Acordando con el ‘enemigo’

¡Hay que ver el juego que está dando aquel puñado de papeletas mal contadas en Bermeo que bajaron del marcador jeltzale el escaño número 29, rompiendo la mayoría absoluta que propiciaba el acuerdo con el PSE! Lo llamativo —a la par que revelador del caprichoso azar que gobierna la política— es que, a pesar de que el asiento en cuestión fue para EH Bildu, quien de verdad lo está aprovechando es el Partido Popular. Si las urnas habían relegado a la formación de Alfonso Alonso a la condición de excrecencia, la aritmética parlamentaria la ha convertido, sin embargo, en la fuerza decisiva a la hora de la verdad.

Se puso de manifiesto en los primeros presupuestos del bipartito y, salvo monumental sorpresa, volveremos a comprobarlo con las cuentas para 2018. Con el añadido, ojo, de una reformilla fiscal al gusto de los populares y acuerdos extensibles a instituciones donde los números le son más esquivos a PNV y PSE. En plata, a Araba y su capital, Gasteiz.

¿De verdad todo es cuestión de matemáticas? ¿Y dónde quedan los principios? ¿Cómo se puede acordar nada con el corrupto PP del 155 y bla, bla, requeteblá? Procede devolver las preguntas a quienes las están haciendo en compañía de un rasgado de vestiduras cada vez menos creíble. Si no lleváramos cien docenas de caídas de guindos a las espaldas, quizá colara la vieja letanía. Pero qué menos que pedir un cierto disimulo. No sé, que pareciera como que había cierta disposición a negociar en serio, en lugar de poner condiciones que se saben inasumibles de saque. Por lo demás, la última palabra será, cuando toque, de esa ciudadanía en cuyo nombre se predica.

Otro aplazamiento

Dos oyentes de Euskadi Hoy de Onda Vasca me sugieren sendas comparaciones de lo más inspirado con el juego de amagar sin terminar de dar que se traen Mariano Rajoy y Carlos Puigdemont. El primero recuerda a Clint Eastwood y Lee Van Cleef disparándose al suelo y al sombrero en Por un puñado de dólares. El otro evoca la crisis de los misiles de 1962, cuando por un quítame allá esos artefactos, Estados Unidos y la Unión Soviética se pasaron dos semanas amenazándose con destruirse mutuamente y, ya de paso, el planeta. Del desenlace de la película de Sergio Leone no me acuerdo, pero sí sé que en el episodio histórico —del que estos mismos días se cumplen 55 años— la sangre no acabó de llegar al río porque las superpotencias negociaron por debajo de la mesa y se aceptaron de forma recíproca pulpo como animal de compañía. Resumido, tú me quitas los misiles de Turquía y yo desmantelo los de Cuba (o viceversa), cambalachearon Kruschev y Kennedy. La Humanidad se salvó, el cine de serie Z vivió una época dorada y, de propina, se creó el celebrado teléfono rojo entre el Kremlin y la Casa Blanca.

¿Cabe esperar algo similar entre Moncloa y el Palau? Confieso mi incapacidad para imaginarme los términos en que podría encontrarse algo parecido (esto lo decía también el oyente) a los misiles turcos. Lo único que puedo constatar es que, a fecha de hoy, cada ultimátum inaplazable ha sido seguido por otro exactamente igual de apremiante. Ni cenamos ni muere padre. O sea, ni está declarada la independencia, como quedó claro en la carta de ayer, ni está intervenida la autonomía catalana. ¿Y mañana? Vaya usted a saber.

Deshelando, que es gerundio

Después de cinco años —los cuatro reglamentarios más el de propina en funciones— de rodillo y tentetieso, los heraldos anuncian el final de la glaciación mariana en lo que toca a las relaciones del glorioso centro con la pecaminosa periferia vascongada. “El deshielo”, lo bautizó Aitor Esteban, y la expresión ha prendido entre los que nos dedicamos al blablablá de mediana y baja intensidad. No en vano es lo suficientemente gráfica como para que sobren más explicaciones respecto a su significado. Otra cosa es que cada cual lo cuente a su modo. Dirán unos, elevando el tono de disgusto y sin ahorrar exabruptos contra la flexibilidad jeltzale, que volvemos a los tiempos del intercambio de cromos. Enfrente o al lado, los habrá más pragmáticos y por eso mismo cínicos (o viceversa) que simplemente describirán el fenómeno como la normalidad política.

