¡A mi la Guardia Civil!

Mientras Cristina Cifuentes iba de tele en tele echando pestes sobre la Guardia Civil por el informe que, según ella, la difamaba gratuitamente a base de fabulaciones, me preguntaba qué más me quedaba por ver. Ni de lejos imaginaba lo poco que tardaría en llegar la abracadabrante respuesta. Apenas un par de días después, en el Parlamento vasco, y en medio del debate de una de esas propuestas chorras a mayor gloria de los efímeros titulares, Joseba Egibar soltó la bomba. Como si estuviera añadiendo un verso al poema de José Agustín Goytisolo sobre el mundo al revés que inmortalizó Paco Ibáñez, el portavoz del PNV desveló que cuatro eximios miembros de EH Bildu habían acudido a pedirle sopitas a la últimamente tan nombrada UCO, es decir, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil.

En concreto, se solicitaba al normalmente motejado como cuerpo de ocupación (en la versión suave, claro) que hiciera su magia habitual para demostrar que los perversos gestores jeltzales de Bidegi se habían llevado crudos treinta kilos de las obras de la AP-1. Ocurría que dos años y pico después de la estentórea denuncia, las evidencias supuestamente imposibles de ocultar seguían sin aparecer, y alguien debió de pensar que nadie como la Benemérita Institución para encontrar —¿o era fabricar?— las pruebas de lo que fuera menester.

Escojan ustedes si anécdota, categoría o, sin más, pura normalidad. Yo me abstengo. Me limito a sonreír ante el peculiar episodio mientras pienso que esta vez sí tiene razón Bob Dylan. Los tiempos están cambiando. El PP se cisca en la Guardia Civil y la Izquierda Abertzale pide su auxilio.

Los pactos, según

Es gracioso. Nos pasamos la vida cantando aleluyas a los pactos entre diferentes, y cuando se producen, sacamos el máuser dialéctico y montamos la de San Quintín. Con balas de fogueo, todo sea dicho, porque no nos chupamos el dedo y también tenemos claro que muy buena parte de la política se desarrolla como representación teatral. Es decir, se exagera la nota que es un primor.

Así, los desmesurados tenores y sopranos de la oposición fuerzan la garganta para denunciar con gran acompañamiento de aspavientos el tremebundo atropello que supone que el PNV haya alcanzado un acuerdo presupuestario con el PP en la CAV y que esté a punto de cerrar otro en Madrid. Las mentes calenturientas —no hay quien no las haga que no las imagine— se han liado a propagar historietas para la antología de la conspiranoia sobre no sé qué componendas firmadas en el averno con los demonios del Ibex 35 ejerciendo de maestros de ceremonias. La supuesta alianza de las fuerzas del mal popular-empresarial-jeltzale tendría como objetivo sacar los higadillos al sufrido pueblo llano. Sufrido y, por lo visto, cenutrio, puesto que cuando se le pone en tesitura de votar, no solo no reduce sino que amplía el respaldo a sus presuntos maltratadores. Raro, ¿no?

Ahora que no nos lee nadie, les confieso que no me hace especialmente feliz el acuerdo con los populares. Pero conozco las normas de este juego y no fingiré escándalo. Menos, cuando sé sin asomo de dudas que los dos partidos en proceso de rasgado ritual de vestiduras fueron a la mesa de negociación con condiciones intencionadamente inaceptables. Lo demás, ya les digo, espectáculo.

Memoria y convivencia

Estoy por apostar que la mayoría de esa sociedad que tanto se nombra en vano desconoce que en el Parlamento vasco se ha vuelto constituir una ponencia sobre la eterna asignatura pendiente. De Memoria y Convivencia, se ha bautizado en esta ocasión, no sabe uno si para conjurar el maleficio de la vieja denominación o, simplemente, porque se ha querido afinar con el lenguaje para que transmita de un modo más fiel el meollo de lo que se va a tratar en su seno. También ha podido ser un intento de dar con un enunciado asumible por las cinco fuerzas presentes en la cámara de Gasteiz. Si ese era el objetivo, la primera en la frente, puesto que de saque se ha borrado el Partido Popular.

Ya, ahora vendría la crítica afilada a la formación liderada en la demarcación autonómica por Alfonso Alonso. Es muy fácil sacar la garrota y acusar a los populares de inmovilismo o cualquiera de las diatribas —ojo, fundamentadas— del argumentario habitual. Me limitaré, sin embargo, a señalar que creo que en su cerrazón o en su finura excesiva de cutis, el PP pierde la oportunidad de formar parte de un grupo de trabajo del que cabe aguardar frutos muy interesantes.

Comprendo que les sorprenda lo que acabo de anotar, viniendo de un gran escéptico. Mi esperanza reside —y esto también les asombrará, dados mis precedentes— en la presencia de Elkarrekin Podemos. Sucede que los morados han demostrado un discurso ético sobre la violencia absolutamente impecable. Su aportación, sumada a la de los otros partidos que lo tienen claro será crucial. Y dejará en evidencia a quienes avanzan retrocediendo, que han quedado en franca minoría.

