Si se va, pues adiós

Sigo de refilón cierto serial sobre un futbolista que no acaba de irse ni de quedarse en el club en el que está desde que era una criatura. La cosa va, como poco, para tres meses. ¡La tinta y saliva que se habrán vertido sobre su marcha o su permanencia! Hay medios de comunicación que en un alarde del rigor que les caracteriza han asegurado en absoluta primicia lo uno y lo otro. Cuando ocurra lo que ocurra, que está al caer, según parece, correrán a proclamar que ya lo adelantaron, verán qué risa. O bueno, qué llanto, que esto hay quien se lo toma a la tremenda, y deja de comer el postre, se siente objeto de una traición imperdonable, víctima del mal hacer de los mandarines del equipo, o todo a la vez.

Quizá hubo una época en que yo mismo habría salido por idéntica petenera, pero gracias a los dioses, conseguí ya hace unas canas desengancharme (o solo desengañarme) de la farlopa balompédica. Tampoco les voy a decir que ahora ni me va ni me me viene el asunto, pero sí que no se cuenta entre mis principales motivos de preocupación. Pienso, de hecho, que ojalá todas las desgracias fueran como este pequeño baño de realismo para quienes se niegan a asumir que el romanticismo murió hace varias ligas. Mi animal mitológico favorito es el amor a los colores de los futbolistas. Y no lo anoto como crítica, sino como constatación del signo de los tiempos. Lo normal es que un chaval de 23 años con un futuro del carajo apueste por lo que entiende que es su carrera. ¿No haríamos todos lo mismo? Otra cosa, efectivamente, es que las formas no hayan sido las mejores, pero, oigan, el fútbol y la vida son así.

Ya no me gusta el fútbol

Pues con la tradicional pitada al himno español y el Alavés vendiendo cara su piel ante el todopoderoso Barça, se acabó lo que se daba en materia balompédica en nuestros pagos. Este año ni nos queda el entretenimiento de los playoffs de segunda B, esa lotería que casi nunca toca por aquí. Les aseguro que no lo voy a echar de menos. Si algo constato de fin de temporada en fin de temporada es que mi apego por el fútbol va cuesta abajo en la rodada. De hecho, empieza a ser un misterio para mi que no se produzca una desbandada general entre el respetable al que no dejan de faltarle al respeto.

¿Será también porque la afición lo permite? Diría que va por ahí, y no quisiera llegar al escalón superior, ese en que el hincha se convierte en cómplice. Cuando se compra sumisamente cada año la nueva camiseta a un precio mil veces por encima del de coste. O en el momento de tragar con el estrafalario baile de horarios y la no menos disparatada asignación de árbitros. O al perdonar, minimizar o incluso defender al ídolo local que fuera del campo tiene comportamientos deplorables.

Sí, también los que nos creemos diferentes. Qué indignación hirviente, qué rabia infinita, qué sentimiento de traición cuando uno de esos consentidos de la grada, que no es más que un profesional, acepta un cheque más gordo y cambia de colores. Menudo contraste con el momento en que se decide que el tipo en cuestión ha dejado de servir a la causa. Entonces, ahí se busque la vida, venga unos aplausos de trámite, cuatro elogios con sabor a pésame y una palmadita en la espalda. Diría Helenio Herrera que el fútbol es así. Pero no me gusta.

Compraventa de bebés

Maternidad subrogada, alguna certeza y no pocas dudas. La inmediata, respecto al motivo por el que, casi de repente, se ha empezado a hablar de la cuestión desayuno, comida y cena. Apenas ayer era material para telefilm de sobremesa dominical o extravagancia de cuatro parejas con pasta de por ahí. ¿Por qué justamente ahora se nos viene encima con la apariencia de debate sobre no se sabe qué derecho?

Sí, derecho, otro más de esos manufacturados al gusto del pensamiento fetén para quedar de vanguardia del quince al reivindicarlo con la rotundidad con que en otros tiempos se exigía pan, trabajo y libertad. Y la cosa es que al primer bote casi cuela. Nos preguntan a bocajarro, y nos sale el instinto cobardón para que no se diga que no llevamos a la orden los certificados reglamentarios de progresía o que se nos ha parado el calendario en el pleistoceno. Que si es un asunto de mucho calado, que si todo es respetable, que si…

Confieso que anduve en esas, pero ya no. Ahora mismo tengo claro que el tal derecho es, en plata, la mercantilización pura y dura de la reproducción humana. Bebés convertidos en productos de consumo solo para quienes pueden permitírselo. Al otro lado, mujeres reducidas a suministradoras de criaturas para cumplir los deseos —¿o van a ser los caprichos?— de los que consiguen lo que sea a golpe de chequera. Y en más de un caso, todavía tienen el desahogo de hacerse los ofendidos y corregir al personal cuando se habla de vientres de alquiler, expresión no solo más popular sino más ajustada de esta práctica que ni siquiera es nueva. La compraventa de chiquillos viene, por desgracia, de muy atrás.

Respeto asimétrico

Una vez en Roma, haz como los romanos. Esa es la recomendación que tiene media docena de versiones en diferentes idiomas… y que habrá que cambiar. Como poco, será necesario añadir que la aseveración no se aplica a los altos dignatarios iraníes. Y menos, si como acaba de ser el caso del actual presidente, de nombre Hasán Rohaní, se llega a la ciudad eterna con un pastizal bajo el brazo.

