Hasta los higadillos

¡Tremenda escandalera! El PNV apoya el techo de gasto de Mariano Rajoy. ¡Lo ha vuelto a hacer! Tacón, punta, tacón. Regresamos a la coreografía de rigor. Golpes de pecho, rasgado ritual de vestiduras, hastaghs como manos arrancándose mechones de pelo, gargantas clamando al cielo, denuncias sulfurosas, mecagüentodos rezumando bilis, amenazas incendiarias con el averno que vendrá, y como corolario, el consabido estribillo sobre la ignominia que supone pactar con el-partido-más-corrupto-de-Europa, y me llevo una. Todo, claro, de la parroquia para la parroquia. Más allá de la feligresía que compra esa bronca de plexiglás —en general tipos y tipas que viven como Dios—, los pijoapartes que no nos andamos con tantas hostias ni melindres nos preguntamos, simplemente, por la contrapartida.

Así de claro. Qué por cuánto. Ya me gustaría que la política fuera esa sublime disciplina en la que, con música de violines, triunfan los elevadísimos principios y blablá, requeteblá. Pero llevamos cotizados los suficientes trienios de sinsabores y baños de realidad para saber que esto va de aprovechar la debilidad del de enfrente. Sí, incluso aunque sea para recuperar lo que nos fue robado y que en otras circunstancias no nos sería devuelto. Tan crudo como suena se lo describo, en la certidumbre de que la mayoría de mis congéneres lo ven de un modo muy parecido. Y si no, en la próxima cita con las urnas, pescozón y tentetieso. ¿Cuándo fue la última vez que vieron palmar al PNV? Pues eso. Sigamos en el juego del dedo y la luna. Sin olvidar, por supuesto, que ahora los votos valen más y, en consecuencia, el precio sube.

¿Declaración o proclama?

Leo que el grupo municipal de EH Bildu en Gasteiz se ha desmarcado de una declaración institucional en recuerdo de Miguel Ángel Blanco, asesinado —quién no lo sabe— ahora hace veinte años. Antes de dar cuenta del resto de la noticia, me indigno, me rebelo, me desazono. El subtítulo contribuye a profundizar mi malestar. “La coalición soberanista discrepa con el relato”, señala. Transpirando sulfuro, me pregunto qué narices de relato cabe no compartir sobre aquella vileza que, como siempre he defendido, es el catón del rechazo del terrorismo.

La respuesta me llega en la letra pequeña, junto con la constatación del error de mi prejuicio. Los concejales de EH Bildu tienen toda la razón en negarse a suscribir un texto en que la figura de Miguel Ángel Blanco es una mera excusa para colocar una teórica tan rancia como simplona sobre hechos que van mucho más allá del secuestro y ejecución del concejal de Ermua. Es, con algún leve matiz, la doctrina habitual del ultramonte, entendible en un editorial de ABC o La Razón o, si se quiere, en una proclama que suscribiera solo el PP. Nunca en un escrito con carácter institucional y, por eso mismo, con el imperativo de respetar la pluralidad.

Algo me dice que las demás siglas que pusieron su firma lo hicieron por el adagio al que tantas veces hemos recurrido: por la paz, un avemaría. En este caso, opino humildemente que se ha hecho un flaco favor a la pretendida causa. Desde luego, no se trata de embarrar el patio, pero lo cortés no debe quitar lo valiente. Simplemente, no se puede permitir que, de nuevo, el aniversario de una crueldad se use a beneficio de obra.

Sánchez, otra vez humillado

Pagaría 50 céntimos por los pensamientos de Pedro Sánchez en estas horas sombrías. Como Marco Antonio en el célebre verso de Kavafis, no podrá decir que fue un sueño. Tuvo en la yema de sus dedos ser, como poco, la cabeza de la rebelión contra el herrumbroso aparato del PSOE. Ahora, por enésima vez desde que lo elevaron de culiparlante a secretario general manejable, debe de barruntar que sigue sin saber absolutamente nada de política.

Hace falta una ingenuidad oceánica para llegar a la conclusión de que una entrevista de confesionario con Évole erige a alguien en líder de no se sabe qué movimiento regenerador. Item más, para tragarse las palabras dadas por buena parte de sus conmilitones, como si no supiera que en su formación (igual que en todas) las declaraciones de principios tienen una caducidad más baja que el yogur. Te quiero mucho hoy es el anticipo de la puñalada trapera de mañana. Con una sonrisa en los labios, para que duela más.

Absténgase, en todo caso, de quejarse, aprendiz de brujo Sánchez. Usted mismo se ha labrado a pulso este triste final, si es que lo es. ¿A santo de qué se echó a dormir en la cresta de la ola? ¿Quién le aconsejó que pasara a cuarto plano mientras actuaban en su nombre los elementos más pintorescos de su partido convirtiendo su opción en una extravagancia? Quedará, tal vez sin serlo, como un cobarde y, desde luego, como un pésimo estratega incapaz de tomar las riendas de su propio destino, y por eso mismo, un tipo al que no se le puede confiar una organización en un momento delicado. Podrá repetir su famoso tuit de cuando no era nadie: ¡Qué paliza me han dado!

