Elogios envenenados

¡Revuelta en el frenopático! Mariano Rajoy y Brey, el sulfurador y sulfatador de todos los sueños de Levante a Poniente pasando por Garisoain e Ibarrangelua, encarnación del mal y de la patronal, mandarín del partidomáscorruptodeEuropa (léase del tirón), amén de presidente de la indivisible nación española, ha echado un requiebro saleroso, a modo de machito de andamio, al PNV, al Gobierno vasco y, personalizando más, al lehendakari.

Aunque cada titular lo resumió a su manera, como ya saben o se imaginan, lo que vino a hacer el indolente de Pontevedra fue contraponer al niño malo Puigdemont con el niño bueno Urkullu. Así, el primero, que no deja de darle disgustos, no va a conseguir con sus travesuras más que unos azotes, quedarse sin postre y dejar sin él también a quienes le siguen en las trastadas. Mientras, el segundo, tan sensato, tan aplicado, tan atento a razones, logrará buena parte de lo que pide.

De aquí a Lima, un abrazo del oso en toda regla. Un elogio envenenado como un piano, lanzado no con intención laudatoria, sino para hacerle un siete al lisonjeado. ¡Qué bien conocen los arúspices marianos que pusieron esa carga de profundidad en el discurso de su jefe a los escandalizables de pitimí que se iban a hacer lenguas del arrumaco! Fueron en tropel como moscas a un hermoso zurullo, armados de toda la impedimenta demagógica de rigor a decretar que no hay peor delito que recibir un halago de Rajoy. Dos días antes, el Sociómetro contaba que por primera vez en diez años los vascos están contentos con la situación política y el Euskobarómetro elevaba a 30 los escaños del PNV. ¿Nadie lo pilla?

Hasta los higadillos

¡Tremenda escandalera! El PNV apoya el techo de gasto de Mariano Rajoy. ¡Lo ha vuelto a hacer! Tacón, punta, tacón. Regresamos a la coreografía de rigor. Golpes de pecho, rasgado ritual de vestiduras, hastaghs como manos arrancándose mechones de pelo, gargantas clamando al cielo, denuncias sulfurosas, mecagüentodos rezumando bilis, amenazas incendiarias con el averno que vendrá, y como corolario, el consabido estribillo sobre la ignominia que supone pactar con el-partido-más-corrupto-de-Europa, y me llevo una. Todo, claro, de la parroquia para la parroquia. Más allá de la feligresía que compra esa bronca de plexiglás —en general tipos y tipas que viven como Dios—, los pijoapartes que no nos andamos con tantas hostias ni melindres nos preguntamos, simplemente, por la contrapartida.

Así de claro. Qué por cuánto. Ya me gustaría que la política fuera esa sublime disciplina en la que, con música de violines, triunfan los elevadísimos principios y blablá, requeteblá. Pero llevamos cotizados los suficientes trienios de sinsabores y baños de realidad para saber que esto va de aprovechar la debilidad del de enfrente. Sí, incluso aunque sea para recuperar lo que nos fue robado y que en otras circunstancias no nos sería devuelto. Tan crudo como suena se lo describo, en la certidumbre de que la mayoría de mis congéneres lo ven de un modo muy parecido. Y si no, en la próxima cita con las urnas, pescozón y tentetieso. ¿Cuándo fue la última vez que vieron palmar al PNV? Pues eso. Sigamos en el juego del dedo y la luna. Sin olvidar, por supuesto, que ahora los votos valen más y, en consecuencia, el precio sube.

Pactando con el diablo

Tremendo cabreo al fondo a la derecha por el acuerdo sobre el Cupo. Los guardianes de las esencias hispanas braman las maldiciones del repertorio habitual por la nueva traición del melifluo inquilino de Moncloa. Le acusan de haberse vuelto a bajar los pantalones ante el insaciable sablista vascón. En su doliente versión, se trata de la enésima concesión a los egoístas e ingratos nacionalistas periféricos que viven como Dios a costa del sacrificio de los laboriosos naturales del país que dicen querer abandonar. Como corolario, sentencian con la carótida a punto de explotar que la venta de la primogenitura por cinco votos era innecesaria, pues unos presupuestos prorrogados no supondrían, en la práctica, un gran roto.

