Los triunfos que eran derrotas

Leo que la decisión de los presos integrados en el EPPK es el paso para “vaciar las cárceles”. Confieso mi perplejidad. Me pregunto sin intención retórica si el enunciado, repetido a modo de consigna pilona en varios medios, es solo una palmadita de ánimo en la espalda para los que, en buena parte, han resultado paganos del nuevo tiempo o si atiende a la literalidad. ¿Alguien está soltando la especie de algo parecido a una amnistía? Si es así, me da que no va a colar. En el mejorcísimo de los casos, la aceptación de las vías legales individuales conduciría a la revisión de alguna pena, con su hipotética influencia en los grados, quizá a alguna puesta en libertad y, si el gobierno español está por la labor, al tan mentado acercamiento a cárceles, en la medida de lo posible, vascas. Pero cárceles al fin y al cabo. Lo de Etxera, mucho me temo, se queda en ambigua metáfora. No está en los planes de casi nadie.

Por lo demás, y al margen de que aplauda el resultado del debate entre los reclusos de ETA —que es, por cierto, lo más tangible que queda de la organización—, no puedo evitar un sentimiento de melancolía. Añado que también de humana comprensión hacia ese 14 por ciento de internos que se han pronunciado en contra. Me los imagino preguntándose si para eso hicieron lo que en sus mentes y sus corazones no deja de ser una guerra, si para ese viaje a prácticamente ninguna parte eran necesarias tan pobres alforjas. Quizá haya quien prefiera engañarse por la épica de garrafón, pero esto que ahora se ha aceptado y se cuenta como triunfo es lo mismo que durante años se ha vendido como derrota y traición.

Mi reconciliación

Yo no quiero reconciliarme. Es más, ni sé con quién o con quiénes debería hacerlo, porque he tenido choques de amplio y diverso espectro. Nada demasiado serio en general, pero lo suficiente como para que no me apetezca darme la mano y un abrazo con seres a los que reservo una indiferencia civilizada. Y con esto trato de dulcificar el mensaje inicial, que conscientemente era una entrada de elefante en cacharrería. Quiero decir que no propugno instalarse en el rencor, ni mucho menos, en la venganza. Ni siquiera aspiro a ser el modelo de acción. Diría, incluso, que al contrario, me encantaría que el resto de mis congéneres tuvieran la bonhomía que a mi me falta y fueran capaces de estar a partir un piñón o los que sean con personas que un día les agraviaron o les provocaron un sufrimiento injusto. Admiro y aplaudo hasta la emoción, créanme, a los participantes en iniciativas como Glencree, donde víctimas y victimarios (*) se miran a los ojos y conversan sin animosidad. Ojalá fueran la norma.

No obstante, salvo que queramos engañarnos, todos sabemos que conductas así son la excepción. Encomiable, pero excepción. Para el resto de los casos hay que conformarse con soluciones más realistas, al alcance de los humanos imperfectos que son (o somos) la mayoría. Insisto, porque es muy importante que se entienda, que no hablo de nada ni remotamente parecido a la revancha. Desde luego, empezaría con un reconocimiento sincero del daño causado y seguiría con la promesa firme de no volver a reincidir bajo ninguna circunstancia. Sería muy necesario renunciar a tentaciones justificatorias de lo hecho y, por descontado, a conductas que positivamente se saben ofensivas y dolorosas para el otro.

A partir de ahí, primero coexistir, un poco más tarde, convivir, y dejar que el tiempo haga el resto. Habrá casos en los que la ansiada reconciliación llegue de un modo natural. Y otros en los que no será así, sin más.

(*) CORRECCIÓN: Como bien me indican, en la iniciativa Glencree no participan “victimarios”. Son víctimas de diferentes violencias. Me dejé llevar por la inercia. Pido disculpas.

Zzzzz…

Joseba Egibar acusó ayer a la bancada sociopopular del parlamento vasco y a la excrecencia magenta que la redondea de buscar el ruido mediático al llevar a pleno y no a la media luz de La Ponencia la quincallería dialéctica sobre ETA y cuestiones aledañas. Pierda cuidado el portavoz jeltzale si su preocupación son los titulares escandalosos y arrojadizos, pues esos hace tiempo que ya no los mira ni Cristo, se suelten en la tribuna de oradores, en los pasillos o al salir de los reservados íntimos donde los representantes de la soberanía popular se hacen arrumacos. No saben cuánto admiro y a la vez compadezco a los cronistas de la cámara —empezando por mi querida Marta Martín—, condenados a ser heraldos de lo que ya no le importa a (casi) nadie. Es verdad que más cornadas da el paro y que esta profesión de cuentacosas está muy jodida, pero aun así, da coraje asistir al desperdicio de talento y entusiasmo. ¡Lo que daría por entrar a un bar y encontrarme a dos paisanos departiendo sobre lo que le dijo Quiroga al lehendakari o lo que le espetó Arraiz a Ares! Me valdría un batzoki, una herriko o una casa del pueblo, pero me temo que ni en tales lugares se obrará el milagro.

