Hasta el 8 de abril…

Moneda al aire. Cara, el gobierno español no dificulta el desarme y se limita a soltar la media docena de pejigueradas de costumbre. Cruz, Rajoy y Zoido se vienen arriba y mandan unos geos disfrazados de lagarterana a desbaratarlo. Ahora mismo, todo está al 50 por ciento. Estoy por jurar, de hecho, que el inquilino de Moncloa no tiene decidido nada al respecto. Como casi siempre, dejará que salga el sol por Antequera. O, vaya, por Baiona, Biarritz, Luhuso o donde cuadre. ¡Si pueden ocurrir cosas entre hoy y el 8 de abril, día de San Agabo Profeta!

Eso es lo malo. El anuncio se ha hecho con mucho tiempo de antelación. Demasiado, teniendo en cuenta la vocación de prima donna que gasta el personal. Esto apunta a show con codazos para repartirse el protagonismo. Tonto el último en salir a la palestra y vender su moto a la parroquia oportuna. Y cuidado si no acabamos sacando a hombros a ETA entre vivas a la madre que la parió por su bondad infinita. ¿Exagero? Estos ojos que han de comerse la tierra ya han visto entrecomillada una gloriosa frase de Arnaldo Otegi: “El desarme es un acto de desobediencia y de soberanía popular”. Joder con el relato. Unos no han empezado a escribirlo y otros van por el vigésimo tomo.

Pero cualquiera dice nada, que enseguida te sale el que llevaba fierro bajo el sobaco a cascarte por enemigo de la paz. Por si quedan dudas, reitero mis ganas infinitas de que se proceda a lo que llevamos cinco años y pico esperando. Sí, eso que se va a producir, fanfarria arriba o abajo, exactamente en los términos en que se decía que era imposible, con la entrega de una lista y cuatro quincallas.

Mariano desencadenado

Una de Rajoy. Despúes de haber sacado a patadas a Rita Barberá del PP, asiste a un acto en recuerdo de la doña difunta. Por si no fuera bastante con la desvergonzada hipocresía, tuitea: “El homenaje que hoy rendimos a Rita Barberá es también para todos los concejales y para tantos a los que el terrorismo arrebató la vida”. ¡El terrorismo!

Otra. El mismo día en que los ciudadanos recibimos la factura del sablazo eléctrico de enero, con hostias medidas en euros que no las arrea ni Mike Tyson, el gachó se queda más ancho que largo piando que hace dos años la luz costaba más. Lo suelta en el Congreso, y todavía tiene el desahogo de hacerse el ofendido. “Es increíble que tenga que explicar que la lluvia influye en el precio”, rezonga.

Una más. El día anterior, y en el ya mentado clima de cabreo cósmico por la saña de los señores de la energía, nos enteramos de que el exdirector de la Guardia Civil, amén de amigo íntimo y paisano de Tancredo, Arsenio Fernández de Mesa, engrosará el Consejo de Administración de Red Eléctrica Española. Hasta el líder del felpudo naranja en que se refocila Rajoy califica como dedazo el nombramiento del antiguo baranda verdeoliva.

¿Que por qué las gasta así y peores el presidente del gobierno del reino de España? Simplemente, porque puede permitírselo. Va sin cadena por la pista política. Recién reelegido tras aplastar a sus rivales por desgaste, mire a donde mire, no encuentra nada parecido a una oposición. Todo lo que hay son dos partidos, PSOE y Podemos, entregados en cuerpo y alma a sus feroces reyertas internas. Dentro de un tiempo se dirá: “Así se las ponían a Mariano”.

Tres tristes espectros

No gana uno para sustos. Al primer bote, parece una instantánea tomada en el museo de Madame Tussauds. O quizá un fotograma de La parada de los monstruos. Bajo una luz mortecina, el objetivo muestra la inexpresividad entre cerúlea y marmórea de tres rostros que hacen que el espectador se pregunte si se le habrá parado el calendario. Pero entre el hedor imaginado a sulfuro, Varon Dandy y naftalina, un despiadado titular deja las cosas en su sitio. Es un apunte del natural tomado en un acto público de apenas unas horas antes. Por las venas del trío protagonista sigue corriendo sangre real, quizá mezclada con vitriolo y un rencor infinito. Son, por orden de aparición, María San Gil, José María Aznar y Jaime Mayor Oreja. Reconozcan que la sola lectura consecutiva de sus nombres les ha provocado un escalofrío.