En concreto, el fulano llevaba 17.000 millones y pico de euros para fundirse en unos bisnes petroleros con un puñado de empresas italianas. Ya lo dejó escrito Quevedo: poderoso caballero es Don Dinero. Ese parné es suficiente, no ya para que se evaporen los escrúpulos ante las incontables vulneraciones de los derechos humanos que perpetra el régimen de Teherán, sino para ponerse de hinojos ante los usos dizque culturales del sujeto, y haya que tapar chuscamente las estatuas de los Museos Capitolinos que muestran alguna parte del cuerpo desnuda.

Me hago a un lado para no ser embestido por la previsible manada de Miuras progresís con su afilada cornamenta de lecciones sobre el respeto y la cortesía hacia el diferente. Lo siento, pero no trago con esa martingala asimétrica que siempre termina igual: con los laicos y/o los católicos tragando quina. Ya está bien, y más cuando el objeto de tanta deferencia obsequiosa es una teocracia que sigue colgando homosexuales de las grúas y pisoteando con denuedo los derechos de las mujeres. Pero el que paga manda. Y qué tristeza que ese lema lo practiquen de igual modo los más rojos del barrio y los reaccionarios capitalistas que acaban de resituar a Irán en el eje del bien.

El error Bielsa

Hace un año y seis días, cuando Bielsa confirmó que continuaría en el Athletic, cometí la insensatez de opinar en Twitter que el rosarino se había equivocado. Me cayeron hostias dialécticas como panes. Sin tiempo para hacerme a un lado, se me echó encima una parte de la talibanada forofogoitia con los 140 caracteres inyectados en sangre a darme el escarmiento merecido por pinchaglobos y tocapelotas. Según sus cálculos de la lechera, por entonces indiscutibles, la primera temporada había sido un frugal aperitivo de lo que traería la segunda. Copa segura, liga ahí-ahí, paseo triunfal en Europa y Champions de calle. Ese era el presupuesto mínimo, al que yo me atreví a oponer uno que me parecía más realista: con quedar hacia la mitad de la tabla, ni tan mal. El diagnóstico de mis encendidos interlocutores fue unánime: “No tienes ni puta idea de fútbol”.

Eso era y sigue siendo rigurosamente cierto. Ocurría, sin embargo, que mi molesto juicio no se basaba en mis conocimientos balompédicos sino en las cuatro o cinco cosas que sé acerca de la condición humana. Sin necesidad de ser capaz de distinguir una falta de un córner, se veía a la legua —y se ha comprobado con extrema crueldad— que el bueno de Marcelo no encaja, no ya en el Athletic, sino en una disciplina que, como él mismo dijo el otro día, cada vez se parece menos al aficionado y más al empresario. Era de cajón que en cuanto al hechizo le saliera media grieta, Bielsa pagaría muy cara su osadía de haber desafiado las leyes de la gravedad pelotera, que son las del negocio puro y duro.

No se puede hacer frente en solitario a la caterva de millonarios prematuros, pisamoquetas advenedizos, tertuliantes de casinillo local, plumillas resentidos y esa cuenta de resultados que es la clasificación al término de cada jornada. Ni siquiera alguien con los arrestos del loco, ni aun en un club que jura no haber dimitido del romanticismo. Por desgracia.

Su fútbol y mi radio

Como no podía ser de otro modo, en la gresca por el diezmo que le quieren imponer a las radios por transmitir los partidos de fútbol, mi corazón está con los que se dejan la garganta y nos hacen soñar las jugadas de un modo en que jamás las veríamos en el campo. Sentimentalmente, no puedo pertenecer a otro bando que a ese, que es el mío no sólo porque yo también soy de la especie de los piadores hercianos, sino porque desde antes de la primera papilla mi vida ha pendido siempre de las ondas. Sin embargo, mucho me temo que en estas líneas me toque ejercer de desertor de mi mismo, porque el puñetero sentido crítico que también va de serie con mi oficio y mi adiestramiento me dice que la razón no está de nuestro lado.

Me ha dolido escribirlo, pero ya que el obús está lanzado, sigo con la apostasía. Resulta que por mucho que nos empeñemos, y aunque curse como opio del pueblo, el fútbol no es de todos. Ni siquiera es propiedad de los que pagan un riñón por un abono anual o el dedo meñique por una entrada. Ni de los contribuyentes que financian estadios o reflotan equipos para que a los políticos no les monten el motín de Esquilache. Qué va: es de quien lo adquirió —a cambio de un pastón, por cierto— a unos subasteros que creían estar dando el pelotazo del milenio. Luego, se fundieron las ganancias en un chispún y volvieron a quedarse a dos velas. Pero ese tema es de otro parcial.

La lección que nos preocupa ahora es que aunque la inercia nos lleve a tratarlo como deporte, en realidad estamos hablando de un negocio. Y ahí hemos topado con la ley de la oferta y la demanda, que es puñetera y hasta cruel, pero simple: esto tengo, esto cuesta. En ese pulso están las emisoras y, volviendo a mi trinchera, creo que deberían mantenerlo. En el camino pueden descubrir que la transmisión in situ no es imprescindible para que funcionen los programas habituales. Les saldrían, incluso, más baratos.