Y sí, puede ser que esta sociedad —ya dije que era osado hablar en nombre de toda ella— peque de una cierta desidia, apatía, abulia o pachorra, pero no me negarán los 75 escañistas de Vitoria-Gasteiz, donde se hace la ley, que tampoco ponen mucho de su parte por animar el cotarro. No me joroben que creen en serio que a estas alturas van a despertar el interés del respetable con una moción sobre la deslegitimación del terrorismo. Oigan, no ofendan, que ese parcial está aprobado hace un buen rato, y si quedan cuatro recalcitrantes en sexta convocatoria, pues se van a ellos y les echan la charla. O los dejan por imposibles, que de todo tiene que haber, y dedican su tiempo a algo más provechoso que dar vueltas en el tiovivo.

La batalla del relato

Ojos como platos del Arzak: un alto cargo del Gobierno español habla en público de algo llamado “la batalla del relato”. Así, como si estuviera dando cuenta del cambio de color de los calcetines de la Guardia Civil. Y dice, poco más o menos, que una vez tumbada la doctrina Parot, ese va a ser su motivo para levantarse cada día de la cama. ¡Rediós! Apenas unos días después, allá por las antípodas ideológicas, un señalado —en muchos sentidos— dirigente político se lleva a la boca la misma expresión. No para ciscarse en ella, rechazarla de plano y afirmar que los suyos se niegan a entrar en reyertas barriobajeras que, por lo demás, son la manifestación de la disposición a hacer trampas. Al contrario, lo que hace es ver la apuesta y subirla. También él se apunta al pulso. A ver quién tiene más huevos para imponer una versión oficial, universal y canónica de lo que ha pasado aquí.

La cosa es que esta canción es viejísima y la hemos tarareado todos. Ahora que vamos despacio, tralará, vamos a contar mentiras. Mi escándalo viene por el desparpajo. Uno ya se imagina que se la quieren meter doblada y que a la que se descuide, le van a intentar pegar el cambiazo. Pero, caray, con disimulo y poniendo cara de yo no fui. ¿Por qué clase de subseres nos tomarán, que se dan el desahogo de anunciarnos con luz y taquígrafos que piensan bañarnos de trolas de aquí en adelante hasta que comulguemos a diario con su rueda de molino? Casi mejor no contestar. Supongo que en el fondo saben que, quitando un puñado de tocapelotas que se resisten a consumir potitos, así se los haya hecho su madre, el resto de la misión es coser y cantar. Con que la parroquia propia compre la novela, la edición está amortizada.

Si me da pena, es por las almas de cántaro que, movidas por tan nobles como ingenuas intenciones, hacen proselitismo del beatífico relato compartido en armonía y salud. Me da que no se van a comer un colín.

De la equidistancia

Así de clarito se lo digo, sufridos lectores: mejor ser equidistante que julandrón de playa. Quiero decir que entre las cosas horrendas que se pueden ser en esta vida, no me parece que sea especialmente censurable intentar no pensar ni juzgar a piñón fijo. Intentar no es lograr, ojo, que el error nos acecha a la vuelta de cada esquina o, en mi caso, de cada punto y seguido. Pero puestos a meter la pata, prefiero hacerlo siguiendo mi camino antes que yendo con el rebaño por una cañada tras el cayado del pastor. Si hay que despeñarse, que nos quede el consuelo de haberlo hecho en el uso de la libertad individual y no por haberse dejado enrolar en el pelotón de cualquier flautista de Hamelín.

¿Por qué tiene tan pésima fama la equidistancia? La pregunta previa es si tal cosa existe y la respuesta es que no, que es una construcción mental hecha desde los extremos, que además de ser extremos, están adheridos al suelo con pegamento de roca. Cualquier cosa que se mueva entre ellos y sea capaz de variar su posición es automáticamente sospechosa de conducta inapropiada. Lo divertido es que quienes no quieren casarse con nadie acaban siendo tildados de promiscuos calienta-ingles. Desde el despecho, faltaría más. No deja de ser curioso que lo que une a los enemigos irreconciliables sea su aversión a los que no toman partido por inercia.

