Felices postureos

Creo que ya lo he contado en alguna ocasión. Quizá, de hecho, esta es una columna repetida. El caso es que paso por ser un tipo muy poco dotado de espíritu navideño. Como ocurre con cualquier leyenda de andar por casa, yo mismo soy el primero en alimentar la que me ha tocado. Así, gruño cuando un villancico perturba mi paz o me cisco en lo más barrido ante la visión de una trenza de espumillón, unas bolas brillantes o un gorro de Papá Noel del bazar chino.

Pero ahí me quedo. Mi postureo —aprovechemos a escribirlo, ahora que la RAE ha bendecido el palabro— no llega, me parece, a la memez con balcones a la calle de esos especímenes que durante estas fechas se suben a la parra para vomitarnos su superioridad moral. Hablo, por ejemplo, de la patulea megachachi que desea feliz solsticio de invierno (o solsticia, o de invierna) con miradita de qué pedazo de progre estoy hecho. O de esos chiripitifláuticos de Izquierda Unida de Madrid que echaron a modo de gargajo un Christmas con un árbol de navidad en llamas, jijí-jajá, porque la iglesia que más ilumina es la que arde.

Eso, en la media distancia. En la corta, y con harto más dolor, tengo que apuntar el cambio del nombre Jesús por el de Peru o la omisión de cualquier elemento que aluda al cristianismo en los villancicos tuneados de algunas de nuestras escuelas públicas. Probablemente, la intención sea buena, pero manda un quintal de pelotas que en nombre del respeto se incurra en tamaña falta de respeto. Resulta infinitamente más coherente —y, desde luego, valiente— suprimir la celebración que imponerla en una versión aguachirlada de sí pero no, no pero sí.

Feliz lo que quieran

Una de las grandes diversiones de estos días es contemplar los ejercicios en el alambre de los campeones del laicismo. Vale, eso incluye también a algún amigo mío con muy buena intención y al que quisiera que estas líneas no ofendieran. Pero es que, caray, lo de felicitar el solsticio de invierno, pase. Allá cada cual con sus frustraciones, autoengaños o represiones. Ahora, lo de intelectualizar la vaina con una serie de datos dizque antropológicos y/o históricos para tratar de desmarcarse de no sé qué rebaño llega a provocar cansancio en los sufridos individuos que pasábamos por allá y acabamos comiéndonos una teórica estomogante.

La derrota definitiva de los disidentes viene de la mano de las paradojas, o sea, las parajodas: pocas cosas son más genuinamente navideñas que quienes pretenden estar tres palmos por encima de las fiestas. El principio se aplica, de modo casi más doloroso, a los que sistemáticamente echan pestes de las fechas. Son tan prototípicos como el espumillón, Olentzero, los villancicos o esas luces cada vez más psicodélicas.

¡Si lo sabré yo, que durante años he ejercido como pitufo gruñón de la Navidad! Las veces que habré agradecido al cielo trabajar el 25 de diciembre o el 1 de enero para desertar de la cena familiar y enterrarme bajo las mantas! Sigo alimentando mi leyenda, no crean. No es difícil que se me escape algún exabrupto, pero ya solo de fogueo. Hace tiempo descubrí que más allá de los artificios y del innegable consumismo desbocado, muchísimos de mis prójimos —no digamos los más pequeños— muestran una alegría especial en estas jornadas. Y eso no tiene precio.

Votar en Navidad

Se empieza asesinando viejecitas y se termina utilizando el cuchillo de la carne para la lubina. O traducido al pifostio político actual entre Ceuta y los Pirineos, que el gran escándalo no es que haya que ir por tercera vez a las urnas, sino que tal tomadura de pelo se vaya a consumar el 25 de diciembre, fun, fun, fun. Manda muchas pelotas —al tiempo que revela el mecanismo del sonajero— que los mismos partidos cuya tozudez, irresponsabilidad y desvergüenza va a provocar, salvo milagro de última hora, la nueva repetición de los comicios se alíen para buscar la trampa legaloide que impida la coincidencia. Hasta los más laicos de la contorna, esos reprimidetes con complejo de legitimidad de origen que llaman a la cosa Solsticio de invierno, andan soliviantados con la posibilidad de tener que votar en fecha tan señalada.

Pues anoten aquí a un disidente. Me ruboriza lo justo confesar que deseo con creciente ardor que la redundante y machacona fiesta de la democracia se celebre el día del inventado cumpleaños del Mesías. Y según escucho los crujires de dientes de uno a otro extremo del espectro ideológico, más pilongo me pongo imaginando la campaña entre villancicos y polvorones y, como remate, el sagrado —ejem— ejercicio de la voluntad popular en la jornada que amanezca tras la noche de paz. Aparte de que conozco a más de tres que pagarían para que les cayera mesa electoral en lugar de compartir la del comedor con la reata de cuñados, no se me ocurre mejor modo de visualizar el inconmensurable esperpento que llevamos padeciendo desde el 20 de diciembre del año pasado. Voto por votar en Navidad.