Hace cuatro años

Mínimo recordatorio para quienes tienden a pensar que nada cambia. Hace cuatro años, cuando se convocaron las elecciones inmediatamente anteriores a las del próximo domingo, en la demarcación autonómica de Baskonia gobernaba la que aparece como cuarta fuerza en las encuestas actuales con el apoyo hasta hacía poco de la quinta. La segunda o tercera —según qué sondeo miremos— estaba recién relegalizada, pero fuera del parlamento, y la tercera (o segunda) ni siquiera existía.

Por entonces, ya llevábamos sufridos diez meses del rodillo inmisericorde del PP. Bajo la amenaza de la intervención —rescate lo llamaban, ¡qué joíos!— de la Unión Europea, Mariano Rajoy al frente de un ejecutivo compuesto por lo peor de cada casa había acometido la mayor ristra de recortes económicos, sociales y de libertad desde la muerte del bajito de Ferrol. Y era solo el menú degustación de la política de palo y tentetieso que seguiría en una legislatura literalmente interminable; tanto, que a efectos prácticos, y pese a dos citas con las urnas, todavía dura. Aunque ahora suene a pleistoceno, lideraba la oposición solo desde hacía medio año un tal Alfredo Pérez-Rubalcaba. Nada habíamos oído de Pedro Sánchez ni de Susana Díaz. A Pablo Iglesias le conocíamos cuatro frikis y Albert Rivera era una extravagancia de la Catalunya que ya había entrado en ebullición.

Volviendo a lo cercano, ETA aún no había cumplido el primer aniversario desde que parió su eufemismo “cese definitivo de la actividad armada”, y en la Diputación de Gipuzkoa y el ayuntamiento de Donostia gobernaba Bildu. Aunque lo parezca, el tiempo no pasa en balde.

¡Yupi, campaña!

Respiremos con ansia a pleno pulmón los aires perfumados de libertad y ajonjolí. Qué suerte la nuestra, estar llamados una vez más a participar en la fiesta de la democracia, como únicos dueños de un destino que está por forjar. Es para dar una y mil veces gracias emocionadas a quienes nos han permitido volver a ejercer el sagrado derecho al sufragio. Indecible grandeza, la de estos hombres y estas mujeres que, mirando única y exclusivamente por el bien común, quitándoselo de sus bocas, decidieron devolver al pueblo soberano el poder de decidir. Solo escribirlo pone los pelos como escarpias, humedece los ojos del más bragado y deja trémulos los corazones ante lo que ya ha venido y, sobre todo, lo que ha de venir.

No me digan que no desean con cada poro de su piel asistir de nuevo al profundo, sosegado y enriquecedor intercambio de opiniones entre los seres justos y generosos que, siempre con el mayor de los respetos, van a intentar ganarse nuestro voto. Serán, conforme conocemos, debates plenos de intensidad sobre las cuestiones más candentes, urgentes, convenientes y supercalifragilísticas. Desterradas la demagogia y la impostura, ausentes el chachipirulismo populachero y el navajeo macarril, los y las próceres nos hablarán en lenguaje llano y sin concesiones a la galería. Ni una tentación, por supuesto, de echar la culpa al otro ni de reclamar el monopolio de la verdad verdadera. Sin repetirse como guacamayos, sin tirar de lugares comunes, sin frasezuelas de cinco duros. Con pedagogía exquisita, con altura de miras, con nobleza por arrobas.

La única lastima es, mecachis, que no me lo creo ni yo.

Hacer el chorra

Soy de esos tipos raros a los que sí les interesa el lado humano de los políticos. De hecho, hubo un tiempo en que me perseguía una cierta fama de blandengue porque los entrevistados se me iban vivos, brutal expresión del argot de mi gremio que quiere decir que mis preguntas no habían sido lo suficientemente agresivas como para obtener un par de frases entrecomillables. De la actualidad pura y dura, se entiende, es decir, de esas cuestiones, en general, perfectamente prescindibles, con fecha inmediata de caducidad. Maldigo una y mil veces el periodismo declarativo ramplón… que yo también he acabado porque no se puede ir toda la puñetera vida contra la corriente.

Otro día les cuento cómo y por qué claudiqué. La introducción pretendía aclarar que, en principio, no tendría nada —más bien al contrario— de cualquier intento periodístico de buscar el plano corto de las personas que están en la primera línea política. Sin llegar a la salsa rosa, me interesan sus situaciones vitales presentes y pasadas, sus peripecias más allá de las siglas concretas, sus gustos en diversas materias y, desde luego, las opiniones que salen de su cabeza y no del consabido argumentario.

Y también me resulta simpático verlos en facetas ajenas a su dimensión pública. Pero sin rebasar unos límites tan obvios, tan primarios, que no me voy a detener a explicar. La línea, que es ciertamente gruesa, la marca el sentimiento de vergüenza ajena desde el lugar del espectador, y el del mínimo pudor desde el lado del protagonista, que es quien al final decide si merece la pena hacer el chorra ante una cámara por un puñado de votos.