Mi postureo —aprovechemos a escribirlo, ahora que la RAE ha bendecido el palabro— no llega, me parece, a la memez con balcones a la calle de esos especímenes que durante estas fechas se suben a la parra para vomitarnos su superioridad moral. Hablo, por ejemplo, de la patulea megachachi que desea feliz solsticio de invierno (o solsticia, o de invierna) con miradita de qué pedazo de progre estoy hecho. O de esos chiripitifláuticos de Izquierda Unida de Madrid que echaron a modo de gargajo un Christmas con un árbol de navidad en llamas, jijí-jajá, porque la iglesia que más ilumina es la que arde.

Eso, en la media distancia. En la corta, y con harto más dolor, tengo que apuntar el cambio del nombre Jesús por el de Peru o la omisión de cualquier elemento que aluda al cristianismo en los villancicos tuneados de algunas de nuestras escuelas públicas. Probablemente, la intención sea buena, pero manda un quintal de pelotas que en nombre del respeto se incurra en tamaña falta de respeto. Resulta infinitamente más coherente —y, desde luego, valiente— suprimir la celebración que imponerla en una versión aguachirlada de sí pero no, no pero sí.

Virgen con medalla

Somos laicos, pero solo a ratos. Mayormente, a la hora de los discursos y las proclamas. Pero en cuanto bajamos la guardia, a san Fermín venimos por ser nuestro patrón. O, como ha pasado en Cádiz, a la Virgen del Rosario, que acaba de ser condecorada con la Medalla de Oro —así, con mayúsculas—de la ciudad gobernada por Podemos. ¿Pe, pe, pero…? Sí, la concesión del honor a la protectora de la Tacita de Plata ha salido adelante gracias al respaldo de los munícipes de la cosa morada, empezando por su singular alcalde, el que atiende antes al alias Kichi que a su nombre de, ejem, pila bautismal, José María González.

¿Y qué hacemos, nos escandalizamos? Por lo que a este juntaletras respecta, ni media. Prefiero ejercitar los músculos faciales sonriendo hacia dentro, no tanto por la noticia en sí, que ya les digo que me la trae al pairo, como por las reacciones que está provocando. De miccionar y no echar gota, las justificaciones de los más aguerridos legionarios pableristas, que han salido en tromba a hostiar a los que, por motivos que no parecen difíciles de entender, han recordado al exministro que imponía distinciones a otras versiones de la madre de Cristo.

¡No es los mismo lo de Kichi que lo de Fernández Díaz!, braman los tuiteros de Corps, incurriendo en una excusatio non petita del tamaño de la Bahía de Cádiz. Luego están las buenas gentes del “Yo, personalmente, no lo habría hecho, pero…”, sudando tinta china en la defensa de lo que saben indefendible. Claro que aun resultan más divertidos los requeteortodoxos que sulfuran por lo que barruntan claudicación de su camarada alcalde. Más palomitas.

‘Nuestra’ culpa

Desconozco los plazos de expedición al paraíso musulmán, pero si la efectividad es pareja a la de los métodos de los santurrones para el matarile, a esta hora es probable que los hermanos asesinos (seguro que en progresí hay un término menos rudo) de Bruselas anden retozando con las huríes a todo trapo. Entre polvo y polvo, Khalid puede guiñar un ojo a Ibrahim, y viceversa, con la satisfacción del sangriento deber cumplido y, de propina, el despendole de comprobar que su matanza es justificada —uy, perdón; contextualizada quería decir— con denuedo por lo más granando del pensamiento avanzado europeo.