Sin embargo, se diría que poco de fuste hay que temer. Apenas se trataba de una reunión de espectros que habían abandonado sus respectivas madrigueras del averno para ponerle las rodillas temblonas a Mariano Rajoy. Ya ven qué guasa. Puesto que las dos atribuladas formaciones de la oposición reglamentaria —PSOE y Podemos—, enzarzadas en sus reyertas intestinas, no alcanzan ni a hacerle cosquillas al imperturbable inquilino de Moncloa, tienen que venir a darle la murga desde el ala (todavía más) dura del PP. Con escaso éxito, habrá que añadir. Incluso contando con la presencia en primera fila de la inevitable Esperanza Aguirre, la misa negra plagada de maldiciones, sapos, culebras y profecías apocalípticas llegó a los medios como divertimento, extravagancia o puro relleno. Y que siga siendo así.

Apenas la fotografía

Ir o no ir, he ahí la cuestión. Si hablamos de la cacareada conferencia de presidentes autonómicos, se pueden encontrar argumentos igualmente razonables a favor o en contra. De hecho, fijándonos en lo que nos toca más cerca, comprobamos que la presidenta de Navarra, Uxue Barkos, ha optado por la presencia, mientras que el lehendakari Iñigo Urkullu se ha decantado por la ausencia. No parece que ni una ni otra postura se vayan a traducir para las respectivas ciudadanías en algo que les beneficie o les perjudique de modo especial. Al fin y al cabo, a casi nadie se le escapa que el principal motivo del encuentro, si no el único, reside en la fotografía solemne —también conocida como de familia— con todos los asistentes flanqueando a Mariano Rajoy y al rey Felipe Sexto, recién llegado en este caso de su bisnes por esa satrapía llamada Arabia Saudí.

La instantánea quizá no dé para una tesina de semiología, pero si la miran durante dos o tres segundos, les cantará la Traviata sobre un modelo de Estado que debería estar superado hace un buen rato. Y si además de mirarla, la huelen, percibirán el aroma inconfundible y ya rancio de aquel funesto café para todos que, si ya era malo de inicio, no ha dejado de aguachirlarse con el paso de los años y de los gobiernos de estas o aquellas siglas. No se antoja detalle menor que el ejecutivo liderado por el que aparece en el centro —cómo no— de la imagen haya sido el que con más brío, cuando no directamente saña, se ha empleado, en compañía de sus magistrados de corps, para cercenar el ejercicio de un autogobierno que, no lo olvidemos, ya venía afeitado de serie.

Deshelando, que es gerundio

Después de cinco años —los cuatro reglamentarios más el de propina en funciones— de rodillo y tentetieso, los heraldos anuncian el final de la glaciación mariana en lo que toca a las relaciones del glorioso centro con la pecaminosa periferia vascongada. “El deshielo”, lo bautizó Aitor Esteban, y la expresión ha prendido entre los que nos dedicamos al blablablá de mediana y baja intensidad. No en vano es lo suficientemente gráfica como para que sobren más explicaciones respecto a su significado. Otra cosa es que cada cual lo cuente a su modo. Dirán unos, elevando el tono de disgusto y sin ahorrar exabruptos contra la flexibilidad jeltzale, que volvemos a los tiempos del intercambio de cromos. Enfrente o al lado, los habrá más pragmáticos y por eso mismo cínicos (o viceversa) que simplemente describirán el fenómeno como la normalidad política.

Sin demasiado rubor, aun sabiendo lo poco popular de la postura, confieso que estoy censado más cerca de los últimos. A estas altura de la liga —duodécima legislatura en las cortes españolas, undécima en el parlamento vasco y novena en el de Navarra—, no me voy a rasgar las vestiduras por asistir a la coreografía del dame y te daré.