Me lo perdí

Por primera vez en ni sé los años, no vi en directo la charla borbónica de estasfechastanentrañables. Acababa de sintonizar la Uno de Televisión Española (ya dije que es la única en la que de verdad se pueden apreciar todos los taninos rancios que exhala el mensaje), y el ring de mi teléfono le ganó la partida al chuntachunta. Hacía como mil o dos mil lunas que no hablaba con la encantadora persona que llamaba en tan peculiar momento, así que ni lo dudé. Curiosidades de la vida o tal vez no, colgamos en el preciso instante en que el sucesor de Franco a título de rey cerraba su siempre pastosa boca y el realizador fundía su imagen con la de la choza en la que vive como preámbulo a la clásica programación intelectual que cascan las teles, públicas o no, el 24 de diciembre por la noche.

Con la salvedad de una miradita en diagonal a Twitter, donde llegué a apostar que el discurso del año que viene lo daría otro, fui capaz de sentarme a cenar en la ignorancia de las monárquicas palabras. Tampoco me acordé de ellas, la verdad, durante la sobremesa surtida de peladillas, turrón de chocolate de marca blanca y todo lo demás contraindicado para mi colesterol. Luego, claro, había que irse a la cama, no fuera que Olentzero viera luz y pasara de largo. Unas horas más tarde, mientras el peque —el auténtico monarca, no nos engañemos— rasgaba papeles y disimulaba la decepción al encontrarse con un pijama o un paraguas, seguía sin parecer el mejor momento. Lo mismo, cuando tocó hacer el tour de abuelos, cuñados y amigos cercanos a ver qué había caído en sus casas.

Total, que hasta el telediario de las tres, banda sonora ambiental de la comida de sobras de ayer, no volvió a mi mente la homilía juancarluda. En cuádruple genuflexión, la voz en off gorgojeó tras la sintonía: “Su majestad el rey reivindica la política con mayúsculas para superar la crisis”. Y a partir de ahí, francamente, dejé de escuchar.

Descifrando al Borbón

Yo sí vi el discurso del rey. Lo hago cada 24 de diciembre, siempre a través de Televisión Española, que es donde se capta en toda su riqueza de matices la ranciedad de la función. Por más que la señal sea la misma, en los demás canales, ajustados cada uno con su colorín y su sonido característico, se me pierden los taninos del hipnótico alcanfor. No digamos ya en ETB, donde la pieza programada con el calzador entre cortesano y tocapelotas que gastan los tiralevitas de la actual mayoría parlamentaria canta un potosí a sketch de Vaya Semanita. Como aprendimos el primer día en la facultad, el medio es el mensaje y las más de las veces, también el masaje.

Les hago todos estos prolegómenos para que vean que están ante un auténtico sibarita -”friki” también vale- de los entremeses juancarlescos navideños. Escribo, de hecho, con el paladar aún invadido por el regusto del de este año, probablemente el más patético, simplón y vacío de cuantos guardo en la memoria, que son, ya les digo, unos cuantos. Algo me dice que también será uno de los últimos, porque si los que se proclaman monárquicos conservan un ápice de humanidad y otro de sentido del pudor, deberían estar pensando ya en mandar al banquillo de la Historia a alguien que hace mucho dejó de estar para según qué trotes. Sólo ver a Carmen Sevilla convertida en estertor maquillado en Cine de Barrio despierta una compasión equiparable a la que provoca el abuelo de Froilán sentado frente a una cámara recitando las obviedades que le ha puesto en fila india un escriba.

No dijo nada

Lo divertido y a la vez revelador es que pese a que lo que acabo de describir es público y notorio, un año más nos enfrasquemos en la interpretación de lo que quiso decir, como si de verdad tuviera alguna relevancia. O como si de verdad hubiera dicho algo más que una sucesión de topicazos de a duro. Les refresco la memoria sobre el párrafo en que más nos hemos entretenido por aquí arriba: “Quiero reiterar esta noche que el terrorismo sólo suscita condena y repudio en cuantos defendemos la libertad y la democracia. No nos debe faltar determinación para acabar con esta lacra. Honremos y arropemos con todo nuestro cariño y solidaridad a las víctimas de la violencia terrorista y a sus familias”. Traducción, cero. Ni a favor ni en contra. Pura palabrería de relleno, con igual valor que la letanía por los excluídos, marginados y discapacitados que se larga casi en idéntica redacción desde 1975. Favor que le hacemos al tratar de descifrar lo que no significa nada.