Algún día alguien subvencionará una investigación sobre la paradoja que supone que los más comecuras y requetelaicos a este lado del Volga sean también los más encendidos defensores de una teocracia reaccionaria y criminal. Y ya para nota con doble tirabuzón, que además sean los campeones mundiales de la culpa judeocristiana y acaben echándose a la chepa la responsabilidad única de cualquier injusticia. Me corrijo: si bien usan frenéticamente la primera persona del plural, también han conseguido el prodigio gramatical de librarse de la parte chunga de ese Nosotros. Así, cuando braman que la masacre de la capital belga es el justiprecio de “las guerras que hemos provocado en su territorio”, la respuesta al “modo inhumano en que tratamos a los refugiados” o, por no extenderme, la contrapartida por “el trato cruel que damos al pueblo palestino”, se refieren a todos menos ellos y ellas. Claro que es todavía peor que de verdad piensen que merecemos ser eliminados uno a uno. Salvo sus mendas, faltaría más.

Laicismo pero menos

Desde el viernes por la noche echo en falta a los adalides del laicismo. ¿Dónde diablos [perdón] andan esos y esas que encuentran en la religión el origen de todos los males, y me llevo una? Dejen, no contesten. Es solo una pregunta retórica, que además, contiene un error de enunciado. Porque no es la religión, sino una religión muy concreta, ya saben ustedes cuál. En el fondo, son en sí mismos el ateo del chiste que sostenía que no creía ni en Dios, que es el único y verdadero.

¿Se imaginan el calibre de las diatribas, el grosor de los cagüentales, si la matanza de París hubiera sido en nombre de la cruz? Menudo festín citando —y no seré yo quien diga que sin base — los miles de apuntes de la Biblia que hieden a odio y venganza o los incontables momentos históricos, algunos muy recientes, en que los llamados textos sagrados del catolicismo han servido de coartada para masacres e injusticias de todo tipo. Sin embargo, ante el Islam, cuyos libros —y no digamos ya la mayor parte de sus exégesis— contienen, como poco, las mismas mendrugadas sembradoras de cizaña, silencio sepulcral. Y eso, en el mejor de los casos, porque es aun más frecuente que los mismos que ven a Torquemada incluso en alguien tan razonable como el Papa Francisco, anden vendiendo que el Corán es lo más de lo más en igualdad y convivencia. Cómo será la cosa, que a pesar de lo clarito que hablan los asesinos en la reivindicación de la carnicería, hay una porción de la intelectualidá que está propalando la especie de que detrás de los 132 muertos y 300 heridos no está una visión religiosa sino la violencia masculina. Tal cual.

Islamofilia

Firmo en donde ustedes me digan contra la islamofobia. Lo haré, en buena medida, para que no me den la charla ni me linchen dialécticamente, aunque piense con el tal Houellebecq que la palabra de moda en las bocas y conciencias más delicadas no es ni de coña sinónimo de racismo. O sí, pero como suele ocurrir, únicamente en las mentalidades libidinosas —y por tanto, autoculpables— de los que ven materia denunciable a la vuelta de cada esquina. Puro Freud de todo a cien: transfieren sus cuitas propias a los demás. Es cuando menos gracioso, rayando lo descacharrante, que el término paralelo y recíproco, es decir, cristofobia, no tenga ni la mitad de predicamento o directamente se desdeñe por nombrar algo de todo punto normal y asumible por cualquier criatura con los certificados de progresismo oficial en regla. Pero para no enredarme más, por la paz un avemaría (perdón por la fascista referencia católica), entrego mi cobarde persona a la lista de ciudadanos intachables.

Ahora bien, conste que ese es el tope de mi claudicación. Ni con aceite hirviendo conseguirán que me apunte a la islamofilia rampante que, para mi gran pasmo, venden al por mayor individuos e individuas que suelen presumir de ser la recaraba del laicismo. Manda muchas pelotas que los mismos que reclaman (bien reclamado) a los de las sotanas trabucaires que se metan en sus asuntos, cantan las mañanitas de una fe que, aun en su versión más moderada, trata a las mujeres como escoria o abomina —y cosas peores— de los homosexuales. Por ahí este servidor no va a pasar. Sí, soy un tipo intolerante. Concretamente, con la intolerancia.