Casi imposible

Sabía lo que se hacía el portadista de El País cuando al entrecomillar las palabras de Iñigo Urkullu se dejó por el camino un casi. Sin el adverbio quedaba una frase de los más resultona, interpretable hasta el corvejón a gusto (y no digamos a disgusto) del lector: “En un mundo globalizado la independencia es imposible”. Allende Pancorbo, que le gustaba decir a Xabier Arzalluz, sonaba a sentencia balsámica, rozando lo claudicante o siquiera lo razonable, lo mínimamente admisible por el (re)centralismo que nos asola. Ahí va un vasco que, sin dejar de estar equivocado como todo nacionalista periférico, por lo menos no se emperra en quimeras, parecía ser el mensaje entre líneas, con recado implícito a Catalunya: ¡Qué diferencia, señor Puigdemont! No hay abrazo más dañino que el del oso.

Tampoco quedaba muy bien el lehendakari ante la parroquia del ande o no ande. Confirmando una vez más las teorías pavlovianas, los dedos acusadores se multiplicaron. Una nueva renuncia a los principios esenciales, una burla, una afrenta y, como resumen y corolario, una advertencia del portavoz de Sortu Arkaitz Rodríguez. Se dirigía —¡bravo por la empatía y la capacidad de tejer complicidades!— a un tal Partido del Negocio Vasco, y se enunciaba tal que así: “No permitiremos que 40 años después se vuelva a cometer un nuevo fraude contra este pueblo”. Nótese que habla en nombre de “este pueblo” el representante de una de las cuatro fuerzas de una coalición que en los últimos comicios tuvo el 21,26% de los votos, 16 puntos menos que la formación a la que se lanzaba la invectiva. Así sí que va a resultar del todo imposible.

Deshelando, que es gerundio

Después de cinco años —los cuatro reglamentarios más el de propina en funciones— de rodillo y tentetieso, los heraldos anuncian el final de la glaciación mariana en lo que toca a las relaciones del glorioso centro con la pecaminosa periferia vascongada. “El deshielo”, lo bautizó Aitor Esteban, y la expresión ha prendido entre los que nos dedicamos al blablablá de mediana y baja intensidad. No en vano es lo suficientemente gráfica como para que sobren más explicaciones respecto a su significado. Otra cosa es que cada cual lo cuente a su modo. Dirán unos, elevando el tono de disgusto y sin ahorrar exabruptos contra la flexibilidad jeltzale, que volvemos a los tiempos del intercambio de cromos. Enfrente o al lado, los habrá más pragmáticos y por eso mismo cínicos (o viceversa) que simplemente describirán el fenómeno como la normalidad política.

Sin demasiado rubor, aun sabiendo lo poco popular de la postura, confieso que estoy censado más cerca de los últimos. A estas altura de la liga —duodécima legislatura en las cortes españolas, undécima en el parlamento vasco y novena en el de Navarra—, no me voy a rasgar las vestiduras por asistir a la coreografía del dame y te daré.

Y ahora que ya tengo escandalizados a buena parte de los lectores, añadiré que lo único que pido y espero es que los negociadores locales le saquen los higadillos al PP. ¿Retirar los recursos? Eso ni se discute; condición número cero. A partir de ahí, cupo al decimal más alto, pasta para esta y aquella infraestructura, el fin del tarifazo energético y como guinda, una transferencia de las lustrosas. ¿No vale todo eso cinco votos?

Un poco de memoria

Ya casi nadie lo recuerda, pero en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones de 2009 se daba por hecho un pacto PNV-PSE. Estaba tan asumido, que se hablaba con naturalidad del reparto de carteras y organismos públicos, a la espera de certificar la correlación de fuerzas. Por entonces, las encuestas reflejaban una cierta igualdad entre ambas formaciones de cara a unos comicios en los que se tenía muy claro que la izquierda abertzale no podría participar bajo ninguna denominación; lo de EHAK no volvería a ocurrir.

¿Y qué desvió el plan? Ahí tendrían que aportar su testimonio los protagonistas —la mayoría de ellos aún en activo—, aunque mi interpretación es que hubo dos factores fundamentales. Por un lado, gracias al arrastre del candidato Juan José Ibarretxe, la ventaja del PNV sobre el PSE fue mayor de la prevista. Más decisivo diría que fue, si cabe, el mero hecho aritmético. Cuando, terminado el escrutinio, Patxi López cayó en la cuenta de que sus 25 escaños y los 13 rascados por el PP de Antonio Basagoiti sumaban los 38 exactos que marcaban la mayoría absoluta, la situación giró 180 grados. En ese punto se fue al garete la célebre promesa electoral de no pactar con el PP. La posibilidad histórica de ser lehendakari y formar gobierno bien valía el incumplimiento de la palabra dada.

A la misma hora en que ya se había tomado esa decisión, en Sabin Etxea se celebraba lo que resultaría una amarga victoria. En los días que siguieron, el PSE, con Jesús Eguiguren como ariete principal, no aceptó las generosísimas ofertas jeltzales. Se abrió así una brecha que parece que se acaba de cerrar.