Y ahora que ya tengo escandalizados a buena parte de los lectores, añadiré que lo único que pido y espero es que los negociadores locales le saquen los higadillos al PP. ¿Retirar los recursos? Eso ni se discute; condición número cero. A partir de ahí, cupo al decimal más alto, pasta para esta y aquella infraestructura, el fin del tarifazo energético y como guinda, una transferencia de las lustrosas. ¿No vale todo eso cinco votos?

Cambio de guardia

Ya enseña la patita el recién reinvestido presidente del Gobierno español. Quédense de saque con las formas, nada inocentes en un individuo que no da pespunte sin hilo. Después de diez meses esperando, el narcisista rencoroso se ha cobrado su pequeña venganza. Ha dejado pasar un largo puente más día y medio de propina antes de evacuar su gabinete de recambio. A las siete de la tarde —jódete, Ciudadanos, con el pacto sobre la conciliación de la vida laboral y familiar— y a través de un comunicado mondo y lirondo, tras haber tenido al retén de plumillas con la lengua fuera de Moncloa a Zarzuela ida y vuelta. Tomemos nota de lo subidito que va la estatua de Pontevedra, con el PSOE hecho unos zorros y la carta de oro de la convocatoria electoral cuando le salga de la sobaquera. No parece que, de momento, se haya aplicado a la enmienda que le pedía, juraría que con escepticismo infinito, Iñigo Urkullu.

Y en cuanto a los nombres, poco entre dos platos. Unas risas con lágrimas lo de Cospedal de ministra de la guerra. Casi tantas como la ausencia, seguro que doliente, de la supernova Javier Maroto, que estoy por jurar ya se había mandado bordar la condición ministerial en la mantelería y algún gayumbo; otra vez será. Ni un ministro vasco, por cierto. Se celebra la patada (apuesto que hacia la embajada del Vaticano o cosa así) de Fernández-Díaz, aunque sin dejar de tener presente la ley que sostiene que lo malo es susceptible de ser empeorado. Este Zoido tiene acreditadas no pocas tropelías. ¿Y Montoro? Bien gracias, ahí seguirá para los chistes y, si se tercia, para negociar el Cupo y renovar el Convenio.

Mariano gana todo

Pues ahí lo tienen. Para que luego digan de la estrategia de la estatua. Una vez más, el ganador es… ¡Mariano Rajoy Brey! Y se lo lleva todo todito todo. Como obsequio preliminar, el mordisco al polvo de Pedro Sánchez en forma de renuncia al acta de diputado para no tener que votar lo que no quería; pobre desgraciado, no ha caído en la cuenta de que al irse ha hecho automáticamente que el número de abstenciones necesarias pasara de 11 a 10, lo que ha sido tanto como abstenerse. Luego, y conforme a guión, el Tancredo galaico se ha alzado con el teórico premio principal, la investidura que convalida y deja impunes mil casos de corrupción y otros tantos recortes, golpes de rodillo y, por lo que nos toca más cerca, tantarantanes al autogobierno. Además, con diez meses de gobierno en funciones de regaliz.

Pero no se acaba ahí el lote del triunfo. Incluye haber dejado al PSOE como un bebedero de patos, bien es cierto que con la colaboración imprescindible de las direcciones anterior y actual, ejemplo en lo sucesivo en materia de autolesiones. A ver qué hacen, por cierto, los mandarines interinos con los quince culiparlantes que, más cerca de lo patético que de lo épico, se mantuvieron en el inútil ‘No’. Si acaban en el grupo mixto, se materializará lo que en cualquier caso ya iba a ocurrir a efectos prácticos: que los galones de formación principal de la oposición recaerán en Podemos. Eso también forma parte del botín de Rajoy. Le viene de perlas tener enfrente a Pablo Iglesias, un tipo que fuera de sus fieles transmite una nada seductora mezcla de histrionismo e histerismo. Ha hecho pleno. Y sin moverse.