No les voy a engañar. Me resulta enternecedor y hasta divertido el rasgado ritual de vestiduras. Máxime, tras comprobar que al escocido coro de la reacción patriotera se le ha unido la crema y la nata del progritud local, foránea y entreverada. Dando la razón al castizo autor del astracán titulado Los extremeños se tocan, la izquierda fetén también habla de traiciones. En este caso, al pueblo, la ciudadanía o la mayoría social (escójase la terminología al gusto del consumidor), aprovechando que, como se sabe, todas las mañanas y algunas tardes despacha uno a uno con cada integrante del censo.

1.400 millones de euros de vuelta a las arcas vascas, otra rebaja de 256 en la liquidación de este año y cifras similares en los próximos ejercicios. Eso, de saque, y a sumar al resto de lo económico y no digamos a lo extraeconómico que se ha rascado. Pues no sale tan mal pactar con diablo, ¿o sí?

Los pactos, según

Es gracioso. Nos pasamos la vida cantando aleluyas a los pactos entre diferentes, y cuando se producen, sacamos el máuser dialéctico y montamos la de San Quintín. Con balas de fogueo, todo sea dicho, porque no nos chupamos el dedo y también tenemos claro que muy buena parte de la política se desarrolla como representación teatral. Es decir, se exagera la nota que es un primor.

Así, los desmesurados tenores y sopranos de la oposición fuerzan la garganta para denunciar con gran acompañamiento de aspavientos el tremebundo atropello que supone que el PNV haya alcanzado un acuerdo presupuestario con el PP en la CAV y que esté a punto de cerrar otro en Madrid. Las mentes calenturientas —no hay quien no las haga que no las imagine— se han liado a propagar historietas para la antología de la conspiranoia sobre no sé qué componendas firmadas en el averno con los demonios del Ibex 35 ejerciendo de maestros de ceremonias. La supuesta alianza de las fuerzas del mal popular-empresarial-jeltzale tendría como objetivo sacar los higadillos al sufrido pueblo llano. Sufrido y, por lo visto, cenutrio, puesto que cuando se le pone en tesitura de votar, no solo no reduce sino que amplía el respaldo a sus presuntos maltratadores. Raro, ¿no?

Ahora que no nos lee nadie, les confieso que no me hace especialmente feliz el acuerdo con los populares. Pero conozco las normas de este juego y no fingiré escándalo. Menos, cuando sé sin asomo de dudas que los dos partidos en proceso de rasgado ritual de vestiduras fueron a la mesa de negociación con condiciones intencionadamente inaceptables. Lo demás, ya les digo, espectáculo.

Abajofirmantes

A esta comedia bufa de la investidura imposible solo le faltaba la irrupción a trote cochinero de la hintelijenzia patria para ilustrar a la inculta e indocta plebe sobre lo que le conviene. Cómo no habíamos caído antes en que la solución a todos los males reside en una alianza entre santa, golfa y descangallante formada por el PSOE, Podemos más sus chopecientos afluentes y, como argamasa universal o lubricante infalible —elíjase—, esa excrecencia que atiende por Ciudadanos. Tal que así lo proclama una recua de sedicentes intelectuales orgánicos que incluye, como es norma y costumbre de la casa, la consabida cuota de faranduleros venidos a más.

Sin necesidad de ver la lista, y pese a la presencia de alguna cercana y descolocante sorpresa, serán capaces de adivinar los perejileros nombres de no menos de dos docenas de los abajofirmantes. ¿Sabina y Miguel Ríos? Bingo, aunque se echa en falta (por lo menos en las fotos, no sé en la letra menuda) a Victor y Ana. ¿Baltasar Garzón? ¡Cómo no va a estar el juez que veía amanecer mientras extendía el entorno de ETA hasta el infinito y más allá! Y entre los políticos en activo, todos aquellos a cuyo apellido cabe anteponer el epíteto inefable: Odón, Llamazares o el pinturero Baldoví, por ejemplo. No faltan tampoco varios incombustibles o insumergibles del pelo de Cristina Almeida, el truhán sindical Antonio Gutiérrez o el traidor de cada causa a la que se acerca, Carlos Jiménez-Villarejo. Y así, hasta setecientos señores y señoras con la tela suficiente como para pagar tres páginas completas de publicidad en El País. Si es que se las cobraron, claro.