Sin demasiado rubor, aun sabiendo lo poco popular de la postura, confieso que estoy censado más cerca de los últimos. A estas altura de la liga —duodécima legislatura en las cortes españolas, undécima en el parlamento vasco y novena en el de Navarra—, no me voy a rasgar las vestiduras por asistir a la coreografía del dame y te daré.

Y ahora que ya tengo escandalizados a buena parte de los lectores, añadiré que lo único que pido y espero es que los negociadores locales le saquen los higadillos al PP. ¿Retirar los recursos? Eso ni se discute; condición número cero. A partir de ahí, cupo al decimal más alto, pasta para esta y aquella infraestructura, el fin del tarifazo energético y como guinda, una transferencia de las lustrosas. ¿No vale todo eso cinco votos?

Tantas veces Pedro

Elijamos. Más vale tarde que nunca o a buenas horas mangas verdes. Pedro el intrépido o Pedro el despechado. La verdad ante todo o la verdad a medias y como autojustificación. Heroísmo o de perdidos al río. Un altruista sacrificándose por los demás o un yonki desesperado por pillar de esa farlopa tan rica que le dejaron probar.

Caben, por qué no, las respuestas a medio camino de lo uno y de lo otro. Y las de cuarto y mitad, igual que las de ni tanto ni tan calvo, por supuesto. Hablamos de política, donde lo potencial, como señaló el profesor Iglesias Turrión en las Cortes, va de la actividad delictiva a la emocionante entrega a los demás sin condiciones. Por eso mismo, porque no soy capaz de discernir si el del hoyuelo mimosón es aquel canalla del manual que alguna vez he mentado aquí o el personaje de James Stewart en ¡Qué bello es vivir!, me abstendré de juzgar… hasta tener más datos.

Miren, me chivan uno por el pinganillo. Joan Tardá está que trina con el mengano; asegura que jamás estuvo ni a un milímetro de la negociación con ERC y que le dejó bien claro que no se podía reconocer a Catalunya como nación. Ahora que caigo, también le oí mil y una vez al audaz Sánchez culpar en público a Podemos de la imposibilidad de formar un gobierno alternativo y, según soltó en su rajada ante el confesor Évole, lo que ocurría era que los bancos, Alierta y Cebrián le tenían cogido por ya saben ustedes dónde. Con qué ímpetu negaba las presiones, por cierto, cuando se le preguntaba por tal eventualidad. ¿Por qué no largó entonces? Ah, ya, porque por esos días todavía era lo que quiere volver a ser. Vaya, vaya.

Lo que nos espera (2)

Nada que objetar a los reproches —cariñosos y menos cariñosos— de los lectores por el evidente lapsus en la columna de ayer. Ni media palabra de los diez misteriosos apoyos que le llovieron del cielo al dueto de hecho PP-Ciudadanos en la votación para pastelearse la mesa del Congreso. A falta de mejor opinión de mi inexistente psicoanalista, achaquen el olvido a la ansiedad prevacacional —ni se imaginan lo largo y cabrón que se me está haciendo el curso—, a que hay ciertas costumbres que ya no resultan sorprendentes, o quizá, al bochorno ante una actitud que no tiene defensa.

¿La de quién? Confieso que ahí me pillan. Supongo que cabe aplicar la presunción de inocencia a quien llega a sacar una nota asegurando no haber hecho lo que todos los indicios apuntan, pero háganse cargo de lo difícil que es creerlo. Hablando sin rodeos, cuesta un congo aceptar que ninguno de esos votos todavía apócrifos provino de las bancadas de PNV y/o Convergencia. O soy muy obtuso, o no hay otra explicación. Prometo que si alguien me la pusiera delante de la nariz, haría la correspondiente contrición.

A la espera, anoto aquí mi perplejidad y, un peldaño por encima, mi desazón. No veo la necesidad de andarse con estas niñerías. De entrada, es patético y al tiempo, revelador, que una cuestión así se dilucide mediante voto secreto. Es un modo de reconocer abiertamente que el reparto de los cargos de la mesa es materia oscura y sujeta al chalaneo. Resulta burdo prestarse, siquiera, a la confusión. Por lo demás, reconozcan las formaciones presuntamente perjudicadas su hondo alivio. Han encontrado la excusa que necesitaban.