Íñigo Alli, qué rostro

Vengo a proponerles una ola gigante por Iñigo Jesús Alli Martínez, quinto culiparlante más pirulero del actual Congreso de los Diputados y recordman sideral de la dureza de jeta. Si los tendrá de titanio el vividorzuelo de UPN, que tras la pillada escandalosa con el carrito del helado, todavía tiene el desahogo de poner cara de cordero degollado y hacerse la víctima.

Qué figura, el regionalista beatón. Sale en los papeles, incluidos algunos de los que le bailan el agua, que el gachó se ha fumado una quinta parte de las sesiones completas de la legislatura y se ha pasado por el arco del triunfo nada menos que 77 votaciones, y todo lo que tiene que decir es que vale, que igual no ha estado muy bien por su parte, pero que, ya si tal, devuelve el dinero. Bueno, ni eso. Solo la parte de la pasta que corresponde a las ausencias que empleó en hacerse un máster para directivos privados de la Universidad del Opus —a 27.900 leureles la pieza, oigan—, pero que se queda con la de las pellas que hizo “para ayudar en casa a mi numerosa familia porque creo en la conciliación real de la vida personal y profesional”. Como lo leen. Imaginen a cualquier currela de a pie faltando al tajo y saliendo por la misma petenera.

Así las gastan los que luego van de la rehostia en verso de la pulcritud moral. Las que habrá soltado por esa boquita contra el rojoseparatismo desde la tribuna de oradores las veces que sí ha tenido a bien fichar en la Carrera de San Jerónimo. Solo Carlos Salvador, su compadre de hemiciclo, le hace sombra en el innoble arte del exabrupto al peso. Retratado queda como el bribón que se embolsa un potosí sin sudarlo.

Los padres de Nadia

Oleadas de indignación contra los padres de la niña Nadia Nerea. Muy justo el cabreo ante un comportamiento repugnante sin matices. Pero si se fijan con atención, entre las costuras de las durísimas diatribas percibirán también una hipocresía monumental. La inmensa mayoría de los que más berrean por la estafa son exactamente los mismos que nos colaron la historia envuelta en la natillaza lacrimógena de costumbre. Valiente panda de fariseos, indecentes bomberos pirómanos, haciendo caja de pasta y ego a la ida y a la vuelta. Todo es bueno para el convento, la sensiblería de aluvión de los primeros reportajes y la rabia con moralina adosada de los últimos.

Señalo, sí, a los medios, pero con mayor irritación a ciertas personas concretas. Aquí y ahora me cisco en algunos de nuestros blogueros favoritos, siempre a favor de corriente, buscando el aplauso facilón. Y aún debo extender la lista a los que, al otro lado de la pantalla —el papel ya casi no pinta nada—, son (¿o somos?) cómplices necesarios de la existencia de circos nauseabundos como el que nos ocupa.

Jamás censuraré tener buen corazón ni actuar por el impulso de los más nobles sentimientos. Cuidado, sin embargo, con confundir la solidaridad con la beneficencia. Y más todavía, si el error nos lleva a creernos salvadores de la Humanidad (y de paso, darle un barrido a la conciencia) por haber ingresado 20 euros en una cuenta corriente. No olvidemos, por lo demás, que habitamos entre desaprensivos ni la brutal conclusión que acarrea este caso inmundo: la única verdad es que la niña padece tricotiodistrofia, una enfermedad hoy por hoy incurable.

Justos y pecadores

Buena parte de la esencia de la política actual está explicada en uno de los pasajes más conocidos de El Lazarillo de Tormes. Compartiendo un racimo de uvas regalado por un vendimiador y pese a que se había establecido el pacto de que las comerían de una en una, el amo ciego empezó a tomar dos cada vez. En lugar de montarle la barrila, el práctico sirviente optó por callar y aprovechar su ventaja visual para coger los frutos de tres en tres. El otro, que no era tonto, se había dado cuenta de la treta y, terminado el festín, se lo hizo saber al pícaro. Pero no lo corrió a varazos por ello. De hecho, para el golfillo fue una especie de felicitación, tal y como lo relata: “Reíme entre mí, y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego”.

Igual que en ese episodio, y por más códigos de buenas prácticas o leyes de Transparencia a que se acojan de boquilla, una cantidad creciente de presuntos servidores públicos se dan al trile y al mangoneo, sabiendo que sus prójimos no los van a delatar. Hoy por ti, mañana —o dentro de un rato— por mi. Ningún hilo más fuerte que el silencio comprensivo para tejer complicidades. También en la acepción jurídica de la palabra, adviértase.

Escribo estas líneas con plena conciencia de la más que probable indignación que estarán causando en los no pocos políticos y políticas que me consta que visitan esta columna. Reconozco, en efecto, que está en mi ánimo sulfurarles una gotita. Lo hago precisamente porque tengo la convicción de que la mayoría son personas honradas a las que su vocación les da quebraderos de cabeza que no reciben premio alguno en la cuenta corriente. Toman las uvas de a una y, si se tercia, son capaces hasta de pasar su turno. ¿Dónde está, entonces, el pecado? Pues justo donde reside la penitencia: en que se quedan mudos ante aquellos de su partido que se las llevan a puñados. O, peor aún, los justifican y defienden.