Si por decir que asesinar a Isaías Carrasco o a Santi Brouard son muestras de la misma ignominia, soy equidistante, y aunque en los labios que me lo reprochan lo sea a modo de insulto, lo acepto sin rechistar. Me parece más llevadero y, desde luego, más presentable que atornillarme las anteojeras para justificar o incluso glorificar a los autores de un crimen y deplorar a los que cometieron el otro. Otra cosa es que al mismo tiempo me sienta también imbécil teniendo que explicar a cada rato y por quintuplicado un principio tan simple y fácilmente comprensible.

Prioridades

Es un chiste muy viejo. El del individuo que entra a una librería y le interpela al dependiente: “Oye, imbécil, ¿tienes un libro que se titula ‘Cómo hacer amigos’ o una chorrada por el estilo?”. La versión de la ETA crepuscular es un comunicado que dice no sé qué de una tal “reconciliación nacional”, al tiempo que farfulla sobre “el relato de los opresores” y se engorila afirmando que ni se le pasa por debajo del verduguillo “renegar de su trayectoria de lucha”. Mezclen en la Turmix las tres expresiones literales que he entrecomillado y les saldrá un potito infame. Mejor ni imaginar el engrudo que resultaría si añadiéramos las chopecientas demasías que salpican el resto de la extensa largada.

La buena noticia, que a lo peor solo es regular, es que a la inmensa mayoría de los hipotéticos destinatarios de la filípica le resbala toda esa verborrea de la que no llega a tener conocimiento. Únicamente los muy cafeteros nos castigamos las neuronas con esta clase de metílicos dialécticos. Lo hacemos un poco por vicio y otro poco por oficio. El resto de los mortales tienen asuntos más enjundiosos de los que ocuparse: el ERE que se les viene encima o les ha caído ya, las medicinas que necesitan y no saben si podrán pagar. O sin ponernos tan lúgubres, la marcha de su equipo en la liga, los vales de Deskontalia o encontrar un rato para arreglar esa cisterna del baño que gotea.

He escrito varias veces sobre esto, y aún habré de reincidir, me temo. No creo que sea insensibilidad ni piel de rinoceronte. Ocurre simplemente que el pueblo también es, el muy puñetero, soberano a la hora de hacerse una composición de lugar y de establecer sus prioridades. Y ahora mismo, salvo monumental error de diagnóstico del arriba firmante, entre ellas no se cuentan los relatos, los suelos éticos, los planes de paz, ni las ponencias. En el imaginario colectivo la disolución y el desarme ya se han producido.

En defensa de López

Patxi López se descarga un juego en su tableta durante el pleno monográfico sobre la pacificación y la convivencia. Inoportunidad sobre inoportunidad, y me llevo una. Menudo caramelo para sacar el flagelo y liarse a fustazos hasta el punto final de esta columna. Sería, a buen seguro, una tunda muy celebrada, que en sus versiones digitales se vería corregida y aumentada por comentarios del calibre más grueso. No me cuesta trabajo imaginar las decenas de Me gusta y/o retuits que cosecharía en esos tribunales de excepción que llamamos redes sociales. Pero, ¿saben qué? No pienso hacerlo porque sería el primero en ser consciente de que se trataría de una impostura.

A ver, ¿cómo es eso? ¿El plusmarquista mundial de atizarle a López en las modalidades badana, cielo de la boca y mixta, apartando de sí un cáliz del sabroso vino extraído de las uvas de la ira? Se maliciarán que he perdido facultades, que me ha venido un motorista de Sabin Etxea a pedirme que afloje o, qué sé yo, que me ha dado un jamacuco místico y en lo sucesivo solo me dedicaré a propalar la paz y el amor por las esquinas. No va por ahí, aunque ya sé que a algunos les encantará especialmente la segunda opción. Es, sin más y sin menos, que el episodio no me parece tan grave. Por supuesto que no es lo más edificante, sobre todo, si se suman las dos circunstancias concurrentes —juego y materia del pleno—, pero sería una exageración injusta elevar la anécdota a categoría. Ni de lejos creo que la conclusión que se puede extraer de la imagen es que al anterior lehendakari le importa una higa la pacificación. ¿Y lo del tren el día del comunicado? No mezclemos. Aquello fue un error mayúsculo y saberlo supone en sí mismo la peor penitencia. Respecto a otras actuaciones discutibles, ahí están. Me temo que en el examen de la normalización nadie sacará un diez. Pero Patxi López, fíjense quién lo dice, no obtendrá las notas más bajas.